INICIAR SESIÓNManuela
Me sentí más tranquila cuando finalmente llegamos a la casa de Mario, que ya desde afuera me impresionó. Si era verdad que había legalizado su negocio, lo estaba haciendo muy bien, mucho mejor de lo que se habría esperado de quien fue el vago del colegio. Cuando entramos, quedé todavía más sorprendida. Era el sueño de un soltero. Dos plantas abiertas, a las que entraba luz natural por los enormes ventanales que las rodeaban, mobiliario de lujo, arte costoso y de muy buena elección, una enorme pantalla de televisión con un sistema de sonido sofisticado y todo perfectamente limpio, tanto que sentí vergüenza de que Gabriela pudiera causar algún desastre en ese pequeño palacio de limpieza y ostentación.
Miré a Mario y no pude evitar sentir que necesitaba que me reiterara que estaba dispuesto a ayudarnos, al menos hasta que mi hermano tuviera la bondad de devolverme la llamada.
—¿Estás seguro de que podemos quedarnos aquí? —pregunté.
—Por supuesto que pueden quedarse, conejita. Ya te lo he dicho. Siéntanse como en su casa.
No dejaba de sorprenderme la amabilidad de Mario. Había cambiado mucho desde la última vez que nos vimos, en el día que ahora consideraba el peor de mi vida. Aunque me seguía llamando conejita, y había visto cómo me miraba los senos, aún más grandes y abultados por la maternidad, parecía distinto, mucho más amable, servicial y hasta empático que lo que había sido durante la secundaria, y hasta el día de la boda, en que casi se fue a los puños con Andrés.
—No molestaremos mucho. Solo nos quedaremos hasta que Nelson llame.
Lo veo asentir al tiempo que se dirige a las escaleras y vuelve a ofrecerme lo que sea que necesite, pero de momento solo requiero un momento para atender a Gabriela. Mis pezones han comenzado a endurecerse, lo que significa que ya va siendo hora de amamantar, por lo que agradezco en silencio que Mario suba y se dedique a sus asuntos. Tomo a Gabriela y encuentro un espacio, en la sala, donde puedo desabrochar la blusa y acercarla para que coma. De vez en cuando observo hacia arriba con temor a que Mario pudiera estar fisgoneando, pero no lo veo y en cambio escucho que ha encendido una ducha. Eso me tranquiliza y doy de comer a Gabriela con tranquilidad.
Mientras lo hace, intento pensar en lo que haré en los próximos días. Confío en que mi hermano me regrese la llamada, le explique lo que ha sucedido y me proteja de Andrés, porque estoy segura de que no solo me buscará, sino que intentará quitarme a Gabriela. Necesito a Nelson con urgencia.
Veo que Gabriela ya se ha llenado y queda dormida sobre mi pecho. Arriba, escucho que la ducha ya se ha apagado y me apresuro a abotonarme la blusa y acomodar a la bebé para que duerma tranquila y segura, así que le arma una cuna improvisada con los cojines de la sala, que espero no vayan a ensuciarse mientras ella duerme. No tardo en escuchar a Mario bajar por la escalera. Me giro y lo veo con una camisa ajustada que marca todos los músculos de su torso. Pasa de largo con la suavidad de un gato salvaje que estuviera rondando a su presa y oigo que ha abierto una alacena de la cocina, de la que ha sacado dos vasos. Luego suena la bebida que vierte y unos segundos después se acerca y me ofrece lo que he percibido como whisky. Andrés me tenía prohibido beber alcohol y después de lo que ha pasado ese día me muero de ganas por probarlo. El licor me quema la garganta, pero es agradable.
Mario se ha sentado enfrente y me mira a los ojos mientras también bebe. No tarda en incomodarme.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
Sus ojos bajan una milésima de segundo a mi pecho antes de volver a encontrarse con los míos.
—¿Estás de verdad decidida a dejarlo?
Me incomoda su pregunta, pero siento que tiene derecho a saber si mi decisión es auténtica, total, también está tomando sus riesgos al protegerme.
—Lo es —digo sin dilación—. Después de lo que he hecho, estoy segura de que querrá matarme. Y no voy a permitir que Gabriela crezca con él como su padre.
De pronto se levanta, deja el vaso en la mesa y se acerca a mí más de lo decente. Eso me incomoda mucho más e intento apartarme, pero él lanza su mano hacia mi barbilla antes de que pueda retirarla. La toma con delicadeza y observa mi rostro fijamente.
—Es un maldito desgraciado —dice mientras repasa mi cara—. Yo jamás te golpearía, conejita.
—Él no… —respondo con lo que ya me he acostumbrado a decir a otros cuando se dan cuenta de que mi maquillaje no es suficiente para cubrir lo que Andrés ha hecho, pero de inmediato me doy cuenta de que es absurdo negárselo a Mario—. Quiero decir, lo es. Lo odio y jamás volveré con él. Solo no… no se lo vayas a decir a Nelson. Por favor. Lo haré yo, cuando lo considere conveniente.
