LOGINPOV LENORA
—Patético imbécil —me mofé al escuchar las declaraciones que mi ahora esposo le hacía a otra mujer.
Las entrañas se me revolvieron de puro asco. Sentí un poco de pena por él, atado a un matrimonio que no deseaba; pero al instante ahogué aquel sentimiento. Él no tuvo ninguna pena por mí al humillarme a nivel mundial.
Así que no.
Ahora se aguanta.
En silencio tomé la falda de mi vestido, la alcé hasta las rodillas y regresé al salón. Ya había escuchado suficiente. No quería ver cosas de más.
—Su Alteza, parece estar en apuros —dijo alguien tras de mí.
Al girarme me encontré con unos enormes ojos verdes mirándome con diversión.
Emilio Kuffer de Saltzer, hermano de Valen, me observaba desde su altura con una sonrisa plantada en el rostro.
Dejé caer la falda del pomposo vestido y la acomodé en su lugar.
—Estoy bien, gracias —achiqué los ojos sobre él.
Nunca lo había visto antes. Se decía que era amable y de buen corazón, todo lo contrario de su hermano. Sin embargo, compartían la misma sangre y eso no lo hacía confiable ante mis ojos.
—¿Huyendo de su fiesta? —me dijo como si existiera algún tipo de complicidad entre nosotros.
Igualado.
—El león piensa que todos son de su condición —solté en medio de una sonrisa—. En Astlán no huimos, hacemos frente a cualquier situación... algo que no puedo decir de su monarca.
—Ese monarca al que se refiere es ahora su esposo.
—Habrá que educarlo entonces.
Giré sobre mis pies dispuesta a regresar al salón; pero me detuve. Miré al gentío reunido en el interior. A la mitad no la conocía y el resto eran personas que prefería evitar.
—Se ha arrepentido —susurró Emilio detrás de mí, muy cerca de mi oído—. No se preocupe, ellos entenderán que no es un ambiente para usted.
—¿Crees que me voy por temor a usar un tenedor o una cuchara delante de ellos? No le temo al ridículo —espeté con molestia.
—No, no, no quise decir eso. Estas fiestas son más protocolo que otra cosa... me refería a eso —balbuceó mientras se rascaba la nuca.
—Como sea, debo prepararme...
—¿Qué haces aquí?
La voz fúnebre de Valen me interrumpió.
—Presentándome con mi cuñada —le respondió Emilio con una alegría que no supe descifrar.
—Le decía a ella.
Y clavó sus ojos pardos y amenazadores sobre mí.
—Esperándolo, mi señor. Aún no hemos brindado por un matrimonio próspero y feliz —respondí en medio de una reverencia sumisa y un tono meloso y obediente.
Emilio alzó las cejas, sorprendido por el cambio en mi comportamiento; pero no dijo nada más.
Valen, como era de costumbre, torció el gesto con desprecio y echó a andar hacia el salón.
—Terminemos con esto ya.
Valen tintineó la copa para llamar la atención de todos, agradeció el acompañamiento y anunció que nos retirábamos con una prisa que ni el diablo mismo se atrevería a cuestionar.
Tomó la champaña de su copa de un solo trago y eso fue suficiente para mí.
Salimos del salón tomados de la mano en medio de aplausos y chiflidos sugestivos.
Son unos vulgares.
Seguí, mejor dicho, corrí tras de Valen hasta llegar a la habitación de puertas negras.
La habitación del heredero ocupaba una de las alas más antiguas del Palacio de Duviz. Era tan amplia que una vivienda completa habría cabido dentro de ella sin dificultad. Los techos altos se elevaban varios metros sobre nuestras cabezas, sostenidos por vigas oscuras decoradas con detalles metálicos que brillaban tenuemente bajo la luz artificial.
Me quedé embobada mirando cada detalle mientras él comenzaba a retirarse el saco de su traje de bodas, primero la banda y luego las mancuernillas.
