MasukCAPÍTULO: UN PEQUEÑO CABALLERO Y UNA PROMESA DE AMOR La tarde había caído sobre la mansión Ferrer. Los enormes ventanales permitían que los últimos rayos del sol iluminaran los elegantes pasillos, mientras el personal terminaba de preparar la merienda. Damiano Ferrer se encontraba en su despacho, revisando unos documentos de la compañía, cuando su teléfono vibró. —¿Qué sucede? —contestó con su habitual tono autoritario. —Señor, ha llegado una visita para la señorita Emma. Damiano frunció el ceño. —¿Una visita? —Sí, señor. Es el pequeño Sasha Diamantis. Viene acompañado de su padre y trae unos regalos para la niña. El CEO dejó de escribir. ¿Sasha? ¿El hijo de Abelardo Diamantis? Aquel pequeño griego que había conocido a su hija y que, aparentemente, había desarrollado una simpatía bastante particular por ella. —¿Qué clase de regalos? Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. —Un oso de peluche, señor. Y una caja de chocolates en forma de corazón.
Damiano tomó la caja y leyó cuidadosamente la etiqueta. Abelardo tuvo que contener una sonrisa. El CEO Ferrer parecía estar inspeccionando un cargamento de mercancía sospechosa. —¿Sin azúcar? —preguntó. —Sí, señor. —¿Sabes por qué? Sasha asintió. Y entonces dijo algo que consiguió que los dos adultos presentes guardaran silencio. —Porque Emma tiene diabetes. Damiano lo observó fijamente. El pequeño dejó el oso entre los brazos de su amiga y continuó: —Mi papá me explicó que ella necesita cuidar lo que come y que hay cosas que pueden hacerle daño. Por eso quise buscar algo que pudiera regalarle sin que tuviera problemas. Emma sonrió. —¡Gracias, Sasha! El niño se acomodó la camisa y añadió con una seriedad que no correspondía a su corta edad: —También voy a estudiar mucho sobre la diabetes. Abelardo levantó las cejas. Damiano se quedó inmóvil. —¿Cómo dices? —preguntó el CEO. Sasha levantó la mirada hacia él. —Voy a aprender todo lo que pueda sob
Para Damiano Ferrer, una niña tan pequeña no debería estar dosificando la cantidad de dulces que come. — Hablaremos con el médico y le preguntaremos si puedes comerlos de vez en cuando. Emma acercó el rostro a la cámara. —Papi, ¿puedo comer pastel cuando sea mi cumpleaños? El hombre sintió un nudo en la garganta. —Claro que sí, princesa. Vamos a preparar un pastel delicioso y mamá nos ayudará a que puedas disfrutarlo siguiendo las indicaciones de tus médicos. —¿Aunque tenga que ponerme mis pinchacitos? —Aunque tengas que ponerte tus pinchacitos. —Entonces quiero uno de chocolate. —Tendrás uno de chocolate. Emma sonrió satisfecha. Después observó la pantalla con curiosidad. —¿Estás con tus amigos? Damiano giró ligeramente el teléfono. —Sí, cariño. Mira, aquí está el tío Luciano. Los ojos de la pequeña se iluminaron. —¡TÍO LUCIANO! El CEO Salvatore levantó una mano. —Hola, pequeña. Qué bella estás hoy. — Gracias tío, ¿Dónde está la tía Isabella? —
La niña de cinco años que llenaba su casa de preguntas, ocurrencias y travesuras. La misma que solía correr hacia él cuando regresaba del trabajo. El CEO bloqueó la pantalla. —Necesito comentarles algo. Luciano levantó la mirada. Al ver a su socio muy serio, él también tomó la misma actitud. —Adelante. Te escuchamos. — Dijo el presidente Salvatore. Damiano respiró profundamente. —No tiene que ver con la compañía, pero considero que ustedes deben saberlo. Al fin y al cabo los considero además de mis socios, también mis amigos. Abelardo dejó su vaso de agua sobre la mesa. —Te escuchamos, Damiano. El rostro de Ferrer se endureció. —Emma, mi princesa... Está enferma. El silencio fue inmediato. Luciano dejó de revisar los documentos. La noticia los dejó helados, pues la nena de los Ferrer, siempre era muy activa, curiosa, muy linda y traviesa. —¿Qué tiene ella? — Luciano se atrevió a hacer la pregunta que otros ahí no se atrevieron. Damiano bajó la mirada un
Tres días después… La sala de juntas de la compañía Salvatore se encontraba ocupada por algunos de los hombres más poderosos de Europa. La enorme mesa de caoba estaba cubierta de documentos, contratos y balances financieros. Luciano Salvatore presidía la reunión desde la cabecera, vestido con un impecable traje negro, camisa blanca y un reloj que costaba más que la mansión de muchas personas. A su derecha se encontraba Eliester Ivanov, el temido Pakhan de Rusia, a su izquierda. Damiano Ferrer, quien revisaba unos documentos con expresión aburrida, también estaba en esa mesa. Frente a ellos estaba Abelardo Diamantis, el poderoso líder de la mafia griega, que había comenzado a establecer importantes negocios con los Salvatore, los Ivanov y los Ferrer. —Si terminamos de revisar estos contratos antes del mediodía, podremos cerrar la operación en Atenas esta misma semana —comentó Abelardo, dejando su bolígrafo sobre la mesa. —Siempre y cuando tus socios griegos cumplan con
—Demian y Daemon. Son perfectas para ellos. Son de buena familia, Isabella las va a criar bien, confío plenamente en ella. Hubo tres segundos de absoluto silencio. Después, Luciano soltó una carcajada seca. —¡Estás enfermo! ¡No te voy a dar a mis hijas para tus dos diablillos! Damiano no se rió. —Lo digo completamente en serio. —¡Ni siquiera han nacido! —Precisamente. Podemos establecer una alianza desde ahora. Luciano se llevó una mano al rostro. —¿Estás proponiendo un compromiso matrimonial entre cuatro bebés que todavía usan pañales? —No veo el problema. Así me aseguro de que nadie más me las va a ganar en el futuro, y mis hijos tendrán buenas esposas. —¡Tienen meses apenas en la panza de su mamá! —Eso es irrelevante. —¡Damiano! El CEO Ferrer se encogió de hombros. —Mis hijos son excelentes candidatos. ¿Qué pero les pones? También son de muy buena familia, me aseguraré de que tengan la mejor educación y la mejor preparación. Luciano lo contempló co







