LOGINKAEL
La pequeña mujer pelirroja no habló ni una sola vez durante el trayecto. No miró por la ventana. No se movió en su asiento. No preguntó a dónde íbamos. Se quedó perfectamente quieta, con las manos cruzadas en el regazo, el rostro inexpresivo, como si lo que fuera que llevaba dentro ya se hubiera apagado. Cuando el coche se detuvo, mis hombres abrieron las puertas y la ayudaron a bajar. No opuso resistencia. Los siguió hasta la habitación del hotel sin emitir un sonido. El viaje había sido rápido. Quince minutos, tal vez menos. Sugerencia de Brex. Algo cercano, por si jamás regresaba al Gran Salón de la Luna. Siempre se anticipaba a todo. Por lo general, respetaba eso. Mi teléfono vibró en el bolsillo. Luego otra vez. Lo ignoré. Alguien apartaría la atención de Brex muy pronto. Siempre lo hacían. Aún no comprendía del todo por qué me había llevado a la pelirroja del baile. Al principio, fue simple. Una razón para no volver adentro. Una vía de escape fácil. Pero la verdad llegó poco después. Alaric Stonefang había encontrado a su compañera esta noche. Y no había sido ella. Era hermosa. Eso quedó claro una vez que la miré de verdad. Más pequeña que la mayoría de los lobos. Frágil de una manera que destacaba entre cuerpos más fuertes. Su rostro era suave y redondo, enmarcado por un cabello rojo con destellos dorados. Las pecas salpicaban su nariz. Su piel era pálida, tersa, ajena al sol o a la vida al aire libre. Pero no la tomé por eso. La belleza me rodeaba todos los días. Siempre había mujeres disponibles. Sonrientes. Esperanzadas. Esperando que el interés o el destino las eligiera. Me gustaban las mujeres. Siempre había sido así. Pero ninguna captó mi atención de la forma en que lo hizo ella. No sabía por qué. Tal vez fue el miedo en sus ojos cuando echó a correr. No un pánico ruidoso. Un miedo silencioso. Del tipo que vive en lo más profundo. Mi lobo reaccionó ante eso. Quería acercarla, protegerla. Tal vez fue la idea de ver su vestido desgarrado en una sala llena de lobos. No habría estado a salvo así. Los lobos no siempre se detenían. El ascensor privado nos subió en silencio. Sus brazos permanecieron cruzados sobre su cuerpo, sujetando los restos del vestido. Mi lobo volvió a agitarse. Incómodo. Enojado. Ambos habíamos visto los moretones en su espalda hacía un momento. Marcas oscuras. Con forma de dedos. Supuse que pertenecían a Alaric. Tal vez a ella le gustaban las manos rudas. A algunas mujeres sí. Aun así, no me gustaba ver marcas en ella. No me gustaba saber que la habían lastimado. Y sobre todo, no me gustaba la idea de que otro hombre le hubiera dejado su marca. Esa reacción me sorprendió. Rara vez me importaba el pasado de una mujer o con quién había estado. —¿Cómo te llamas? —le pregunté al entrar en el ático. —Aria. —Aria —lo repetí lentamente—. ¿Sabes por qué te traje aquí? —Es obvio. —Su voz era calmada. Entonces dejó caer las manos. La parte superior del vestido se deslizó. No se apresuró a subirlo. Me miró directamente. Desafiante. Expuesta. Sus pechos eran llenos, pálidos, suaves, con los pezones de un tono rosa claro. Mi pecho se contrajo. Mi lobo aprobó ruidosamente. En su lugar, sonreí. —No tengo otro vestido para ti —le dije—. Así que no vas a volver al baile. Pero no tienes que pasar toda la noche con eso. La confusión cruzó su rostro mientras caminaba hacia el armario. Brex odiaba las apariencias descuidadas. Decía que daba mala impresión cuando las mujeres se iban con la misma ropa de la noche anterior. Hoteles como este siempre guardaban prendas de repuesto. Encontré unos vaqueros y una camiseta que parecían de su talla y los arrojé sobre la cama. Luego me giré. —¿Quieres una copa? —¿Qué? —Algo de beber. —Mantuve la voz tranquila. Mis ojos captaron su reflejo en el espejo. Me estaba mirando. Todavía no se había cambiado. —Licor. Cerveza. Vino. Refresco. —Vino. Tinto. Se quitó la camiseta por la cabeza y dejó caer el vestido al suelo. Aparté la mirada y serví las bebidas. Borbón para mí. Vino tinto para ella. Cuando me volví, seguía sin ponerse los vaqueros. La camiseta apenas le cubría los muslos. Piel descubierta. Pálida y tersa. Atrajo mi atención más de lo debido. Era verano, y la mayoría de los lobos tenían color por el sol. Ella no. Miré más tiempo del que pretendía. Me recordaba a mí mismo que no la había traído para acostarme con ella. Me lo repetí otra vez. La traje para alejarla del peligro. Para darle espacio. Para dejar que se fuera si quería. Pero ella se movía por la habitación medio desnuda, y mis pensamientos se desmandaron. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, curiosos y abiertos. Cuando me di cuenta, apartó la vista rápidamente. Sumisa. Mi lobo se acercó un poco más a la superficie. Mi interés le siguió. Las imágenes acudieron a mi mente antes de que pudiera frenarlas. Llamarla más cerca. Decirle qué hacer. Tocar su piel para comprobar si era tan suave como parecía. Apagué esos pensamientos de golpe. Le entregué la copa. Bebió demasiado rápido y tosió. —¿Cuántos años tienes? —le pregunté. —Veintidós. —Hizo una pausa—. ¿Puedo repetir? —Más tarde. —Le quité la copa—. Si te pones los vaqueros, puedo hacer que alguien te lleve a donde quieras ir. —¿De verdad me trajiste aquí solo para cambiarme de ropa? —Sus ojos se aguzaron. —Y para que te calmes —dije—. Llamabas la atención. Los lobos pelean. No huyen. ¿Qué clase de lobo huye así? —Una princesa —respondió en voz baja. Luego rió, como si el sonido la sorprendiera—. ¿Así que me estás salvando? Solté un bufido. —No soy un héroe. —No tengo el corazón roto —dijo ella. Sus ojos se volvieron distantes, pesados, como si algo dentro de ella se negara a ceder. De todos modos, parecía destrozada. Por completo. Sus palabras no encajaban con su aspecto. —Entonces, ¿qué eres? —le pregunté. No respondió. Se acercó a la ventana y se quedó mirando hacia afuera. —No conozco este lugar. ¿A dónde debería ir? Quería presionar. No estaba acostumbrado a que me ignoraran. No me gustaba no saber. Pero recordé por qué estaba allí. Tenía responsabilidades. Reuniones. Un final para esta noche. —A casa. Su rostro se tensó. —No puedo. Necesito aire. Necesito tiempo. —Pensarás con más claridad con los pantalones puestos. Me miró. —De verdad no entiendes a las mujeres. Nadie piensa mejor con unos vaqueros puestos. —¿En qué estás pensando? —En que se acabó —susurró. Tan suavemente que por poco me lo pierdo—. ¿Así que es eso? ¿Solo me trajiste aquí para arreglarme un poco? —¿Es tan difícil de creer? —Veo cómo me miras. Sonreí levemente. —Puedo tener buenas intenciones y aun así darme cuenta. —¿Por qué estabas fuera del hotel? —Haces muchas preguntas, pajarito. Sus ojos se abrieron de par en par. —¿Pajarito? —Pequeña. Herida. Aún no estás lista para volar. —Esperé a que replicara. No lo hizo. Asintió. —Estoy ganando tiempo —dijo en voz baja—. ¿Eso es malo? —No. —Hice una pausa—. Yo también estaba ganando tiempo. Los bailes no son lo mío.ARIAEstaba fingiendo ser valiente. En realidad, no sabía cómo ser brusca o rápida. Tampoco sabía cómo ser suave o lenta.Lo único que sabía era que su mirada volvía a mí una y otra vez, y que mi corazón no había disminuido su ritmo desde el instante en que lo noté.Esta era la primera decisión que había tomado sin miedo. Quería a Kael. Nunca volvería a verlo, y él sería el único que conocería la verdad.Un secreto. Apenas tenía alguno. Quería conservar este. Lo necesitaba. Algo que guardar. Un recuerdo que fuera solo mío.Y Kael Nightborne, de Goldenreach, sería suficiente.Sus manos se movieron sobre mi piel, ligeras pero seguras, y mi respiración comenzó a entrecortarse. Cuando se inclinó más cerca, mi cuerpo tembló sin mi permiso.—¿Estás cambiando de opinión? —preguntó suavemente mientras sus manos se deslizaban bajo mi camisa.No respondí. Levanté la camisa por encima de mi cabeza y la dejé caer al suelo. Me humedecí los labios, con miedo de hablar. Si lo hacía, podría decirle q
