INICIAR SESIÓNEn ese momento, Leah volvió a salir justo a tiempo para presenciar la escena: Kevin y Verónica besándose.
Se quedó inmóvil, helada, observando cómo su marido se apartaba de la otra mujer. Una mueca amarga cruzó su rostro; la evidencia era clara: llevaba los cuernos más grandes que un toro. Sin decir nada, se adentró otra vez en su área, mientras Verónica apenas podía sostenerle la mirada a Kevin. —¿Por qué hiciste eso? —preguntó él, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie los hubiera visto. —Kevin, estoy enamorada de ti. Por eso lo hice —confesó Verónica, con la mejilla encendida de rojo. —No es el momento, ni el lugar, para hablar de eso —su voz sonó dura. El hombre había sido tomado por sorpresa; jamás habría esperado semejante acto de ella. —¿Me vas a apartar de tu lado? —preguntó Verónica con ansiedad. —Hablaremos en la mansión. Ahora ve a trabajar, para eso me pediste que te trajera —Kevin recuperó su habitual frialdad. Dirigió una mirada hacia el lugar donde Leah había desaparecido, pero prefirió volver a su oficina, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa. Leah, por su parte, se sentó en una pequeña silla del cuarto de limpieza. —¿Por qué casarte conmigo si ya tenías a tu amada? ¿O es porque ella es la hermana de la señora Dulce y no quieres que se sepa por miedo al qué dirán? ¿Prefieres usarme de tapadera? —se masajeó la frente. No había esperado ver semejante escena, aunque sabía que su matrimonio era solo un acuerdo empresarial. No sentía celos, pero sí una punzada de dignidad herida. Conociendo a Verónica, sabía que no tardaría en usar aquel beso para humillarla, para dejar claro que Leah sobraba. Pero ella también sabía por qué seguía allí: por sus padres… y por las condiciones del trato. De otro modo, ya habría huido. —¿Nos viste, verdad? —la voz de Verónica la sobresaltó. Leah se puso de pie al instante. —¿Qué tendría que ver? —fingió demencia, aunque sabía exactamente lo que venía. —Sé perfectamente que nos viste. Kevin y yo terminaremos juntos. Yo soy la mujer para él, aunque todavía no entiendo por qué se casó contigo. —No me interesa saberlo, ni a qué están jugando. Lo mejor que puedo hacer es… —Desaparecer —la interrumpió Verónica, con una sonrisa venenosa—. Acabo de dar el primer paso con Kevin y ya no habrá marcha atrás. Yo seré la señora Hill y... —Te regalo el apellido si tanto lo quieres —replicó Leah, encendiendo aún más la furia de Verónica, que la arrinconó bruscamente contra la pared. —Si yo hablo, tú callas. Estás ante la futura señora Hill. —En ese caso, no vuelvas a tocarme. Porque, te guste o no, yo sí soy la señora Hill. Verónica respondió con una bofetada, pero Leah esta vez no se quedó quieta: la empujó con fuerza. —¿Por qué la empujas? —la voz de Kevin resonó desde la puerta. No podía haber elegido peor momento. —Está loca —sollozó Verónica, fingiendo lágrimas, mientras Leah sonreía con burla. —Digan lo que quieran —replicó Leah con voz firme—. Pero saca a tu “amada” de aquí. Una dama de alto nivel no tiene nada que hacer en la sala de limpieza. —Verónica, retírate —ordenó Kevin. La mujer, contrariada, obedeció sin replicar, aunque le dolía dejarlo a solas con Leah. —¿Qué demonios pasa contigo? —Kevin se acercó, acorralándola contra la pared, sus manos a ambos lados de su cabeza. Leah estuvo tentada de decirle que estaba cansada de que Verónica la golpeara y de que él la acusara sin pruebas, pero sabía que discutir con Kevin Hill —el hombre más poderoso del país— era perder. Nadie osaba enfrentársele. —¿Por qué te quedas callada? ¿O estás calculando qué mentira decirme? —su voz sonó como un látigo. —No tengo nada que decir —respondió Leah, fría, mirando hacia otro lado. Kevin le tomó la barbilla con rudeza. —Tal parece que te faltan modales. —No tienes por qué preocuparte por eso. —Deja