Se connecter—¿Quién es ese hombre? —murmuró Bastian mientras entrecerraba los ojos en cuanto salió por la puerta principal de The Anchor.
Sus pasos se detuvieron rígidamente sobre las tablas de madera del muelle. Su mirada se fijó de inmediato en Darren, que reía despreocupadamente junto al embarcadero. El niño ya había dejado de llorar; la herida en su rodilla estaba cubierta cuidadosamente con una curita decorada con dibujos.
Darren parecía muy entretenido presumiéndole su pequeño barco de madera a un joven alto y apuesto, que aparentaba tener aproximadamente la misma edad que Sofia.
¿Es ese el novio de Sofia? ¿Es él el padre de ese niño? pensó Bastian.
Una sensación de frío y calor chocó violentamente dentro del pecho de Bastian. Una feroz sensación de rechazo se apoderó de su mente, incendiando su orgullo hasta hacerle apretar los dientes.
Sin perder tiempo, Bastian sacó el teléfono del bolsillo de su traje. Con sus dedos fríos, apuntó la cámara y tomó a escondidas varias fotografías de la cálida interacción entre aquel hombre y Darren desde la distancia. De inmediato, abrió la aplicación de mensajería y envió las fotografías a su secretario personal.
Bastian: Averigua la identidad de este hombre ahora mismo.
A Harry le tomó menos de diez minutos cumplir la orden. Mediante el sistema privado de reconocimiento facial basado en la base de datos de inteligencia de Valdez Global Holdings, el perfil del hombre quedó al descubierto de inmediato.
El teléfono que Bastian sostenía vibró con fuerza.
—Ya verifiqué el rostro del hombre de la fotografía, señor —informó Harry al otro lado de la línea en cuanto Bastian respondió—. Se llama Thomas Vance, un arquitecto local de esta ciudad. Sin embargo, señor... hay una noticia de emergencia desde Nueva York que es mucho más urgente.
Bastian entrecerró los ojos, todavía observando el muelle con la mandíbula tensa.
—Dime.
—La condición de la señora Clara empeoró repentinamente hace media hora —interrumpió Harry rápidamente, con un tono de pánico poco habitual en él—. Su presión arterial se disparó y el equipo médico acaba de trasladarla a la UCI. El Dr. Evans dice que ya no tenemos una semana.
El plazo que Bastian había prometido esperar se hizo añicos al instante. Sin siquiera cortar la llamada, giró sobre sus talones. Sus largas zancadas, apresuradas, golpearon las tablas de madera del muelle mientras irrumpía nuevamente en el restaurante.
—¡¿Qué te pasa, Bastian?! —preguntó Sofia, sorprendida al ver a su exesposo entrar en el restaurante con el rostro tenso y la respiración agitada.
Bastian no respondió. La tomó de la muñeca con fuerza y la condujo para que caminara con él.
—¿Qué demonios haces, Bastian? ¡Suéltame! —exclamó Sofia mientras intentaba con todas sus fuerzas liberar la mano.
—Nos vamos a Nueva York ahora mismo —la interrumpió Bastian con frialdad, sin darle el menor espacio para negociar—. Grandma está en estado crítico. Acaban de trasladarla a la UCI.
Al escuchar la palabra UCI, el color abandonó el rostro de Sofia. Su determinación de permanecer en Maine se derrumbó al instante. La culpa y el profundo cariño que sentía por la abuela Clara aplastaron de repente todo su orgullo y sus temores.
Sofia miró con inquietud a través de la ventana de cristal hacia el muelle, donde su hijo todavía jugaba alegremente con Thomas.
—Tengo que llevarme a mi hijo. No puedo dejarlo —dijo finalmente Sofia, mirando directamente a los ojos negros de Bastian.
—¿Ese hombre es el padre de tu hijo? —preguntó Bastian directamente. Su mirada se clavó en el rostro de Sofia, exigiendo la verdad sin ningún disfraz.
Sofia guardó silencio por un momento. Su corazón latía con fuerza. Si lo negaba ahora, Bastian, que siempre parecía saberlo todo, seguramente seguiría desmantelando su mentira hasta descubrir al hombre que durante todos esos años solo había existido en su imaginación.
—S-sí... es mi novio. Se llama Thomas —respondió Sofia con el rostro rígido. Se obligó a mantener firme la voz para proteger su gran secreto.
La mandíbula de Bastian se apretó con tanta fuerza que las venas de sus sienes se hicieron visibles. Un destello de furia profunda ardió en sus ojos, pero lo contuvo con todas sus fuerzas detrás de su máscara de frialdad.
—Pídele a ese hombre que cuide de tu hijo por un momento o lleva a tu hijo al auto ahora mismo. Ya no tenemos tiempo.