En el centro dominaba una enorme cama con dosel. La estructura estaba fabricada en acero negro pulido y líneas elegantes que mezclaban la sobriedad moderna con la majestuosidad de los antiguos reyes. Las cortinas de terciopelo gris oscuro caían desde lo alto formando una especie de fortaleza privada alrededor del colchón.
Jamás me hubiera imaginado que sus gustos fueran tan sobrios. Esperaba pósters de autos o jugadores de fútbol. Se supone que así deben ser los cuartos de los chicos, ¿no?
Frente a ella se extendía un ventanal de piso a techo que ocupaba casi toda una pared. Seguramente durante el día permitía contemplar los jardines reales.
Los colores predominantes eran el negro, el gris grafito y diversos tonos metálicos que otorgaban al lugar una elegancia fría y calculada. No había nada excesivamente decorativo. Cada objeto parecía haber sido colocado por una razón específica.
Sobre una de las paredes descansaban retratos oficiales de Valen en recepciones diplomáticas, ceremonias militares y cumbres internacionales. En todas las fotografías aparecía impecable, con la expresión severa y distante que el mundo esperaba de un futuro rey.
Entre ellas destacaba una única imagen personal: una fotografía de su madre sonriendo durante una gala benéfica. El marco de plata envejecida contrastaba con el resto de la decoración moderna, convirtiéndola en el único rincón verdaderamente humano de toda la estancia.
Varias vitrinas protegían reliquias heredadas por generaciones. Coronas ceremoniales utilizadas siglos atrás, antiguos sellos reales, dagas ornamentales, monedas acuñadas durante los primeros años de la monarquía y pequeñas figurillas que representaban a los soberanos más importantes de la historia de Duviz.
¿Por qué no mejor se muda a un museo?
Los cuadros que adornaban las paredes mostraban paisajes de las montañas de Sidren, antiguas batallas que definieron las fronteras del reino y retratos de reyes cuya mirada parecía seguir a cualquiera que atravesara la habitación.
A un costado del ventanal se encontraba un escritorio minimalista de acero y cristal donde convivían una pantalla holográfica de última generación con documentos escritos a mano y antiguos mapas familiares.
Todo en aquella habitación hablaba de poder, seriedad y aburrimiento.
Esta habitación es más fría que un mausoleo; pero ya le pondré algo de color.
Espera. ¿Qué mierdas estoy pensando?
Quise abofetearme.
¿Qué mierdas hago yo en su habitación? ¿No pensará...? ¿No? ¿No?
Primero muerta que consumar la noche de bodas. Eso arruinaría todos mis planes. Además, no creo que este idiota vaya a compartir de verdad su habitación conmigo.
Giré rápidamente hacia él y me encontré con su mirada. Sus ojos se estrecharon apenas, como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
—Por esa puerta está tu habitación —señaló hacia el otro extremo—. La habitación del rey está conectada con la de la reina.
Vaya, sí que se conservan algunas prácticas antiguas.
En Astlán, hacía mucho que la habitación de los monarcas era la misma. Nada de que cada uno en su cuarto para tener su espacio y solo buscarse cuando les ganaba la calentura.
Aunque, en este caso, agradecía que no fueran tan modernos.
—Mañana mandaré a sellarla. No vaya a ser...
Lo fulminé con la mirada antes de que terminara aquella frase. ¿Acaso pensaba insinuar que podría colarme por las noches en su habitación?
Por favor.
—Para evitar malentendidos —se apresuró a decir.
—Bien —respondí en medio de una sonrisa tan falsa que hasta un niño se habría dado cuenta.
—No tengo que recordarte que este matrimonio es solo por la seguridad de nuestros reinos. Además, si no consumamos el matrimonio... —sacudió la cabeza como si quisiera deshacerse de algo que le pesaba— será... más fácil...
Repentinamente se sostuvo de uno de los doseles.
—¿Estás bien? —pregunté mientras examinaba sus facciones.
—A... anular...
