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CAPÍTULO SEIS

Author: T.G Hush
last update Petsa ng paglalathala: 2026-04-17 14:49:00

Por un momento, volvió a haber silencio, roto únicamente por el leve crepitar de las brasas que quedaban en el fuego. Entonces el Alfa Rollins se enderezó, y su expresión se endureció ligeramente.

—Tu situación es… complicada —dijo finalmente—. Pero ahora estás en nuestro territorio, y eso te convierte en nuestra responsabilidad, al menos por el momento. Hablaremos sobre qué hacer a continuación, pero por ahora necesitas descansar y recuperarte.

Parpadeé, sorprendida por sus palabras. Esperaba que me echaran, o peor aún, que me castigaran por haber invadido su territorio. Pero, en lugar de eso, me estaba ofreciendo… ¿seguridad? Era más de lo que había esperado, y apenas podía creerlo.

—Gracias —susurré, con la voz cargada de emoción.

El Alfa Rollins asintió con sequedad.

—Liam vendrá a verte más tarde. Si necesitas algo, díselo.

Liam también asintió, con una expresión un poco más suave ahora.

—Descansa un poco, Emily. Nosotros nos encargaremos de las cosas por ahora —dijo mientras salían de la tienda.

(POV del Autor)

La tienda quedó en silencio, y el único sonido era el suave susurro del viento afuera. Emily intentó cerrar los ojos y dejar que el sueño se la llevara, pero su mente no lograba calmarse. Seguía reviviendo el encuentro con el Alfa Rollins y Liam, tratando de darle sentido a todo.

¿Por qué la habían acogido? ¿Por qué no la habían expulsado en el mismo momento en que la encontraron cerca de su frontera? Las manadas eran territoriales por naturaleza, y los extraños —especialmente los que no tenían lobo— solían ser vistos como amenazas o cargas. Y, sin embargo, le habían mostrado una amabilidad que no conocía desde hacía mucho tiempo.

Sus pensamientos derivaron hacia su antigua manada, hacia el rechazo y las palabras crueles que la habían obligado a marcharse. ¿Siquiera notarían que se había ido? ¿Les importaría? La imagen del rostro burlón de Marcus cruzó su mente, con sus palabras aún resonando en sus oídos. Inútil. Sin valor. Una carga.

Emily tragó saliva con dificultad, apartando esos recuerdos. Ahora estaba allí, en un lugar que tal vez podría ofrecerle una segunda oportunidad. Pero ¿cuánto duraría eso? ¿Y qué pasaría cuando se dieran cuenta de que no era como los demás, cuando descubrieran que no podía transformarse?

Por ahora, descansaría, tal como Liam había sugerido. El mañana traería nuevos desafíos, nuevas preguntas y, quizá, algunas respuestas. Pero por esta noche, necesitaba reunir fuerzas, tanto físicas como emocionales, para lo que estuviera por venir.

A la mañana siguiente, Emily despertó con el sonido de voces suaves y el ligero bullicio de actividad fuera de la tienda. Parpadeó ante la luz temprana que se filtraba a través de la lona, sintiendo un breve momento de desorientación antes de que los acontecimientos del día anterior regresaran de golpe. Estaba en la manada del Alfa Rollins, lejos del único hogar que había conocido.

Al incorporarse, notó un conjunto de ropa limpia cuidadosamente doblado sobre un taburete junto al catre. La sanadora debía de haberlo dejado mientras ella dormía. Mientras se vestía, Emily sintió una extraña mezcla de ansiedad y expectación.

Al salir de la tienda, el aire matutino estaba fresco y nítido, cargado con el aroma del pino y la tierra. El territorio de la manada era muy diferente del que había dejado atrás. El poblado se encontraba en un valle boscoso, con sólidas cabañas de troncos y edificios comunales que parecían integrarse de forma natural con el entorno. Los árboles se alzaban altos y orgullosos, con sus ramas extendiéndose hacia el cielo, como si custodiaran los secretos de la tierra.

Mientras Emily observaba su entorno, una figura se acercó por el sendero que conducía al claro central. Era Liam, el Beta, quien había estado con el Alfa Rollins la noche anterior. Se movía con una confianza relajada, su mirada aguda pero no cruel.

—Buenos días, Emily —la saludó con un asentimiento—. Veo que ya estás en pie.

—Buenos días —respondió Emily, con la voz firme, aunque por dentro los nervios estaban a flor de piel.

—Ven conmigo —dijo Liam, haciéndole un gesto para que lo siguiera—. El Alfa Rollins ha preparado un lugar para que te quedes. Te instalaremos y luego te presentaré a algunos de los demás.

