تسجيل الدخولCAPÍTULO 12 — ¿ESTÁ CLARO, COLOMBIANA?El reloj de la mesita marcaba las siete de la mañana.Siete horas desde el último mensaje de Alain; todavía faltaban diecisiete para que se cumpliera el plazo de veinticuatro.Alain Moreau era el hermano mayor de Francis y, después de Isabella, probablemente la única persona que quería encontrar al niño con la misma desesperación. Había sabido que Alejandro estaba detrás de la muerte de su hermano mucho antes de que Isabella tuviera pruebas, pero enfrentarlo entonces habría sido un suicidio inútil.Alejandro estaba protegido por dinero, hombres y contactos; Alain, además, no tenía una sola prueba que pudiera llevar hasta él sin terminar enterrado junto a Francis.Así que había hecho lo único que podía hacer sin alertarlo: esperar y buscar.Meses atrás, mucho antes de que Alejandro sacara a Isabella de París para llevarla a Medellín y casarla con Mateo, la había contactado.Apretó el teléfono satelital entre las palmas antes de deslizarlo bajo el
CAPÍTULO 11 — LA PRIMERA MENTIRAJusto cuando el aliento de Mateo le rozó el labio superior, Isabella levantó la mano derecha y plantó dos dedos firmes sobre su boca.—No.Mateo se quedó inmóvil, sintiendo el calor de las yemas de ella contra sus labios, pero no retrocedió.—No parecías querer decir que no.Isabella retiró los dedos despacio, pero mantuvo los ojos clavados en los suyos con una frialdad casi desesperada.—Ese es exactamente el problema.Se deslizó fuera del banco por un costado, apoyando con cuidado el pie vendado para ganar distancia, se pasó una mano por el cabello húmedo de sudor y recogió su toalla del suelo.—Tenemos un trato.—Empiezo a odiar ese maldito trato —soltó él, girándose hacia ella con los puños metidos en los bolsillos del pantalón para no volver a agarrarla.—Y apenas llevamos unos días. Acostúmbrate.Caminó hacia la salida sin cojear, forzando la postura con ese orgullo absurdo que a él le revolvía el estómago, y abrió la puerta.—Isabella.Ella se q
CAPÍTULO 10 — EL CISNE Y LA BESTIAEl peso de la caja negra en la mano derecha le recordó a Mateo que debía moverse, pero los pies se negaron a obedecer.Se quedó clavado contra el marco de madera oscura, con el aire retenido en el pecho y la sangre agolpándose en la pelvis.Su esposa giró sobre una pierna, buscó la elevación y falló en la caída. El tobillo se le dobló apenas, pero Isabella no soltó un quejido; en cambio, apretó la mandíbula, retrocedió dos pasos y volvió a colocarse en posición.Giró de nuevo y la pierna no subió con la misma limpieza.La rabia le tensó el cuello.No había frustración de aficionada en ese gesto, sino el veneno puro de quien exige obediencia absoluta a su propia carne. Lo repitió una tercera vez, arrastrando el esfuerzo en una respiración áspera que llegó hasta la puerta.En ese momento, Mateo dejó de mirar solo la curva de los glúteos y el sudor bajando por la espina dorsal y se concentró en la furia.Era la misma que él sentía cuando vaciaba un carg
CAPÍTULO 9 — PARALIZADO POR EL DESEOAL DÍA SIGUIENTE...El sol caía y dentro de la oficina Mateo revisaba un flete marítimo con la mandíbula tensa. Tenía la camisa desabotonada en el cuello, el pelo revuelto por la falta de sueño y la mirada fija en los números, aunque en realidad no estaba leyendo nada.Su cabeza seguía atrapada en la noche anterior.En Isabella.En Francis Moreau.No eran celos.O al menos eso se repetía.Era desconfianza.Instinto.La necesidad de saber quién carajos era el hombre que había conseguido que su esposa perdiera el control durante una fracción de segundo.Nico todavía no llamaba con respuestas y la espera empezaba a ponerlo de peor humor.La puerta se abrió suavemente y Olga entró con una sonrisa. Llevaba una blusa de seda ajustada y el cabello suelto, perfectamente peinado. No venía furiosa, ni reclamando, ni con los ojos hinchados de celos.Venía armada con algo mucho más peligroso: cuatro años de intimidad compartida.Caminó directo hacia el escrit
CAPÍTULO 8 — EL FANTASMA DE PARÍSIsabella sonrió.—Ni en otra vida.Fue como tirarle agua helada.—Perfecto. Coincidimos en algo.El tono de Mateo volvió a ser frío, pero Isabella había visto el golpe.Por suerte, unos tacones resonaron en el pasillo. Emma apareció con dos copas de champaña en las manos. Miró primero a Mateo, después a Isabella y finalmente la distancia ridículamente pequeña que aún existía entre ellos.Levantó una ceja.—¿Interrumpo un asesinato o algo más interesante?—Un asesinato —respondieron ambos al mismo tiempo.Emma soltó una carcajada.—Mateo, Santiago te necesita en el despacho. Llegó la gente de Nayarit y dicen que no van a soltar un solo cargamento si tú no estás en la mesa.Él no se movió al instante. Tenía los ojos clavados en Isabella, con el pecho subiendo y bajando pesadamente.—Mateo —repitió Emma, esta vez más seria—. Es negocio. Ya sabes cómo es Santiago.Él exhaló lentamente.—Esta conversación no se ha terminado.La miró un segundo más antes de
CAPÍTULO 7 — SUENA A QUE ERES MÍA—Te hice una pregunta, Isabella. ¿Lo amabas?—Yo no recibo órdenes tuyas. No soy uno de tus matones con pistola.Mateo plantó la palma de la mano contra la piedra, justo al lado de su cabeza. No la tocó, pero la distancia se volvió mínima y ella podía sentir el calor pesado que salía de su cuerpo.—Camille dijo que ibas a casarte con él —insistió, con la mandíbula apretada—. Algo tenías que sentir.—¿Y qué si lo amaba?Mateo se quedó inmóvil y ella vio la reacción. Fue apenas una pequeña contracción en su mandíbula, pero ahí estaba, así que decidió empujarlo un poco más.—¿Qué vas a hacer? ¿Pegarle un tiro?—No me tientes.Isabella soltó una risa incrédula y, contra toda lógica, Mateo sintió ganas de sonreír. Solo un segundo, porque la imagen era absurda, pero se contuvo.—Estás enfermo.—Nunca dije lo contrario.La respuesta la sorprendió y Mateo aprovechó ese segundo para observarla. Debajo de toda aquella arrogancia había visto algo cuando mencionó







