تسجيل الدخولAún era muy temprano cuando Javier Vargas apareció en la puerta de la mansión de Mateo, con el rostro más tenso de lo habitual. Encontró a Lucía y Mateo sentados frente a frente en la mesa del desayuno, cada uno perdido en la pantalla de su móvil, sin decirse ni una palabra.
—¿Ya vieron las noticias de hoy? —preguntó Javier sin rodeos, recorriéndolos con la mirada.
—Nuestra boda es tendencia número uno en todo el mundo —respondió Mateo con tono plano, sin molestarse en levantar la vista de su tablet—. No es novedad, Javier. Ya me lo esperaba desde ayer.
—No es solo eso —replicó Javier mientras entraba y sacaba el móvil del bolsillo de su chaqueta—. El equipo de marketing de Vitality Milk acaba de llamar. No pueden esperar a verlos en acción, a la pareja más romántica de España.
Un mal presentimiento se instaló en el estómago de Lucía. Ella arqueó una ceja: —¿Y ahora qué? ¿Una sesión de fotos para un anuncio de leche familiar?
—No —respondió Javier con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Algo más emocionante. Quieren un live streaming.
Lucía y Mateo se giraron al mismo tiempo.
—¿Un live? —exclamó Lucía con la voz un poco más alta—. ¿Para qué?
—Cocinar juntos —explicó Javier mientras ponía un vídeo conceptual corto en su pantalla—. El concepto es: "Recién casados cocinando su primer plato especial". Se emite hoy al mediodía, en la cuenta oficial del club y en el I*******m de Mateo. Espero que puedan mostrar esa complicidad natural. El público quiere ver más de ustedes después de que el beso en el altar se volviera viral.
Al oír la palabra "cocinar", algo se le revolvió a Lucía por dentro. Estaba acostumbrada a cocinar, sí, pero solo para ella, en su pequeño apartamento y sin la presión de miles de pares de ojos observándola desde la pantalla. Cocinar ante una cámara en directo no era lo suyo.
¿Y si corto mal los ingredientes? ¿Y si me tiemblan las manos frente a la cámara? O peor aún, ¿qué pasa si el público sospecha que lo nuestro es un montaje?
—No... no estoy segura, Javier —dijo con la voz entrecortada—. Casi nunca cocino ante una cámara. Mi branding personal es el de una influencer de belleza que da consejos y apoya causas sociales, no el de alguien cocinando en una cocina.
Mateo soltó una risita burlona desde su silla: —Oh, nuestra jefa de clase también tiene puntos débiles —la miró con una sonrisa traviesa, con un brillo extraño en los ojos, como si disfrutara de su pánico—. Pensé que podías hacerlo todo a la perfección.
—Cocinar ante una cámara es muy distinto a cocinar en tu cocina privada, Mateo —replicó Lucía con tono cortante—. Además, nunca te he visto entrar en la cocina. Ni se te ocurra decirme que no sabes ni hervir agua.
Mateo soltó una carcajada: —Te sorprenderías, Lucía. Soy mucho mejor de lo que crees —había un tono de confianza extraña en su voz, como si guardara un pequeño secreto.
—Basta —interrumpió Javier, suspirando con cansancio—. No tenemos opción. Es una orden directa de la directiva de Vitality Milk. Quieren que esa química explosiva del altar se repita. Por favor, Lucía, es por el futuro de tu orfanato.
Esa última frase le dio justo en el blanco. Lucía asintió resignada, apretando los labios: —Está bien, hagámoslo. Todo sea por los niños.
—Genial —exclamó Javier dando una palmada—. El equipo vendrá en nada. Tienen una hora para prepararse.
La lujosa cocina de Mateo, con sus encimeras de mármol blanco y sus electrodomésticos de acero inoxidable, se convirtió en un pequeño campo de batalla en cuestión de minutos. El equipo montó cámaras, trípodes y aros de luz con movimientos rápidos y expertos.
El personal que ayudaba con el programa iba de un lado a otro ultimando los detalles.
—Vale, escuchen todos —dijo una mujer de mediana edad llamada Carmen, con una tablet en la mano—. Para hoy, por favor, olviden esas caras de póker. Quiero que el ambiente fluya, que se vean románticos pero sin pasarse. Imaginen que son unos recién casados de lo más dulces preparando el almuerzo juntos.
Lucía asintió con rigidez. A su lado, Mateo estaba de brazos cruzados, emanando una tranquilidad que resultaba irritante.