de responderme, Leah. —Entonces deja de decir estupideces —replicó ella, sosteniéndole la mirada. No pensaba permitir que ni él ni su amante la humillaran. Kevin la fulminó con los ojos entrecerrados. —¿Estás pensando en volver a golpearme? —preguntó Leah, desafiante. Él frunció el ceño, observando las mejillas enrojecidas de su esposa, y se apartó sin decir palabra. Leah se alisó la falda con calma, mientras él abandonaba la sala en silencio. Más tarde, Leah tuvo que ir a limpiar la oficina de Kevin. Para su desgracia, él estaba allí, sentado como un rey tras su escritorio. Sus manos movían el ratón, su rostro perfecto iluminado por la pantalla. La tensión entre ambos era palpable. El beso con Verónica había abierto una brecha que se ensanchaba con cada mirada, con cada palabra contenida. Leah no sentía celos, pero sí el deseo de entender su papel en ese juego de apariencias. Pensaba seriamente en romper el contrato matrimonial y dejar que Kevin y Verónica se quedaran juntos. Pero estaban sus padres… y los acuerdos empresariales. —Te pago para que limpies, no para que me mires como una tonta —dijo Kevin sin levantar la vista. Leah lo maldijo en silencio y siguió con su trabajo. Él la observaba de reojo, fingiendo indiferencia. Cuando terminó y se disponía a salir, la voz de Kevin volvió a detenerla. —Leah, desde este momento te prohíbo acercarte a Henry Morgan. Ella guardó silencio, lo que pareció enfurecerlo más. —No tienes derecho a pedirme eso, señor Hill —respondió finalmente, con calma glacial. —Te recuerdo que eres mi esposa, Leah —rugió Kevin, colérico. —¿Ahora soy su esposa? —replicó con una sonrisa sarcástica—. Qué curioso, porque usted mismo prohibió que eso se mencionara, ¿o ya lo olvidó, señor Hill?Kevin no recordaba cuánto tiempo llevaba caminando. Solo sabía que sus botas estaban cubiertas de barro, que sus manos temblaban y que su garganta ardía de tanto gritar nombres que nadie respondía. —¡Leah! Su voz se perdía entre los árboles. —¡Emily! El amanecer había llegado sin pedir permiso, tiñendo la granja de tonos pálidos, casi crueles. La neblina matinal se deslizaba sobre el pasto como un sudario, envolviendo cada rincón con una calma que resultaba insultante. Todo estaba demasiado quieto. Kevin corría de un lado a otro, revisando cada cabaña, cada galpón, cada sendero. Abría puertas con violencia, pateaba cajas, levantaba lonas, apartaba ramas. Nada. Ni una sola señal. Su corazón golpeaba contra su pecho como un animal atrapado. —Esto no puede estar pasando… —murmuró, llevándose las manos al cabello. Liliana lloraba apoyada contra una pared, Ana intentaba consolarla sin lograr contener sus propias lágrimas. Isabel, pálida como la ceniza, permanecía sentada en una
El dolor llegó antes que la conciencia. Fue un latigazo seco que atravesó la frente de Leah y descendió por su cráneo como una ola ardiente. Un gemido escapó de sus labios resecos mientras intentaba moverse por puro reflejo… pero su cuerpo no respondió. Algo la retenía. Abrió los ojos con dificultad. Al principio solo vio oscuridad. Una negrura espesa, pesada, que parecía adherirse a su piel. Parpadeó varias veces, intentando enfocar, y entonces el mundo comenzó a tomar forma de manera fragmentada.El techo era bajo, irregular, como si estuviera hecho de cemento viejo mezclado con humedad. Había grietas que parecían venas muertas recorriendo la superficie. Una luz amarillenta, débil y temblorosa, colgaba de un cable expuesto, balanceándose ligeramente, proyectando sombras alargadas que se movían como criaturas vivas por las paredes.-"Que es aquel olor rancio que llena mi nariz acaso es ¿Moho? también es Hierro oxidado, suciedad acumulada" Vega después de susurrar aquellas palabras
