LOGINBLURB Una noche desesperada en The Gilded Cage debía salvar la vida de la hermana de Ayra Lane y poner fin a su sufrimiento. Pero cuando descubre que el misterioso desconocido que le dio cincuenta mil dólares de propina es nada menos que su nuevo director ejecutivo, Kaelen Thorne, comprende que ha caído en una hermosa trampa. A su regreso al trabajo, él traslada su escritorio justo frente a su oficina, paga las facturas médicas de su hermana y le ofrece un contrato destinado a destruirla. Para Ayra, es un simple acuerdo comercial y su última oportunidad de salvar la vida de su hermana. Pero para él, es una venganza. Cuando empiezan a volar las balas y los recuerdos que le robaron regresan, descubre una verdad aterradora: no era solo una stripper, sino la detective encubierta enviada para destruirlo. Y lo único más peligroso que la obsesión de Kaelen… es el pasado que comparten. Sobrevivir en su mundo le costará todo… incluso su corazón.
View MoreCAPÍTULO 1
CINCUENTA MIL DÓLARES DE UN DESCONOCIDO AYRA Antes creía que la desesperación hacía ruido. Me equivocaba. A veces, consiste en revisar tu cuenta bancaria por décima vez y seguir sabiendo que no tienes suficiente dinero. El camerino de The Gilded Cage huele a perfume barato, laca para el cabello y esa clase de arrepentimiento del que nadie habla. Ya me he acostumbrado. Las demás bailarinas charlan a mi alrededor, pero he aprendido a desconectar y no prestarles atención. El espejo refleja a una mujer a la que apenas reconozco. El cabello castaño rojizo le cae sobre los hombros desnudos, el maquillaje ahumado enmarca sus ojos y el pintalabios rojo la hace parecer más valiente de lo que realmente se siente. Pero ella es una mentira. Mi teléfono vibra sobre el tocador y ya sé de qué se trata antes de siquiera mirarlo. CENTRO MÉDICO ST. MARY'S Recordatorio: El saldo pendiente de 47.832,00 dólares debe pagarse antes de que termine el mes. Bloqueo la pantalla y dejo el teléfono boca abajo. Cuarenta y siete mil ochocientos treinta y dos dólares. El precio de la vida de mi hermana. Hace tres años, desperté en una cama de hospital sin recordar nada de mi vida. Los médicos lo llamaron amnesia retrógrada, causada por una lesión cerebral que sufrí en un accidente automovilístico. No sabía quién era ni de dónde venía. Lo único que tenía era mi nombre y una hermana que me miraba con lágrimas en los ojos mientras susurraba: —Me salvaste la vida. Miro el espejo, preparándome para convertirme en Red, el nombre artístico que me pusieron por el color de mi cabello. Me levanto del tocador y aliso mi vestuario. Estoy a medio camino de la puerta cuando esta se abre de golpe y Mona entra. Mona es la dueña de The Gilded Cage. Construyó este club desde cero, abriéndose paso a fuerza de uñas y dientes hasta alcanzar la cima de la vida nocturna clandestina de la ciudad. También fue la única persona que me dio una oportunidad cuando todos los demás me dieron la espalda. —Red —dice con voz cortante—. Sesión privada. Ahora. Me detengo. Las sesiones privadas siempre son una apuesta arriesgada. —¿Con quién? —Un cliente nuevo. Te ha pedido específicamente a ti. Un escalofrío me recorre la columna vertebral. —¿Por mi nombre? —Por tu nombre artístico. Llevo casi dos años bailando aquí y, durante ese tiempo, me he ganado una reputación por mantener mis límites. No ofrezco servicios adicionales. No me voy a casa con los clientes. No permito que nadie me toque más de lo estrictamente necesario. La mayoría de los hombres respeta eso. Otros no. —¿Qué quiere? —pregunto. Mona niega con la cabeza. —¿A quién le importa? Mientras pague, me basta. Respiro hondo y asiento mientras ella se aleja. Porque ¿qué otra opción tengo? Las habitaciones privadas están en el segundo piso, apartadas del escenario principal. Cuando llego a la habitación siete, mi mano se queda suspendida sobre el pomo de la puerta. Cierro los ojos y me recuerdo las reglas. Mantente profesional, conserva tus límites y, si algo te parece mal, vete. Abro la puerta y el hombre que hay dentro no es lo que esperaba. Está sentado en un rincón, medio oculto entre las sombras. Incluso con la iluminación