—El menú de hoy —continuó Carmen— será gambas al ajillo. Es sencillo, pero se ve increíble en cámara. Mateo, tú diriges, hemos oído que tienes un talento oculto, ¿no? —le lanzó una sonrisa pícara a Mateo, lo que hizo que Lucía lo mirara con recelo.
—Por supuesto —respondió Mateo, guiñándole un ojo a Lucía como si la estuviera retando.
Lucía tragó saliva. ¿Gambas al ajillo? Sonaba fácil, pero había aceite caliente y gambas resbaladizas que podían saltar en cualquier momento. Ya se imaginaba mil escenarios desastrosos.
—¡Cinco, cuatro, tres, dos, uno, empezamos!
La luz de la cámara se encendió. El pulso de Lucía se disparó. Forzó una sonrisa dulce, tratando de parecer tan relajada como cuando grababa sus vídeos de belleza.
—¡Hola a todos! Buenas tardes, ¡bienvenidos a nuestra cocina! —dijo Lucía con una voz que, para ella misma, sonó un poco forzada. Miró a Mateo, que estaba a su lado con una sonrisa carismática, tan natural como alguien que hubiera hecho esto mil veces. Maldita sea, ¿cómo podía estar tan tranquilo?
—Hoy queremos compartir una receta especial, el primer plato que cocinamos como marido y mujer —continuó Mateo. Cogió un diente de ajo y un cuchillo grande, picándolo con una destreza que para nada parecía la de alguien que nunca pisa la cocina.
Lucía se sorprendió al ver su habilidad. Agarró las gambas con torpeza. —Yo... voy a ir limpiando las gambas.
Una gamba se le escapó de los dedos y aterrizó en la encimera con un sonido seco. Se puso roja al instante.
—Cuidado, jefa de clase —susurró Mateo con un tono divertido, pero no del todo burlón.
El hombre recogió rápidamente la gamba, la enjuagó bajo el grifo y se la devolvió: —Si te pones así de nerviosa, todas las gambas saldrán huyendo.
Lucía refunfuñó, tratando de disimular su vergüenza, y siguió limpiando el resto con más cuidado.
Vertió aceite de oliva en la sartén caliente. El aroma del ajo inundó la cocina, cálido y apetitoso. Lucía ayudó a echar las gambas, con las manos aún un poco temblorosas.
—Despacio —dijo Mateo, cubriendo con sus manos el cuenco que sostenía Lucía para estabilizarlo. El contacto fue breve, pero suficiente para que se le erizara la piel del brazo.
Poco después, el aceite empezó a chisporrotear con fuerza. Unas gotas calientes saltaron, pasando cerca de la mejilla de Lucía.
—¡Ay! —se echó hacia atrás por puro reflejo, casi resbalando en el mármol.
Una fracción de segundo antes de caer, Mateo ya se había movido. Soltó la espátula y, con un movimiento rápido, la sujetó por la cintura, alejándola de los fogones. Un brazo rodeó sus hombros con firmeza, evitando que perdiera el equilibrio.
—¿Estás bien? —preguntó Mateo con una mirada de preocupación sincera.
Estaban demasiado cerca; la cara de Lucía casi rozaba el pecho de Mateo. Su perfume se mezclaba con el olor a ajo y aceite caliente. El corazón de Lucía latía a mil, y no solo por el susto. Esto era exactamente igual a su instinto protector en el altar.
Detrás de la cámara, el equipo se miraba entre sí conteniendo la emoción. No hacía falta dirección alguna. Esa química se veía natural, no era algo que se pudiera fingir.
—Eestoy bien —balbuceó Lucía, tratando de apartarse. Mateo la sostuvo un segundo más, como para asegurarse de que estuviera estable. —Ten cuidado, cariño. Esta cocina es un campo de batalla peligroso para los principiantes.
Le dedicó una media sonrisa antes de soltarla lentamente, con un tono burlón, pero también con una pizca de suavidad.
La pantalla del equipo detrás de cámaras se llenó de comentarios al instante.
¡OMG! ¿Ese reflejo fue real?
¡Qué pareja tan ideal!
¡La protegió como un caballero!
¡Madre mía, qué plot twist! Mateo, que siempre tiene cara de serio, resulta ser un dulce con su esposa.
El beso en el altar y ahora esto en la cocina, ¡qué tiernos!
Mateo, por favor, no enamores a toda la audiencia.
Lucía no puede ocultar el rubor.
¿Cómo no me voy a poner nerviosa viéndolos?
¿Dónde están los que decían que no se querían?