Veo que sonríe con malicia y, por ese instante, vuelve a ser el chico malo y rudo de la secundaria. Me estremezco.
—¿Qué estarías dispuesta a dar a cambio de mi silencio, conejita?
Paso saliva.
—No sé me ocurre qué pueda darte. Por qué no me dices lo que quieres —digo con firmeza, aunque estoy hecha una mata de nervios.
—Tú sabes muy bien qué es lo que deseo. Quiero cojerte, y hacerlo duro.
Sonrío, pero de puros nervios.
—¿Qué? ¿Estás loco? Bromeas, ¿cierto?
Me mira directo a los ojos y, en efecto, ha vuelto a ser el Mario que conocía, el de la secundaria y el del día de la boda.
—¿Te parece que estoy bromeando, conejita?
Adopto la posición de indignada, porque lo estoy, aunque en realidad lo que estoy es asustada.
—¿De eso se trata todo esto? ¿En verdad estás pensando en chantajearme por sexo? —sostengo su mirada, confiada en que con eso sea suficiente para que vea mi determinación— ¿Fue por eso que me ayudaste y me ofreciste tu casa? ¿Para llegar a algo tan bajo?
Se burla, el muy cretino se burla.
—¿Para llegar bajo? Sí, es lo que quiero. Llegar abajo.
Mis ojos no se despegan de los suyos. Fui una tonta al creer que sí había cambiado, que sí era posible que hubiera legalizado su negocio y fuera un hombre distinto, dispuesto a ayudar de forma desinteresada a una mujer que ha sido violentada por su marido y ahora huye, con su hija de brazos. Pero no, sigue siendo el mismo Mario de siempre. El mismo truhán. La misma escoria.
—Eres un miserable, Mario. Un maldito miserable.
Se ríe pese a que mis palabras estuvieron cargadas de auténtico sufrimiento y mi bebé está cerca, dormida entre los cojines con los que le improvisé una cuna.
—¿Qué estás esperando, conejita, para darme por fin ese coño tuyo? ¿O tengo que ser yo quien te obligue a dármelo?
Estoy segura de que, si mi hermano se entera que Andrés me ha estado golpeando y es una amenaza real para Gabriela, irá a matarlo, sin pensárselo dos veces, y hasta sería capaz de ir y matar a los padres de Andrés para que tampoco tengan la oportunidad de pelear por la custodia de Gaby, lo que lo llevaría, sí o sí, a la cárcel, de manera perpetua, así que debo hacer lo posible para que Nelson no sepa lo que me ha hecho Andrés, al menos no hasta que esté segura de no va a actuar impulsivamente, así que, si el precio de la libertad de mi hermano es una revolcada con Mario, que así sea.
Me levanto y me quito el pantalón con desgana.
—Si eso es lo que quieres por tu silencio, adelante, fóllame, pero quiero que sepas que no lo voy a disfrutar ni un poco. Es más, tan pronto termines, lo que sé que será en cinco minutos, tomaré a mi hija y nos largamos de aquí, así eso implique que debamos dormir en la calle.
—Nena, no sabes cómo me pone verte así, furiosa y amenazante.
Me toma del brazo y me gira enseguida, obligándome a estar arrodillada sobre el sofá. Escucho que se baja los pantalones y un segundo después apoya la punta de su pene contra mi entrada, que reacciona muy distinto a lo que yo esperaba, humedeciéndose.
—Te odio, Mario. Te odio por lo que vas a hacer.
Se ríe.
—Ódiame, conejita, ódiame todo lo que quieras mientras tienes mi polla dentro.
Sin más preámbulo, me atraviesa.
