INICIAR SESIÓNManuela
—Eh, no sabía que íbamos a traer a todo el club con nosotros —murmuro, mirando por la ventanilla del asiento trasero la larga procesión de motociclistas que rugían detrás de nosotros.
—Es para tu protección —responde Mario, mientras su mano se tensa sobre el volante.
—
ManuelaMi pulso se acelera cuando Dam toma el cuchillo afilado de la mesa y se arrodilla frente a mí. Me quedo completamente inmóvil mientras acerca la hoja a mi camisa, cortándola de un solo movimiento. El sonido de la tela rasgándose resuena en la habitación. Me la arranca de los hombros como si fuera de papel, dejando mi pecho al descubierto.—¡Joder —susurra entre dientes. Sus manos amasan mis pechos, sus pulgares rozan mis pezones endurecidos. La sensación me hace contener la respiración y me muerdo el labio para reprimir un gemido de necesidad. Esto es un castigo; no se supone que deba demostrar que me gusta. Aun así, me asalta la idea de que tal vez insista más, solo para ponerme a prueba.Sus ojos azul marino brillan con una diversión malicio
ManuelaEl rugido de los motores se desvanece, dejando un silencio casi ensordecedor. En cuanto todos se marchan, Dam da un paso al frente y me abraza con fuerza, casi asfixiándome, como si temiera que me escapara.—¿En qué demonios estabas pensando, preciosa? —Su voz se quiebra, baja y cruda por la emoción. Sus dedos tiemblan mientras me acarician el pelo—. Te habría matado.Me da un beso en la frente, como si intentara afianzarse, aunque sus siguientes palabras son cortantes como el acero.—Te juro que si te vuelvo a llamar y no contestas, te voy a dar una paliza. Delante de tu hermano.Antes de que pueda responder, el profundo tarareo de Mario atraviesa el aire.
Manuela—Nos vemos mañana en casa de Mario. A las seis en punto —dice Marina antes de dirigirse con paso firme a su coche deportivo rojo y salir disparada del aparcamiento.Christine suspira dramáticamente, con los brazos cruzados y los labios fruncidos en un gesto de enfado.—Cariño, estoy cansada. Vámonos a casa.Parece que ver a Marina la ha puesto muy nerviosa. Está actuando más antipática de lo normal.—Vale, cariño. Dame un minuto a solas con Manuela —responde Nelson.Christine sube a mi coche sin protestar, mientras que Logan sale, apoyándose en el maletero mientras nos observa en silencio.
ManuelaNo puedo creer que esté haciendo esto. Tomé el auto después de que arrestaran a Nelson, sin molestarme en avisarles a los chicos. Ahora Logan está en el asiento del copiloto y Christine está sentada tranquilamente detrás de él. He pegado el asiento al cuerpo, agarrando el volante con fuerza mientras zigzagueo entre el tráfico como una posesa.Sé que no debí haber arrancado así, pero necesitaba volver a sentir que tenía el control. Sobre todo después del día que he tenido. No he conducido desde que escapé de Andrés, y... simplemente se siente bien.Además, no debería sentirme culpable. Soy una mujer adulta y, técnicamente, Mario me compró este coche, así que, en realidad, no estoy hacie
NelsonCuando Manuela me mira, ya sé lo que le pasa por la cabeza. Sus ojos me suplican, pero detrás de esa desesperación hay una determinación que jamás había visto.Ella se va a sacrificar. Cualquier mentira que él le esté contando se le ha metido en la cabeza, convenciéndola de que no tiene otra opción y que irse con él es la única manera de proteger a su hijo.No puedo permitir que eso suceda.Sé que le hice una promesa, pero ahora, al verla enfrentarse al mismísimo diablo, no puedo cumplirla. Si la dejo irse con él, Mario me matará, y ni siquiera me defenderé porque me lo mereceré.Peor aún, tendré que vivir conmigo mismo sabiendo que le fallé. Otra vez.Andrés está jugando sus cartas a la perfección, como el cretino manipulador y arrogante que es. Involucrar a la ley en esto fue una jugada sucia, y él lo sabe. Tiene la ventaja suficiente para hacer creer a Manuela que está acorralada, pero lo que no sabe es que nosotros también podemos jugar sucio. Sea lo que sea que esté planea
ManuelaAndrés me mira de arriba abajo, con la boca torcida por el asco. Sé exactamente lo que piensa. Ropa ajustada, maquillaje... cosas que siempre despreció. No porque le importara mi aspecto, sino porque no era lo que él quería. Ahora me doy cuenta de que, por mucho que lo intentara entonces, nunca mediría 1,88 m, estaría musculoso y la tendría como un caballo, listo para meterle la polla por el culo y la boca; ya sabes, como en las fantasías que tanto odia.Me cruzo de brazos, intentando calmar mi tono a pesar de la malicia que arde en mi interior. —Creí que habías dicho que no recurríamos a la ley en asuntos familiares.Inclina la cabeza, una sonrisa afilada como una navaja le atraviesa el rostro. —Eso fue antes de que te fugaras con mi hija, intentaras atropellarme con un maldito coche y te escondieras tras un grupo de matones durante meses —Pronuncia la palabra «matones» como una maldición, desafiándome a reaccionar.—Yo no secuestré a Gabriela —espeté, con la voz cada vez m