***
En cuestión de horas, con la ayuda de Maria y Thomas, quienes prometieron encargarse del funcionamiento del restaurante y preparar la mudanza temporal, Sofia terminó de empacar algunas prendas.
—Maria, por favor, cuida de Darren —dijo Sofia al despedirse, con los ojos empañados de lágrimas mientras contenía la angustia.
—¿Estás segura de que vas a irte con ese exesposo tuyo? Te ha hecho mucho daño, Sofia —dijo Maria con duda. Sus ojos contemplaron a su amiga con preocupación.
—La abuela Clara significa mucho para mí, Maria. No puedo permitir que se vaya sin encontrar la paz —susurró Sofia con voz ronca.
—Ve... Maria y yo cuidaremos bien de tu hijo —dijo Thomas mientras se acercaba. El hombre le dio una suave palmada en el hombro a Sofia, brindándole tranquilidad en medio del pánico que la embargaba.
—Ah, sí, Thomas... —susurró Sofia lentamente.
Lanzó una breve mirada hacia la puerta de salida, donde Bastian permanecía de pie, observándolos con los brazos cruzados sobre el pecho. Sofia acercó el rostro al oído de Thomas.
—Le mentí a Bastian diciéndole que eres mi novio... y el padre de mi hijo. Por favor, ayúdame a convencerlo de que esa mentira es verdad.
Thomas se quedó atónito por un instante. Sin embargo, la comprensión apareció rápidamente en sus ojos, seguida de un lento asentimiento.
—Entiendo. Déjamelo a mí —susurró Thomas con firmeza.
***
Con pasos pesados, Sofia subió las escaleras del jet privado de Bastian, que ya estaba listo en la pista de aterrizaje.
Dentro de la lujosa y silenciosa cabina del jet privado, las emociones de Bastian ardían de repente en su pecho. El encuentro cara a cara con Thomas en el restaurante había sido un duro golpe para su orgullo.
Thomas parecía joven, apuesto y lleno de energía, un contraste absoluto con él, que acababa de cumplir cuarenta años. El hecho de que Sofia pareciera tan cercana y dependiente de un hombre mucho más joven hizo que una extraña sensación de celos se apoderara de la mente del CEO.
Con un movimiento brusco, Bastian arrojó una gruesa carpeta sobre la mesa de madera pulida frente a Sofia.
¡Pum!
—Firma —ordenó Bastian con indiferencia.
Se recostó en el sofá de cuero situado al otro lado de la mesa, ocultando la tormenta de irritación detrás de su penetrante mirada.
—Son los documentos de nuestro matrimonio por contrato. Recibirás un fondo de cinco millones de dólares y la propiedad total de tu restaurante en Maine cuando finalice el contrato —continuó Bastian con aspereza.
Sofia contempló con ojos temblorosos el documento titulado Acuerdo Prenupcial y de Matrimonio por Contrato.
Sintió como si le hubieran desgarrado el pecho. El hombre que tenía delante realmente no había cambiado en absoluto. Seguía midiendo los sentimientos, el sufrimiento y los vínculos humanos con simples hojas de papel llenas de dinero.
En su amplio despacho, situado en los pisos superiores del edificio de Valdez Group, Bastian permanecía inmóvil frente a los ventanales de cristal grueso.Su mirada estaba perdida en los rascacielos de Manhattan, que parecían diminutos desde aquella altura. Tenía las piernas rígidas, mientras cada célula de su cuerpo parecía concentrarse por completo en el objeto rectangular que sostenía con la mano derecha.De pronto, los dos indicadores grises que aparecían debajo de su último mensaje cambiaron de color. Las dos marcas azules que confirmaban que el mensaje había sido leído se hicieron claramente visibles bajo las palabras que acababa de enviar.El corazón de Bastian comenzó a latir con violencia, golpeándole el pecho de una manera dolorosa. Los músculos de su cuello se tensaron y la respiración se le quedó atascada en la garganta. Con los ojos enrojecidos e inyectados en sangre, clavó la mirada en aquella sucesión de mensajes cargados de emociones que la mujer acababa de leer.Sin p
La luz del sol matutino de Nueva York se filtraba por las rendijas de las persianas verticales del bufete de abogados, ubicado en el distrito financiero, y proyectaba un tenue resplandor sobre la gruesa superficie de caoba del escritorio.Bastian permanecía rígido en una silla de cuero frente al escritorio. Tenía ambos brazos apoyados pesadamente sobre la mesa y observaba con atención los movimientos de los dedos de Harris, el abogado veterano en quien su difunta abuela había depositado toda su confianza. El hombre se acomodaba las gafas de lectura mientras examinaba el testamento de Clara Valdez y el resultado de la prueba de ADN que Bastian acababa de entregarle.Bastian se inclinó hacia delante y apoyó ambas palmas con firmeza sobre el escritorio de madera.—Mi difunta abuela añadió una cláusula especial a su testamento. Si Sofia y yo teníamos un hijo biológico, mi participación accionaria y mis derechos sobre los activos aumentarían del 30 % al 50 %. Esta prueba de ADN demuestra q