Apenas consiguió pronunciar la palabra antes de tambalearse. Me apresuré a sostenerlo antes de que se desplomara por completo; pero era demasiado pesado, así que como pude lo aventé a la cama igual que un saco de papas.
Rápidamente me acerqué y comencé a darle palmadas en el rostro.
—Valen, Valen, ¿me escuchas?
Pero nada.
El hombre estaba completamente noqueado.
Una sonrisa triunfadora se extendió por mis labios.
—Oh, lo siento, esposo mío. No pude escucharte. ¿Qué decías? Imbécil —puse los brazos en jarras mientras lo observaba—. Bien, es hora del verdadero espectáculo. Ya verás, querido mío, que conmigo no se juega.
—Mira nada más lo que me haces hacer —bufé, amortiguando mi conciencia.
Si algún día alguien se enteraba de esto, moriría de vergüenza. Drogar a mi recién esposo para cortar sus planes de anular el matrimonio no era digno de mí; pero, en fin, era un mal necesario.
Me arranqué el velo de un tirón. Era demasiado estorboso y para lo que seguía necesitaba más libertad de movimiento. Aunque el vestido de novia tampoco me lo permitía, necesitaba apresurarme, así que decidí dejarlo para el final. Primero me encargaría del hombre que yacía inconsciente sobre la cama.
La verdad es que, al planear drogarlo para dormirlo, no creí que fuera tan fácil. Cuando se escabulló para ver a su Enriqueta pensé que había perdido la oportunidad; pero, gracias a Dios, los vientos soplaron de nuevo a mi favor.
Rápidamente le quité los zapatos y los calcetines para luego, a punta de tirones, sacarle el pantalón. Procurando no ver cosas indeseables, me dispuse a desabrocharle los botones de la camisa.
—Madre de Dios —exclamé sin pensar cuando descubrí sus bien trabajados abdominales.
Sacudí la cabeza.
—Contrólate, Leno, contrólate. No dejes que la lujuria te domine.
Me abofeteé con fuerza. El dolor me devolvería la lucidez.
—A ver, Valen, necesito que cooperes un poquito —dije mientras maniobraba para quitarle la camisa.
Pero era tan pesado que terminé jadeando.
Una vez que estuvo en puros bóxers, retiré la colcha de un extremo de la cama y, con todas mis fuerzas, comencé a arrastrarlo hasta el lugar que había elegido.
—No me equivoqué cuando pensé que eras una piedra —jadeé mientras lo arrastraba por la enorme cama.
Entre mi vestido, mis escasas fuerzas y su peso, aquello era toda una travesía.
Cuando al fin conseguí acomodarlo, mi frente estaba cubierta de sudor y un par de mechones despeinados me caían sobre el rostro.
—Por Dios, Valen —exclamé agitada—. Qué pesado y enorme estás, maldita sea.
Lo cubrí con la gruesa colcha y, después de un par de inhalaciones y exhalaciones profundas, comencé con la tarea más difícil.
Retirarle la ropa interior.
Con el rostro girado hacia el lado opuesto, metí las manos por debajo de la colcha y me guié por sus musculosas piernas hasta llegar a ellos.
Y comencé a jalarlos hacia abajo.
—Iuu... qué asco. Ay, no. Ay, no.
Una vez que logré quitarlos, los aventé al suelo.
Tendría que lavarme las manos con alcohol después.
Ahora era mi turno.
Sin embargo, quitarme el vestido de novia resultó ser toda una batalla. Terminé rodando por el suelo mientras luchaba contra aquella cosa pomposa llena de crinolina.
—Por favor... por favor... —jadeaba.
A punto de perder la paciencia, comencé a buscar por toda la habitación cualquier cosa que pudiera ayudarme a quitármelo.
No podía llamar a alguien para que me ayudara. Se suponía que eso lo hacía el novio.
Pero, en vista de las circunstancias, tendría que arreglármelas con lo que tuviera a mano.
Mi vida se iluminó al encontrar un abrecartas, sobre el escritorio.
