FAZER LOGIN**LEONOR**
El silencio que siguió a mis palabras fue tan denso que el repicar de la tormenta contra los ventanales del ático pareció apagarse por completo. Sostuve la mirada de Casper Della Torre con el último aliento de fuerza que me quedaba en los pulmones. El veneno que Chloe había deslizado en mi copa seguía ahí, entumeciendo mis extremidades y haciéndome flotar en una realidad distorsionada, pero el odio y la sed de respuestas eran un ancla implacable.
Las facciones de Casper se congelaron. El hombre que hacía un segundo parecía un dios de mármol y tecnología, desprovisto de emociones, sufrió una transformación milimétrica. La cicatriz de su sien izquierda se tensó y sus pupilas se contrajeron con una violencia gélida.
—¿Qué acabas de decir? —Su voz descendió un octavo, transformándose en un susurro peligrosamente calmado.
—No se haga el ignorante —escupí, aferrándome al cuero del sofá para que no notara el violento temblor de mis manos—. Sira Carvajal. Su padre, Álvaro Della Torre, destruyó la investigación. Mi familia recibió el archivo cerrado con una etiqueta de “fuga voluntaria” firmada por los abogados de su corporación. Sé leer entre líneas, señor Della Torre. Es mi especialidad.
Casper no pestañeó. Dio un paso hacia mí, un movimiento felino y depredador que redujo el espacio entre nosotros a nada. La opulencia del salón, con sus muebles minimalistas y sus luces tenues, se convirtió en una jaula asfixiante. El aroma a cuero caro y lluvia que desprendía su traje empapado me invadió los sentidos.
—Estás delirando por la droga, Leonor —sentenció, y aunque sus palabras pretendían ser despectivas, la rigidez de su mandíbula lo traicionaba—. El nombre de mi padre no se arrastra en tus fantasías de venganza gótica.
—¡No es una fantasía! —grité, y el esfuerzo me provocó una punzada de dolor detrás de los ojos—. Su coche… el vehículo al que me subí. Es el mismo modelo, el mismo blindaje y lleva el mismo escudo aristocrático que el último automóvil que mi hermana abordó la noche que desapareció en Navarra. ¿Va a decirme que también es una coincidencia matemática?
Él guardó silencio, pero sus dedos se cerraron en puños dentro de los bolsillos. Su mirada analítica me recorrió la cara, no con la lujuria de un hombre que ve a una mujer vulnerable en su sofá, sino con la fijación obsesiva de quien intenta descifrar un fantasma.
El sonido electrónico de una puerta abriéndose al fondo del recibidor rompió la cuerda de alta tensión que nos unía. Hans, el chofer de Casper, entró a paso rápido portando un maletín metálico. Detrás de él, un hombre de cabello canoso y desordenado, con gafas gruesas y expresión de profunda preocupación, cruzó el umbral saltándose los protocolos de seguridad del ático.
—¡Leonor! ¡Por Dios, muchacha! —La voz del profesor Etienne Morag resonó en el salón, rompiendo la atmósfera gélida.
—Profesor… —alcancé a articular antes de que el mareo me obligara a reclinar la cabeza contra el respaldo.
Etienne corrió hacia mí, ignorando la imponente figura de Casper, que se hizo a un lado con una cortesía fría y distante. Mi tutor me tomó las manos, comprobando la frialdad de mi piel con la angustia de un padre.
—Su chofer me rastreó en la facultad, Leonor. Me dijo lo de Chloe… esa miserable —masculló Etienne, con los ojos empañados por la indignación—. Vi los servidores bloqueados. Intenté llamarte a casa, pero tus padres…
—Mis padres no saben nada, profesor. Y es mejor que siga así —le interrumpí con amargura, sabiendo perfectamente que Luis y María Carvajal preferirían verme muerta antes que involucrada en un escándalo que salpicara su sagrado apellido.
—El profesor Morag está aquí porque es el único que puede garantizar que no salgas de este edificio a cometer otra estupidez, señorita Carvajal —intervino Casper, cuya voz había regresado—. Hans, toma la muestra. Quiero saber exactamente qué le suministraron.
El chofer se acercó con un pequeño dispositivo digital. Sentí el pinchazo rápido en la yema de mi dedo antes de poder protestar. Casper observó la pantalla de su propia tableta, donde los datos comenzaron a parpadear en tiempo real.
