FAZER LOGINMario
Andrés era un maldito imbécil que no la merecía. Cómo era posible que hubiese marchitado de esa manera a una flor tan bella, y en solo dos años, porque aunque aún Manuela conservaba esa belleza salvaje, indómita y hasta perversa que siempre tuvo en la secundaria, lo cierto era que no parecía haber llevado precisamente la vida de ensueño que se suponía debías encontrar con el matrimonio. Su aspecto no podía ser más desalineado y, bajo la espesa capa de maquillaje, se nota que oculta las consecuencias de un golpe. No quise que se sintiera juzgada, así que le ofrecí la oportunidad de regresar a su auto sin decir nada al respecto, pero Dios, cómo me gustaba esa mujer, aún cuando estaba desarreglada.
—Ya estoy aquí. Me sigues o…
Me interrumpió el llanto de un bebé, proveniente de la parte trasera del auto de Manuela, que se giró enseguida para ir a atenderlo. Me asomé y no pude creer lo que estaba viendo. En efecto, era un bebé, envuelto en un mameluco y haciendo una berrieta.
No podía ser que fuera suyo, pero todo indicaba que sí lo era. En ningún momento había mencionado que iba con un bebé.
—Necesito ir por unos pañales —dijo Manuela poco después de que yo me hubiera acercado.
Estábamos en una parada contigua a un mercado en donde podría comprarlos. Vi que sacó al bebé de la silla en donde estaba sentado y se dirigió enseguida a hacer la compra, sin siquiera esperarme.
—¿Necesitas que te acompañe, conejita?
—Será cosa de un minuto. Ya vuelvo —respondió cortante, tal como lo había sido siempre conmigo, desde el colegio.
Me quedé parado en donde estaba, sin saber qué era lo correcto, si insistir y seguirla o atender lo que me había pedido. Opté por lo segundo, pero pasado un minuto, cuando la vi atravesar la puerta del mercado, me decidí a seguirla. La encontré tomando unos pañales, unas toallas húmedas y crema para bebé. Cuando me acerqué con la intención de ayudarla a cargar los artículos, vi que se estremecía y aceptó mi ayuda de mala gana. No engañaba a nadie. Me había llamado porque en verdad estaba desesperada y yo sabía que Nelson no atendió a su llamada, pero no dije nada al respecto porque, tal como iban las cosas, seguro podría tener una oportunidad con ella. Un momento después nos acercamos a la caja y ella sacó su tarjeta para hacer el pago.
Vi el aviso de «Rechazado» las tres veces que ella pasó la tarjeta.
—Yo lo pago —dije antes de que nos hiciera perder el tiempo de todos intentando pasar el plástico una cuarta vez.
Se veía avergonzada y en su silencio interpreté que aceptaba mi ayuda solo porque estaba desesperada. Sabía muy bien lo que había sucedido, pero fue ella quien lo mencionó cuando salimos.
—Las ha cancelado, el muy cretino… aún sabiendo que voy con Gabriela.
Estoy por subir las compras a su auto cuando ella me detiene.
—No, espera. Primero debo cambiarla, y el carro se queda aquí.
No hay necesidad de hacer preguntas ociosas. La ayudé a sacar un pañal de la bolsa y esta vez sí esperé a que regresara del baño después de guardar las compras y pasar la silla de bebé a mi camioneta. Permanecí atento, observando muy bien a todos los se detenían en la parada, pero Manuela regresó antes de que yo pudiera ver el rostro de su esposo, a quien quiero golpear por encima de cualquier otra cosa.
Encendí el auto antes de que cualquier cosa pudiera detenernos.
—No sabía que tenías una hija. ¿Cuánto tiene? —intenté hacer algo de charla solo para despejar la densa tensión que se creó entre nosotros tan pronto puse la camioneta en marcha.
—Nueve meses.
Observo a la bebé por el retrovisor. En efecto, tiene los ojos de su madre pero, para su desgracia, también algunos rasgos de su padre.
—No entiendo porqué Nelson no me devuelve la llamada —dice con el celular en la mano— ¿Sabes algo de mi hermano?
Niego con la cabeza. Miento descaradamente, pero ella no lo nota. Está mucho más pendiente de la pantalla de su teléfono que de mí. Cómo me molestaba eso, su indiferencia tan fría que parecía calculada, pero a medida que nos acercamos a la casa sé que mis posibilidades de estar con ella aumentan.
