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Nosotros (2da. Parte)

last update Fecha de publicación: 2025-10-02 08:00:48

El mismo día

Elazığ, Turquía

Sara

Conocer a mi padre me trajo más que respuestas; fue un camino de verdades dolorosas, de sacrificios y de un amor prohibido del que yo era fruto. Esa espina con la que había vivido se disolvió lentamente, dejando un espacio para la tristeza… y para la rabia. Sí, rabia por el precio tan alto que pagó mi madre por desafiar a su familia.

Lo rescatable fue descubrir la verdad sobre mi origen: Henry no era el monstruo que todos pintaban, sino un hombre que, a pesar d
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    Ocho años despuésLondresYassirEl nacimiento de nuestro pequeño Asad trajo una felicidad que no sabía que podía existir. Risas, noches sin dormir, pañales que parecían multiplicarse solos y un amor tan grande que dolía en el pecho. Pero también… había miedo.Sí, tenía miedo. No quería repetir los errores de mi padre. No quería ser un tirano ni un hombre al que mi hijo temiera mirar a los ojos. Quería criarlo con amor, paciencia y fe. Que confiara en mí, que me buscara cuando el mundo se volviera demasiado ruidoso.Cada día era una aventura: el primer bostezo, la primera risa, la primera noche en que dormimos solo dos horas seguidas. Y entre tanta ternura y cansancio, me sorprendía lo frágil que podía ser la felicidad… y lo fácil que era dudar.Una tarde, intentaba calmar a Asad, caminando de un lado a otro con él en brazos, murmurando versos del Corán, buscando en mi voz la calma que yo mismo no tenía.—Bismillah ir-Rahman ir-Rahim… —susurraba, acariciando su pequeña espalda. Pero A

  • La Cenicienta del Desierto   A tu lado (2da. Parte)

    LondresTres años despuésSaraDicen que la vida pasa en unos segundos cuando estamos al borde del precipicio. Pero más allá del miedo, es esa sensación de perderlo todo, de quedarnos viviendo de recuerdos… y eso nos aterra, porque queremos seguir en el cuento que un día soñamos.Yo lo sentí en carne propia cuando el mundo pareció apagarse frente a mí, allí, en medio de murmullos y rostros desconocidos, con Yassir estancado en la ventanilla del aeropuerto en Turquía. No me resignaba a perderlo después de la odisea que habíamos sufrido para estar juntos, para luchar por hacer realidad nuestra historia.Mis manos temblaban y apretaba mi pasaporte contra el pecho, mirando fijo hacia donde él hablaba con el oficial. La fila avanzaba y yo no escuchaba nada; solo sentía un zumbido en los oídos y el corazón golpeando como si quisiera romperme el pecho. En ese instante, mi mente empezó a repasar la primera vez que mi corazón lo eligió. Pensé en cada momento en que me tomó la mano, en cómo me

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    El mismo díaElazığ, TurquíaYassirEse ansiado “sí” llegó para darnos esperanzas, para gritarme en silencio que el destino tenía preparada la historia más hermosa junto a Sara… con la mujer que le dio sentido a mi vida. Ahí, en ese salón, la felicidad me desbordaba; aún parecía un sueño llamarla “mi esposa”, pero era realidad. Nos habíamos casado en una ceremonia distinta, donde lo normal para otros era diferente para nosotros, y aun así, la sonrisa tonta no podía esconderla.En un arrebato, delante de los pocos presentes —Henry, Irene, algunos testigos—, atiné a proponerle a mi bella esposa que tuviéramos nuestro primer baile. Me acerqué, con la emoción temblándome en las manos, y le hablé casi al oído:—Amor… ¿quieres bailar, como se acostumbra en las bodas occidentales? —le pregunté con una sonrisa nerviosa.Ella parpadeó, sorprendida, y luego asintió con una dulzura que me desarmó.—Sí… ya nos dimos el “sí acepto”, entonces sigamos la costumbre —susurró, mordiéndose el labio infer

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    El mismo díaElazığ, TurquíaSaraConocer a mi padre me trajo más que respuestas; fue un camino de verdades dolorosas, de sacrificios y de un amor prohibido del que yo era fruto. Esa espina con la que había vivido se disolvió lentamente, dejando un espacio para la tristeza… y para la rabia. Sí, rabia por el precio tan alto que pagó mi madre por desafiar a su familia.Lo rescatable fue descubrir la verdad sobre mi origen: Henry no era el monstruo que todos pintaban, sino un hombre que, a pesar del tiempo, seguía esperando el milagro de ser parte de mi vida. Me conmovió su deseo de vivir plenamente, de reconocerme como su hija, de tenderme la mano para construir una nueva vida.Pero lo mejor fue verlo en su papel de padre, presionando a Yassir para que me pidiera matrimonio… no con autoridad, sino con esa mezcla de amor, protección y firmeza que solo los padres tienen con sus hijos. Su forma de intervenir era justa, cálida y a la vez inevitable: no dejaba opción, pero tampoco miedo.Ese

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    Unos días despuésElazığ, TurquíaYassirEse día en la cafetería con Onur todo cambió. Creí que por fin tendríamos nuestra libertad, que habíamos dejado atrás los fantasmas del pasado, pero entonces Sara mencionó su deseo de hablar con su padre. Con un hombre al que ni yo conocía y que, en mi cabeza, podía lastimarla aún más. Eso no estaba en mis planes. Quería protegerla de cualquiera, de cualquier sombra que pudiera dañarla, pero al mismo tiempo sabía que estaba en todo su derecho de conocer la historia de su origen. No podía ser egoísta, aunque me quemara por dentro la idea de perderla en ese proceso.Al final, volvimos al pequeño hotel, y mientras subíamos las escaleras yo no dejaba de pensar en todos los posibles escenarios si esa charla llegaba a darse. En mi cabeza se dibujaban imágenes de heridas reabriéndose, de lágrimas, de culpas. Apenas pusimos un pie en la habitación, su voz cortó el aire:—Yassir, no quiero vivir de remordimientos, de culpas, de dudas por no haber sido l

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    El mismo díaEn alguna parte de AfganistánLatifaAquel día, enterrando a la madre de Yassir, pensé que todavía podía conservar mi vida de lujos, mantener mi lugar en la familia Hassbum. Con la complicidad del doctor Karim, un hombre que siempre había demostrado que un billete doblaba su ética, podría confirmar mi supuesto embarazo sin que nadie lo cuestionara. Sabía que mi suegro, con su apego a las costumbres y su fe ciega en Alá, jamás aceptaría a esa mosquita muerta de Sara en su familia.Mi esposo, el desgraciado, propuso acudir a otro doctor, pero me negué con firmeza. Coloqué sobre mí mi mejor pose de mujer ofendida, humillada, y aun así, nada sirvió para impedir lo inevitable: el hospital.Allí, en pleno consultorio, con mi abuela Nawal observando desde un rincón, el doctor tuvo la osadía de confrontarme, de exhibirme como la mentirosa que era. El peso de mis mentiras se desplomó sobre mí y, en medio de los gritos de mi abuelo y la rabia contenida de Mohamed, Yassir, el infeli

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