FAZER LOGINEl reloj marcaba las 7:03 a. m. y la ciudad aún bostezaba entre nubes grises cuando Tiago Ríos cruzó la puerta principal del Grupo Dávila. El piso pulido del lobby reflejaba las luces cálidas del techo, y un tenue aroma a café recién hecho flotaba desde alguna oficina secundaria. Apenas saludó al recepcionista con un gesto de cabeza antes de dirigirse a la zona de sistemas, en el segundo piso.
Había llegado antes que todos. Se quitó la chaqueta de cuero negro, la colgó en el respaldo de la silla y se sentó frente a uno de los monitores principales. Su reflejo se dibujaba débilmente sobre la pantalla apagada, y por un segundo, su mirada se quedó fija en sus propios ojos. "Podrías irte ahora, Ríos", pensó. "Cerrar esta puerta, decir que fue un error aceptar este empleo y seguir tu camino." Pero no lo hizo. Encendió la computadora, se frotó las manos para entrar en calor y empezó a revisar los protocolos internos con la precisión quirúrgica de quien había hecho esto mil veces antes… y con el desdén de quien rara vez encontraba un reto a la altura. El cielo era una sábana opaca y húmeda. A medida que se sumergía en las líneas de código, Tiago empezó a fruncir el ceño. No era solo que el sistema estuviera desactualizado: alguien había implementado capas de seguridad de forma deliberadamente torpe. Demasiado fácil de romper y muy expuesto. —Esto no es incompetencia —murmuró, tecleando más rápido—. Es sabotaje. Tomó notas, comparó fechas de modificación y se encontró con patrones sospechosos. Alguien había querido dejar una puerta abierta. Tal vez un exempleado resentido o alguien dentro. El hecho era claro: la empresa estaba en riesgo. Grave. Se puso de pie con decisión, tomó una carpeta limpia, imprimió los puntos críticos y los organizó con cuidado. Al cerrar el informe, sus dedos se detuvieron sobre la tapa. Había algo intenso que lo llevaba a querer trabajar ahí. Ella. Jimena Dávila. Imponente. Inaccesible. Tan contenida que cada gesto suyo parecía calculado con escuadra y compás. Y sin embargo… tan humana cuando se la miraba lo suficiente. Cuando uno notaba cómo apretaba la mandíbula al escuchar algo que no le gustaba. Cómo sus ojos brillaban más cuando sentía que estaba perdiendo el control. Tiago sonrió. Había algo profundamente satisfactorio en imaginar el momento en que la vería rendirse, no por debilidad… sino por deseo. Dentro de las oficinas del Grupo Dávila, el ambiente no era distinto. Todo estaba en su sitio, tal como Jimena lo exigía: orden, silencio, eficacia. Ella revisaba unos informes cuando escuchó el golpe seco de la puerta de cristal al cerrarse tras de sí. Levantó la vista con lentitud. No porque esperara a alguien, sino porque su rutina no admitía interrupciones sin previo aviso. —¿Le molesta si interrumpo? —preguntó Tiago, sin una pizca de arrepentimiento en la voz. Ella dejó la pluma sobre el escritorio, cruzó lentamente las piernas y entrecerró los ojos. —Ya lo hiciste —respondió con una neutralidad tan perfecta que era imposible saber si estaba molesta… o intrigada. Tiago avanzó con una carpeta en la mano, su camisa ligeramente desabotonada por el cuello, revelando la curva firme de su clavícula. Había algo peligroso en la manera en que caminaba. Como si nada pudiera perturbar su centro. Como si todo en él desafiara a romper reglas. —Estaba revisando el sistema de encriptación de datos —dijo mientras colocaba la carpeta frente a ella—. Y tengo que ser honesto: lo que están usando ahora es obsoleto. Vulnerable. Y torpemente implementado. Jimena alzó una ceja. Sus ojos verdes se clavaron en los de él, fríos como una tormenta detenida. —¿Torpemente? —repitió con una voz baja, afilada—. ¿Así califica el trabajo que hizo el equipo anterior? —Sí —respondió, sin rodeos—. Y si no me deja aplicar las actualizaciones que propongo, en menos de tres meses podrían sufrir una filtración. Ella lo miró en silencio unos segundos. Demasiado acostumbrada a que sus empleados temieran cada palabra suya, la manera en que él le hablaba tan directo la incomodaba… y al mismo tiempo, encendía algo extraño en su pecho. Algo que latía con fuerza. —Le recuerdo que usted lleva solo un día en esta empresa —dijo finalmente—. No está en posición de dar órdenes. Tiago apoyó ambas manos sobre el