FAZER LOGINTiago ya se había acostumbrado a las miradas que lo desnudaban. Al principio, lo desconcertaban. Ahora, le divertían. Se paseaba por los pasillos de la empresa con una seguridad tan natural que parecía haber nacido entre oficinas de cristal y trajes entallados.
Pero lo que más disfrutaba… era ella. Jimena Dávila. La reina sin corona. La mujer de hielo que, con una sola palabra, podía alzar imperios o desmoronar reputaciones. Y él no quería derrumbarla. Quería enseñarle lo que sentía quemarse. El sonido constante de las teclas, el murmullo mecánico de las impresoras láser y el aroma envolvente del café de grano recién hecho creaban una atmósfera casi hipnótica en el piso ejecutivo. La luz natural se filtraba por los ventanales de piso a techo, dorando los bordes de los escritorios, mientras la alfombra de tonos grises amortiguaba cualquier paso apresurado. Todo era eficiencia, orden, poder. Hasta que ella apareció. Jimena —como muchos la llamaban, aunque su verdadero nombre solo se pronunciaba en círculos muy privados— avanzaba por el pasillo principal como si el mundo le perteneciera. Su abrigo de lana camel flotaba tras ella con gracia matemática, y cada paso de sus stilettos negros era un latido que resonaba en las paredes de vidrio templado. Su perfume, un leve trazo de bergamota, madera y almizcle, quedaba suspendido tras su paso, provocando miradas reverenciales, casi temerosas. Pero él… no. Desde la esquina del área de sistemas, donde una planta decorativa intentaba humanizar el frío del diseño minimalista, Tiago Ríos la observaba. Tablet en una mano, la otra en el bolsillo de su pantalón oscuro, la camisa ligeramente remangada dejando ver sus antebrazos marcados. Había algo salvaje en su quietud, como un lobo disfrazado de empleado ejemplar. Y no era la primera vez. La había mirado así durante días. Esa no era una mirada casual. Era una mirada que rozaba. Que acariciaba. Que tomaba posesión sin permiso. Jimena no lo notó enseguida. Estaba revisando un reporte de optimización de procesos internos, sus ojos recorriendo cifras, barras de rendimiento y porcentajes de eficiencia. Pero algo cambió en el ambiente. Un cosquilleo. Un temblor en el aire. La nuca. Su piel. Una punzada eléctrica, leve, pero imposible de ignorar. Levantó la vista y ahí estaba él. Apoyado con una soltura peligrosa, observándola con una sonrisa que no era sonrisa del todo, sino promesa. Le sostuvo la mirada. Sin parpadear. Sin disimulo como si supiera que ella, en algún rincón oscuro de su cuerpo, lo deseaba. Jimena frunció ligeramente el ceño, sintiendo cómo su respiración se alteraba. Algo se tensó en su abdomen. Quiso ignorarlo. Quiso recuperar su compostura. —Ridículo —murmuró en voz baja, dándose media vuelta, su abrigo ondeando como capa de reina herida. Y sin embargo… Mientras se alejaba, sus mejillas ardían con una temperatura que ni el control de clima del edificio podía disipar. Horas después, el reloj marcaba las 6:46 p.m. Las oficinas estaban más silenciosas. Algunos ejecutivos aún tecleaban como sombras obsesivas frente a sus monitores. El sol ya no se filtraba, pero la ciudad encendida parpadeaba tras los ventanales, como un tablero de promesas incumplidas. Jimena cerró su laptop con un suspiro más largo de lo que quiso admitir. Se descalzó, dejando sus tacones junto al escritorio, y caminó sobre la alfombra mullida. Sus pasos eran casi inaudibles. Le gustaba el silencio, esa pausa que solo llegaba cuando los demás se marchaban. Con el control remoto, cerró las persianas motorizadas. El despacho quedó en penumbra, iluminado apenas por las lámparas de pie que emitían una luz cálida y tenue. Se sentó en el sofá lateral, no en su silla de poder. Ese lugar… era para cuando era Jimena Dávila. Ahora solo necesitaba ser… Jimena. Respiró hondo, dejando caer la cabeza hacia atrás. Pero en cuanto cerró los ojos, no vio estadísticas, ni planes de expansión, ni reuniones de consejo. Vio… a Tiago. Su sonrisa ladeada. El brillo insolente de sus ojos. Ese gesto con el que se pasaba los dedos por el cabello, despeinándolo apenas. Y lo peor… fue recordar cómo la había mirado. Como si pudiera tocarla sin hacerlo. Como si pudiera desnudarla… sin decir una palabra. —Esto no tiene sentido —susurró, llevándose la mano a la frente, como si pudiera calmar el temblor que le nacía bajo la piel. Nunca antes. Nunca un hombre le había provocado ese fuego en los muslos con solo una mirada. “Es físico”, se dijo. “Puro instinto. Nada más.” Tocaron a la puerta. Se