LOGINARIA
Espera. ¿Cómo sabía de mi ventana? Mi padre no sabía de ella. Estaba segura de eso. Si alguna vez se enteraba, me arrastraría bajo tierra y me encerraría. No habría discusiones. Ni piedad. —Hago lo que me ordenan —dije en voz baja. Sentía la garganta oprimida—. Te obedeceré. —Sí —dijo él con una sonrisa pausada—. Escucho que tu lobo es muy obediente. Eso me gusta. —Su mano me agarró la parte trasera, con rudeza y descuido—. Y este vestido. Muy atrevido. ¿Por qué no buscamos un lugar privado para que pueda mirar bien? Se supone que este era mi momento. El momento para el que me había preparado. El momento en que Alaric Stonefang realmente me vería. Estaba destinada a ofrecerme, tal como mi padre me había entrenado para hacerlo. Pero no podía moverme. Sentía el pecho bloqueado. Cada respiración se abría paso con dificultad. Las luces se difuminaron. Las voces a su alrededor se fundieron en ruido. Cuando intentó guiarme hacia adelante, en su lugar retrocedí. Su agarre se cerró con fuerza alrededor de mi muñeca. —¿Qué crees que haces, pequeña roja? —Solo necesito aire —dije. Sentía la cabeza ligera. —¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Pensando en tu amante? —¿Mi… amante? —Parpadeé hacia él. —Tus amantes —corrigió, hablando más fuerte ahora para que los demás escucharan—. Lo sé todo sobre ti, Aria. Lo que haces por noche. Y lo que tu padre quiere de ti. Por la noche, no hacía nada. Me sentaba sola en el tejado. Observaba el cielo. Dejaba que la luz de la luna me bañara y fingía que no estaba atrapada. —Mi padre quiere que nos casemos —susurré. Mis pensamientos se dispersaron. Esto estaba mal. En lo más profundo de mi ser, había esperado que Alaric me rescatara. Que fuera mi verdadero compañero. Alguien que me tratara como algo más que una propiedad. Otra parte de mí había esperado menos. Que me tomara en secreto y me dejara en paz el resto del tiempo. Ese tipo de distancia se habría sentido como libertad. Pero esto no era ni lo uno ni lo otro. —No sé si pueda —comencé. —Eres vil —gruñó Alaric. Me empujó sin previo aviso. El dolor me desgarró. Oí cómo se rasgaba la tela. El aire frío golpeó mi piel. Me encogí, volviendo a subir el vestido con manos temblorosas. Las risas resonaron a mi alrededor. Una mujer dio un paso al frente y pasó su brazo por el de él. La reconoció al instante. —Te viste de esta manera porque sabe exactamente lo que eres —dijo Alaric—. La mayoría de los lobos piensan con sus impulsos. Yo no. Necesito una reina. Puedo llevarme a la cama a una chica barata en cualquier momento. ¿Pero casarme con una? —Se rio—. Nunca. Alguien como yo jamás te elegiría. Mis ojos se fijaron en mi prima. Lyra Devereaux. Ella siempre me había sonreído. Siempre me había hablado con dulzura. Ahora me miraba como si yo no fuera absolutamente nada. —Regresa y dile a tu padre que he tomado una decisión —dijo Alaric con calma—. Yo, Alaric Stonefang, Alfa de la Manada Cuenca de Hierro Duro, te rechazo, Aria Blackwood. Elijo a Lyra Devereaux. Una mujer con verdadera fuerza. Los aplausos llenaron el Gran Salón de la Luna. Las risas lo siguieron de cerca. Me puse de pie a la fuerza. Sujeté mi vestido desgarrado con ambas manos y eché a correr. Las lágrimas ardían al caer. Mis tacones se rompieron antes de llegar a las puertas. A dondequiera que miraba, la gente susurraba. Los dedos señalaban. Las sonrisas me seguían. Esta noche debía salvarme. En su lugar, me había convertido en un espectáculo. Y mi padre… Victor no perdonaría esto. Sollocé mientras corría hacia los jardines detrás del hotel. Alguien gritó detrás de mí. Tropecé y caí al suelo, rodando con fuerza. Unos hombres me rodearon. —Vaya —dijo uno, sonriendo—. ¿Qué es esto? —Parece que quiere atención —se rio otro. Unas manos me agarraron. Luché, patada, me retorcí. —Por fin —dijo alguien—. Estas reuniones son aburridas. Vamos a divertirnos un poco. El sonido de una cremallera resonó cerca. Grité. Volví a patear, golpeando a alguien. Se rieron más fuerte. Más peso me presionó hacia abajo. Esto no podía ser real. Mi mente se negaba a aceptarlo. —Basta —grité—. Por favor, deténganse. —Ya es suficiente. La voz cortó el caos como una cuchilla. Las manos desaparecieron. Los hombres retrocedieron de inmediato. Las cabezas bajaron. Los ojos cayeron. Algunos musitaron disculpas. —Váyanse —dijo el hombre. Obedecieron sin rechistar. Me levantó hasta ponerme de pie. Mi vestido volvió a deslizarse. Jadeé y lo mantuve cerrado, con todo el cuerpo temblando. Era enorme. El hombre más grande que jamás había visto. Sus ojos eran tan oscuros que parecían vacíos. Una cicatriz le surcaba una ceja. Su rostro no mostraba absolutamente nada. Las lágrimas corrían por mis mejillas mientras me arreglaba el vestido y miraba a mi alrededor. Solo quedaban unos pocos hombres cerca, de pie, rígidos y silenciosos. Todos los demás se habían ido. ¿Me estaba salvando? ¿O era esto solo otra clase de prisión? Mis manos temblaron mientras finalmente me encontraba con su mirada. No había amabilidad allí. Ni piedad. Me estudiaba como a un problema que había decidido