tenue, puedo ver que viste impecablemente, con un traje negro perfectamente confeccionado. Pero no es su apariencia lo que me hace detenerme. Es la forma en que me mira. La mayoría de los hombres me mira como si fuera un trozo de carne. Sus ojos recorren mi cuerpo antes de molestarse siquiera en mirar mi rostro. Pero los ojos de este hombre descienden brevemente hasta la pequeña cicatriz cerca de mi nacimiento del cabello antes de regresar a mi cara. Limítate a hacer lo que has venido a hacer, Ayra… Respiro lentamente y camino hacia él, balanceando las caderas con ese movimiento que he perfeccionado con el tiempo. Extiendo la mano y deslizo los dedos por su hombro. —Pareces muy serio —ronroneo—. ¿Tienes algo en mente? Quizá pueda ayudarte a olvidarlo. No reacciona en absoluto. Simplemente sigue observándome con esos ojos oscuros e indescifrables. —¿Te apetece una bebida? —lo intento de nuevo—. Tenemos champán, whisky, lo que tú… —¿Sigues soñando con el incendio? La pregunta me deja sin aliento. Mi sonrisa desaparece. Durante un segundo aterrador, veo llamas anaranjadas y un humo negro y espeso. Oigo algo crepitar, seguido de un agudo sonido metálico. Entonces, las imágenes desaparecen. Me aferro al borde del sofá y me obligo a respirar. Nunca le he hablado a nadie de aquellos fragmentos de esa noche. Ni siquiera a Vera. Entonces, ¿cómo puede saberlo este desconocido? —¿Cómo has…? —Me detengo y trago saliva—. ¿No te parece una pregunta extraña para hacerle a alguien que acabas de conocer? En lugar de responderme, mete la mano en su chaqueta y saca un sobre grueso. Lo coloca con cuidado sobre la mesa que hay entre nosotros. Frunzo el ceño. —¿Qué es eso? —Dinero. —No te he pedido dinero. —No —admite—. No lo has hecho. Hay algo en su voz que me atrae. —No acepto dinero de desconoc… Se pone de pie y me interrumpe. —No intentes hacerte la humilde. Lo necesitas. Las palabras vuelven a atascarse en mi garganta y me quedo sin aire. Quiero discutir con él, pero el mensaje que acabo de recibir del hospital sigue apareciendo ante mis ojos. Sin embargo, mi orgullo me arde bajo la piel. —Yo… —Mi voz se quiebra—. No necesito tu dinero. Sin decir una palabra, se acerca y, de repente, soy dolorosamente consciente de cuánto más alto es que yo. Tengo que luchar contra el impulso de retroceder. Sostiene mi mirada durante un instante más antes de darse la vuelta y marcharse. Me quedo paralizada, mirando la puerta mucho después de que se cierre. ¿Qué demonios acaba de pasar? Lentamente, vuelvo la mirada hacia el sobre que está sobre la mesa. Su sola presencia me provoca una nueva oleada de inquietud. Debería devolver el dinero. Ese es mi primer pensamiento coherente. Debería llamar a Mona, contarle lo que ha pasado y entregarle el sobre. Este es el tipo de situación que termina con mujeres como yo muertas. Cojo el teléfono, dispuesta a llamar a Mona. Entonces pienso en Vera… en la factura del hospital. Mi mano desciende hacia el sobre. Solo por esta vez. Lo abro antes de que mi cerebro pueda advertirme que no lo haga. Dentro hay fajos de billetes. Cuento el dinero una vez. Después, lo cuento de nuevo. Cincuenta mil dólares. Mi corazón golpea con fuerza contra mis costillas. Nunca en mi vida había visto tanto dinero en efectivo. Es suficiente para saldar la deuda pendiente del hospital de Vera y todavía me sobra para cubrir otros gastos. La tabla de salvación por la que he estado rezando desesperadamente. Y no tengo ni idea de por qué un desconocido acaba de entregármela. Debajo del dinero hay una tarjeta de presentación. La recojo y le doy la vuelta. KAELEN THORNE DIRECTOR EJECUTIVO APEX INNOVATIONS La sangre se me hiela. Apex Innovations. La empresa para la que llevo tanto tiempo esperando conseguir un empleo. Me quedo mirando el nombre mientras recuerdo la solicitud que presenté y la posibilidad de escapar por fin de la vida en la que he estado atrapada durante los últimos dos años. Kaelen Thorne. El hombre que me preguntó por el incendio. El hombre que sabía que necesitaba dinero. El hombre que acababa de entregarme cincuenta mil dólares sin pedirme nada a cambio. Y ahora, al parecer, el