INICIAR SESIÓNDos años después
Manuela
—¡Como no abras la puerta, te golpearé hasta dejarte inconsciente!— gritó Andrés, histérico, sin dejar de golpear con fuerza.
Estaba aterrada, temblaba y no conseguía poner mi cabeza en orden mientras empacaba una muda más para Gabriela, que no dejaba de llorar.
—Tranquila, nena, mami te va a sacar de este horrible lugar.
Escuché que la puerta se astilló en el momento en que mi mano estaba por coger los pañales.
¡Demasiado tarde!
Si no salía de la habitación en los próximos tres segundos, Andrés nos cogería antes de que pudiéramos salir. Ya me encargaría después de comprarle unos pañales a Gabriela, a la que tomé después de ponerme la maleta al hombro. Salimos por la ventana en el momento justo en que la puerta cedió y Andrés estuvo a un segundo de lograr agarrar mi brazo.
—¡No te atrevas, zorra! —gritó cuando vio que corría hacia el auto— ¡Es mi hija!
Sabía que solo tenía unos segundos antes de que Andrés también saliera por la ventana y nos alcanzara. Temblando, conseguí sacar las llaves de mi bolsillo y abrir la puerta del auto. Dejé a Gabriela atrás, con la sillita apenas atada. Para cuando corrí hacia la puerta del conductor, Andrés ya había salido por la ventana.
El pánico se apoderó de mí. Si me atrapaba, cumpliría su promesa y no solo me dejaría inconsciente a golpes, sino que despertaría atada a una de las barandillas del sótano, en donde permanecería por quién sabe cuántos días. Casi le atrapé la mano cuando cerré la puerta.
—¡Como arranques, me aseguraré de que nunca vuelvas a ver a Gabriela! —amenazó mientras mis manos temblaban al girar el encendido— ¡Sal ahora, zorra!
Golpeó contra la ventana mientras ponía en marcha el auto. Temí atropellarlo y meterme en un problema más serio, pero era eso o que pudiera ser él quien me matara a mí. Aceleré y él no tuvo más remedio que ceder. Aún oía sus gritos mientras el auto lo dejaba atrás.
Gabriela lloraba con insistencia, sin que yo pudiera hacer nada para consolarla, más que prometerle que todo iba a estar bien, pero ni siquiera sabía por dónde empezar.
Me alejé lo más que pude de la casa, tomando vías por las que nunca había pasado para que Andrés no tuviera oportunidad de encontrarnos. Solo hasta que salí a la carretera me sentí segura para detenerme un momento y asegurar la silla de Gabriela, que había estado desprotegida todo ese tiempo.
—Ya, linda, tranquila. Ya pasó. No volveremos a ver a papá. Él no va a poder hacerte más daño.
Conseguí asegurar a Gabriela en la silla y que se calmara. Le agradaban los paseos en auto, en los que solía quedarse dormida. Anduve un poco más y el efecto adormecedor actuó en ella.
Solo hay una persona a la que podía acudir y llamo a mi hermano, pero me responde el buzón de voz. Le dejó un mensaje.
—Nelson, por favor llámame cuando hayas escuchado este mensaje. Es urgente.
Pienso en lo que debería hacer a continuación, pero no tengo siquiera idea de a dónde debería ir. Con los recuerdos de los que dispone, Andrés podría encontrarnos en cualquier momento. Sería incluso capaz de acudir a la policía diciéndoles que secuestré a su hija y, siendo sus padres quienes son, le creerían enseguida.
Repasaba la lista de nombres de conocidos en mi cabeza hasta que solo se me ocurrió uno que sí que podía ayudarme, al menos hasta que Nelson me contactara. Maldije al darme cuenta de que no tenía más a quién acudir.
—Mario, ¿cómo estás? Hablas con Manuela.
—Conejita. ¿En serio eres tú? Vaya. Esto sí es inesperado.
Miré a Gabriela por el retrovisor. Tenía que hacerlo por ella.
—Sí, Mario, verás, necesito tu ayuda. Acabo de dejar a Andrés y no tengo a dónde ir. Nelson no responde a mis llamadas.
Casi puedo verlo sonreír, disfrutando de lo que me está pasando.
—Ya era hora, conejita. Te lo advertí, pero no quisiste escucharme.
—Bueno, no te he llamado para que me sermonees. ¿Podrías ayudarme, o no?
