LOGINDías después... ~EMILIANO~Ese día, con las manos sobre el volante y el rugido de los motores estremeciendo el aire alrededor de mí, recordé la primera vez que mi padre me llevó a una pista.Yo tenía ocho años y hasta entonces los únicos autos que había conducido cabían dentro de la palma de mi mano.Papá no me dijo adónde íbamos. Solo apareció una mañana en mi habitación mientras yo tenía varios carritos acomodados sobre la alfombra y me dijo que me pusiera los zapatos porque saldríamos. Pasé buena parte del camino preguntándole qué íbamos a hacer, pero él se limitó a decirme que tuviera paciencia, cosa que nunca había sido precisamente uno de mis talentos.Mi papá decía que eso se lo había heredado a mi madre.Empecé a escuchar los motores antes de saber dónde estábamos.Me pegué a la ventanilla.—¿Qué es eso?Papá sonrió.—Ya vas a verlo.Cuando estacionó y bajamos del coche, prácticamente tuve que correr para seguirle el paso. Había una pista detrás de las instalaciones y varios
Tres años después... ~VALENTINA~ Odiaba ver a Emiliano rodeado de chicas. Odiaba que fuera tan popular y que todas las chicas de la escuela le coquetearan. Emiliano no solo era popular por ser el más guapo de toda la escuela y por ser diferente a todos los demás chicos insípidos de cabello rubio y piel pálida. Emiliano era exótico; con su cabello oscuro y rizado, su piel trigueña, sus pecas y sus ojos de chocolate. Pero, además de todo eso, el imbécil ya era todo un corredor de autos y eso era lo que más llamaba la atención de todas esas zorras arrastradas Quería tener una pistola y darle un tiro en la cabeza a cada una. Pero como no podía hacerlo, tenía que conformarme con espantarlas, como a moscas. Aquella tarde había quedado de encontrarme con él al salir de clases para caminar juntos hasta el parque antes de regresar a casa, pero cuando llegué al punto de siempre lo encontré apoyado contra una pared, con la mochila colgada de un hombro y tres chicas de su grado alreded
Algunos años después... ~EMILIANO~ —Tal vez deberías dejar de comer tanto. La voz masculina me llegó justo cuando estaba saliendo por uno de los laterales de la escuela, camino al lugar donde Valentina y yo habíamos quedado de encontrarnos para regresar juntos a casa. —Ya pareces una marrana lista para ser comida en navidad —agregó aquel chico, soltando una carcajada burlona. Frené casi sin pensarlo y levanté la cabeza hacia el muro que separaba aquella parte del edificio del pequeño patio trasero. —Tal vez tú deberías aprender a cerrar la boca cuando nadie te pidió tu opinión, cara de escroto. Reconocí la voz de Valentina inmediatamente. Guardé el teléfono en el bolsillo y rodeé el muro con rapidez. Sebastián estaba frente a ella. Lo conocía de vista. Tenía más o menos mi edad, cursaba el mismo grado que yo y desde hacía tiempo se había ganado fama de molestar a cualquiera que creyera más débil que él. En ese momento la miraba con una sonrisa estúpida mientras Valentina pe
~ARTEM~ Mina jadeó mi nombre con suavidad y sin aliento. Empujé de nuevo y su cuerpo se movió conmigo. —Güero —jadeó. Debería haberme sentido mal po tenerla así, por desearla así. Debería haberme sentido mal por estar dentro de ella todo el tiempo, pero se sentía jodidamente increíble y eso no podía ser malo. Su voz se volvió más fuerte, suplicante. —Más —pidió, mientras sus manos se retorcían en la sábana—. Dame más. Le di más. A mi mexicana siempre le daba más y esa vez también quería darle todo lo que tenía, pero no pude hacerlo porque un llanto nos interrumpió. Cerré los ojos un segundo y gruñí, aumentando el ritmo. Nuestro hijo siguió llorando. —Cinco minutos —murmuré. El llanto aumentó. —Claro que no. Derrotado me detuve y Mina rio, divertida. Me dio un beso ligero y me empujó fuera de ella para levantarse de la cama. Se puso la bata encima y volvió a reír cuando miró cómo me quejaba por el dolor en mis malditas pelotas. —Si escuchas que no se calma
Días después... ~ARTEM~ Mi madre abrió la puerta antes de que alcanzara a tocar por segunda vez. Durante un par de segundos se quedó completamente quieta, mirándome como si necesitara comprobar que de verdad estaba allí y no era alguna videollamada mal colocada frente a su puerta. Después soltó una exclamación en ruso y se lanzó a abrazarme con tanta fuerza como si yo todavía tuviera quince años y pudiera aplastarme entre sus brazos. —Ya era hora de que vinieras a ver a tu madre. —Hola a ti también, madre. Se apartó solo para sujetarme la cara entre las manos y examinarme. —Has engordado. —No he engordado. —Sí. —Mamá... —No discutas conmigo. Escuché a Mina contener una risa detrás de mí. Mi madre levantó entonces la mirada por encima de mi hombro y dejó de prestarme atención por completo. Ahí estaban los verdaderos motivos por los que llevaba semanas preguntándome exactamente cuándo llegaríamos. Mina permanecía junto a Emiliano con una mano apoyada sobre
Otro año después... ~MINA~ Habían pasado muchos años desde la última vez que celebré un Día de Muertos con mi familia, pero apenas entramos al cementerio y el olor del cempasúchil, las veladoras y la comida comenzó a mezclarse en el aire, algo dentro de mí reconoció inmediatamente aquella sensación. Había familias reunidas alrededor de las tumbas, algunas hablando, otras riendo mientras acomodaban sus ofrendas, y por todas partes había colores, flores y pequeños altares levantados para quienes ya no estaban. Caminé despacio entre las lápidas con una mano apoyada sobre mi vientre de casi seis meses, mientras Artem avanzaba a mi lado cargando a nuestra hija y Emiliano llevaba con mucho cuidado la bolsa donde había guardado los dulces de cacahuate que habíamos comprado para mi papá y para mi hermano. Cuando llegamos frente a las tres tumbas me detuve. Durante unos segundos no hice nada más que mirar sus nombres. Esta vez no había miedo. No estaba allí para atraer a nadie ni







