FAZER LOGIN**CASPER**
“Cero riesgos”. Ese era el algoritmo bajo el cual regía mi vida, mi empresa y cada maldito segundo de mi existencia. En el mercado de la seguridad digital, la imprevisibilidad era el enemigo. Por eso, ver una masa de seda verde oliva, cabello empapado y olor a miedo desplomarse sobre mi regazo no entraba en ninguna de mis ecuaciones.
Mantuve los dedos rígidos sobre su rostro, congelado en el tiempo. La lluvia golpeaba el techo de mi coche blindado como una ráfaga de balas amortiguadas. Mi pulso, habitualmente plano y gélido, golpeó contra mis costillas.
“Es ella”, dictaminó mi subconsciente en un arranque de pura demencia.
—No puede ser… —susurré, y la palabra quemó mi garganta.
La examiné con una fijeza casi violenta, buscando el engaño. Cabello castaño claro pegado a las mejillas, facciones finas, cejas delicadas. Era el vivo retrato de Sira. La misma mandíbula obstinada, idéntica nariz recta. Pero la lógica tardó solo tres segundos en aplastar el espejismo. Sira Carvajal desapareció hace exactamente diez años. Si estuviera viva, tendría mi edad; tendría treinta, no las facciones juveniles de la chica inconsciente que respiraba de manera entrecortada sobre mis piernas.
—¿Señor Della Torre? ¿Se encuentra bien? —La voz de mi chofer, Hans, llegó desde el intercomunicador delantero. Sus ojos me vigilaban a través del espejo retrovisor, fijos en la silueta femenina—. ¿Llamo a seguridad de la corporación?
—No —ordené de inmediato, recuperando la frialdad corporativa—. Arranca. Sácanos de este sector. Ahora.
El motor rugió con un ronroneo imperceptible y el coche se incorporó a la avenida de Ginebra. Mis manos, letales y calculadoras, registraron el cuerpo de la desconocida en busca de micrófonos, cámaras ocultas o armas. Nada. Solo seda húmeda, piel helada por la tormenta y un zapato de tacón de aguja enganchado entre sus dedos rígidos. El cuero del zapato estaba manchado de sangre fresca. No era de ella; no había heridas visibles en sus piernas descalzas.
—Una maldita emboscada —mascullé entre dientes, observando la tableta digital que aún brillaba en mi mano izquierda con los gráficos de la bolsa de Zúrich.
La sospecha me indujo una punzada de ansiedad en la nuca. Mi empresa emergente de inteligencia artificial estaba a tres días de firmar la fusión más importante del año. Un escándalo de faldas, una acusación de secuestro o una foto filtrada a la prensa con una mujer semidesnuda en mi vehículo destruiría el precio de las acciones. Carmen, mi madre, se encargaría de recordarme que el apellido Della Torre no soportaba el barro mediático.
Mire de nuevo su rostro. Desprendía un perfume dulce, adulterado por el aroma agrio del alcohol y algo más. Químicos. Sustancias psicotrópicas. Estaba drogada.
Llegamos al ático de la torre residencial de la corporación en menos de diez minutos. Hans abrió la puerta trasera, manteniendo una manta oscura lista para cubrir el cuerpo de la chica. Lo aparté con un gesto imperativo. La cargué en mis brazos; pesaba menos de lo que sugería su estatura media. Su cabeza se apoyó inerte contra mi pecho, y la humedad de su vestido traspasó la tela de mi traje de sastre italiano.
El ascensor privado nos dejó directamente en el recibidor de mi apartamento. Un entorno de líneas minimalistas, mármol oscuro y ventanales que mostraban la silueta borrosa del lago Lemán bajo la tormenta.
La deposité sobre el sofá de cuero negro del salón. Su respiración se había estabilizado, pero la palidez de su piel me resultaba inquietante.
—Hans, trae el maletín de análisis de toxinas de la oficina y comunícame con el profesor Morag en la Universidad de Ginebra —indiqué mientras me desabrochaba el botón superior de la camisa, despojándome de la chaqueta empapada—. Quiero un rastreo de geolocalización de las últimas dos horas en los servidores públicos cercanos a la Place du Bourg-de-Four. Alguien la estaba siguiendo.
—Entendido, señor. ¿Debo informar a su madre?
—Ni una palabra a Carmen —tajé, clavándole una mirada que hizo que el empleado asintiera antes de retirarse en silencio.
Me quedé solo con ella. Me arrodillé a su lado, adoptando la postura de un analista frente a un código encriptado. Le aparté un mechón de pelo del cuello. Fue entonces cuando lo vi: un cordón de plata del que colgaba una pequeña medalla antigua con el grabado de un árbol de la vida invertido. El mismo diseño gótico que Sira llevaba en el instituto. El mismo que mi difunto padre, Álvaro Della Torre, guardaba en una caja fuerte antes de morir en circunstancias dudosas.
La coincidencia dejó de ser matemática; esto era una provocación.
“¿Quién eres?”, pensé, y la frustración me hizo apretar los dientes. “¿Un fantasma enviado por los enemigos de mi padre para recordarme lo que pasó en Navarra hace una década?”.
