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Capítulo 8

Autor: Rina Vega
last update Fecha de publicación: 2026-07-16 21:50:17

Aquella pregunta inocente caló más hondo de lo que debería. Lucía miró la pantalla de su teléfono y luego levantó la vista hacia Mateo, quien limpiaba la mesa dándole la espalda. ¿De verdad nos hemos odiado desde siempre? Hacía poco acababa de mostrarse cariñoso ante millones de personas; incluso su marido por contrato, por puro reflejo, le había brindado una protección que se sintió tan real. Sin embargo, para alguien que realmente la conocía, eso debía parecer imposible de creer.

Los dedos de Lucía flotaban sobre el teclado. ¿Cómo debería responder? ¿Debería decir la verdad? Imposible, no podía destruir esta ilusión que tanto le había costado construir. Sobre todo cuando esta ilusión era la única esperanza para los niños de su orfanato.

—Javier, Carmen —dijo Lucía, con la voz ligeramente temblorosa, sin girarse—. ¿Cuál ha sido la reacción del público?

Javier Vargas sonrió con satisfacción, echando un vistazo a la tableta que sostenía. —Excelente, Lucía. Increíble, de hecho; es tendencia global, más incluso que su boda ayer. A juzgar por los comentarios... todo el mundo cree que son una pareja encantadora. Dicen que son la pareja ideal.

Carmen, parte del equipo de relaciones públicas de Mateo Torres, asintió con entusiasmo. —Sí, especialmente cuando Mateo te protegió del aceite caliente. ¡Fue una escena de oro! Espontánea, real. Eso es exactamente lo que necesitábamos.

Lucía sintió que sus mejillas se calentaban de nuevo. ¿Espontánea? ¿Real? Se giró y miró la espalda de Mateo. ¿Fue real? Ese reflejo espontáneo... ¿era parte del guion? Aquella sensación cálida que la envolvió cuando Mateo la apartó del peligro, ¿también formaba parte de la actuación?

Volvió a mirar su teléfono. El mensaje de Sofía seguía esperando.

Sofía: ¡Responde rápido! ¡Me muero de curiosidad! ¿Cómo es que tú, la jefa de clase famosa por ser tan disciplinada, terminaste casada con el alborotador de Mateo Torres? Tiene que haber una historia detrás, ¿no?

Lucía suspiró profundamente. Una historia que nunca creerías, Sofía.

Escribió rápidamente.

Lucía: ¡Hola, Sofía! Perdona que tarde en responder. Sí, es verdad, me casé con Mateo Torres. Cosas del destino, ¿sabes? Ambos hemos madurado, muchas cosas han cambiado. Ya sabes, en realidad Mateo es… 

Lucía se detuvo. ¿Qué era Mateo en realidad? ¿Arrogante? ¿Molesto? Borró la frase y volvió a escribir. En realidad, Mateo es muy protector y atento. Solo que me he dado cuenta de ello hace poco.

El teléfono vibró casi al instante.

Sofía: ¡¿QUÉ?! ¿Protector y atento? ¿Mateo Torres? ¿Te han hipnotizado o qué, Lucía? ¿O no será que te han echado un mal de ojo? ¡Antes siempre decías que querías sacarle los ojos si volvías a verlo!

Lucía soltó una pequeña risa, entre divertida y horrorizada por la precisión de la memoria de Sofía. Sí, efectivamente, yo decía eso.

Lucía: Jajaja, ¡tú sí que eres! Eso era antes, en el instituto. Todos éramos inestables. Ahora somos adultos, Sofía. La gente cambia con el tiempo, ¿no crees? Él es mucho más maduro y responsable ahora. Además, es quien mejor me entiende.

Mentir es agotador, Dios mío.

Sofía: Vale, vale, te creo. Intentaré creer que Mateo ha cambiado. Pero... ¿no será que desde el instituto ya te gustaba? ¿Que solo fingías no tener sentimientos y ser dura para ocultar que te gustaba, eh?

Aquellas palabras hicieron que Lucía se estremeciera. Esa era parte de la falsa narrativa que habían creado, no la realidad. Entonces, ¿por qué se sentía tan extraño cuando Sofía lo decía? La sensación del beso en el altar, el tacto de la mano de Mateo en su cintura en la cocina... No, todo eso era solo actuación. No debo olvidar eso.

Lucía: ¡Qué cosas tienes! ¡Solo sabes chismear! En resumen, somos felices. Eso es todo. Ya te contaré los detalles en otro momento. Ahora tengo que atender a mi marido.

Lucía dejó el teléfono, un poco aliviada de que Sofía dejara de molestarla por un tiempo. Sin darse cuenta, Mateo ya había terminado de limpiar la mesa y estaba de pie justo a su lado, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Jefa de clase —empezó Mateo, con voz baja pero clara—. ¿Quién es Sofía? ¿Una amiga del instituto?