Bastian aterrizó de nuevo en Nueva York cuando las luces de los rascacielos de Manhattan ya rasgaban la oscuridad de la noche. El hombre se negó a regresar a su casa.En cambio, decidió encerrarse en su despacho, apenas iluminado, junto a Harry, mientras planeaba su contraataque con los ojos enrojecidos por el cansancio y la ira.Bastian clavó la mirada en el informe de la prueba de ADN, que indicaba una coincidencia del 99,99 %, sobre su escritorio de madera. Sus dedos se aferraron al borde de la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.—Prepara la demanda formal de custodia para mañana por la mañana —ordenó Bastian con frialdad, con la voz ronca y cargada de tensión.Harry, de pie junto al escritorio, frunció el ceño con inquietud.—Pero, señor... Los resultados de una prueba de ADN obtenida en secreto no pueden presentarse directamente ante el tribunal. Primero debe solicitarle formalmente al juez que autorice una nueva prueba de ADN y, una vez que se confirme
El lujoso sedán negro conducido por el chofer personal de Thomas se detuvo suavemente frente al vestíbulo principal de un rascacielos ubicado en una exclusiva zona de Manhattan.Un guardaespaldas se apresuró a abrir la puerta del pasajero. Thomas bajó primero, tomó a Darren del interior del vehículo y lo estrechó entre sus brazos.Sofia salió detrás de ellos. Sus tacones pisaron suavemente el mármol del vestíbulo mientras alzaba la mirada hacia el imponente edificio de fachada de vidrio oscuro que se alzaba frente a ella.¡Ding!El ascensor privado subió rápidamente hasta el último piso, sin la menor sacudida. En cuanto las puertas de acero inoxidable se deslizaron para abrirse, un espacioso penthouse apareció ante sus ojos.Los ventanales que se extendían desde el suelo hasta el techo ofrecían una vista panorámica de los rascacielos de Nueva York y de la inmensa extensión verde de Central Park. El brillante suelo de mármol blanco reflejaba la luz de la lámpara de araña de cristal que
Thomas soltó un largo suspiro y luego asintió con determinación. Sin perder tiempo, tomó en brazos a Darren, que seguía entretenido jugando, mientras Sofia recogía apresuradamente sus bolsos.—¿Ya está listo el avión? —preguntó Darren con inocencia, rodeando el cuello de Thomas con sus pequeños brazos.—Ya no iremos a Maine, Darren. Nos quedaremos en Nueva York, como tú querías —respondió Sofia con dulzura, acariciándole la mejilla al niño.—¡Yupi! —exclamó Darren, encantado, mientras apoyaba la cabeza en el hombro de Thomas.Los tres cambiaron de dirección y se alejaron con paso firme de la sala de espera del aeropuerto, rumbo al automóvil que los aguardaba. Habían decidido cancelar definitivamente el vuelo a Maine.Al mismo tiempo, las puertas automáticas de vidrio de la entrada principal del aeropuerto se abrieron bruscamente. Bastian irrumpió corriendo entre la multitud de pasajeros. El sudor frío le empapaba la frente y el cuello de la camisa, mientras sus ojos recorrían frenétic
La puerta de caoba del despacho de Bastian se abrió de golpe y chocó contra la pared. Nora Vickery entró con un ajustado vestido rojo intenso que se ceñía a su figura, mientras una sonrisa de satisfacción se dibujaba rígidamente en sus labios.Los delicados dedos de Nora, adornados con uñas largas, se movían con agilidad sobre la pantalla de su teléfono inteligente, protegido por una funda dorada.—Bastian, ya preparé el salón principal de la planta baja para la conferencia de prensa —anunció Nora con un tono exigente—. El equipo de relaciones públicas ya tiene listo el borrador del anuncio de nuestra boda. Tenemos que bajar cuanto antes, antes de que los periodistas...Sus palabras se desvanecieron de repente. Bastian ni siquiera la miraba. Permanecía inmóvil detrás de su escritorio, con la vista fija en la pantalla del teléfono que sostenía en la mano. Sus dedos temblorosos se movían rápidamente por la aplicación de horarios de vuelos nacionales e internacionales.Los ojos de Bastia