Sentí que fui grosera y temí haberlo ofendido, pero no fue así. Lo escuché reírse.
—¿Qué necesitas, hermosa?
Vi aproximarse una patrulla y temí que yo pudiera ser su objetivo. ¿Andrés ya me habría denunciado? ¿O tendría a la policía para que le informara sobre mi paradero? La patrulla se alejó y sentí que me estaba volviendo paranoica porque Andrés también podría reportar el auto como robado. Todo estaba a su nombre, hasta las cuentas bancarias. Tenía que deshacerme del auto y encontrar un lugar seguro en donde esconderme, al menos hasta que Nelson me contactara.
—Escucha, ¿podríamos vernos? Voy saliendo de la ciudad por el norte.
No tarda ni un segundo en sugerirme una parada.
—Estaré allí en veinte minutos, conejita.
Yo estoy a solo cinco del lugar que él me indicó y los siguientes quince minutos son una auténtica eternidad, en la que cada coche semejante al de Andrés me detiene el corazón, y cada vehículo de la policía me hace hiperventilar.
Por fin lo veo llegar en una camioneta de lujo y estacionarse a mi lado. No ha cambiado mucho en esos dos años que pasaron desde que lo vi, cuando creí que mi felicidad era completa. Al parecer, las cosas le han estado saliendo bastante bien. Cuando desmonta, veo que lleva un rolex, una cadena de oro y varios anillos. Su loción es costosa y ese corte de pelo no debió ser nada barato. Lo veo sintiéndome menos, con las marcas de desesperación reflejadas en cada aspecto de mi apariencia.
¡Cuán distinto nos había tratado la vida en ese tiempo!
Me odiaba por eso, por el hecho de que él, Mario, habiendo sido siempre el vago del colegio, el flojo, el que copiaba en todos los exámenes y tareas, estuviera ahora de maravilla, subido en una camioneta de lujo, ropa costosa, loción de marca y luciendo joyería en su cuerpo mientras yo, que había sido la juiciosa, la aplicada, la esforzada por obtener altas calificaciones, debía ahora acudir a su ayuda, casi implorársela por lo que había sido un único error en mi vida.
¡Todo era tan injusto!
—Conejita —saludó tan pronto se cruzaron nuestras miradas—. Pero si estás… hermosa, pese a que vas hecho un desastre.
Andrés—Gánate el derecho a comerte mi semen —gruñe Michael, mi jefe, mientras me mete la polla más adentro de la garganta. Su mano se enreda en mi pelo, tirando de mí con una fuerza que me hace llorar—. Me mentiste, Valbuena. Primero me dices que te vas de vacaciones con tu familia, ¡y luego aparecen unos pandilleros en la oficina y me amenazan? Sí, me debes un montón de dinero.Odio su condescendencia, pero odio aún más necesitarlo. Aun así, no es que no lo disfrute, pero todo es culpa de Manuela. Esa inútil y patética zorra. Si no se hubiera marchado como lo hizo, no estaría aquí ahora, ahogándome con la polla de mi jefe solo para seguir bajo su protección. Mandó a su hermano y a sus amigos tras de mí. Así que, cada momento humillante, cada segundo de sumisión, todo se remonta a ella.El agarre de Michael se intensifica, provocándome un gemido mientras mi garganta se tensa a su alrededor. Por ahora, me quedo en una de sus casas, esperando el momento oportuno para atacar, para recup
ManuelaEn el momento en que War toma el control, lo siento. Su postura cambia, sus hombros se enderezan con una confianza endurecida e inquietante, su mandíbula se aprieta con una nitidez completamente distinta a la de Logan. Sus ojos gris acero se entrecierran y se oscurecen, y una sonrisa lenta y maliciosa se desliza por su rostro. El aire parece denso con un aura amenazante, no como la de Mario, cuya oscuridad me resulta protectora y segura. No, esto es diferente, como un animal salvaje y desquiciado que se resiste a devorarte hasta encontrar el momento perfecto. Pero sigo pensando lo mismo... Confío en Logan y en su alter ego.La mirada de War me recorre, y luego se inclina hacia mí, inhalando profundamente. Arruga la nariz con desdén al alejarse. —Qué asco. Apestas a prado —gruñe, con una voz mucho más ronca que la de Logan. Se acerca a la barra mientras se pasa la mano por su pelo corto y castaño, y se sienta—. Alex, sírveme algo más fuerte. El whisky no me va a servir.Alex n
