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Capítulo 7

Author: Lara Dimson
Mamá y papá se abrieron paso entre los demás para ver el cuerpo de cerca.

—Es la Sabia Mara —dijo papá después de retroceder al verle la cara—. ¿Qué le pasó?

La Sabia Mara era la sabia más anciana de nuestra manada. Cada solsticio de invierno visitaba nuestra casa sin falta y siempre desprendía un ligero aroma a pino y hierbas secas. Me sostuvo en brazos cuando era bebé.

—Entonces, ¿dónde está Kira? —Mamá se volteó despacio—. Si no está aquí, ¿adónde fue?

Maeve no pudo ocultar su decepción al de
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  • La Bolsa de Sangre de la Familia   Capítulo 14

    KIRALa taza de café se enfriaba a mi lado mientras contemplaba la pared cubierta de fotografías frente a mi escritorio. Entonces comprendí que habían pasado cinco años sin que me diera cuenta.En el centro estaba la fotografía de nuestra ceremonia de unión. Caelum vestía un traje oscuro y apoyaba una mano en mi cintura; me miraba como si los cientos de invitados a nuestras espaldas no existieran. Recordé que todo el reino habló de aquella ceremonia durante meses. Llegaron dignatarios de cuatro continentes. Los jefes de Estado enviaron regalos. Cinco importantes cadenas de noticias transmitieron la ceremonia en vivo.Vestí de blanco y viví aquella ceremonia con toda el alma.Alrededor de la imagen había más fotografías. Una era del día en que recibí el doctorado. Yo lucía cansada y radiante a la vez, con Caelum justo detrás de mí, orgulloso. También había una foto espontánea de Travis en su primer cumpleaños, con pastel por todo el mentón. Otra se había tomado durante una visita de cam

  • La Bolsa de Sangre de la Familia   Capítulo 13

    KIRAMe ardían los ojos mientras los miraba.Creía haber hecho las paces con todo aquello. Habían sido cinco años dedicados a construir algo nuevo, cinco años en los que despertaba en mi propia habitación, comía lo que quería y dormía sin temer la mañana siguiente. Creía que aquella paz era real y duradera.Pero allí, ante las lágrimas de mi madre, el remordimiento de mi padre y la mirada vacía de Archer, volví a sentir el mismo dolor de antes.—Sacrificaron todo por Maeve —dije en voz baja—. Entiendo que lo hicieran por su enfermedad, su maldición y sus necesidades... Pero yo también formaba parte de la familia. Estaba ahí y, aun así, me miraron sin verme. —Bajé la voz—. Si mi única razón de existir era darle sangre, ¿por qué decidieron tenerme?Nadie dijo nada.—Me fui —continué—. Ahora estoy lejos de ustedes. ¿No es mejor así?Las lágrimas corrían por las mejillas de mi madre.—Kira, todos nos equivocamos. Eres nuestra hija. Llevas nuestra sangre. Ese vínculo no puede romperse así c

  • La Bolsa de Sangre de la Familia   Capítulo 12

    KIRAArcher pareció arrepentido durante apenas tres segundos antes de recomponerse.—No quise decirlo así —se apresuró a aclarar—. Solo quería decir que Maeve necesitaba más apoyo de todos nosotros y que todos, tú incluida, podríamos haber actuado mejor.—Tienes razón —dije después de mirarlo durante un largo rato y asentir despacio—. Debí dejarle más espacio. Eso fue lo que hice. Le cedí todo lo que me correspondía y después me fui para que ella también se quedara con el resto. —Hice una pausa—. ¿No era ese el resultado perfecto?Archer quiso responder, pero yo aún no había terminado de hablar.—Hace mucho que ya no siento nada por ti, Archer. Cada vez que me pediste que me apartara, cada vez que antepusiste su bienestar a mi supervivencia, mis sentimientos por ti se fueron apagando. Ya no te amo ni estoy dispuesta a seguir sacrificándome por otros que jamás estuvieron dispuestos a sacrificar algo por mí. —Le sostuve la mirada sin titubear—. Como nadie me valoró, tuve que aprender a h

  • La Bolsa de Sangre de la Familia   Capítulo 11

    KIRAEl gran salón de la Gala Humanitaria Internacional rebosaba de luces y personalidades. Los líderes mundiales ocupaban las primeras filas. Los alfas de todas las manadas principales seguían la ceremonia desde sus mesas. Los flashes de las cámaras destellaban en la zona de prensa.Estaba en el escenario, a punto de pronunciar mi primer discurso importante como presidenta de la Alianza Humanitaria Global. Mi vestido era sencillo pero elegante. El equipo de seguridad de Caelum permanecía cerca sin llamar la atención.Hablé con claridad frente al micrófono.—Muchos sufren en silencio —dije—. Decimos que son una carga. Los explotamos hasta dejarlos sin nada mientras fingimos que están bien. Nadie ve cuánto sufren hasta que ese dolor los destroza. Esta noche les pido que vean a quienes desechamos, a quienes lo dan todo y no reciben nada a cambio. La verdadera ayuda comienza cuando dejamos de ignorar su sufrimiento callado.El salón quedó en silencio. Mis palabras nacían de mi propia expe

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    Solté su mano. Él también lo sintió. Lo noté en la fugaz rigidez de su expresión, una fracción de segundo en la que todo lo demás pareció detenerse.Ninguno de los dos mencionó lo ocurrido. En cambio, habló de mi propuesta. Dijo que el apartado sobre las demoras en el acceso a la atención médica en las comunidades fronterizas era el más sólido. Le di las gracias, me despedí, regresé por el pasillo y respiré hondo.Me repetí que aquello no tenía por qué significar nada. Me equivoqué.Tres semanas después, apareció en una sesión informativa sobre respuesta a emergencias en Ginebra. Estaba sentado al otro lado de la mesa con total naturalidad; después de todo, ese era su lugar. Al verme entrar, asintió. Le devolví el gesto, me senté y fingí que el pulso no se me había acelerado.Trabajábamos bien juntos. Eso era lo que más me desconcertaba.Nunca cruzaba ningún límite. Cuando necesité infraestructura de seguridad para una operación de campo en el corredor sur, su equipo me envió el inform

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    —A un lugar donde jamás se les ocurrirá buscarme —respondí después de exhalar despacio.El tren llegó cuatro minutos después. Tomé mi bolso y subí al tren sin mirar atrás.***Veranth era ruidosa.Fue lo primero que noté al bajar del tren. Las bocinas, las voces, el ruido de las obras y la música que escapaba por las ventanas abiertas se mezclaban, como si la ciudad nunca hubiera aprendido a guardar silencio.Nadie se fijó en mí. En una ciudad tan grande, una joven con un solo bolso y la mirada cansada pasaba inadvertida.Alquilé una habitación en un departamento compartido, a dos cuadras de una parada de transporte público. Era pequeña y solo tenía una cama, una ventana y un estante estrecho. Pagué el primer mes por adelantado y en efectivo, y pasé un largo rato sentada en el colchón después de que el arrendador se fue.Sentí a Aurora agitarse en mi interior.“Es nuestra”, dijo.—Sí —respondí—. Es nuestra.Fui estableciendo una rutina gradualmente y con mucho cuidado. Tomaba el medica

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