KAELElla soltó un bufido y luego se reía. Fue una risa seca y repentina. Puso los ojos en blanco y, por primera vez, vi una grieta en su máscara. Algo real se movió bajo su control.—Lo siento —dijo—. ¿Eres un alfa y no te gustan los bailes? No me lo creo.—¿No? —pregunté.—Oh, vamos. —Movió la mano con desdén—. A los alfa les encanta mostrar poder. Lo hacéis en vuestras propias tierras, con vuestras manadas, donde nadie puede poneros a prueba de verdad. Pero un baile es diferente. Ahí es donde cuenta. Dirigir una manada es fácil. En un baile, todos os quedáis de pie comparándoos. Quién importa más. Quién es el más fuerte. Quién mantiene el control más firme sobre su lobo. Lo llaman unidad, pero en realidad es solo una larga pelea para ver quién llega a la cima.Dejó de hablar. Sus hombros se tensaron. Luego bajó la mirada y arrugó la nariz.—Lo siento. No debería haber dicho eso.—No —dije con voz uniforme—. No deberías. Pero no te equivocas. Los bailes no sirven para nada real.—Pa
KAELLa pequeña mujer pelirroja no habló ni una sola vez durante el trayecto. No miró por la ventana. No se movió en su asiento. No preguntó a dónde íbamos. Se quedó perfectamente quieta, con las manos cruzadas en el regazo, el rostro inexpresivo, como si lo que fuera que llevaba dentro ya se hubiera apagado.Cuando el coche se detuvo, mis hombres abrieron las puertas y la ayudaron a bajar. No opuso resistencia. Los siguió hasta la habitación del hotel sin emitir un sonido.El viaje había sido rápido. Quince minutos, tal vez menos. Sugerencia de Brex. Algo cercano, por si jamás regresaba al Gran Salón de la Luna. Siempre se anticipaba a todo. Por lo general, respetaba eso.Mi teléfono vibró en el bolsillo. Luego otra vez. Lo ignoré. Alguien apartaría la atención de Brex muy pronto. Siempre lo hacían.Aún no comprendía del todo por qué me había llevado a la pelirroja del baile. Al principio, fue simple. Una razón para no volver adentro. Una vía de escape fácil. Pero la verdad llegó poc
ARIAEspera. ¿Cómo sabía de mi ventana?Mi padre no sabía de ella. Estaba segura de eso. Si alguna vez se enteraba, me arrastraría bajo tierra y me encerraría. No habría discusiones. Ni piedad.—Hago lo que me ordenan —dije en voz baja. Sentía la garganta oprimida—. Te obedeceré.—Sí —dijo él con una sonrisa pausada—. Escucho que tu lobo es muy obediente. Eso me gusta. —Su mano me agarró la parte trasera, con rudeza y descuido—. Y este vestido. Muy atrevido. ¿Por qué no buscamos un lugar privado para que pueda mirar bien?Se supone que este era mi momento. El momento para el que me había preparado. El momento en que Alaric Stonefang realmente me vería. Estaba destinada a ofrecerme, tal como mi padre me había entrenado para hacerlo.Pero no podía moverme.Sentía el pecho bloqueado. Cada respiración se abría paso con dificultad. Las luces se difuminaron. Las voces a su alrededor se fundieron en ruido.Cuando intentó guiarme hacia adelante, en su lugar retrocedí. Su agarre se cerró con f
ARIAEl vestido estaba tan ajustado a mi cuerpo que respirar hondo era difícil. La tela de color rojo oscuro presionaba contra mi pecho, apretaba mis costillas y se adhería a mis caderas, como si hubiera sido hecha para mantenerme atrapada.La alta abertura a lo largo de mi pierna era la única razón por la que podía moverme un poco. Sentarme sería imposible a menos que levantara el vestido primero. Ya sabía que no se me permitiría hacer eso.Esto era exactamente lo que mi padre quería.La única vez que mi padre quería que estuviera sentada era cuando estaba en el regazo de alguien. Horcajadas sobre ellos. A propósito. Esta noche, ese regazo le pertenecía al alfa Alaric Stonefang, de la manada Ironwill Basin.Esta noche decidía mi futuro. No la libertad. Solo una jaula diferente. Dejaba el mandato de mi padre y entraba en el control de otro hombre. No sabía nada de Alaric. Ni de su temperamento.Ni de sus hábitos. Ni de cómo era cuando nadie lo vigilaba. Todo lo que podía hacer era esp