—Un poco más... sí, solo un poco más... —exclamaba mientras cortaba la tela.
—¡Sí! —exclamé extasiada al conseguir librarme de aquel corsé.
Antes de terminar de desnudarme, eché un vistazo a Valen.
Seguía igual de tieso que antes.
Este engaño tenía que resultar convincente.
Las marcas de una noche apasionada no debían faltar.
Así que me subí a la cama y comencé a pellizcarlo en diferentes zonas del cuerpo, sobre todo en el cuello y el pecho.
También lo hice conmigo misma, dejándonos a ambos llenos de pequeños moretones que parecían mordiscos de amor.
Aquella noche debía parecer salvaje.
Así que me despeiné como si me hubieran dado el revolcón de mi vida, hice tirones al baby doll color perla que llevaba debajo del vestido y esparcí algunos pedazos de tela por el piso.
Como último detalle, tomé el mismo abrecartas y corté mi talón derecho. Utilicé la sangre para manchar un poco el colchón, aunque no creí que se notara demasiado porque las sábanas eran oscuras, así que decidí poner un poco también sobre mis muslos.
Desvié la mirada un instante.
Mis acciones eran reprochables.
—Por lo menos yo no lo estoy exponiendo a todo el mundo... no por ahora —le respondí a mi conciencia antes de acomodarme al lado de mi esposo.
POV LENORALa sala de guerra de Sidren había dejado de parecer un lugar destinado a las negociaciones.Sobre la mesa central descansaban mapas de Duviz, informes de los caminos que conducían a la capital y varios documentos que habían llegado durante las últimas horas. Habíamos marcado las entradas principales, los puestos de vigilancia y los puntos donde los hombres de Molva podían acercarse a la ciudad sin despertar sospechas.Me quedé de pie frente al mapa, con los brazos apoyados sobre la mesa, mientras estudiaba cada una de las rutas.Tragué saliva y obligué a mi mente a mantenerse concentrada. Ya había llorado suficiente. Había pasado días sintiendo que no podía levantarme de la cama, preguntándome qué había hecho mal, intentando comprender por qué el hombre que decía amarme había decidido destruirme de aquella manera.Ahora tenía una respuesta.Y también tenía una guerra frente a mí.—La carta ya fue enviada —informó Brau, dejando un documento sobre la mesa—. Salió esta mañana
POV VALENRodolfo perdió toda compostura.En un movimiento brusco se abalanzó contra Emilio, pero me interpuse entre ambos antes de que pudiera siquiera ponerle una mano encima. Su cuerpo se detuvo de golpe al encontrarse conmigo y nuestras miradas chocaron con violencia.—Tócalo y te arrancaré la maldita mano —siseé entre dientes.No estaba dispuesto a permitir que pusiera un dedo sobre mi hermano.—Tranquilo, hermano —intervino Emilio detrás de mí, completamente relajado, incluso divertido ante la situación—. Puedo con él.Giré apenas la cabeza para mirarlo.—Rodolfo sabe perfectamente que, si toca a alguien de nuestra familia, se acabó el trato y estará acabado.No necesitaba explicarle que hablaba principalmente por nuestra madre. Mientras ella estuviera en sus manos, debíamos mantener la cabeza fría. Una sola equivocación podía costarle la vida.Rodolfo se acomodó lentamente las solapas del saco, intentando recomponer su apariencia después del arranque de furia. Se alisó la tela