incorporó de inmediato. Cambió de máscara. Recuperó su tono de jefa. —Adelante. Diana entró. Su asistente de confianza. Inteligente, leal… y perspicaz como una bruja de novela. Llevaba una tablet en una mano y una ceja en alto, acompañada de esa media sonrisa que solo las mujeres que han visto demasiado usan con elegancia. —Perdón la interrupción, jefa, pero... ¿Usted ha notado algo curioso con el nuevo ingeniero? Jimena entrecerró los ojos. —¿Curioso cómo? Diana fingió pensarlo un segundo. Su tono era casi ligero. —Tal vez que... se la ha pasado el día entero coqueteando con medio personal femenino. Hoy lo vi muy simpático con Luisa, la de finanzas. Y Adriana, la de marketing, casi se atraganta con el café de tanto reírse con él. La del área de limpieza se sonrojó cuando le pidió que le ayudara a ubicar el baño… y ni siquiera lo necesitaba. Jimena tensó la mandíbula. Inhaló despacio. Exhaló aún más lento. Diana no terminó ahí. —No sé… tiene ese aire mujeriego. Esa seguridad de los que saben que pueden tener a quien quieran. ¿No lo cree? Jimena arqueó una ceja, con una sonrisa elegante, estudiada. —Mientras cumpla con sus funciones, no me interesa con quién se acueste. —Claro —respondió Diana, girándose hacia la puerta—. Solo pensé en comentarlo… por si acaso. Cuando la puerta se cerró, la habitación volvió a quedarse en silencio. Pero ya no era el mismo. Las palabras de Diana se quedaron en el aire, como perfume no invitado. “Puede tener a quien quiera.” Una frase simple. Una verdad incómoda. ¿Por qué le molestaba tanto? Jimena se puso de pie. Se acercó a la ventana y abrió apenas un ángulo de la persiana. La ciudad parecía viva, palpitante. Pero su reflejo en el vidrio le devolvió algo más inquietante. Una mujer con los labios entreabiertos. Con los ojos ligeramente húmedos. Con una expresión que no conocía… o que había olvidado. Deseo. Eso era. Pero no era solo deseo. Era el hambre de lo que no podía controlar. Tiago Ríos no era solo un cuerpo. Era una amenaza. Un pulso. Una grieta. Y ella… estaba al borde de ceder. En el área de sistemas, el clima era más relajado. El reloj marcaba las 7:11 p.m. y solo quedaban algunos empleados con auriculares, luces tenues y cafés recalentados. Tiago cerró su laptop con un gesto lento. Su chaqueta colgaba en el respaldo de su silla y sus ojos recorrían la pantalla del celular. En eso, Luisa se acercó. Analista de finanzas. Pulcra. Coqueta. Segura. —¿Podrías verificar esto mañana temprano? —preguntó, extendiéndole unos tickets. —Por supuesto —respondió él, con una sonrisa sincera, aunque sus ojos ya se habían ido a otro lugar. Ella se quedó un segundo de más. Lo suficiente para que el silencio se llenara de intención. Luego se alejó. Tiago la observó irse… pero no la siguió con la mirada. Porque su atención estaba en otro lado. Diez pisos arriba. Detrás de una persiana ahora entreabierta. Una parte de él intuía que algo había cambiado. Porque la mujer de hielo había empezado a mirarlo diferente. Aunque solo fuera… Cuando creía que nadie la veía.Un año después.El sol bañaba el jardín con una luz dorada y suave, como si quisiera bendecir cada rincón de aquella mañana de primavera. El aire olía a flores frescas, a césped recién cortado y a la fragancia ligera que desprendían las macetas de lavanda alineadas a lo largo del sendero de piedra. La brisa era cálida, pero juguetona, movía las hojas de los naranjos y hacía que los pétalos blancos que caían de los rosales se mecieran en el aire como copos de nieve de verano.Jimena, vestida con un vestido largo de algodón color crema, caminaba lentamente por el jardín. Su cabello, más largo y con algunas ondas naturales, caía sobre sus hombros, y el brillo en sus ojos delataba que la felicidad se había vuelto costumbre en su vida. Sobre su vientre, redondeado y tierno, descansaban sus manos con un cuidado instintivo, como si con ese simple gesto pudiera proteger el tesoro que crecía dentro de ella.Tiago la acompañaba, su mano derecha entrelazada con la de ella, y en la izquierda llev
