INICIAR SESIÓNSu matrimonio fue frío. Su divorcio estuvo lleno de mentiras. Pero el secreto que los une es mucho más peligroso. A los veinte años, Sofia Morales creyó que su matrimonio arreglado con Bastian Valdez, un hombre maduro de treinta y cinco años, frío y obsesionado con el trabajo, heredero de Valdez Global Holdings, tendría un final feliz. En realidad, ella no era más que un adorno de lujo al que él ignoraba. Para Bastian, el matrimonio no era más que un compromiso empresarial basado en la razón. El mundo de Sofia se derrumbó cuando perdió al bebé que esperaba debido a una sangrienta conspiración dentro de la familia Valdez. Para proteger al nuevo bebé que llevaba en su vientre de una amenaza mortal, Sofia tomó la única salida que le quedaba, la más desesperada de todas: confesar una infidelidad que jamás había cometido para conseguir que Bastian le concediera el divorcio. Cinco años después, Sofia ha construido una nueva vida tranquila en una ciudad costera junto a su pequeño hijo. Hasta que, un día, Bastian vuelve a aparecer. El hombre exige que Sofia regrese con él, no por amor, sino para cumplir un matrimonio por contrato y satisfacer el último deseo de su abuela moribunda. Atrapada bajo el mismo techo que el hombre que una vez le rompió el corazón, Sofia debe ocultar la verdadera identidad del padre de su hijo, que no es otro que el propio Bastian. Pero ¿cuánto tiempo podrá sobrevivir ese secreto ante la mirada aguda de Bastian Valdez?
Ver más—Quiero divorciarme.
La costosa pluma de acabado dorado entre los dedos de Bastian se detuvo de repente sobre la hoja de documentos rayada. El hombre levantó lentamente la mirada. Sus ojos oscuros se clavaron con frialdad en su esposa, que permanecía rígida en medio del despacho de suelo de madera de teca. La tenue luz de la lámpara de araña se reflejaba apenas sobre los hombros tensos de la mujer.
—Debes estar cansada después de pasar todo el día en la fiesta benéfica —dijo Bastian con calma.
Sin esperar respuesta, Bastian volvió a bajar la mirada hacia el escritorio. Sus ojos recorrieron línea tras línea de las cifras financieras frente a él, como si las palabras de su esposa no fueran más que una ráfaga de viento pasajera que había chocado contra el cristal de la ventana.
Sofia apretó con fuerza los dedos detrás de los pliegues de su delgada bata de algodón, hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No era la primera vez que amenazaba con divorciarse. Sofia conocía muy bien el carácter de su esposo. Bastian siempre dejaba pasar sus palabras como si nada, etiquetándola como una mujer mimada que simplemente buscaba atención porque se sentía ignorada.
—Esta vez hablo en serio —afirmó Sofia. Su voz tembló, pero apretó con fuerza la garganta para mantener la firmeza.
Bastian no se movió ni un ápice. La gruesa hoja frente a él volvió a pasar de página con un roce agudo, frío y monótono que resonó en el silencio de la habitación.
Sofia avanzó un paso. Cada pisada sobre la gruesa alfombra se sentía pesada, soportando la presión que le oprimía el pecho.
—Y-yo... ya amo a otro hombre.
Los dedos de Bastian se detuvieron al instante. El silencio envolvió la habitación, tragándose incluso el zumbido del aire acondicionado, hasta que finalmente el hombre soltó una leve carcajada. Su risa flotó en el aire, pero sonó tan vacía, sin el menor rastro de calidez.
—Sofia... ve a la habitación y duerme. Estás empezando a decir tonterías —dijo Bastian, intentando suavizar su tono tanto como pudo, aunque las comisuras de sus ojos se tensaron rígidamente—. Estoy muy ocupado esta noche. Mañana antes del amanecer tengo que volar a Japón y estos documentos deben estar terminados ahora.
Sofia no se movió. En cambio, se acercó aún más al borde del escritorio. Con las manos temblando violentamente, colocó un test de embarazo de plástico blanco justo encima del documento que Bastian estaba revisando.
Bastian guardó silencio por un momento. Sus cejas se fruncieron con fuerza mientras su mirada se posaba sobre aquel objeto extraño encima de los papeles. El hombre arrugó profundamente la frente y contempló las dos líneas rojas antes de levantar la mirada y clavarla directamente en los ojos de su esposa.
—¿Puedes repetir lo que acabas de decir? —preguntó Bastian. Su voz se volvió más baja, pero esta vez toda su atención y cautela estaban concentradas en Sofia.
—Y-yo... estoy embarazada del hijo de otro hombre —dijo Sofia. Su voz tembló ligeramente por el miedo que, de repente, le había paralizado las articulaciones.