LoganAhora que Manuela está aquí delante de mí, no puedo quitarle los ojos de encima.Dios, es hermosa.La última vez que la vi, tenía solo siete años y estaba de pie junto a mi cama de hospital, con lágrimas corriendo por su rostro. Casi nunca estaba despierta, pero esa mirada llena de culpa que tenía se me quedó grabada en la memoria. Ahora tiene veintidós años, uno menos que yo, y es la diosa en la que siempre imaginé que se convertiría.Aunque esté sentada en el regazo de otro hombre.Sé que ella me reconoce. Veo un destello de reconocimiento en sus ojos. Verme debió haberle refrescado la memoria.Apuesto a que Nelson se siente como un idiota ahora mismo, cayendo en la trampa que le tendí con la ayuda de Bones. Él quiere esta alianza con el club de Nelson; yo la quiero a ella.Mi mirada se posa en el chaleco de cuero que lleva, marcado con la inscripción de Mario. Aprieto la mandíbula al verla apoyarse en él, y los celos me consumen. Pero Bones estará encantado. Es justo el cebo
Manuela—Manuela, Logan... quédense en mi oficina. Ya saben cómo funciona. No salgan hasta que uno de nosotros se lo diga —ordena papá.—Vale, papi.Doy vueltas en su gran sillón, el cuero suave y liso bajo mis dedos.—Bien. Como sea —murmura Logan mientras papá cierra la puerta. Poniendo los ojos en blanco, se deja caer en la silla frente a mí.Logan es como mi amigo. A veces viene al club con su tío Sal, que es muy malo y siempre le está gritando. Tiene el pelo corto y castaño, y los ojos de un bonito color gris. Mamá dice que cree que le gusto, pero no entiendo muy bien qué quiere decir. Simplemente me gusta que juegue conmigo a juegos que me hacen sentir segura, no como los juegos de papá.—Oí a mi papá decir que había otras chicas abajo. ¿Las has visto alguna vez? —pregunto, ya aburrida. Siempre me aburro cuando no nos dejan salir de la oficina.Logan simplemente niega con la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido. —Yo no iría allí si fuera tú. Te meterías en problemas.Siempr
ManuelaTras una siesta intranquila, paso el resto del día con Gabriela, aferrándome a cada segundo como si fuera el último. Sé que Mario y Daniel me protegerán, pero la persistente angustia se siente como una nube oscura de la que no puedo librarme. Siento una opresión en el pecho mientras intento mantener una sonrisa por Gabriela, viéndola reír y jugar.Tras despedirnos de ella y de Dam con un beso, Mario, Daniel llegó con su celular. Tenía a Nelson en la línea. Su mirada se clava en mí cuando tomo el teléfono.—Manuela —dice con tono cortante.—Bésame el culo, Nelson.Deja escapar un largo y contenido suspiro, y sus ojos se dirigen rápidamente a Mario, quien me da un cálido beso en la nuca. —Te daré un poco de espacio —murmura Mario, pero me aferro a su brazo, reacia a soltarlo.—No tienes por qué hacerlo. No quiero hablar con él.El rostro de Nelson se tensa. —Manuela, tenemos que hablar. Ahora mismo.Entrecierro los ojos mientras Mario retrocede, acercándose a donde está Daniel
MarioJoder, está furiosa. Apenas puedo sujetarla mientras la llevo a nuestra otra habitación. Menos mal que Dam y Daniel insistieron en quedarse al otro lado del pasillo. Tenemos una habitación para nuestras noches "domésticas" y luego está esta, para todas las perversiones que queremos hacerle.La mayoría de los miembros no viven en la casa club, así que nuestro secreto permanecerá a salvo. La mayoría tiene su propia vida fuera, y solo vienen aquí para pasar el rato o para divertirse con las prostitutas del club que no tienen nada mejor que hacer que abrir las piernas.En el instante en que la vi encarar a Nelson, con cara de querer golpearlo, mi polla palpitó. Tener que impedir que se abalanzara sobre Christine me puso completamente erecto. La dejé caer al suelo, empujándola contra la pared con mi cuerpo, inmovilizándola. Seguía forcejeando con todas sus fuerzas, con sus ojos color avellana brillando mientras me suplicaba que la soltara.Lo que dijo Christine fue totalmente inaprop