Andrés—Gánate el derecho a comerte mi semen —gruñe Michael, mi jefe, mientras me mete la polla más adentro de la garganta. Su mano se enreda en mi pelo, tirando de mí con una fuerza que me hace llorar—. Me mentiste, Valbuena. Primero me dices que te vas de vacaciones con tu familia, ¡y luego aparecen unos pandilleros en la oficina y me amenazan? Sí, me debes un montón de dinero.Odio su condescendencia, pero odio aún más necesitarlo. Aun así, no es que no lo disfrute, pero todo es culpa de Manuela. Esa inútil y patética zorra. Si no se hubiera marchado como lo hizo, no estaría aquí ahora, ahogándome con la polla de mi jefe solo para seguir bajo su protección. Mandó a su hermano y a sus amigos tras de mí. Así que, cada momento humillante, cada segundo de sumisión, todo se remonta a ella.El agarre de Michael se intensifica, provocándome un gemido mientras mi garganta se tensa a su alrededor. Por ahora, me quedo en una de sus casas, esperando el momento oportuno para atacar, para recup
ManuelaEn el momento en que War toma el control, lo siento. Su postura cambia, sus hombros se enderezan con una confianza endurecida e inquietante, su mandíbula se aprieta con una nitidez completamente distinta a la de Logan. Sus ojos gris acero se entrecierran y se oscurecen, y una sonrisa lenta y maliciosa se desliza por su rostro. El aire parece denso con un aura amenazante, no como la de Mario, cuya oscuridad me resulta protectora y segura. No, esto es diferente, como un animal salvaje y desquiciado que se resiste a devorarte hasta encontrar el momento perfecto. Pero sigo pensando lo mismo... Confío en Logan y en su alter ego.La mirada de War me recorre, y luego se inclina hacia mí, inhalando profundamente. Arruga la nariz con desdén al alejarse. —Qué asco. Apestas a prado —gruñe, con una voz mucho más ronca que la de Logan. Se acerca a la barra mientras se pasa la mano por su pelo corto y castaño, y se sienta—. Alex, sírveme algo más fuerte. El whisky no me va a servir.Alex n
LoganAhora que Manuela está aquí delante de mí, no puedo quitarle los ojos de encima.Dios, es hermosa.La última vez que la vi, tenía solo siete años y estaba de pie junto a mi cama de hospital, con lágrimas corriendo por su rostro. Casi nunca estaba despierta, pero esa mirada llena de culpa que tenía se me quedó grabada en la memoria. Ahora tiene veintidós años, uno menos que yo, y es la diosa en la que siempre imaginé que se convertiría.Aunque esté sentada en el regazo de otro hombre.Sé que ella me reconoce. Veo un destello de reconocimiento en sus ojos. Verme debió haberle refrescado la memoria.Apuesto a que Nelson se siente como un idiota ahora mismo, cayendo en la trampa que le tendí con la ayuda de Bones. Él quiere esta alianza con el club de Nelson; yo la quiero a ella.Mi mirada se posa en el chaleco de cuero que lleva, marcado con la inscripción de Mario. Aprieto la mandíbula al verla apoyarse en él, y los celos me consumen. Pero Bones estará encantado. Es justo el cebo
Manuela—Manuela, Logan... quédense en mi oficina. Ya saben cómo funciona. No salgan hasta que uno de nosotros se lo diga —ordena papá.—Vale, papi.Doy vueltas en su gran sillón, el cuero suave y liso bajo mis dedos.—Bien. Como sea —murmura Logan mientras papá cierra la puerta. Poniendo los ojos en blanco, se deja caer en la silla frente a mí.Logan es como mi amigo. A veces viene al club con su tío Sal, que es muy malo y siempre le está gritando. Tiene el pelo corto y castaño, y los ojos de un bonito color gris. Mamá dice que cree que le gusto, pero no entiendo muy bien qué quiere decir. Simplemente me gusta que juegue conmigo a juegos que me hacen sentir segura, no como los juegos de papá.—Oí a mi papá decir que había otras chicas abajo. ¿Las has visto alguna vez? —pregunto, ya aburrida. Siempre me aburro cuando no nos dejan salir de la oficina.Logan simplemente niega con la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido. —Yo no iría allí si fuera tú. Te meterías en problemas.Siempr
ManuelaTras una siesta intranquila, paso el resto del día con Gabriela, aferrándome a cada segundo como si fuera el último. Sé que Mario y Daniel me protegerán, pero la persistente angustia se siente como una nube oscura de la que no puedo librarme. Siento una opresión en el pecho mientras intento mantener una sonrisa por Gabriela, viéndola reír y jugar.Tras despedirnos de ella y de Dam con un beso, Mario, Daniel llegó con su celular. Tenía a Nelson en la línea. Su mirada se clava en mí cuando tomo el teléfono.—Manuela —dice con tono cortante.—Bésame el culo, Nelson.Deja escapar un largo y contenido suspiro, y sus ojos se dirigen rápidamente a Mario, quien me da un cálido beso en la nuca. —Te daré un poco de espacio —murmura Mario, pero me aferro a su brazo, reacia a soltarlo.—No tienes por qué hacerlo. No quiero hablar con él.El rostro de Nelson se tensa. —Manuela, tenemos que hablar. Ahora mismo.Entrecierro los ojos mientras Mario retrocede, acercándose a donde está Daniel
MarioJoder, está furiosa. Apenas puedo sujetarla mientras la llevo a nuestra otra habitación. Menos mal que Dam y Daniel insistieron en quedarse al otro lado del pasillo. Tenemos una habitación para nuestras noches "domésticas" y luego está esta, para todas las perversiones que queremos hacerle.La mayoría de los miembros no viven en la casa club, así que nuestro secreto permanecerá a salvo. La mayoría tiene su propia vida fuera, y solo vienen aquí para pasar el rato o para divertirse con las prostitutas del club que no tienen nada mejor que hacer que abrir las piernas.En el instante en que la vi encarar a Nelson, con cara de querer golpearlo, mi polla palpitó. Tener que impedir que se abalanzara sobre Christine me puso completamente erecto. La dejé caer al suelo, empujándola contra la pared con mi cuerpo, inmovilizándola. Seguía forcejeando con todas sus fuerzas, con sus ojos color avellana brillando mientras me suplicaba que la soltara.Lo que dijo Christine fue totalmente inaprop