POV VALEN—No me toques —bramé por lo bajo al sentir la mano de Enriqueta deslizarse sobre mi hombro.Ella se detuvo apenas un instante, pero enseguida volvió a sonreír con aquella expresión burlona que comenzaba a resultarme insoportable.—Sigues de mal humor —se mofó—. Por favor, Valen, deberías agradecernos. Te hicimos un favor al deshacernos de la puta de Lenora.Sentí que la sangre me hervía.—No vuelvas a mencionarla —rugí, girándome hacia ella.—Ay, qué sensible.—La única mujerzuela que hay aquí eres tú.La sonrisa desapareció de su rostro por una fracción de segundo.—No decías eso cuando me tenías en tu cama —ronroneó, comenzando a rodearme con lentitud—. Sé que no has olvidado lo bien que lo pasábamos. Sé cuánto disfrutabas escucharme gemir tu nombre.Ni siquiera permití que aquellos recuerdos llegaran a mi mente. Me provocaban repulsión.—El placer es una cosa efímera —sentencié con frialdad—. Lo mismo obtuve con muchas otras. No te sientas especial.El golpe llegó antes d
POV LENORA—¿Qué hace este tipo aquí? —preguntó Brau, dedicándole una mirada cargada de desconfianza a Molva, quien se encontraba cómodamente sentado en uno de los sillones del estudio, comiendo uvas y bebiendo vino como si aquel lugar le perteneciera.—Yo lo mandé llamar —aseveré, dejando claro por la dureza de mi voz que no estaba dispuesta a permitir cuestionamientos al respecto.Brau exhaló con fuerza y se pasó una mano por el rostro.—¿No crees que es demasiado?—En las guerras nunca es demasiado.Valen no había tenido compasión conmigo. ¿Por qué habría de tenerla yo con él?—Pero no estás en guerra —señaló Brau con desesperación—. ¡Mierda, Lenora!—Yo no comencé esto, Brau —respondí, sosteniendo su mirada—. Puedes quedarte en Aztlán como invitado o como prisionero. Tú decides.La única razón por la que no lo había metido en un costal y enviado de regreso a Duviz era Siren. Entre ella y Brau había nacido una especie de relación que ninguno de los dos tenía el valor de reconocer e
POV LENORA—Lleva días encerrada, sin querer comer —explicó Brau con pesar mientras él y Kois entraban en mi habitación de Aztlán.—¿Y no has podido hacer nada? —le reprochó Kois, lanzándole una mirada cargada de indignación.—¿Qué se supone que haga? ¿Que la saque de aquí y la bañe yo mismo?—Pues sí —le echó en cara ella, sin la menor intención de ceder.—¿Qué dice tu maldito rey de todo esto? Tiene que haber una explicación, Brau.—Nada —respondió él con sequedad—. No he podido comunicarme con él.—Vamos, sé que tienes tus métodos. A mí no puedes engañarme —insistió mi amiga.—Lenora te necesita —respondió Brau, mirándola con seriedad—. No es momento para reclamos infantiles.—Kois... —dije con una voz tan seca que hasta yo misma me sorprendí al escucharla.—Aquí estoy, cariño. Aquí estoy.Mi amiga se acercó de inmediato. En cuanto aparté las sábanas y me lancé hacia ella, me recibió entre sus brazos. Solté un sollozo que llevaba días atrapado en mi pecho y sentí que todo mi cuerpo
POV LENORALas piernas se me doblaron y perdí por completo las fuerzas de mi cuerpo. Fue como si, de pronto, todas mis extremidades se hubieran entumecido y ya no me pertenecieran. No perdí el conocimiento; ojalá lo hubiera hecho, porque quizá así habría podido escapar, aunque fuera por unos minutos, de aquella devastación que me estaba destruyendo por dentro.Mi visión se nubló mientras las lágrimas comenzaban a correr por mi rostro. Podía escuchar voces a mi alrededor, algunas llamándome, otras intentando darme instrucciones, pero llegaban hasta mí distantes, deformadas por el golpe que acababa de recibir. Sabía que había personas a mi alrededor, podía distinguir sus movimientos y escuchar sus palabras, pero era incapaz de moverme o responderles.Estaba completamente en shock.—Te tengo, te tengo —escuché decir a Emilio, cuya voz apenas conseguía atravesar aquella especie de vacío en el que me encontraba.Unos brazos me levantaron del suelo y mi cuerpo quedó completamente apoyado co