Bastian explotó. Se puso de pie de golpe, haciendo que su silla de cuero se desplazara bruscamente y chirriara al golpear el suelo.
—¡¿Qué quieres decir?! ¡¿Ah?! —rugió. Sus ojos se abrieron de par en par mientras contemplaba las dos líneas rojas impresas en aquella tira de plástico.
El pecho de Sofia subía y bajaba con rapidez. El sollozo que había estado conteniendo hasta entonces finalmente se quebró, haciendo que sus hombros temblaran violentamente. Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas y terminaron empapando la tela de su bata.
—Divorciémonos —susurró Sofia. Se obligó a levantar la cabeza, atreviéndose a desafiar la mirada de su esposo, encendida de furia.
—¡¿De verdad me engañaste, Sofia?!
Bastian rodeó con pasos largos aquel escritorio de madera de caoba. Sus ásperos dedos se cerraron con fuerza sobre ambos hombros de Sofia y sacudieron su cuerpo, exigiendo la verdad.
—¡Me sentía sola! —gritó Sofia, dejando escapar toda la maraña de emociones que se había acumulado y podrido en su pecho durante años—. ¡Siempre estás ocupado trabajando! Nunca te importé... ¡ni siquiera cuando tuve un aborto y perdimos a nuestro bebé! ¡Seguiste en el extranjero y ni siquiera regresaste a casa!
La respiración de Bastian se aceleró. Su agarre sobre los hombros de Sofia se aflojó ligeramente debido a la sorpresa. No esperaba que Sofia sacara a relucir nuevamente aquel recuerdo doloroso. Sin embargo, sus ojos continuaron observándola con intensidad, escrutando cada rasgo del rostro de su esposa.
—Estás mintiendo, ¿verdad? Te conozco muy bien. Tú no podrías engañarme.
Sofia negó enérgicamente con la cabeza y se limpió con brusquedad las lágrimas que le empapaban las mejillas, dejándolas enrojecidas.
—¡No estoy mintiendo!
—Sofia... te conozco demasiado bien —la interrumpió Bastian. Su tono sonó repentinamente defensivo, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo por convencerse a sí mismo—. Eres una buena mujer, la elegida por la abuela. Eres una buena esposa. Tú no podrías hacer algo tan bajo.
—Ahora mismo... llevo en mi vientre al hijo del hombre que amo —lo interrumpió Sofia rápidamente, desgarrando las palabras de Bastian.
—Nuestro matrimonio solo fue producto de un matrimonio arreglado desde el principio. ¿En qué te basas para estar tan seguro de que yo no te engañaría? Desde el principio... nunca nos hemos amado —dijo Sofia en voz baja, dejando que su voz se perdiera en el silencio.
Al escuchar aquella confesión pronunciada con tanta claridad, toda la fuerza de los dedos de Bastian pareció desvanecerse. Su agarre se soltó por completo de los hombros de Sofia. Los brazos de la mujer cayeron débilmente a ambos lados de su cuerpo.
Bastian retrocedió un paso. Miró a su esposa como si la mujer que tenía frente a él fuera ahora una completa desconocida a la que veía por primera vez.
—No sé qué es el amor —dijo Bastian en voz baja. Su voz sonaba resignada, apagada y tan distante—. Pero pensé que podíamos llevar un matrimonio adelante siempre que mantuviéramos el compromiso de no traicionarnos el uno al otro.
Sofia volvió a bajar la cabeza de repente. Una punzada de culpa la atravesó inesperadamente hasta la boca del estómago.
La sorpresa y la ira que habían estado presentes en el rostro de Bastian se fueron desvaneciendo poco a poco, reemplazadas por una expresión de decepción profundamente fría y congelada.
—Está bien —respondió Bastian brevemente. Su voz quedó de repente vacía de toda emoción—. Si eso es lo que quieres, mañana por la mañana le pediré a mi abogado que prepare los documentos del divorcio.
El hombre giró el cuerpo sin dudarlo, regresó con frialdad detrás del escritorio y volvió a tomar asiento.
—Ahora ve a la habitación y duerme. Es muy tarde y todavía tengo mucho trabajo.
Sofia permaneció inmóvil. Sus ojos contemplaron a su esposo, que ya había vuelto a inclinar la cabeza para recorrer los documentos sobre el escritorio, como si su divorcio no fuera más que un garabato equivocado sobre una hoja de papel.
El pecho de Sofia se contrajo con un dolor cada vez más intenso. Incluso en los últimos instantes, mientras su matrimonio se hacía pedazos, aquella pila de documentos sobre el escritorio seguía siendo mucho más importante que su existencia.