—Hace varios meses que no hablamos —dije—. Ya no estoy en el ´negocio´.
Sé que ella entiende a lo que me refiero y veo que observa el auto en donde está subida como si no me creyera.
—Tomé mi dinero y me hice legal, conejita —respondí a su silenciosa pregunta, cargada de ese sutil veneno suyo que no hacía sino exitarme más.
—Creí que la única forma de salir era con los pies por delante —dijo, ahora sí dudando de mis palabras.
No respondí y observé, una vez más, a la criatura que estaba en el asiento trasero. Noto que está por quedarse dormida y me pregunto si no habrá comido ya, lo que me lleva a mirar rápidamente a los senos de Manuela, atravesados por el cinturón de seguridad, lo que los realza aún más. Siempre estuvo bien dotada, pero debido a la maternidad ahora su delantera es inmensa. No veo la hora de poner mis manos, mis labios y lengua sobre esos dos hermosos y firmes melones.
—Eso depende de cuándo salgas, y cómo lo hagas —respondo de forma tardía a su duda—. No pude sacar todo lo que quería, pero sí invertí bien lo poco que saqué. Ahora dirijo una compañía legal, y todos mis asuntos también lo son, conejita. No tienes de qué preocuparte.
Vi pasar una patrulla y noté que eso lo tensaba.
—Solo espero que Nelson me llame pronto —dijo después de un suspiro ahogado—. No quiero abusar de tu confianza, Mario.
—Oye, fuiste tú la que me llamó y te respondí que sí, conejita, que te ayudaría. Qué clase de persona sería si no lo hiciera.
La noté más susceptible, incluso agradecida, aunque no dijo nada. Seguía castigándome con su pretendida indiferencia, sin saber que era eso lo que más me gustaba de ella. Sabía lo mucho que me despreciaba, incluso hasta podía ser que me odiara, pero en este momento yo era su única salida, su única oportunidad de escapar de su marido, que movería Cielo y Tierra para encontrarla, más cuando ha huido con su única hija.
Y ella no lo sabía, pero esa llamada a la que se aferraba con tantas esperanzas no llegaría y esa idea me hizo sonreír.
ManuelaCuando Gabriela se despierta, estoy exhausta, tanto físicamente por la forma en que Mario me dejó exhausta anoche, como mentalmente por haber estado despierta. Después de darle el desayuno a Gabriela, la acomodé en la sala con sus juguetes, aunque mi mente no está del todo presente. Los pensamientos sobre Mario y Dam siguen rondando en mi cabeza, y cada vez que intento alejarlos, vuelven con más fuerza.Y entonces oigo pasos que bajan las escaleras.Levanto la vista y ahí está Mario, descendiendo con esa mezcla de masculinidad cruda y confianza natural que me excita muchísimo. Siento un cosquilleo en el estómago, como siempre que lo veo, un recordatorio de lo mucho que mi vagina me ha traicionado.—Buenos días, conejita. Gabriela —me saluda, con la voz ronca por el sueño. Es injusto lo sexy que suena, cuánto deseo arrastrarlo arriba y rogarle que me vuelva a hacer lo mismo.Nunca había sentido tanta lujuria por Andrés, pero resulta que una vez que descubres lo que realmente se
ManuelaUn leve gemido se me escapa al removerme, sintiendo la inconfundible presión de su pene rozando mi entrada. Se desliza arriba y abajo por mi hendidura desde atrás, sus manos ásperas apretando mi trasero con ese agarre posesivo que empiezo a amar.Mi mente apenas registra el cambio de posición antes de que mi cuerpo se relaje instintivamente. No necesito verlo para saber quién es.Pero, ¿cuándo me metí en su cama? ¿Y qué hora es?Lo último que recuerdo es quedarme dormida sobre Dam después de que él...No, no quiero pensar en eso ahora mismo.—¿Te duele, conejita? —Mario me susurra al oído, haciéndome estremecer.—Un poco —susurro, recordando el sexo salvaje e increíble que tuvimos antes de que se fuera. Todavía me duelen partes del cuerpo que no sabía que podían doler.—Iré tan despacio como pueda —murmura con un toque de ternura en la voz—. Solo quiero sentirte... dormir con mi polla dentro de tu coño.Antes de que pueda responder, ya está penetrándome, gimiendo mientras su p
