INICIAR SESIÓNEl abrazo protector de Félix no duró más de un minuto, pero fue una eternidad. Fue la rendición al miedo, el consuelo brutal de saber que la persona más peligrosa de la habitación era mi aliado. Se apartó, tan abruptamente como me había abrazado. El contacto físico fue reemplazado por la tensión del aire frío.
—Andiamo —ordenó en italiano. Su voz era áspera, el control había vuelto—. La adrenalina es una perra. Necesitas beber algo. Caminé a tientas hasta la cocina. —El gato es un traidor nato —murmuré, tomando un vaso de agua. —El gato es inteligente. Sabe quién tiene el control de la comida y la seguridad —replicó Félix, sus ojos buscando y encontrando su escáner en el sofá. Lo recogió, revisando los datos—. La trampa fue ordinaria. El radio de la frecuencia era demasiado amplio. Estaban probando, pero significa que me están buscando en esta zona. Nos quedaremos fijos en la sala, por ahora. —¿Cómo vamos a dormir? —pregunté. El espanto por el espacio reducido era más fuerte que el pánico por lo que acabamos de pasar. Félix sonrió, una sonrisa tensa y agotada. —En este sofá. Es tu casa, preciosa. El piso es mío. —¡Pero yo no puedo dejarte durmiendo en el piso! Te destrozará la espalda. —No me destrozará. He dormido en peores lugares, pero si quieres, podemos probar la arquitectura humana. Tú en un extremo, yo en el otro. Lord Byron será nuestra línea de demarcación. —Señaló al gato, que ya se había acomodado en el centro del sofá. Acepté con un suspiro. Era la única opción. Me dirigí a mi habitación, cerrando la puerta y sintiendo un momentáneo alivio. Me quité mi bata naranja y me puse un pijama de algodón, más grueso y menos revelador que el de ositos de la noche anterior. Me cepillé los dientes y, por el rabillo del ojo, vi mi cama con suspiro. Salí de la habitación, llevando una almohada extra y una manta. Félix estaba recostado contra un brazo del sofá, ya con los ojos cerrados. Su cuerpo estaba tenso, pero respiraba de forma regular. El silencio de la noche era interrumpido solo por el débil ronroneo del gato. Me acosté en el extremo opuesto. El sofá era diminuto. Mi cabeza tocaba el brazo de Félix, y mi cuerpo, inevitablemente, rozaba sus muslos. Cerré los ojos, sintiendo cada músculo de mi cuerpo vibrar por la adrenalina. No podía dormir. Horas más tarde, el agotamiento me venció. Entré en una especie de sueño ligero, lleno de sirenas, cuchillos y risottos que sabían a sal. Y entonces sucedió. En el limbo de la inconsciencia, mi cuerpo, buscando calor o consuelo, se movió. Di media vuelta, encogiéndome, y mi mano se extendió. No encontré tela ni cojines. Encontré piel caliente y dura. Mi mano se posó firmemente sobre el abdomen de Félix. Sentí el músculo tenso, la respiración profunda bajo mi palma. Estaba sin camiseta. La reacción fue instantánea. No mía, sino suya. Félix se despertó de golpe, con un gruñido ahogado. Su mano, automática, se cerró alrededor de mi muñeca con la fuerza de un tornillo de banco. Abrí los ojos en la oscuridad, desorientada y aterrada. —Che cazzo! —siseó en italiano, la furia y la confusión en su voz. —¡Lo siento! ¡No lo hice a propósito! —jadeé, mi voz temblorosa. Su agarre no se suavizó de inmediato. Estaba completamente despierto, su cuerpo se había tensado en un estado de alerta que era aterrador. Podía sentir el latido acelerado de su pulso bajo sus dedos. Me soltó, su mano se retiró como si mi piel quemara. Se alejó de mí, encogiéndose en su lado del sofá. El contacto se había roto, pero el daño ya estaba hecho. El breve roce había sido más potente que cualquier beso fallido. Fue un contacto inconsciente, que violó la regla sin la intervención de la voluntad. Fue la verdad física de nuestra cercanía. Me quedé inmóvil, temblando bajo la manta. No pude dormir más. El amanecer llegó lentamente. Apenas logré cerrar los ojos en las últimas dos horas. Me levanté en silencio, sintiéndome como un zombie. Lord Byron se estiró en el hueco que había dejado en el sofá y se acurrucó contra el muslo de Félix, quien seguía durmiendo, o fingiendo que dormía, su rostro en un estado de paz que parecía completamente falso. Necesitaba desesperadamente una ducha. La adrenalina de la noche me había dejado cubierta de un sudor