Lucía trató de ignorar los comentarios, pero sentía la cara ardiendo. Volvió a la sartén, fingiendo estar ocupada con las gambas, que ya estaban en su punto. Unos minutos después, las gambas al ajillo, aromáticas y doradas, estaban listas en un plato, espolvoreadas con perejil fresco.
—¡Y aquí nuestra obra maestra! —exclamó Mateo, levantando el plato hacia la cámara.
Lucía soltó una risita, esta vez más natural. —Esperemos que sepan tan bien como se ven.
Mateo pinchó una gamba, sopló un poco y la acercó a los labios de Lucía. —Prueba, jefa de clase.
Lucía se sorprendió, pero no pudo negarse. Abrió un poco la boca y él le dio a probar. El sabor intenso del ajo y el toque picante explotaron en su paladar.
—¡Está buenísimo! —exclamó, esta vez con sinceridad.
—Yo también quiero probar —Mateo señaló el tenedor en la mano de Lucía.
Sin pensarlo, ella pinchó otra gamba y se la dio. Mateo la aceptó mientras le dedicaba una sonrisa leve, y sus miradas se cruzaron un segundo más de lo necesario; un momento que se sintió mucho más real que una simple actuación, antes de que él rompiera la tensión con una broma.
—Creo que deberías cocinar conmigo más seguido. Quién sabe qué talentos ocultos escondes tras tu torpeza, jefa de clase —dijo Mateo con su característica sonrisa traviesa que suavizó el ambiente.
El chat se volvió una locura. El hashtag MateoLuciaCocinaJuntos se disparó al primer puesto de tendencias.
—¡Eso es todo por hoy! ¡Nos vemos pronto! —concluyó Lucía saludando a la cámara.
—¡Adiós! —Mateo saludó también antes de pulsar el botón para finalizar la transmisión.
En cuanto se apagó la cámara, Lucía soltó un largo suspiro, con la adrenalina aún recorriéndole el cuerpo. Las cifras de audiencia y los compartidos habían superado cualquier expectativa del equipo de relaciones públicas; un éxito rotundo, incluso mayor que el de su propia boda. Sentía un orgullo extraño, cálido y difícil de explicar.
Su móvil vibró en el bolsillo del pantalón. Un mensaje de un número desconocido, pero la foto de perfil le permitió reconocer a Sofía, una vieja amiga del instituto.
¡OMG, LUCÍA, ¿ES ESTO REAL? Si ustedes se odiaban desde siempre, ¿cómo es posible que terminen juntos?
Esa pregunta tan inocente dolió más de lo que debería. Lucía miró la pantalla y luego levantó la vista hacia Mateo, que estaba limpiando la mesa dándole la espalda.
¿Se odiaban desde siempre? Acababa de mostrarse cariñosa ante millones de personas, incluso con ese reflejo protector que se sintió tan real. Pero para alguien que realmente la conocía, aquello debía parecer imposible de creer.
La luz del sol del mediodía atravesaba los huecos de las cortinas de lino blanco en el dormitorio principal de la villa, calentando el suelo de madera de roble pulido. Sin embargo, esa calidez no lograba disipar la tensión que atenazaba el pecho de Lucía. Ella estaba arrodillada al lado de la cama, con las manos finas temblando visiblemente mientras colocaba una venda estéril nueva sobre la cintura de Mateo. La gasa blanca ya empezaba a mancharse por la sangre fresca que atravesaba la primera capa.—Lucía, controla tu respiración. Pareces a punto de enfrentarte a un pelotón de fusilamiento, no de cuidar a tu propio marido —la voz de Mateo sonó baja, con ese tono rasposo propio de quien acaba de aguantar un dolor intenso.Hizo una mueca leve cuando sus músculos abdominales se tensaron, pero sus labios forzaron una sonrisa tenue para calmar la angustia en el rostro de la mujer.—¿Cómo quieres que esté tranquila, Mateo? —susurró Lucía, con la voz quebrada por un pánico contenido. Sus ded
El sonido del tono de llamada del móvil, que rompía el silencio de la mañana en la montaña, cambió instantáneamente la tensión en el aire. Hugo llamaba desde Madrid, y ni siquiera había terminado de sonar cuando Lucía ya le había arrebatado el dispositivo de la mesita de noche.—¿Hugo? ¿Cómo está la situación en Madrid? ¿Está todo resuelto? —exclamó Lucía sin preámbulos, con la voz vibrando entre la ansiedad y la exigencia.Al otro lado de la línea, el largo suspiro de Hugo se escuchó con claridad, seguido por el ruido de fondo que indicaba que se encontraba en la sala de espera de una comisaría o de algún despacho jurídico importante en la capital.—Tranquilízate, Lucía, respira primero —la voz de Hugo sonaba cansada, pero con un matiz de victoria que no podía ocultar—. Hernández ha sido detenido oficialmente. La policía lo ha sacado directamente de la sala de juntas esta mañana, acusado de fraude, malversación de fondos de la fundación y blanqueo de capitales.Lucía se cubrió la boc