escritorio, inclinándose apenas hacia ella. El aroma de su loción —cítrica, masculina, con un toque de madera— la envolvió sin pedir permiso. —No estoy dando órdenes —susurró con una sonrisa sesgada—. Estoy salvando su empresa. Jimena apretó la mandíbula. Bajó la mirada al informe y lo hojeó con frialdad. Sabía que tenía razón. Ya había sospechado de fallas en los protocolos y el robo del antiguo ingeniero lo dejaba claro. Pero eso no justificaba su manera de hablarle. —Cambie lo que tenga que cambiar, pero no vuelva a entrar a mi oficina sin cita —ordenó, volviendo a cruzar las piernas con ese gesto controlado que usaba para no mostrar debilidad. Tiago no se movió. La observó con detenimiento, deteniéndose descaradamente en el movimiento de su pierna, en el modo en que su blusa de seda se estiraba levemente al respirar. —¿Siempre le molesta perder el control, señorita Dávila? Sus palabras fueron un puñal envuelto en terciopelo. Jimena sintió un calor que trepaba desde su abdomen. No era ira. Era algo peor. Algo que la sacudía por dentro y que no tenía nombre en sus años de rigidez. —No he perdido el control —dijo, tensa. —No —murmuró él, separándose del escritorio con lentitud, dándole la espalda como si acabara de ganar una partida de ajedrez—. Pero está muy cerca de hacerlo… conmigo. Jimena se quedó inmóvil. Tiago se detuvo en la puerta y giró la cabeza por encima del hombro. Sus ojos marrones, detrás de los lentes, brillaban como brasas encendidas. —Avíseme si necesita que le explique personalmente las nuevas capas de seguridad… o cualquier otra cosa. Y salió. Jimena se apoyó contra el respaldo de su silla, exhalando como si llevara minutos conteniendo el aire. Sentía la piel erizada. El pulso desbocado. El cuerpo… vivo. Se levantó y caminó hasta el ventanal, cruzándose de brazos. Afuera, la lluvia comenzaba a manchar los cristales. Las gotas resbalaban como lágrimas lentas. ¿Por qué no podía quitárselo de la cabeza? Era solo un empleado. Joven. Insolente. Irresistible. Se odiaba por pensar así. Se odiaba por cómo su cuerpo reaccionaba. Pero más aún, se odiaba por sentir… ganas. En el piso inferior, Tiago caminaba por el pasillo con una sonrisa victoriosa. En su mano llevaba la copia del nuevo informe. Pero en su mente, llevaba otra cosa: el temblor en la voz de Jimena. El fuego que había visto brillar en sus pupilas. No estaba allí solo por el sistema. No. Estaba allí por ella. Y aunque Jimena se empeñara en mantener el control, él sabía algo que ella aún no aceptaba: Los cuerpos no mienten y el de ella… ya comenzaba a ceder.Un año después.El sol bañaba el jardín con una luz dorada y suave, como si quisiera bendecir cada rincón de aquella mañana de primavera. El aire olía a flores frescas, a césped recién cortado y a la fragancia ligera que desprendían las macetas de lavanda alineadas a lo largo del sendero de piedra. La brisa era cálida, pero juguetona, movía las hojas de los naranjos y hacía que los pétalos blancos que caían de los rosales se mecieran en el aire como copos de nieve de verano.Jimena, vestida con un vestido largo de algodón color crema, caminaba lentamente por el jardín. Su cabello, más largo y con algunas ondas naturales, caía sobre sus hombros, y el brillo en sus ojos delataba que la felicidad se había vuelto costumbre en su vida. Sobre su vientre, redondeado y tierno, descansaban sus manos con un cuidado instintivo, como si con ese simple gesto pudiera proteger el tesoro que crecía dentro de ella.Tiago la acompañaba, su mano derecha entrelazada con la de ella, y en la izquierda llev
El salón de eventos estaba vestido de gala. Un aroma sutil a rosas blancas flotaba en el aire, mezclándose con el perfume cálido de las velas que iluminaban cada rincón con una luz dorada y suave. Las paredes, cubiertas por cortinas de seda marfil, reflejaban un brillo tenue, como si todo el lugar estuviera suspendido en un instante de ensueño. Sobre las mesas redondas, los centros de flores blancas se elevaban elegantes, acompañados de pequeñas velas flotantes que parecían respirar al ritmo de la música en vivo.El cuarteto de cuerdas afinaba sus instrumentos, dejando escapar notas suaves que acariciaban el corazón. El murmullo de los invitados llenaba el aire, mezclando risas discretas, saludos y el crujir de las copas al brindar. Entre la multitud, se podía percibir la expectación, ese cosquilleo colectivo que sucede cuando todos saben que están a punto de presenciar un momento irrepetible.En la entrada, Juan ajustaba su corbata con una ligera sonrisa. Él sería quien caminaría jun
