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Capítulo 79

Author: Rina Vega
last update publish date: 2026-09-26 21:09:35

Las sillas de ruedas del hospital giraban, produciendo un chirrido agudo sobre el brillante suelo de linóleo mientras empujaban a Mateo hacia la salida principal. El intenso sol de Madrid golpeó su rostro de inmediato, obligándolo a entrecerrar los ojos un instante antes de erguir la barbilla. Tras la valla de seguridad del hospital, un mar de reporteros y cámaras se agolpaba, levantando sus largos objetivos como si fueran armas listas para disparar. Los flashes destellaban sin pausa, creando u
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  • La Esposa Falsa del Ídolo del Fútbol   Capítulo 79

    Las sillas de ruedas del hospital giraban, produciendo un chirrido agudo sobre el brillante suelo de linóleo mientras empujaban a Mateo hacia la salida principal. El intenso sol de Madrid golpeó su rostro de inmediato, obligándolo a entrecerrar los ojos un instante antes de erguir la barbilla. Tras la valla de seguridad del hospital, un mar de reporteros y cámaras se agolpaba, levantando sus largos objetivos como si fueran armas listas para disparar. Los flashes destellaban sin pausa, creando un ritmo de luz cegador.—¡Mateo! ¿Es cierto que don Alejandro te ha borrado de su testamento? —gritó un reportero de un tabloide deportivo, su voz chillona atravesando el alboroto.—¿Cómo se siente ser repudiado por tu propia familia tras una lesión tan grave, Mateo? —exclamó otro, empujando con tal fuerza que los guardias de seguridad tuvieron que sujetar la valla metálica para que no cediera.Mateo ignoró todas las preguntas. Su rostro permanecía gélido, impasible, reflejando el muro defensivo

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    El sonido de un montón de papeles resonó con fuerza antes de que varios expedientes médicos salieran volando por el aire frío del pasillo del Hospital Sentosa. Los papeles bailaban sin control, formando un remolino blanco que contrastaba con la fría rigidez de las paredes color crema del hospital.—¡Por Dios, la hoja de observación del paciente VIP! ¡No, no vueles hacia allá! —gritó una voz aguda llena de pánico, seguida por el golpe de unas rodillas contra el suelo de porcelana, resbaladizo y frío.Rafael soltó un gruñido sonoro y se detuvo en seco justo frente a la pila de expedientes que se habían esparcido sobre sus zapatos. Observó con severidad a la figura de la interna que ahora gateaba por el suelo como un cangrejo confundido.Su largo cabello estaba recogido de cualquier manera con un lápiz quirúrgico, dejando mechones alborotados que cubrían la mitad de su rostro. Su aspecto contrastaba radicalmente con la esterilidad del hospital, que exigía perfección.—Eres una interna de

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    Al día siguiente, el pasillo de la planta de pediatría en el tercer piso del Hospital Central de Madrid solía estar lleno de calidez. Las paredes estaban decoradas con coloridos dibujos de cartón, y el aire siempre tenía un suave aroma a chicle y a un antiséptico poco penetrante. Sin embargo, esta mañana, para el Dr. Rafael Ortiz, el pasillo parecía el camino hacia una sala de interrogatorios, fría y asfixiante.Rafael entró con su impecable bata blanca. En su rostro, ya había colocado una "máscara" y una sonrisa profesional forzada que, sin embargo, no llegaba a sus ojos.—Buenos días, doctor Rafael —saludó la enfermera Cristina, quien preparaba expedientes en el mostrador.Sus ojos agudos captaron al instante que algo era diferente en la postura del médico favorito de los niños. Los hombros de Rafael parecían más tensos de lo habitual y se notaban unas tenues ojeras tras sus gafas de lectura.—¿Algún caso difícil hoy? ¿O es que... no ha dormido bien? —preguntó la enfermera.Rafael s

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    Rafael se alejó del área VVIP arrastrando los pies. Cada paso pesaba una tonelada; sentía que el suelo de mármol del hospital se convertía en lodo, atrapando sus zapatos como si no quisiera dejarlo ir, siendo ese, irónicamente, el lugar donde menos quería estar y, a la vez, el que más le dolía.Tenía el rostro vacío y la mirada perdida en esas paredes pálidas que pasaban de largo, como una película que hace tiempo perdió el sentido.La imagen no dejaba de dar vueltas en su cabeza, sin tregua, sin piedad.La forma en que Mateo miraba a Lucía hace un rato no era la locura ni la obsesión de la que Rafael lo había acusado tanto tiempo; era una certeza aterradora. Una convicción que no nacía de ningún contrato. Y Lucía, la mujer que amó en silencio durante diez años, estaba allí, llorando sobre el pecho de Mateo, abrazándolo como si fuera el único refugio en medio de su mundo derrumbado.—Nunca me arrepentiré de amarte.Las palabras fueron claras, no por obligación ni por cumplir con un ac

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    —Cinco segundos, Mateo. Uno. Dos. Tres. —La voz de Doña Renata sonaba como el tictac de un reloj contando los últimos suspiros de una relación. Mateo no perdió el tiempo. No miró a su madre, ni siquiera volteó a ver a su arrogante padre. Sus ojos estaban clavados en Lucía, cuyas manos todavía temblaban sobre las sábanas del hospital. Mateo respiró hondo, aguantando el dolor punzante en su abdomen, y apretó los dedos de Lucía con fuerza. Ese agarre era una declaración de guerra. —No necesito cinco segundos para decidirlo —soltó Mateo con frialdad. Doña Renata arqueó una ceja. —Bien. Entonces, ve preparando las maletas. Valeria ya te está esperando en Londres. Mateo soltó una risita cínica. —Te equivocas, mamá. No tardé cinco segundos en elegir. La elegí a ella hace mucho tiempo. El ambiente en la habitación se congeló. Don Alejandro dio un paso al frente, con la cara roja de rabia. —¿Qué quieres decir, Mateo? No juegues con la herencia de los Torres. ¿Sabes cuáles son las consecue

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    El eco de unos pasos firmes rompió el silencio tenso en el pasillo del ala VVIP del hospital. El sonido de unos tacones golpeando el mármol, acompañado de un aura gélida, hizo que las enfermeras bajaran la cabeza al instante.La puerta de la habitación se abrió de golpe. Una mujer de mediana edad, vestida con un conjunto de alta costura negro, entró con elegancia, pero irradiando una dominación aplastante. Su cabello rubio estaba impecable y sus ojos escaneaban todo con una mirada fría y crítica.Detrás de ella, un hombre alto y robusto con un traje carísimo caminaba apoyándose en un bastón con empuñadura de oro. Era Don Alejandro Torres, el padre de Mateo, un magnate hotelero famoso por no sonreír nunca.La mujer era Doña Renata Torres, la madre de Mateo.Lucía se levantó por puro reflejo. El ambiente se volvió pesado de golpe, como si alguien hubiera succionado todo el oxígeno de la habitación.—Así que aquí es donde te escondes, Mateo —soltó Doña Renata. Su voz era cortante, sin un

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