hombre que podría convertirse en mi nuevo jefe. Mis dedos se aprietan alrededor de la tarjeta de presentación. ¿En qué demonios me he metido?CAPÍTULO 5MI SOSPECHOSO JEFEAYRALa pistola era pequeña, pero el cañón oscuro apuntándome bastaba para dejarme paralizada.Entonces, la habitación pareció desaparecer.Paredes blancas. El olor penetrante del antiséptico. Una voz baja y urgente que pronunciaba palabras que no conseguía distinguir.Un destello de metal.El cañón de una pistola apuntando a mi rostro ensangrentado.Las imágenes desaparecieron tan rápido como habían aparecido, dejándome sin aliento. Me llevé una mano al pecho, como si pudiera mantenerme entera sujetándome físicamente.Silas me observó, entrecerrando los ojos. Durante varios segundos, mantuvo la pistola apuntándome. Después, lentamente, la bajó.Me obligué a llenar los pulmones de aire hasta que la habitación dejó de dar vueltas.Guardó el arma en la funda y se acercó a mí. Se detuvo a mi lado, miró la carpeta y me la quitó de las manos temblorosas.—¿Cuánto has leído? —preguntó.Tragué saliva con dificultad.—Solo parte de la información sobre mi acciden
CAPÍTULO 4MI NOMBRE EN ROJOAYRAApenas dormí.La noche anterior llegué tarde al club, pero ni siquiera el ruido familiar ni las luces brillantes consiguieron distraerme de lo que había ocurrido frente al hospital.Cada vez que cerraba los ojos, volvía a escuchar aquella voz.¡Corre, Briar!Y, debajo del recuerdo de las llamas, había otro pensamiento del que no conseguía desprenderme.Aquella voz había sonado como la de Kaelen.Para cuando sonó mi alarma a las seis, ya había renunciado a la idea de descansar. Me levanté a duras penas, me eché agua fría en la cara y contemplé mi reflejo en el espejo agrietado del baño.—Estás perdiendo la cabeza, Ayra —murmuré.Pero ¿y si no era así?¿Y si las respuestas que necesitaba estaban más cerca de lo que jamás había imaginado?La planta ejecutiva estaba en silencio cuando llegué. Salí del ascensor y me dirigí a mi escritorio. La oficina de Kaelen ya estaba iluminada. Podía verlo de pie junto a la ventana, con una taza de café en la mano.Ence
CAPÍTULO 3UN VISTAZO A MI PASADOAYRAEl mundo pareció inclinarse bajo mis pies durante varios segundos.Me quedé mirando a Kaelen, intentando comprender sus palabras. ¿Qué demonios sabía él sobre mi pasado?—¿Debería recordarte? —pregunté, obligándome a sostenerle la mirada.La expresión de Kaelen cambió ligeramente.—Quizá sea mejor que no lo hagas.—¿Qué significa eso?—Significa, señorita Lane, que tu curiosidad podría costarte lo único a lo que llevas tres años intentando aferrarte.Se me secó la boca.Bajó la mirada hacia los documentos de su escritorio, pero yo no conseguía moverme. Sabía algo sobre mi pasado. Y, de alguna manera, también sabía exactamente dónde golpear para hacerme temer la posibilidad de seguir preguntando.Cuando finalmente regresé a mi escritorio, no fue porque no quisiera respuestas, sino porque tenía miedo de conocerlas.Me obligué a concentrarme en los documentos.Para cuando llegaron las cinco de la tarde, estaba agotada de fingir que todo iba bien. Re
CAPÍTULO 2MISTERIO EN FORMA HUMANAAYRADormir es un lujo que no puedo permitirme.Pasé casi toda la noche mirando el techo, incapaz de dejar de pensar en el sobre que guardaba dentro de mi bolso.Cincuenta mil dólares… La cifra no dejaba de repetirse en mi cabeza.Debí de quedarme dormida en algún momento, porque lo siguiente que recuerdo es mi alarma chillando mientras la pálida luz de la mañana se filtra por las cortinas delgadas.Una hora después, estoy frente a Apex Innovations, con el corazón atascado en algún lugar de mi garganta.El edificio es una imponente estructura de cristal y acero. Los empleados entran en tropel por las puertas giratorias, vestidos con trajes caros y con el aspecto de pertenecer a ese lugar.Ellos sí pertenecen aquí. Yo no.Me aliso la blusa por décima vez, ajusto la correa del bolso y me obligo a avanzar.La recepción es exactamente como la imaginaba: suelos de mármol pulido, muebles costosos y una enorme pantalla que muestra los últimos logros de Ape












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