Saqué mi teléfono personal e inicié el escaneo de reconocimiento facial mediante el software de la empresa. La cámara de alta resolución capturó las facciones de la joven. El procesador tardó menos de diez segundos en arrojar un resultado en la pantalla táctil:
RESULTADO DE BÚSQUEDA:
Nombre: Leonor Carvajal Ibáñez.
Edad: 23 años.
Ocupación: Estudiante de último año, Filología Hispánica (Universidad de Ginebra).
Estatus: Residente bajo beca de excelencia académica.
Carvajal. El apellido impactó en mi mente como un disparo. Era la hermana menor. La niña que se quedó en España cuando la mayor desapareció de la faz de la tierra.
Un gemido ahogado interrumpió el silencio del ático. Leonor comenzó a removerse en el sofá, arqueando las cejas mientras sus ojos verde oliva se abrían con lentitud, inyectados en sangre y desorientados por el letargo de los sedantes.
Intentó incorporarse de golpe, pero el equilibrio le falló, haciéndola caer de costado contra el respaldo. Su mirada, salvaje y cargada de un pánico primitivo, recorrió el salón hasta fijarse en mí. Instintivamente, se encogió, cruzando los brazos sobre su pecho húmedo.
—¿Dónde… dónde estoy? —Su voz fue un hilo áspero, desprovisto de la fuerza que había mostrado en el coche, pero sus ojos sostenían los míos con una furia intuitiva que me impresionó—. ¿Quién es usted? ¿Dónde está Chloe?
Me levanté cuan largo era, hundiéndome las manos en los bolsillos del pantalón. La distancia física debía marcar el inicio de la negociación.
—Estás en mi propiedad, señorita Carvajal —respondí, utilizando mi tono más grave, aquel que empleaba para cerrar contratos multimillonarios—. Y si te refieres a la mujer que pagó al mesero del hotel para que te tomara fotografías explícitas en la habitación 304, sugiero que te olvides de ella por las próximas horas.
Leonor palideció aún más, si es que eso era posible. Su respiración volvió a acelerarse.
—Usted… ¿Cómo sabe eso? —Se deslizó hacia el borde del sofá, buscando el zapato de tacón que ya no estaba en sus manos. Se percató de su desnudez podal y se tensó—. ¿Es uno de ellos? ¿Cuánto le pagó Chloe para terminar el trabajo?
Sostuve una risa seca, carente de humor.
—No tengo necesidad de comprar estudiantes de literatura, Leonor. Entraste a mi coche huyendo como un animal herido y atacaste a un hombre con un tacón. Mi software ya rastreó el blog de tu universidad; el servidor que tu amiga pretendía usar fue bloqueado desde mi red hace cinco minutos. Nadie verá esas fotos. Tu reputación está intacta.
Ella frunció el ceño, procesando la información con una agudeza que no cuadraba con alguien que acababa de ser drogado. Su mirada se desvió hacia mi sien izquierda, deteniéndose en la cicatriz.
—Esa marca… —susurró, y el miedo en su voz mutó en algo mucho más peligroso: reconocimiento—. El coche… El escudo en el volante. Usted es un Della Torre.
Me acerqué un paso, invadiendo su espacio personal. La tensión en el aire se volvió tan densa que casi podía palparse la electricidad entre los dos.
—Veo que tu intuición funciona mejor que tus filtros de amistad —sentencié, inclinándome levemente hacia ella—. Ahora vas a decirme la verdad. ¿El ataque de tu amiga fue una coincidencia, o usaste esa ridícula traición académica como excusa para meterte en mi vehículo porque sabes perfectamente quién soy?
Leonor no retrocedió. A pesar del temblor de sus labios y del frío que la hacía tiritar, alzó la barbilla, clavando sus ojos verde oliva en los míos.
—No sé nada de sus malditos negocios, señor Della Torre —escupió con un desprecio tajante—. Pero sé lo que su padre le hizo a mi hermana Sira hace diez años. Y no me voy a ir de aquí hasta que me diga dónde la tienen.