frío y pegajoso. Caminé al baño con mi toalla, sintiendo la mirada invisible de Félix en mi espalda. Cerré con el pestillo y abrí la ducha. Me desvestí, sintiéndome expuesta aun con una puerta de por medio. El vapor llenó rápidamente el espacio, creando una niebla que se escapaba por la parte inferior de la cortina. El sonido del agua golpeando mi cuerpo era el único ruido en el apartamento. Mientras me enjabonaba el cabello, escuché un suave golpe en la puerta. —¿Abigail? La voz de Félix era grave, recién despierta, y sorprendentemente suave. Me encogí de hombros, mi corazón dio un vuelco. —¿Sí? —Necesito entrar. Solo para un momento. —¿Qué? ¡Estoy en la ducha! Espera diez minutos. —No puedo esperar diez minutos. Necesito agua caliente. Mi contacto me acaba de mandar un mensaje. Tenemos una pequeña ventana de oportunidad para verificar si esa trampa de anoche fue una señal para un ataque en la tarde. Necesito afeitarme y estar presentable. Tengo que llamar a Luca y no puedo parecer un fugitivo desaliñado. Andiamo, cinco minutos, preciosa. —¡No! —dije, sintiendo que mis mejillas ardían. —Mira, entiendo —dijo él, su tono volviéndose ligeramente seductor y manipulador—. No voy a verte. No voy a abrir la cortina. Solo me quedaré en el lavabo, de espaldas a ti, pero necesito afeitarme y vestirme. ¿O quieres que Luca me vea como un desastre? Su argumento era lógico y despiadado. La necesidad de la mafia contra mi pudor. —Bien, pero juro por Lord Byron que, si te giras, te mato. —Perfetto. Yo te juro que te mato de hambre si no me dejas limpiar esta barba —dijo, y escuché el suave clic del pestillo siendo abierto con algo. ¿Cómo carajos…? En fin, es mafioso, obviamente sabe cómo abrir una cerradura. La puerta se abrió. La niebla del vapor se hizo más densa. No lo vi, pero lo sentí. Félix entró. No se giró. Inmediatamente, fue hacia el lavabo. Oí el clic de un objeto de metal sobre el mármol, seguido del sonido de agua corriendo. Me quedé completamente inmóvil bajo el chorro de agua. Sentía cada curva de mi cuerpo, cada gota resbalando por mi piel, y la vergüenza se mezclaba con una excitación terrible. Estaba completamente desnuda, a un metro de un mafioso fugitivo que me ignoraba profesionalmente. Podía oír su respiración. Oí el suave raspado de la hoja de afeitar contra su piel. Olí el jabón de afeitar, mentolado y picante, que se mezcló con el aroma de mi champú de coco. El silencio de la noche anterior se había roto por el sonido más íntimo de la rutina humana.No podía dormir.No era novedad: esa semana el sueño y yo habíamos terminado nuestra relación de a poco, con bastante dignidad, como dos amigos que ya no se tienen nada que decir. Me quedé mirando el techo de chapa desde una cama plegable pegada a la de Luca, con el viento golpeando con fuerza, y traté de ordenar el caos.Dante Vitale. Don Lorenzo. Una mujer sin rostro. Una pregunta que me había hecho Velásquez desde el otro lado de un muelle: ¿por qué te encontraron?La respiración de Luca cambió.—Estás pensando muy fuerte —murmuró en la oscuridad—. Lo oigo desde aquí.—Lo siento.—No lo sientas. Es lo único lindo de esta noche. —Se dio vuelta para quedar de costado, apoyado en un codo—. ¿Puedo hacerte compañía o prefieres que me quede en mi cama como un buen chico?—No eres un buen chico.—No —admitió, con una sonrisa que apenas se adivinaba—. Pero hoy estoy muy cansado de ser el malo.No contesté. Levanté la manta. Luca se deslizó a mi lado con una lentitud respetuosa que no le co
El lugar seguro era una antigua fábrica de conservas de pescado, elevada sobre un acantilado a cuarenta minutos de la ciudad, con el techo de chapa comido por el óxido y un cartel descolorido que todavía decía Conservas Di Saronno en letras que alguna vez fueron rojas.—El abuelo tenía un sentido del humor muy particular —dijo Luca al bajar de la camioneta, mirando el cartel con una mueca.—No es tu abuelo —murmuró Félix.—Todavía.Lo dijo sin mirarme, y yo fingí no haberlo escuchado. Tenía las piernas de gelatina y la ropa pegada al cuerpo por un sudor frío que no me pertenecía del todo. En todo el viaje nadie había dicho una palabra sobre el guardaespaldas que se quedó atrás, detrás de aquella puerta. En mi mundo, un hombre que muere es una noticia. En el de ellos parecía ser una línea más en una contabilidad que ya sabían llevar, y yo todavía no sabía si eso me daba más miedo por ellos o por mí.Dante Vitale nos hizo pasar por una puerta lateral. Adentro, entre cintas transportador