Emily lo siguió por el sendero serpenteante, con el corazón latiéndole con fuerza a cada paso. Agradecía que ni Liam ni el Alfa Rollins hubieran mencionado su falta de lobo. La habían tratado con respeto y, por ahora, necesitaba mantener las apariencias. Lo último que quería era que la manada la viera como una extraña o, peor aún, como una carga.

Mientras caminaban, pasaron junto a varios miembros de la manada ocupados en sus rutinas matutinas. Algunos reunían suministros, mientras otros se preparaban para las sesiones de entrenamiento. Unos cuantos les lanzaron miradas curiosas, pero nadie se acercó directamente. Emily mantuvo la vista al frente, intentando parecer segura, aunque por dentro se sentía como una impostora.

Finalmente, llegaron a una pequeña cabaña cerca del borde del poblado. Era modesta pero bien cuidada, con un techo de paja y una chimenea de piedra que prometía calor en las noches frías. Un pequeño jardín bordeaba la entrada, lleno de hierbas y flores que añadían un toque de color al entorno rústico.

—Este será tu lugar por ahora —dijo Liam, abriendo la puerta y apartándose para dejarla pasar—. No es gran cosa, pero es cómodo. Tendrás privacidad aquí, y está lo suficientemente cerca del poblado principal como para que no te sientas aislada.

Emily entró, dejando que sus ojos se adaptaran a la luz tenue. El interior era sencillo, con una sola habitación que servía tanto de sala como de dormitorio. Una pequeña chimenea ocupaba una esquina, y una mesa de madera robusta se encontraba junto a la ventana. Había estantes con lo básico, y una cama blanda con mantas gruesas la esperaba.

—Es perfecto —dijo Emily en voz baja, sintiendo cómo una extraña sensación de alivio la invadía. Aquella cabaña estaba a mundos de distancia del ambiente frío e inhóspito que había dejado atrás. Allí, tal vez, podría encontrar un poco de paz.

Liam la observó un momento y luego asintió.

—Te dejaré para que te acomodes. Cuando estés lista, ven al salón principal. El Alfa Rollins quiere que conozcas a la manada y te familiarices con nuestra forma de vida.

Cuando Liam se giró para marcharse, Emily sintió un pinchazo de gratitud.

—Gracias, Liam —dijo con sinceridad—. Aprecio todo lo que has hecho por mí.

Liam se detuvo en la puerta y la miró por encima del hombro, con una expresión pensativa.

—Solo recuerda, Emily, ahora eres una de los nuestros. No hay necesidad de preocuparse por nada más. Tómalo día a día.

Dicho esto, se fue, cerrando la puerta tras de sí.

Emily se quedó de pie en la silenciosa cabaña, absorbiendo la calma. Por primera vez en lo que le pareció una eternidad, sintió una pequeña chispa de esperanza.

Emily pasó las siguientes horas familiarizándose con su nuevo hogar. La cabaña era acogedora, con todo lo que necesitaba al alcance de la mano. Desempacó las pocas pertenencias que tenía, colocándolas con cuidado en los estantes y en los cajones. No era mucho: solo algunos cambios de ropa y un libro gastado que había sido un raro consuelo durante sus momentos más difíciles. Al ordenar esos objetos, una sensación de calma comenzó a asentarse en su interior.

Cuando por fin se sintió lista, Emily salió de la cabaña y se dirigió hacia el salón principal. El poblado estaba más animado ahora, con miembros de la manada de todas las edades yendo y viniendo. El aire se llenaba de risas, conversaciones y el eco lejano de los entrenamientos. Emily notó lo unida que parecía la comunidad; todos tenían un rol, un propósito, y trabajaban juntos con una armonía que le resultaba ajena.

Al acercarse al gran edificio en el centro del poblado, su corazón empezó a acelerarse. El salón principal era una estructura imponente, construida con la misma madera resistente que el resto del lugar, pero más grande y ornamentada. Sus puertas estaban abiertas de par en par, invitando a entrar. Ya podía oír voces que salían de su interior, algunas fuertes y animadas, otras más bajas y reservadas.

Armándose de valor, Emily cruzó las puertas. El interior del salón era espacioso, con techos altos sostenidos por gruesas vigas. Una gran chimenea dominaba una de las paredes, con llamas que crepitaban cálidamente y bañaban la estancia con un resplandor dorado. Largas mesas estaban dispuestas en filas, donde los miembros de la manada se reunían, hablando y riendo mientras compartían comida. El ambiente era animado, pero no abrumador, un contraste marcado con las reuniones frías y rígidas que había conocido en su antigua manada.

Liam la vio primero y le hizo un gesto para que se acercara. Estaba sentado cerca del frente, junto al Alfa Rollins, quien conversaba con algunos de los ancianos de la manada. A medida que Emily se acercaba, el murmullo a su alrededor fue disminuyendo, y sintió el peso de miradas curiosas posarse sobre ella.

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