Sofia se dio la vuelta, dándole la espalda al escritorio. Sus pasos se sentían rígidos y ligeros, casi flotantes. Cada pisada que la alejaba de Bastian parecía cortar de raíz los últimos restos de esperanza que había sostenido en silencio durante todo ese tiempo.
Cuando la gruesa puerta de madera de teca se cerró firmemente a su espalda, Sofia apoyó el cuerpo contra ella por un instante. El silencio del pasillo de su lujosa casa la recibió de repente, frío y torturador.
Creo que tomé la decisión correcta... nunca me consideraste realmente, Bastian, murmuró Sofia para sus adentros.
En su amplio despacho, situado en los pisos superiores del edificio de Valdez Group, Bastian permanecía inmóvil frente a los ventanales de cristal grueso.Su mirada estaba perdida en los rascacielos de Manhattan, que parecían diminutos desde aquella altura. Tenía las piernas rígidas, mientras cada célula de su cuerpo parecía concentrarse por completo en el objeto rectangular que sostenía con la mano derecha.De pronto, los dos indicadores grises que aparecían debajo de su último mensaje cambiaron de color. Las dos marcas azules que confirmaban que el mensaje había sido leído se hicieron claramente visibles bajo las palabras que acababa de enviar.El corazón de Bastian comenzó a latir con violencia, golpeándole el pecho de una manera dolorosa. Los músculos de su cuello se tensaron y la respiración se le quedó atascada en la garganta. Con los ojos enrojecidos e inyectados en sangre, clavó la mirada en aquella sucesión de mensajes cargados de emociones que la mujer acababa de leer.Sin p
La luz del sol matutino de Nueva York se filtraba por las rendijas de las persianas verticales del bufete de abogados, ubicado en el distrito financiero, y proyectaba un tenue resplandor sobre la gruesa superficie de caoba del escritorio.Bastian permanecía rígido en una silla de cuero frente al escritorio. Tenía ambos brazos apoyados pesadamente sobre la mesa y observaba con atención los movimientos de los dedos de Harris, el abogado veterano en quien su difunta abuela había depositado toda su confianza. El hombre se acomodaba las gafas de lectura mientras examinaba el testamento de Clara Valdez y el resultado de la prueba de ADN que Bastian acababa de entregarle.Bastian se inclinó hacia delante y apoyó ambas palmas con firmeza sobre el escritorio de madera.—Mi difunta abuela añadió una cláusula especial a su testamento. Si Sofia y yo teníamos un hijo biológico, mi participación accionaria y mis derechos sobre los activos aumentarían del 30 % al 50 %. Esta prueba de ADN demuestra q
Bastian aterrizó de nuevo en Nueva York cuando las luces de los rascacielos de Manhattan ya rasgaban la oscuridad de la noche. El hombre se negó a regresar a su casa.En cambio, decidió encerrarse en su despacho, apenas iluminado, junto a Harry, mientras planeaba su contraataque con los ojos enrojecidos por el cansancio y la ira.Bastian clavó la mirada en el informe de la prueba de ADN, que indicaba una coincidencia del 99,99 %, sobre su escritorio de madera. Sus dedos se aferraron al borde de la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.—Prepara la demanda formal de custodia para mañana por la mañana —ordenó Bastian con frialdad, con la voz ronca y cargada de tensión.Harry, de pie junto al escritorio, frunció el ceño con inquietud.—Pero, señor... Los resultados de una prueba de ADN obtenida en secreto no pueden presentarse directamente ante el tribunal. Primero debe solicitarle formalmente al juez que autorice una nueva prueba de ADN y, una vez que se confirme
El lujoso sedán negro conducido por el chofer personal de Thomas se detuvo suavemente frente al vestíbulo principal de un rascacielos ubicado en una exclusiva zona de Manhattan.Un guardaespaldas se apresuró a abrir la puerta del pasajero. Thomas bajó primero, tomó a Darren del interior del vehículo y lo estrechó entre sus brazos.Sofia salió detrás de ellos. Sus tacones pisaron suavemente el mármol del vestíbulo mientras alzaba la mirada hacia el imponente edificio de fachada de vidrio oscuro que se alzaba frente a ella.¡Ding!El ascensor privado subió rápidamente hasta el último piso, sin la menor sacudida. En cuanto las puertas de acero inoxidable se deslizaron para abrirse, un espacioso penthouse apareció ante sus ojos.Los ventanales que se extendían desde el suelo hasta el techo ofrecían una vista panorámica de los rascacielos de Nueva York y de la inmensa extensión verde de Central Park. El brillante suelo de mármol blanco reflejaba la luz de la lámpara de araña de cristal que


















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