El sol se ocultaba lentamente, tiñendo el cielo de tonos ámbar y carmesí.Tiago bajó del coche con una ligera sonrisa en los labios y el cuerpo aún vibrando por la jornada que había tenido junto a Gabriel. El día había estado cargado de pruebas, conversaciones con sastres y largas comparaciones de telas, cortes y detalles que parecían insignificantes, pero que, para él, formaban parte de algo mucho más grande: su promesa de estar impecable para el día en que uniría su vida a la de Jimena.No había sido fácil elegir. Gabriel, con su ojo crítico y su humor sarcástico, había opinado sobre cada corbata y cada hilo de la costura, y al final habían encontrado el traje perfecto: un conjunto de corte clásico en azul noche, con una caída impecable y un chaleco gris perla que resaltaba la amplitud de sus hombros. Cuando el sastre hizo el último ajuste, Gabriel había asentido con aprobación, y Tiago había imaginado el instante en que Jimena lo vería con él.Ahora, al atravesar el camino que cond
La mañana se filtraba por los ventanales de la mansión como una caricia dorada.El aroma del café recién hecho y de panecillos tibios llenaba el comedor, mezclándose con el perfume tenue de las flores que Tiago había mandado traer la noche anterior y que ahora adornaban la mesa.Jimena estaba sentada junto a la ventana, con el cabello recogido en una coleta alta y un vestido ligero color crema. Tenía en la mano una taza de porcelana, y sus ojos, todavía brillantes por lo vivido la noche anterior, se posaban una y otra vez en el anillo que captaba los rayos del sol.Tiago, de camisa blanca arremangada y un aire relajado, le servía jugo de naranja. Cada gesto suyo era pausado, como si quisiera que esa mañana se estirara eternamente.—No me acostumbro a verte así —dijo él, apoyando los codos en la mesa y sonriendo—. Tan… mía.Jimena le devolvió la sonrisa, con ese rubor que él siempre lograba provocarle.—Y yo no me acostumbro a que ahora todos sepan lo nuestro.Él se inclinó para robarl
La mansión de Jimena estaba envuelta en un silencio sereno cuando llegaron.El eco suave de sus pasos sobre el mármol de la entrada se mezclaba con el murmullo distante del viento, que agitaba las copas de los árboles del jardín. El evento había quedado atrás, pero la energía y el vértigo de lo vivido seguían vibrando en sus cuerpos.Tiago cerró la puerta con cuidado, como si temiera romper ese delicado hechizo que aún los envolvía. Se quitó el saco y lo dejó sobre el respaldo de una silla cercana, mientras sus ojos no dejaban de seguirla. Jimena, todavía con su vestido de gala, se soltó lentamente los pendientes, dejando que la luz tenue de la lámpara del vestíbulo acariciara su piel.—¿Estás cansada? —preguntó Tiago, acercándose.Ella sonrió, con esa mezcla de cansancio físico y plenitud emocional que solo se siente después de un día extraordinario.—Cansada… sí. Pero feliz. Muy feliz. —Su voz era baja, como si pronunciara un secreto.Tiago deslizó una mano por su cintura y la atraj
El salón de eventos seguía envuelto en un halo de emoción y asombro. Las luces cálidas acariciaban cada rincón, mientras las flores frescas desprendían ese aroma sutil que parecía envolver a todos en una burbuja de intimidad colectiva.Ella dejó escapar una risa nerviosa, ahogada por las lágrimas. Bajó la vista otra vez al anillo, y, con un suspiro, dejó que sus hombros se relajaran.—Sí —dijo, apenas audible, pero suficiente para que Tiago la escuchara.La sala estalló en aplausos. Las luces volvieron a subir lentamente, y la música se elevó, ahora con un tono más brillante. Tiago, aún arrodillado, tomó su mano y deslizó el anillo en su dedo. Le quedaba perfecto.Se puso de pie, la abrazó, y el público se levantó, algunos grabando con sus teléfonos, otros sonriendo con ternura.Jimena cerró los ojos un instante, apoyando la frente en el hombro de Tiago. Sentía su perfume, esa mezcla de madera y notas cítricas que siempre lo acompañaba, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que es