—Escopolamina pura combinada con ansiolíticos de uso clínico —leyó Casper, clavando sus ojos oscuros en mí—. Tu amiga no quería gastarte una broma, Leonor. Quería borrarte el cerebro y dejarte a merced de un animal para que mañana fueses el despojo de la universidad. Deberías estar agradecida de que mi coche estuviese en esa acera.
—Preferiría haberme desplomado en el asfalto antes que despertar en la guarida de un Della Torre —ataqué, sosteniéndole la mirada a pesar de que la neblina negra volvía a arañar los bordes de mi mente.
Casper soltó un bufido seco, una mueca carente de cualquier rastro de calidez humana. Se dio la vuelta, dándonos la espalda mientras caminaba hacia el gran ventanal que miraba al lago Lemán.
—Profesor Morag —dijo Casper, sin mirarnos—. Llévese a su alumna a la habitación de invitados del ala este. Hans le proporcionará ropa seca y asistencia médica. Mañana nos ocuparemos de la señorita Chloe y del blog de la facultad. Pero la Carvajal no se va de Ginebra hasta que yo lo decida.
—Usted no tiene derecho a retenerme —protesté, intentando ponerme de pie, pero mis piernas descalzas fallaron de inmediato, obligando a Etienne a sostenerme por los hombros.
Casper se giró lentamente. La luz de la tormenta recortaba su silueta atlética, haciéndolo parecer un demonio envuelto en un traje de sastre.
—Tengo todos los derechos, Leonor —sentenció con una calma que me heló la sangre—. Entraste a mi vehículo armada con un tacón, manchada de sangre y acusando a mi difunto padre de un crimen internacional. Si cruzas esa puerta en este estado, la policía de Ginebra te detendrá antes de que llegues a la esquina, y tu perfecta beca se convertirá en una celda por difamación corporativa. Te quedas.
—¿Por qué? —le desafié, con la voz rota pero cargada de veneno—. ¿Por qué le importa tanto lo que una simple estudiante tenga que decir? Tiene miedo de que descubra la verdad, ¿verdad?
Casper avanzó dos pasos, deteniéndose justo donde la penumbra del salón se encontraba con la luz del pasillo. Su mirada intensa, casi penetrante, se clavó en mi cuello, justo donde descansaba la medalla antigua del árbol de la vida.
—Me quedo con lo que me interesa, Leonor. Y tu rostro… tu maldito rostro es una variable que necesito resolver —susurró, con un tono íntimo y de alta tensión que me hizo estremecer—. Duerme. Mañana empezará tu verdadero examen.
No pude responder. El cansancio extremo y el efecto acumulado de las toxinas apagaron mi conciencia por completo. Lo último que vi antes de que la oscuridad me reclamara fue la silueta de Casper Della Torre, observándome desde la penumbra con una fijeza posesiva y letal.
**SOFÍA**El contacto de sus labios en mitad del piso cuarenta, con la luz de Milán bañando la pared de cristal a nuestras espaldas, disipó cualquier rastro de duda. La firmeza de los brazos de Mateo alrededor de mi cintura ya no se sentía como una intrusión ejecutiva, sino como el único refugio al que no pensaba ponerle una sola línea de código de restricción.Cuando nos separamos apenas dos centímetros, le sostuve la mirada con una altivez limpia, sintiendo la aceleración rítmica de su pulso bajo las palmas de mis manos.—Parece que el heredero aprendió a hacer ofertas que no se pueden rechazar en los balances —susurré en un jadeo, rozándole la solapa del traje negro con la punta de los dedos.—No es una oferta de negocios, Sofía —siseó Mateo con ese tono grave que me estremecía las entrañas—. Es un decreto. Y el perímetro está cerrado a partir de hoy.—Mire que me salieron caras las horas extra —le devolví el golpe con una sonrisa afilada, aunque mi mirada delataba una entrega abso
**MATEO**El calor de los dedos de Sofía entrelazados con los míos era lo único que mantenía mi mente anclada a esa mesa rústica. La fijeza salvaje que heredé de mi padre nunca se había sentido tan voraz, pero a la vez tan peligrosamente paciente. Sofía Rossi no era una mujer a la que se pudiera arrinconar con decretos ni con el peso de mi apellido; tenía una altivez que requería una conquista paso a paso.—No suelo dar pasos atrás, Della Torre —respondió ella en un susurro grave, apretando mi mano con un agarre firme antes de soltarme con una lentitud calculada—. Pero si vamos a cerrar esa trampa mañana, necesito que deje de mirarme como si fuera a devorarme entre la pasta.