Lucía levantó la vista y sintió que su rostro se encendía al instante. —Sí. Ella es... espera, ¿estabas espiando mi chat? —preguntó, entrecerrando los ojos con sospecha.

Mateo arqueó una ceja con una leve sonrisa burlona. —¿Por qué te sorprendes? ¿Porque soy tan guapo y al final he podido casarme contigo?

Lucía puso los ojos en blanco. —No. Me sorprendo porque ella sabe que nos odiábamos desde siempre.

Mateo guardó silencio un momento y su leve sonrisa desapareció. —Es normal. Mis amigos deben pensar lo mismo.

Efectivamente, el teléfono de Mateo sonó sobre la mesa. Vio el nombre en la pantalla y suspiró. —Pues nada, hablando del rey de Roma.

Mateo respondió a la llamada, alejándose un poco de Lucía.

—Hola, Daniel. ¿Qué pasa? —dijo Mateo con tono relajado, aunque Lucía pudo notar la tensión en su mandíbula.

—¡MATEO! ¿DE VERDAD TE HAS CASADO CON LUCÍA? ¿ESA JEFA DE CLASE? ¿TE HAS VUELTO LOCO? —La voz al otro lado del teléfono resonó en toda la habitación; al parecer, Mateo tenía activado el altavoz.

Incluso Javier y Carmen, que estaban ocupados guardando sus cosas, se detuvieron.

Mateo resopló. —Puedes bajar la voz, Daniel. Todo el mundo puede oírte.

—¡No puedo creerlo! Mateo, estás bromeando, ¿verdad? ¡Dime que es una broma! ¡Antes te quejabas todos los días de cómo esa jefa de clase te castigaba! ¡De cómo te obligaba a limpiar los baños tú solo!

Lucía contuvo las ganas de sonreír. Por fin alguien sacaba el tema.

—Eso es el pasado, Daniel —respondió Mateo, intentando sonar tranquilo, aunque Lucía vio cómo le palpitaba una vena en el cuello—. La gente cambia.

—¿Cambiar? ¿Pasar de ser Mateo Torres, el playboy que evita cualquier compromiso, a ser el marido de la jefa de clase? Aquí hay algo raro. ¿No será que perdiste alguna apuesta? —Daniel soltó una carcajada—. Siempre tuve curiosidad, ¿quién sería capaz de domar a Mateo Torres? Nunca imaginé que caería en manos de la jefa de clase a la que tanto odiabas.

Javier y Carmen se miraron, claramente tratando de contener la risa. Lucía sintió un impulso extraño de defender a Mateo, o al menos de no permitir que Daniel lo insultara en público, a pesar de que ella misma lo hacía a menudo.

—Di lo que quieras, Daniel —dijo Mateo, con tono algo molesto—. Amo a mi esposa. Eso es suficiente.

Lucía arqueó una ceja. Amo a mi esposa. Aquellas palabras sonaban extrañas viniendo de él.

—¿Amor? —Daniel guardó silencio un momento—. Vaya, esto es serio. Mateo Torres enamorado de la jefa de clase. Está bien, me rindo. Son la pareja más extraña del mundo. Pero felicidades, amigo. Te deseo lo mejor a ti y a... tu jefa de clase.

La llamada se cortó. Mateo miró su teléfono un instante antes de dejarlo caer sobre la mesa con fuerza. Se giró hacia Lucía con la mirada encendida.

—No te rías de mí —dijo con voz cortante.

—¿Por qué iba a reírme? —Lucía se encogió de hombros, fingiendo indiferencia—. Tú mismo has dicho que amas a tu esposa.

Mateo se quedó callado. Suspiró y se acercó hasta que apenas quedó espacio entre ambos. El aroma de su colonia cara se mezclaba con los restos del olor a ajo y camarones de la cena, creando una combinación extraña que, por alguna razón, se sentía reconfortante.

Mateo se inclinó un poco, igualando sus rostros hasta que Lucía pudo ver un brillo extraño en los ojos oscuros de él.

—Eso es parte del guion, Jefa de Clase —susurró Mateo, con la voz repentinamente grave—. Daniel es el tipo de persona que vendería el cotilleo a la prensa si supiera que este es un matrimonio de conveniencia. Solo estaba cumpliendo con mi papel.

Lucía contuvo el aliento. Estaban demasiado cerca. Su lógica le confirmaba que Mateo tenía razón; por supuesto, era parte de la actuación para proteger su gran secreto. Sin embargo, su corazón, que de repente latía desbocado, se negaba a aceptar esa explicación.

—Me alegra que sepas cumplir tan bien tu papel —respondió Lucía. Se esforzó al máximo por mantener su voz estable y fría, a pesar de estar segura de que sus mejillas ya estaban sonrojadas.

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