Mag-log inMauricio asintió lentamente. Luego la atrajo hacia él y le besó la frente. —Entonces nosotros también estamos felices. Vittorio se unió al abrazo familiar, rodeando a su hija y a su yerno con ambos brazos. —Cuatro nietos —murmuró, todavía incrédulo— Tendré cuatro nietos de Isabella y Luciano. —En realidad, tendrá cuatro nietos pequeños que probablemente intentarán destruir su casa — señaló Luciano. Vittorio lo apartó de un empujón suave. —¡No arruines el momento! —Solo estoy diciendo lo que va a pasar. —¡Luciano! El CEO soltó una carcajada. Sin embargo, Mauricio no tardó en recuperar su expresión pensativa. —Espera un momento. Todos lo miraron. El patriarca señaló a su nieto con un dedo acusador. —¿Me estás diciendo que, dentro de unos meses, tendremos cuatro bebés en esta familia? —Correcto. —¿Cuatro bebés que lloran, necesitan que los carguen y se despiertan por la noche? —Es una descripción bastante precisa. —¿Y tú piensas seguir dirigiendo t
Luciano entrelazó sus dedos con los de su esposa. La expresión de su rostro cambió. Desapareció el sarcasmo y apareció aquella seriedad que solo mostraba cuando algo realmente importante estaba en juego. —Todo está bien. Isabella está bien y los bebés también. Los dos hombres soltaron el aire que habían estado conteniendo. —Entonces, ¿cuál es el problema? —preguntó Mauricio. Isabella sonrió. Una sonrisa luminosa, emocionada y llena de ternura. —Van a volver a ser abuelos. Silencio. Mauricio parpadeó. Vittorio abrió la boca. Después ambos miraron el vientre de Isabella, todavía sin cambios demasiado evidentes, y regresaron la mirada hacia sus rostros. — Eso ya lo sabemos. ¿En verdad te sientes bien hoy, querida? — El patriarca preguntaba. —Estoy embarazada, papá —confirmó Isabella, de nuevo. — Vamos a tener otro bebé. Vittorio se llevó una mano al pecho. — Lo sabemos, cariño, ¿Ya saben si será niña o niño? Sus ojos se llenaron de emoción. Dejó a Bella
Luciano Salvatore, el implacable CEO de ojos de distinto color, había llevado a su esposa a comer a uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad. Después de la consulta ginecológica, durante la cual el médico les había anunciado que volverían a convertirse en padres de gemelos, el hombre había permanecido varios minutos sin pronunciar una sola palabra. Todavía no se recuperaba de la noticia. ¡Otros dos bebés! ¡Otros dos pequeños seres que llorarían durante la madrugada, necesitarían brazos, pañales y atención constante! Y, sobre todo, ¡otros dos Salvatore que probablemente heredarían la energía de sus hermanos! Isabella, por su parte, parecía encantada con la idea. —Cariño, deja de mirarme así —dijo mientras entraban en la mansión, con una sonrisa divertida— Pareces un hombre que acaba de perder toda su fortuna en la bolsa de valores. Luciano cerró la puerta detrás de ellos. —Preferiría perder toda mi fortuna. —¡Luciano! —¿Qué? —Se quitó el saco con una ser
Él inhaló profundamente. —Estoy respirando, amore. —Llevas cinco minutos comportándote como si acabaras de adquirir otra compañía. —Una compañía es más sencilla. Tiene empleados, contratos y balances. Estos dos pequeños pueden decidir a las tres de la mañana que quieren escuchar mi voz, y no existe ninguna cláusula contractual que me permita negarme. —¿Y se lo negarías? Luciano la miró como si acabara de insultarlo. —Por supuesto que no. Cuidare de ellos de la misma manera que cuido de Bella y Rafael. Isabella lo miró con un amor infinito. Era absolutamente incapaz de resistirse a aquel hombre. A su apuesto rostro, a sus ojos de diferente color que le encantaban, a su forma de amarla y amar a sus hijos. Quince minutos después, salieron de la consulta. Luciano llevaba la carpeta médica en una mano y sostenía a Isabella por la cintura con la otra, como si el simple hecho de caminar por el pasillo pudiera representar una amenaza. —Puedo caminar sola —le recordó
El médico asintió. —Así es, señor Salvatore. Son gemelos. Nadie habló por al menos dos minutos. Ni siquiera el aire acondicionado parecía hacer ruido en aquel instante. Luciano permaneció inmóvil, mirando la pantalla con los ojos muy abiertos. Su mano continuaba aferrada a la de Isabella, pero sus dedos se habían quedado rígidos. El hombre que había negociado con empresarios hostiles, enfrentado amenazas y dirigido un imperio empresarial sin pestañear acababa de perder la capacidad de formular una frase. —!¿Gemelos?! —repitió finalmente. —Exactamente —confirmó el médico— Van a tener gemelos nuevamente, son muy afortunados, no siempre sucede esto. Luciano se puso pálido. Completamente pálido. Sus manos perfectamente cuidadas, estaban frías. Isabella giró la cabeza hacia él y, al verlo, se olvidó momentáneamente de la noticia. —¿Luciano? Él no respondió. —Amore, ¿estás bien? El CEO miró a su esposa, después al médico y finalmente a la pantalla. —No... ¿C
La tarde del día siguiente llegó más rápido de lo que Luciano Salvatore habría deseado. A las dos en punto, el lujoso automóvil negro del CEO se detuvo frente a una de las clínicas privadas más exclusivas de Italia. El edificio contaba con una entrada discreta, instalaciones de primer nivel y un equipo médico acostumbrado a atender a las familias más poderosas del país. Luciano descendió primero y rodeó el vehículo para abrirle la puerta a su esposa. —Con cuidado, amore. Isabella soltó una risita mientras aceptaba su mano. —Luciano, estoy embarazada, no enferma. —Y yo soy tu esposo, no un espectador. Mi trabajo consiste en asegurarme de que estés bien. —Tu trabajo consiste en dirigir una compañía multimillonaria. —También. Pero mi prioridad eres tú. La mujer de ojos ámbar sonrió y se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla. El CEO, que podía dejar sin palabras a una junta de empresarios con una sola mirada, se inclinó inmediatamente para recibir aqu