—Es el único método que tengo para asegurarme de que no se me escape del perímetro, Rossi —sentencié, regalándole una sonrisa afilada mientras daba un trago al vino tinto.Salimos de la trattoria pasadas las diez de la noche. El aire fresco de Navigli traía el olor húmedo del canal. Sofía ya estaba abrochándose el
**SOFÍA**Me quedé inmóvil ante la presión de su pulgar contra mi mandíbula. La solidez de su cuerpo contra el borde de la mesa me dejaba muy poco margen de maniobra, pero no pensaba darle el gusto de ver que sus movimientos estratégicos me dejaban fuera de juego.—¿Una cena, Della Torre? —pregunté en un hilo de voz, obligándome a sostenerle la mirada con la misma altivez que él intentaba imponer—. Pensé que los magnates como usted negociaban en despachos, no entre tenedores.—Esto no es una negociación, Rossi —siseó Mateo con ese tono grave que me retumbaba en el pecho—. Es el cobro de mi traje. Y no acepto un no por respuesta.—Mire qué dominante salió el heredero —le devolví el golpe, inclinándome apenas un milímetro hacia él para desafiarlo—. Pero le advierto que no voy a ningún restaurante estirado donde tenga que usar tres tenedores distintos para comerme una ensalada.Una chispa de diversión sincera le iluminó las pupilas oscuras, suavizando por un segundo la fijeza salvaje de
**MATEO**El tiempo pareció congelarse. Sofía perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Reaccioné por instinto, dando tres pasos gigantescos para atraparla en el aire antes de que se estrellara contra el suelo. La atrapé contra mi pecho. Su cuerpo era sorprendentemente ligero, y el aroma a flor de azahar y café me invadió los sentidos de golpe. El problema no fue la caída; el problema fue que el vaso térmico de Sofía salió volando y su contenido —un líquido negro, hirviendo y pegajoso— se estampó de lleno contra la solapa de mi traje de diseñador, chorreando por mi camisa blanca hasta la hebilla del cinturón. Nos quedamos inmóviles durante cinco segundos. Yo sosteniéndola en brazos, ella con los ojos oscuros abiertos como platos y una mancha gigante de café arruinando mi atuendo de tres mil euros. —Buenos días, jefe —soltó Sofía con una sonrisa culpable y una soltura que me dejó sin habla. —Dígame que esto es una broma, Rossi —siseé en un murmullo grave, sintiendo el calor del café
**MATEO**Un murmullo de asombro recorrió la mesa. Giancarlo palideció.—Pero, señor… esa es una maniobra agresiva. Podríamos perder un quince por ciento del flujo operativo.—Mi padre les enseñó a no ceder ni un milímetro ante el chantaje corporativo, Giancarlo —rebatí con un descaro intelectual calcado al de mi madre—. Y yo no voy a empezar mi gestión pidiendo permiso a los suizos. O firman bajo nuestras condiciones antes de las cinco de la tarde, o se quedan fuera del perímetro.El director financiero tragó saliva, asintió en silencio y comenzó a teclear descontrolado en su terminal. El primer pulso estaba ganado.A las tres de la tarde, el intercomunicador de mi despacho privado sonó con un bip metálico. Presioné el botón sin levantar la vista de los balances.—Dime, secretaria.—Señor Della Torre, la pasante de análisis de datos de la división de ciberseguridad insiste en verlo —anunció la voz de la recepcionista—. Dice que encontró una anomalía sintáctica en las cuentas de la fi
**CASPER**Leonor dejó escapar un leve jadeo, perdiendo por un segundo la postura soberbia para regalarme una sonrisa enamorada que me devolvió de golpe a nuestros mejores años.—¿Nos estás dejando solos a cargo de la casa y la empresa? —preguntó Ginebra, alzando una ceja.—Mateo manejará los números y tú mantendrás la disciplina —sentencié, mirando a mi hijo a los ojos con una gravedad implacable—. Mateo, mantén la guardia alta. Mi imperio es tuyo a partir de hoy, pero si al regresar encuentro un solo rasguño en esta familia, te quito el mando antes de que cierre la bolsa.Mateo me sostuvo la mirada con una firmeza que me demostró que la piedra tenía un heredero digno.—El perímetro estará seguro, padre —aseguró el joven financiero, estrechándome la mano con un agarre de acero—. Ve a cuidar a mi madre. De lo demás me encargo yo.**MATEO**El rugido del motor del helicóptero privado terminó de disiparse en el horizonte sobre los picos del Como. Me quedé en la terraza de mármol con las







