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Capítulo 3. Los hermanos protectores.

Author: Jeda Clavo
last update publish date: 2025-02-18 10:12:56

Trina Quintero

El último paso resonó como un eco en la pasarela, y con él, el tumulto de aplausos que marcaba el final de mi desempeño. La adrenalina aún latía por mis venas como una melodía frenética, mientras las luces me cegaban y los flashes capturaban cada instante fugaz de gloria. De pronto, alguien se acercó y me entregó un ramo de rosas; lo sujeté con fuerza. Las flores eran hermosas, de un rojo tan profundo que parecía beber la luz a su alrededor.

Al leer la tarjeta, sentí cómo una leve corriente eléctrica recorrió mi piel.

"Me recordaste lo que es la belleza en un mundo oscuro. Dominic Ivankov."

—Dominic Ivankov, —murmuré para mí, dejando que el nombre se repitiera en mi mente. Mi corazón, ya acelerado, saltó un compás.

Nerviosa, dejé atrás el fulgor y comencé a caminar hacia el caos de bastidores, donde cada sombra parecía susurrar su nombre.

Había algo en ese nombre que se sentía vagamente familiar, como si lo hubiese escuchado antes en un contexto que no lograba recordar. Con el corazón todavía acelerado, coloqué la tarjeta con cuidado en el ramo y salí de allí, adrentándome en la bulliciosa zona.

La energía en el área de los camerinos era casi tan frenética como la de la pasarela; modelos, asistentes y maquilladores se movían de un lado a otro como un enjambre de abejas. Mientras caminaba hacia mi camerino, una extraña sensación me recorrió. 

Era como si algo, o alguien, me estuviera observando. Mis ojos buscaron instintivamente en la multitud, y entonces lo vi.

Estaba parado, viéndome, parcialmente oculto por las sombras en una esquina. Su postura era relajada, pero sus ojos... Sus ojos eran otra historia. Profundos, intensos, como si estuvieran diseccionando cada parte de mí. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí que el mundo a mi alrededor se detenía por un instante. 

Había algo en él que era imposible ignorar. No solo intimidante, sino también hipnótico. Mi cuerpo se erizó y sentí cómo el ambiente se cargaba de electricidad.

Una sonrisa apenas perceptible se formó en sus labios, y mi corazón dio un vuelco. “¿Quién eres?”, pensé, sin ser capaz de apartar la mirada, hasta que él decidió romper el contacto visual, girándose y marchándose sin decir nada.

Con esfuerzo, me obligué a seguir caminando. Llegué a mi camerino, un santuario de calma distorsionada. 

Cerré la puerta tras de mí con una mezcla de miedo y ansiedad. Con movimientos robóticos, arranqué los tacones de mis pies, liberándome de esa tortura con un suspiro de alivio que supo a victoria. 

Los zapatos golpearon el suelo en un acto de rebelión contra la elegancia forzada. Inhalé profundamente, tratando de degustar la soledad, incluso cuando sabía que sería efímera.

Dejé las rosas sobre el tocador, permitiendo que mis pies tocaran el suelo frío. Un suspiro escapó de mis labios mientras trataba de organizar mis pensamientos. Acaricié el pétalo de una de las rosas, perdiéndome momentáneamente en el contraste entre su suavidad y la ominosa promesa que parecía esconder.

Un golpe fuerte en la puerta rompió mi momento de calma. Antes de que pudiera responder, Izan y Dante entraron, sus presencias llenando el pequeño espacio. 

Dante, siempre tan protector, cruzó los brazos sobre su pecho mientras sus ojos verdes barrían el lugar, evaluando cada detalle como si buscara una amenaza oculta. Izan, en cambio, sonrió con calma, su porte relajado, contrastando con la tensión palpable de mi hermano.

Sus personalidades opuestas se manifestaban en cada gesto, en cada palabra. Dante, el protector, siempre preparado para saltar ante la menor señal de amenaza; Izan, el pensador, el estratega, que no dejaba nada al azar. Estaba agradecida por ellos, por su presencia constante, pero una parte de mí clamaba por respirar sin la sombra de su vigilancia. 

—Lo hiciste genial, Trina —dijo Dante, sacándome de mis pensamientos, dejando caer su chaqueta de cuero sobre una silla cercana. —Estabas espectacular allá afuera.

—Gracias —respondí, inclinando la cabeza mientras intentaba ignorar la expresión de Izan, que no compartía el entusiasmo de Dante.

—Los medios ya están alborotados —dijo Izan, su tono cargado de preocupación. —Esto solo atraerá atención no deseada, y eso es lo último que necesitamos.

Rodeé los ojos, acomodándome en el sillón junto al tocador.

—Izan, por favor, no empieces. Es solo un desfile. Nadie va a venir por mí porque modelé un vestido de seda.

—Eso dices tú —replicó, acercándose al ramo de flores que descansaba en el tocador. Su mirada se endureció al leer la tarjeta que lo acompañaba. —¿Dominic Ivankov? ¿Quién es ese? —preguntó, frunciendo el ceño mientras recogía una rosa y la giraba entre sus dedos.

—¿Dominic? ¿No será de los King? —preguntó Izán, volviendo sus ojos hacia Dante.

—No lo creo —intervino Dante, con un tono despreocupado—. Se te olvidó que Dominic King está muerto.

—¿Qué dijiste? —pregunté con los ojos abiertos de par en par, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda. —¿Cómo que está muerto?

Dante e Izán se miraron y fue el primero quien me dio una explicación.

—Lo siento mucho, Trina. No te lo quisimos decir porque eras muy pequeña y no queríamos que sufrieras. Sabíamos cómo guardabas tus lindos recuerdos de cuando él te salvó la vida siendo un niño —dijo, bajando la mirada al suelo, mientras yo lo miraba con incredulidad.

Sentí como si el aire se hubiera escapado de mis pulmones. Las palabras de Dante resonaban en mi cabeza, mezclándose con recuerdos borrosos de un chico de ojos amables y sonrisa reconfortante.

—¿Cuándo? —logré articular, mi voz apenas un susurro.

Izán se acercó, su expresión suavizándose por un momento. Pero me di cuenta por la mirada que se dieron entre ellos que nada había sido sencillo.

—Fue hace muchos años —dijo Izán finalmente.

—¿Cómo? —insistí.

Sin necesidad de más palabras, la explicación se dibujó en sus rostros. Las palabras de Dante lo confirmaron.

—Lo mató su tío... después de ayudarte a escapar.

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Comments (6)
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Mart Soto
pobresita trina hermosa historia
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Omaira Calderon
oh pobre Trina, ahora se sentirá culpable de que él murió por ayudarla ┐⁠(⁠ ⁠˘⁠_⁠˘⁠)⁠┌
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Silvia Cruz
Dominic hará sufrir a trina y mucho
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