Hay un tipo de silencio que solo existe en el instante exacto antes de que alguien dispare.Lo conocí en ese muelle de carga. Era un silencio que tenía forma de rampa de hormigón, de camiones inmóviles, de seis o siete hombres con camperas negras que habían salido de detrás de los contenedores con los fusiles apoyados contra el hombro, y de una sola frase flotando en el aire: la heredera.Luca se puso delante de mí. Félix, con el brazo sangrándole contra el costado, se puso a mi izquierda. Entre los dos me tapaban casi por completo, y aun así sentía los ojos de Velásquez buscándome en el hueco que dejaban sus hombros.—Heredera —repitió Luca con una risa corta, sin gracia—. Qué palabra grande para un tipo que siempre fue el perro de otro.Velásquez no se inmutó. Se llevó el cigarro apagado a los labios, lo mordió, lo escupió.—Cuidado con la lengua, muchacho. A tu padre también le encantaba hablar.El aire cambió. Fue como si alguien hubiera abierto un horno.—Luca —dijo Félix muy baj
Félix me quitó las bolsas de los brazos y las dejó caer sin mirarlas, como si en lugar de zapatos italianos y velas de trescientos dólares fueran basura.—Abigail. —Su voz ya no era la del hombre que había discutido conmigo por una tostadora—. Mírame. De ahora en adelante haces exactamente lo que yo diga. Sin discursos y sin preguntas.—Qué lástima —susurré—. Tenía un monólogo preparado.Luca no sonrió, y eso fue lo que más me asustó. Sostenía la pistola contra el muslo con la naturalidad con la que otro hombre sostendría un paraguas, y sus ojos verdes barrían los pasillos con la calma de un animal que ya decidió a quién morder primero.Durante tres segundos el centro comercial siguió siendo el mismo: música suave, olor a perfume y a café, una señora discutiendo con una dependienta por una devolución, un nene con la boca llena de helado. Después se apagaron los carteles luminosos, el hilo musical se cortó en mitad de una canción y toda esa gente levantó la cabeza al mismo tiempo, como
Pero la sesión de moda fue solo el comienzo de mi pequeña venganza. Después de recorrer varias tiendas de ropa y salir con más bolsas de las que probablemente necesitaba, decidí que la tarde todavía tenía mucho por ofrecer. Si los Romanotti habían decidido encerrarme en su mundo, al menos iba a dejar claro que también podía causar un poco de caos dentro de él.—Ahora vamos a la sección de decoración para el hogar —anuncié mientras caminaba por los pasillos del centro comercial con varias bolsas colgando de mis brazos. Detrás de mí, Félix y Luca me seguían en silencio, cargando mis compras con una paciencia que jamás habría esperado de dos hombres como ellos.—¿Decoración? —preguntó Luca, levantando una ceja con sospecha—. ¿Desde cuándo te interesa decorar la mansión? Si tu habitación ya parece sacada de un palacio.—No es para mi habitación, es para la mansión entera —respondí con una sonrisa inocente mientras me detenía frente a una tienda de diseño—. Como ustedes insistieron tanto e
El agua caliente de la ducha no había borrado del todo la frustración de la discusión, pero sí me había provisto de una claridad luminosa, casi maquiavélica. Si pretendían mantenerme bajo su órbita, convertida en una prisionera de lujo, iba a obligarlos a lidiar con las consecuencias prácticas de ese cargo. Y no había mejor manera de empezar una revolución doméstica que vaciando, o al menos poniendo a sudar frío, las cuentas bancarias ilimitadas de la mafia.Salí de la suite con el cabello todavía húmedo, enfundada en un pantalón sastrero oscuro y una blusa sencilla. Bajé la imponente escalinata de mármol con el paso rítmico y seguro, decidida a cambiar las reglas del juego de inmediato.No tuve que buscarlos demasiado. El salón principal olía a café amargo. Félix estaba sentado en el borde del sillón, revisando unos informes, mientras Luca servía dos vasos de whisky con hielo. Al verme aparecer de golpe, ambos se detuvieron al mismo tiempo.—Me voy de compras —solté con una naturalid