Sus respiraciones volvieron a ser regulares poco a poco, llenando el silencio del dormitorio, ahora bañado por la luz dorada del sol de la mañana. Mateo estiró la mano para tirar de la gruesa manta, que antes había quedado apartada, y cubrir la espalda desnuda de Lucía, protegiendo su piel del aire de la montaña que aún se sentía fresco.Sin embargo, mientras Lucía descansaba apoyada en el pecho de Mateo, su mano, que recorría el abdomen del hombre, se detuvo en seco. Sus dedos tocaron el vendaje grueso en el lado derecho de la cintura de Mateo y sintió algo húmedo y pegajoso.—Mateo... —la voz de Lucía se tornó seria, y su somnolencia desapareció al instante—. Estás sangrando otra vez. Los puntos... los has abierto anoche.Mateo movió ligeramente el cuerpo, dedicándole a Lucía una sonrisa lánguida y profun
La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de las cortinas de lino, bañando con calidez la gruesa manta sobre la cama. No había ruidos molestos de monitores cardíacos ni el penetrante olor a antiséptico de un hospital. Solo quedaba el aroma a pinos de la montaña y el canto de los pájaros.Mateo abrió los ojos lentamente.A su lado, Lucía dormía profundamente. Estaba acurrucada, con los dedos todavía aferrados con fuerza a la mano izquierda de Mateo —la que no estaba herida—, como si temiera que él se esfumara si soltaba su agarre.Mateo contempló ese rostro durante largo rato. El rostro de su esposa sin maquillaje, sin la presión de las cámaras ni la carga de un contrato. Solo estaba Lucía. La mujer que, ahora mismo, era la única razón por la que sentía que su vida estaba completa.Despacio, Mateo acercó su rostro y le dio un beso suave en la frente, manteniendo los labios ahí un momento para aspirar el reconfortante aroma a vainilla de su champú.Lucía parpadeó y soltó un peque
La lluvia torrencial seguía azotando el oscuro pavimento, creando charcos que reflejaban la luz roja de las luces traseras del SUV que Rafael conducía a una velocidad peligrosa. Dentro del habitáculo, la tensión era tan densa que parecía asfixiar a cualquiera que respirara el aire de su interior.Lucía abrazaba a Mateo con fuerza, mientras sus manos, manchadas de sangre, continuaban presionando el vendaje en el abdomen del capitán, intentando frenar el flujo sanguíneo que no cesaba. En el asiento del copiloto, Javier aferraba su arma, con los ojos entrecerrados y clavados en el retrovisor central, en estado de máxima alerta.—¡Siguen detrás de nosotros! —gritó Javier, con la voz casi ahogada por el rugido del motor y el estruendo de la tormenta—. ¡Dos SUVs negros, se están acercando! ¡No tienen intención de capturarnos, quieren matarnos aquí mismo!Rafael apretó la mandíbula; sus manos se aferraban al volante con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. —Resiste. Estamos cerc
El sonido del golpeteo resonó de nuevo. Esta vez más fuerte, tres golpes secos y rítmicos, como si alguien estuviera dando un código antes de derribar la puerta de hierro de la vieja clínica del Dr. Andrés.—Rafael, no abras —susurró Lucía, aferrándose al brazo de Rafael con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Sus ojos recorrieron la habitación en busca de algo que pudiera servir como arma: un bisturí en el carrito de instrumental o quizá una silla de metal pesada.Rafael no respondió. Le hizo una seña a Lucía para que permaneciera detrás del armario de medicamentos y caminó lentamente hacia la puerta. Entornó los ojos al acercar uno de ellos a la pequeña mirilla de la puerta oxidada.—¿Quién está ahí? —susurró Rafael; su voz era apenas un hilo, pero la tensión en su rostro lo decía todo.No hubo respuesta del otro lado, solo el sonido de la lluvia golpeando brutalmente el techo de zinc de la clínica. El golpeteo volvió a sonar, seguido esta vez por una respiración agit