resolver. —Silas —dijo, sin apartar los ojos de mí—. Trae el auto. Mi corazón dio un golpe seco contra mis costillas. —Vienes conmigo.ARIAEstaba fingiendo ser valiente. En realidad, no sabía cómo ser brusca o rápida. Tampoco sabía cómo ser suave o lenta.Lo único que sabía era que su mirada volvía a mí una y otra vez, y que mi corazón no había disminuido su ritmo desde el instante en que lo noté.Esta era la primera decisión que había tomado sin miedo. Quería a Kael. Nunca volvería a verlo, y él sería el único que conocería la verdad.Un secreto. Apenas tenía alguno. Quería conservar este. Lo necesitaba. Algo que guardar. Un recuerdo que fuera solo mío.Y Kael Nightborne, de Goldenreach, sería suficiente.Sus manos se movieron sobre mi piel, ligeras pero seguras, y mi respiración comenzó a entrecortarse. Cuando se inclinó más cerca, mi cuerpo tembló sin mi permiso.—¿Estás cambiando de opinión? —preguntó suavemente mientras sus manos se deslizaban bajo mi camisa.No respondí. Levanté la camisa por encima de mi cabeza y la dejé caer al suelo. Me humedecí los labios, con miedo de hablar. Si lo hacía, podría decirle q
KAELElla soltó un bufido y luego se reía. Fue una risa seca y repentina. Puso los ojos en blanco y, por primera vez, vi una grieta en su máscara. Algo real se movió bajo su control.—Lo siento —dijo—. ¿Eres un alfa y no te gustan los bailes? No me lo creo.—¿No? —pregunté.—Oh, vamos. —Movió la mano con desdén—. A los alfa les encanta mostrar poder. Lo hacéis en vuestras propias tierras, con vuestras manadas, donde nadie puede poneros a prueba de verdad. Pero un baile es diferente. Ahí es donde cuenta. Dirigir una manada es fácil. En un baile, todos os quedáis de pie comparándoos. Quién importa más. Quién es el más fuerte. Quién mantiene el control más firme sobre su lobo. Lo llaman unidad, pero en realidad es solo una larga pelea para ver quién llega a la cima.Dejó de hablar. Sus hombros se tensaron. Luego bajó la mirada y arrugó la nariz.—Lo siento. No debería haber dicho eso.—No —dije con voz uniforme—. No deberías. Pero no te equivocas. Los bailes no sirven para nada real.—Pa
KAELLa pequeña mujer pelirroja no habló ni una sola vez durante el trayecto. No miró por la ventana. No se movió en su asiento. No preguntó a dónde íbamos. Se quedó perfectamente quieta, con las manos cruzadas en el regazo, el rostro inexpresivo, como si lo que fuera que llevaba dentro ya se hubiera apagado.Cuando el coche se detuvo, mis hombres abrieron las puertas y la ayudaron a bajar. No opuso resistencia. Los siguió hasta la habitación del hotel sin emitir un sonido.El viaje había sido rápido. Quince minutos, tal vez menos. Sugerencia de Brex. Algo cercano, por si jamás regresaba al Gran Salón de la Luna. Siempre se anticipaba a todo. Por lo general, respetaba eso.Mi teléfono vibró en el bolsillo. Luego otra vez. Lo ignoré. Alguien apartaría la atención de Brex muy pronto. Siempre lo hacían.Aún no comprendía del todo por qué me había llevado a la pelirroja del baile. Al principio, fue simple. Una razón para no volver adentro. Una vía de escape fácil. Pero la verdad llegó poc
ARIAEspera. ¿Cómo sabía de mi ventana?Mi padre no sabía de ella. Estaba segura de eso. Si alguna vez se enteraba, me arrastraría bajo tierra y me encerraría. No habría discusiones. Ni piedad.—Hago lo que me ordenan —dije en voz baja. Sentía la garganta oprimida—. Te obedeceré.—Sí —dijo él con una sonrisa pausada—. Escucho que tu lobo es muy obediente. Eso me gusta. —Su mano me agarró la parte trasera, con rudeza y descuido—. Y este vestido. Muy atrevido. ¿Por qué no buscamos un lugar privado para que pueda mirar bien?Se supone que este era mi momento. El momento para el que me había preparado. El momento en que Alaric Stonefang realmente me vería. Estaba destinada a ofrecerme, tal como mi padre me había entrenado para hacerlo.Pero no podía moverme.Sentía el pecho bloqueado. Cada respiración se abría paso con dificultad. Las luces se difuminaron. Las voces a su alrededor se fundieron en ruido.Cuando intentó guiarme hacia adelante, en su lugar retrocedí. Su agarre se cerró con f
ARIAEl vestido estaba tan ajustado a mi cuerpo que respirar hondo era difícil. La tela de color rojo oscuro presionaba contra mi pecho, apretaba mis costillas y se adhería a mis caderas, como si hubiera sido hecha para mantenerme atrapada.La alta abertura a lo largo de mi pierna era la única razón por la que podía moverme un poco. Sentarme sería imposible a menos que levantara el vestido primero. Ya sabía que no se me permitiría hacer eso.Esto era exactamente lo que mi padre quería.La única vez que mi padre quería que estuviera sentada era cuando estaba en el regazo de alguien. Horcajadas sobre ellos. A propósito. Esta noche, ese regazo le pertenecía al alfa Alaric Stonefang, de la manada Ironwill Basin.Esta noche decidía mi futuro. No la libertad. Solo una jaula diferente. Dejaba el mandato de mi padre y entraba en el control de otro hombre. No sabía nada de Alaric. Ni de su temperamento.Ni de sus hábitos. Ni de cómo era cuando nadie lo vigilaba. Todo lo que podía hacer era esp