**SOFÍA**El contacto de sus labios en mitad del piso cuarenta, con la luz de Milán bañando la pared de cristal a nuestras espaldas, disipó cualquier rastro de duda. La firmeza de los brazos de Mateo alrededor de mi cintura ya no se sentía como una intrusión ejecutiva, sino como el único refugio al que no pensaba ponerle una sola línea de código de restricción.Cuando nos separamos apenas dos centímetros, le sostuve la mirada con una altivez limpia, sintiendo la aceleración rítmica de su pulso bajo las palmas de mis manos.—Parece que el heredero aprendió a hacer ofertas que no se pueden rechazar en los balances —susurré en un jadeo, rozándole la solapa del traje negro con la punta de los dedos.—No es una oferta de negocios, Sofía —siseó Mateo con ese tono grave que me estremecía las entrañas—. Es un decreto. Y el perímetro está cerrado a partir de hoy.—Mire que me salieron caras las horas extra —le devolví el golpe con una sonrisa afilada, aunque mi mirada delataba una entrega abso
**MATEO**El calor de los dedos de Sofía entrelazados con los míos era lo único que mantenía mi mente anclada a esa mesa rústica. La fijeza salvaje que heredé de mi padre nunca se había sentido tan voraz, pero a la vez tan peligrosamente paciente. Sofía Rossi no era una mujer a la que se pudiera arrinconar con decretos ni con el peso de mi apellido; tenía una altivez que requería una conquista paso a paso.—No suelo dar pasos atrás, Della Torre —respondió ella en un susurro grave, apretando mi mano con un agarre firme antes de soltarme con una lentitud calculada—. Pero si vamos a cerrar esa trampa mañana, necesito que deje de mirarme como si fuera a devorarme entre la pasta.—Es el único método que tengo para asegurarme de que no se me escape del perímetro, Rossi —sentencié, regalándole una sonrisa afilada mientras daba un trago al vino tinto.Salimos de la trattoria pasadas las diez de la noche. El aire fresco de Navigli traía el olor húmedo del canal. Sofía ya estaba abrochándose el
**SOFÍA**Me quedé inmóvil ante la presión de su pulgar contra mi mandíbula. La solidez de su cuerpo contra el borde de la mesa me dejaba muy poco margen de maniobra, pero no pensaba darle el gusto de ver que sus movimientos estratégicos me dejaban fuera de juego.—¿Una cena, Della Torre? —pregunté en un hilo de voz, obligándome a sostenerle la mirada con la misma altivez que él intentaba imponer—. Pensé que los magnates como usted negociaban en despachos, no entre tenedores.—Esto no es una negociación, Rossi —siseó Mateo con ese tono grave que me retumbaba en el pecho—. Es el cobro de mi traje. Y no acepto un no por respuesta.—Mire qué dominante salió el heredero —le devolví el golpe, inclinándome apenas un milímetro hacia él para desafiarlo—. Pero le advierto que no voy a ningún restaurante estirado donde tenga que usar tres tenedores distintos para comerme una ensalada.Una chispa de diversión sincera le iluminó las pupilas oscuras, suavizando por un segundo la fijeza salvaje de
**MATEO**El tiempo pareció congelarse. Sofía perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Reaccioné por instinto, dando tres pasos gigantescos para atraparla en el aire antes de que se estrellara contra el suelo. La atrapé contra mi pecho. Su cuerpo era sorprendentemente ligero, y el aroma a flor de azahar y café me invadió los sentidos de golpe. El problema no fue la caída; el problema fue que el vaso térmico de Sofía salió volando y su contenido —un líquido negro, hirviendo y pegajoso— se estampó de lleno contra la solapa de mi traje de diseñador, chorreando por mi camisa blanca hasta la hebilla del cinturón. Nos quedamos inmóviles durante cinco segundos. Yo sosteniéndola en brazos, ella con los ojos oscuros abiertos como platos y una mancha gigante de café arruinando mi atuendo de tres mil euros. —Buenos días, jefe —soltó Sofía con una sonrisa culpable y una soltura que me dejó sin habla. —Dígame que esto es una broma, Rossi —siseé en un murmullo grave, sintiendo el calor del café
**MATEO**Un murmullo de asombro recorrió la mesa. Giancarlo palideció.—Pero, señor… esa es una maniobra agresiva. Podríamos perder un quince por ciento del flujo operativo.—Mi padre les enseñó a no ceder ni un milímetro ante el chantaje corporativo, Giancarlo —rebatí con un descaro intelectual calcado al de mi madre—. Y yo no voy a empezar mi gestión pidiendo permiso a los suizos. O firman bajo nuestras condiciones antes de las cinco de la tarde, o se quedan fuera del perímetro.El director financiero tragó saliva, asintió en silencio y comenzó a teclear descontrolado en su terminal. El primer pulso estaba ganado.A las tres de la tarde, el intercomunicador de mi despacho privado sonó con un bip metálico. Presioné el botón sin levantar la vista de los balances.—Dime, secretaria.—Señor Della Torre, la pasante de análisis de datos de la división de ciberseguridad insiste en verlo —anunció la voz de la recepcionista—. Dice que encontró una anomalía sintáctica en las cuentas de la fi
**CASPER**Leonor dejó escapar un leve jadeo, perdiendo por un segundo la postura soberbia para regalarme una sonrisa enamorada que me devolvió de golpe a nuestros mejores años.—¿Nos estás dejando solos a cargo de la casa y la empresa? —preguntó Ginebra, alzando una ceja.—Mateo manejará los números y tú mantendrás la disciplina —sentencié, mirando a mi hijo a los ojos con una gravedad implacable—. Mateo, mantén la guardia alta. Mi imperio es tuyo a partir de hoy, pero si al regresar encuentro un solo rasguño en esta familia, te quito el mando antes de que cierre la bolsa.Mateo me sostuvo la mirada con una firmeza que me demostró que la piedra tenía un heredero digno.—El perímetro estará seguro, padre —aseguró el joven financiero, estrechándome la mano con un agarre de acero—. Ve a cuidar a mi madre. De lo demás me encargo yo.**MATEO**El rugido del motor del helicóptero privado terminó de disiparse en el horizonte sobre los picos del Como. Me quedé en la terraza de mármol con las