MarioTras hablar con Nelson y confirmar la ubicación de mi presa, me detengo frente a "La Casa de Muñecas Rosa" en uno de los coches del club. Es un sedán negro con matrículas falsas, algo que no llama la atención y que es fácil de eliminar si es necesario.Salgo del coche, ajustándome los puños del traje negro mientras observo el edificio. Las luces de neón parpadean, proyectando un brillo espeluznante sobre la entrada, donde una fila de hombres espera, con rostros llenos de expectación y algo más oscuro. Es esa hora de la noche en que el club de striptease empieza a cobrar vida, con bastardos desamparados que se arrastran para ver coños que jamás podrán tocar.Una vez dentro, observo todo a mi alrededor, captando cada detalle en una fracción de segundo. Las salidas, los rincones oscuros, los lugares donde puedo hacer mi trabajo sin que nadie se dé cuenta. No estoy aquí para disfrutar de la sordidez ni para perderme en el espectáculo. Cuanto más rápido resuelva el asunto, antes podr
ManuelaEl fuerte llanto de Gabriela me despierta de golpe, con el corazón acelerado mientras la busco aturdida. Encuentro a Dam de pie junto a mí, sosteniendo a mi bebé que llora desconsoladamente. Tiene la cara roja y extiende los brazos desesperadamente hacia mí.Me incorporo tan rápido que parece que soy el Enterrador volviendo a la vida. —Dios mío. ¿Está bien? —pregunto con voz adormilada mientras la abrazo, intentando tranquilizarla.—Sí, creo que solo quería a su mamá —responde Dam con un tono tranquilo y tranquilizador.Tiene razón. En cuanto siente mi calor, deja de llorar y se acurruca contra mí. Es una sensación increíble saber que todavía me extraña, incluso cuando está con su nueva persona favorita.—Ya le di de cenar y el biberón —continúa Dam, observándome atentamente—. También le limpié las encías y sus dos dientecitos, como te he visto hacer todas las noches. Así que pronto estará lista para dormir.Parpadeo, sorprendida. —Guau... gracias.Dam es realmente maravillo
Damian—Entre tú y yo... ¿cuál es el objetivo final de Mario con Manuela? —La pregunta de Daniel me toma por sorpresa mientras entramos en el camino de entrada de la casa de Mario.Lo miro de reojo, entrecerrando los ojos. —¿Por qué preguntas?Mira fijamente al frente, evitando el contacto visual, con un tono inusualmente suave. —No puedo dejar de pensar en lo que dijo antes. Solo quiero que sea... feliz.En serio, ¿qué le pasa? Normalmente es tan tranquilo, pero últimamente habla de Manuela con un tono casi posesivo. Empiezo a considerar la descabellada idea de que la desea de nuevo.—No sé cuáles son sus intenciones —admito, con un tono de incertidumbre en la voz—. Pero no le hará daño.Puede que Mario esté emocionalmente destrozado, pero tengo fe en que hará lo correcto por ella.Si no, tendré que intervenir.Entramos en la casa y encontramos a Mario en el sofá, con Gabriela acurrucada cómodamente en sus enormes brazos, tomando su biberón. La escena me conmueve profundamente: una
MarioNo debería aceptar esto. Nelson la lastimó, y ella solo me está usando para adormecer el dolor. No vine aquí para follarla... al menos, no creo que lo haya hecho. Pero la idea de usarla como un juguete me produce un escalofrío, y no puedo evitarlo. —Desnúdate. Ahora —ordeno con voz dura—. Quiero ver a mi precioso juguete entero antes de jugar con ella.Se le corta la respiración y, por un instante, casi me pregunto si va a cambiar de opinión. Pero entonces, como la conejita buena que es, empieza a desnudarse, con la mirada fija en la mía todo el tiempo.Sus vaqueros cayeron al suelo, seguidos de su camisa y su ropa interior. Puedo ver la vacilación, la incertidumbre en sus ojos, pero no aparta la mirada.Extiendo la mano, mis dedos rozan sus pezones, acariciándolos hasta que se endurecen. —Joder —murmuro—. Tus tetas son jodidamente perfectas. Se sonroja, pero se queda quieta mientras tiro suavemente de cada pezón, tanteándola. Tarareo en señal de aprecio.—Qué buena chica. Ah