La noche cayó sobre la granja con una delicadeza engañosa. El cielo se fue oscureciendo lentamente hasta convertirse en un manto profundo, salpicado de estrellas que parecían más brillantes que nunca. La luna, redonda y generosa, iluminaba los campos con una luz plateada que hacía relucir el pasto húmedo. Habían decidido cenar afuera. Una mesa larga fue colocada frente a la casa principal, adornada con algunas velas y flores silvestres. El aire era tibio, agradable, y las luciérnagas comenzaban a aparecer entre los arbustos como pequeños destellos vivos. Emily estaba sentada en su sillita, balbuceando feliz mientras Leah le daba pequeños trozos de comida blanda. Kevin observaba la escena con una calma que pocas veces se permitía sentir. Isabel estaba a su lado, envuelta en un chal ligero. —Estas noches me recuerdan a mi juventud —comentó, mirando el cielo—. Cuando creíamos que el mundo era eterno. Liliana rió suavemente. —Y quizá lo era… solo que no lo sabíamos. Ana sirvió vi
El amanecer después de una noche de pasión y dulzura en la habitación de Leah y Kevin llegó despacio. Primero fue una línea pálida en el horizonte, apenas perceptible entre la neblina que abrazaba los campos. Luego, el cielo comenzó a teñirse de tonos suaves: rosados, dorados, azules que se mezclaban como acuarela derramada con cuidado. La granja despertaba lentamente. El canto de los gallos marcó el inicio del día, seguido por el murmullo distante del ganado y el crujir de la madera bajo los pasos tempranos de algún trabajador que ya recorría los corrales. Kevin abrió los ojos antes que Leah. Durante unos segundos permaneció inmóvil, observándola dormir. Ella estaba de costado, el cabello desordenado cayendo sobre su rostro, una mano apoyada cerca de su pecho. Su respiración era tranquila, profunda, como si el mundo no existiera más allá de esa habitación. Kevin sonrió en silencio. Deslizó con cuidado su brazo para no despertarla y se incorporó lentamente. El cuerpo desnudo de
La noche había caído lentamente sobre la granja, como un manto tibio y protector. No era una oscuridad brusca. Era suave. Gradual.El cielo brasileño se teñía de tonos profundos: azul oscuro, violeta, pequeñas pinceladas negras que dejaban espacio para un millón de estrellas. El aire era cálido, con ese aroma particular del campo húmedo, de pasto recién respirado, de madera antigua y tierra viva.Kevin sostenía a Emily entre sus brazos.La pequeña dormía profundamente, con su mejilla apoyada contra el pecho de su padre, su respiración tranquila marcando un ritmo lento y constante. Sus diminutos dedos se aferraban a la camisa de Kevin como si incluso dormida necesitara asegurarse de que él seguía allí.Leah caminaba a su lado. No hablaban. No hacía falta. Disfrutan del silencio y la compañía del otro.Sus pasos crujían suavemente sobre la grava del sendero que rodeaba la casa principal. A lo lejos se escuchaban grillos, alguna rana escondida entre los arbustos, y el murmullo del vien
Carlos Beira observaba la pantalla de su portátil con una quietud peligrosa. La habitación del hotel en Milán estaba en silencio, iluminada apenas por la luz azulada del amanecer. Afuera, la ciudad comenzaba a despertar, pero dentro de aquel cuarto solo existían nombres, fotografías y archivos confidenciales. Kevin Hill. Leah Presley. Movimientos bancarios. Antiguas direcciones. Contactos empresariales. Registros de vuelos. Fotografías de años atrás. Carlos respiró hondo. Había reunido cada fragmento de información que había logrado obtener desde Europa y Asia. No era reciente. Nada verdaderamente actual. Pero era suficiente para iniciar una cacería. Aunque era poco los datos, tenía la esperanza de que sea suficiente. Adjuntó todo en un archivo cifrado. Tecleó el nombre del destinatario: Marcos Rutti. Antes de enviar, dudó un segundo. Luego presionó el botón. El archivo desapareció de su bandeja. Carlos apoyó la espalda contra la silla. Sus dedos ta