El salón de eventos estaba vestido de gala. Un aroma sutil a rosas blancas flotaba en el aire, mezclándose con el perfume cálido de las velas que iluminaban cada rincón con una luz dorada y suave. Las paredes, cubiertas por cortinas de seda marfil, reflejaban un brillo tenue, como si todo el lugar estuviera suspendido en un instante de ensueño. Sobre las mesas redondas, los centros de flores blancas se elevaban elegantes, acompañados de pequeñas velas flotantes que parecían respirar al ritmo de la música en vivo.El cuarteto de cuerdas afinaba sus instrumentos, dejando escapar notas suaves que acariciaban el corazón. El murmullo de los invitados llenaba el aire, mezclando risas discretas, saludos y el crujir de las copas al brindar. Entre la multitud, se podía percibir la expectación, ese cosquilleo colectivo que sucede cuando todos saben que están a punto de presenciar un momento irrepetible.En la entrada, Juan ajustaba su corbata con una ligera sonrisa. Él sería quien caminaría jun
El sol se ocultaba lentamente, tiñendo el cielo de tonos ámbar y carmesí.Tiago bajó del coche con una ligera sonrisa en los labios y el cuerpo aún vibrando por la jornada que había tenido junto a Gabriel. El día había estado cargado de pruebas, conversaciones con sastres y largas comparaciones de telas, cortes y detalles que parecían insignificantes, pero que, para él, formaban parte de algo mucho más grande: su promesa de estar impecable para el día en que uniría su vida a la de Jimena.No había sido fácil elegir. Gabriel, con su ojo crítico y su humor sarcástico, había opinado sobre cada corbata y cada hilo de la costura, y al final habían encontrado el traje perfecto: un conjunto de corte clásico en azul noche, con una caída impecable y un chaleco gris perla que resaltaba la amplitud de sus hombros. Cuando el sastre hizo el último ajuste, Gabriel había asentido con aprobación, y Tiago había imaginado el instante en que Jimena lo vería con él.Ahora, al atravesar el camino que cond
La mañana se filtraba por los ventanales de la mansión como una caricia dorada.El aroma del café recién hecho y de panecillos tibios llenaba el comedor, mezclándose con el perfume tenue de las flores que Tiago había mandado traer la noche anterior y que ahora adornaban la mesa.Jimena estaba sentada junto a la ventana, con el cabello recogido en una coleta alta y un vestido ligero color crema. Tenía en la mano una taza de porcelana, y sus ojos, todavía brillantes por lo vivido la noche anterior, se posaban una y otra vez en el anillo que captaba los rayos del sol.Tiago, de camisa blanca arremangada y un aire relajado, le servía jugo de naranja. Cada gesto suyo era pausado, como si quisiera que esa mañana se estirara eternamente.—No me acostumbro a verte así —dijo él, apoyando los codos en la mesa y sonriendo—. Tan… mía.Jimena le devolvió la sonrisa, con ese rubor que él siempre lograba provocarle.—Y yo no me acostumbro a que ahora todos sepan lo nuestro.Él se inclinó para robarl
La mansión de Jimena estaba envuelta en un silencio sereno cuando llegaron.El eco suave de sus pasos sobre el mármol de la entrada se mezclaba con el murmullo distante del viento, que agitaba las copas de los árboles del jardín. El evento había quedado atrás, pero la energía y el vértigo de lo vivido seguían vibrando en sus cuerpos.Tiago cerró la puerta con cuidado, como si temiera romper ese delicado hechizo que aún los envolvía. Se quitó el saco y lo dejó sobre el respaldo de una silla cercana, mientras sus ojos no dejaban de seguirla. Jimena, todavía con su vestido de gala, se soltó lentamente los pendientes, dejando que la luz tenue de la lámpara del vestíbulo acariciara su piel.—¿Estás cansada? —preguntó Tiago, acercándose.Ella sonrió, con esa mezcla de cansancio físico y plenitud emocional que solo se siente después de un día extraordinario.—Cansada… sí. Pero feliz. Muy feliz. —Su voz era baja, como si pronunciara un secreto.Tiago deslizó una mano por su cintura y la atraj
El salón de eventos seguía envuelto en un halo de emoción y asombro. Las luces cálidas acariciaban cada rincón, mientras las flores frescas desprendían ese aroma sutil que parecía envolver a todos en una burbuja de intimidad colectiva.Ella dejó escapar una risa nerviosa, ahogada por las lágrimas. Bajó la vista otra vez al anillo, y, con un suspiro, dejó que sus hombros se relajaran.—Sí —dijo, apenas audible, pero suficiente para que Tiago la escuchara.La sala estalló en aplausos. Las luces volvieron a subir lentamente, y la música se elevó, ahora con un tono más brillante. Tiago, aún arrodillado, tomó su mano y deslizó el anillo en su dedo. Le quedaba perfecto.Se puso de pie, la abrazó, y el público se levantó, algunos grabando con sus teléfonos, otros sonriendo con ternura.Jimena cerró los ojos un instante, apoyando la frente en el hombro de Tiago. Sentía su perfume, esa mezcla de madera y notas cítricas que siempre lo acompañaba, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que es







