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Capítulo 6

Autor: Rina Vega
last update Fecha de publicación: 2026-07-15 08:45:15

El eco de las campanas de la Catedral de San Jerónimo el Real todavía resonaba levemente en los oídos de Lucía mientras la lujosa limusina proporcionada por el club atravesaba las calles de Madrid. Dentro de la cabina insonorizada, el ambiente contrastaba drásticamente con el bullicio de miles de fans y el destello de los flashes de los fotógrafos que acababan de dejar atrás en la iglesia.

Lucía apoyó la cabeza en el suave respaldo de cuero, mirando el anillo de diamantes que rodeaba el dedo anular de su mano izquierda. El metal precioso se sentía frío y extraño. A su lado, Mateo Torres estaba sentado con un esmoquin cuya pajarita ya se había aflojado. La estrella del Madrid Royale FC miraba fijamente por la ventana, con la mandíbula apretada, creando un silencio incómodo y asfixiante entre los dos.

El beso en el altar seguía muy presente, dejando una calidez inusual que la había tomado por sorpresa. Lucía lanzó una mirada furtiva a Mateo, preguntándose si él estaría pensando lo mismo. Sin embargo, por puro orgullo, se apresuró a reconstruir sus muros defensivos. Se convenció de que ese beso fue solo producto de la carga emocional de la boda y la presión de cientos de cámaras apuntándoles.

—Vamos primero a tu apartamento —la voz grave de Mateo rompió el silencio, sonando plana, sin rastro de la calidez que mostró en el altar hace unas horas—. Solo empaca tus cosas más importantes. A partir de hoy, vives en mi casa.

Lucía giró la cabeza, intentando recuperar su compostura habitual. —No tardaré nada. La mayoría de mis cosas importantes son mi equipo de trabajo y algo de ropa.

La limusina se detuvo finalmente frente al modesto edificio donde vivía Lucía. Mateo insistió en subir, no por ser un recién casado detallista, sino porque Javier le había advertido que los paparazzi podrían haberlos seguido hasta el rincón más escondido de Madrid.

En cuanto se cerró la puerta, Lucía se quitó los tacones con un suspiro de alivio descomunal. Entró a su habitación, se quitó el elegante y pesado vestido de novia y se puso algo mucho más cómodo: unos vaqueros holgados y una camiseta de punto fina. Con agilidad, empezó a empacar su ropa, portátil, cámara y accesorios de rodaje, como el aro de luz para sus vlogs y tutoriales. También guardó sus cosméticos imprescindibles en dos maletas medianas.

Mateo estaba apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados, observando cada uno de sus movimientos con mirada crítica. —¿Solo eso? Pensé que una mujer con tres millones de seguidores tendría montañas de ropa de diseñador —dijo con esa sonrisa torcida que lo caracterizaba.

—He trabajado duro por lo que tengo, Mateo. Y no me gusta acumular cosas innecesarias —respondió Lucía sin apartar la vista de la maleta—. Vámonos. No quiero estar más tiempo aquí y hacer esperar a tu chófer.

El viaje continuó hacia la zona exclusiva de las afueras de Madrid, donde mansiones de celebridades y deportistas se esconden tras altos muros vigilados. Cuando la limusina cruzó el portón automático de la casa de Mateo, Lucía no pudo evitar quedarse boquiabierta.

La casa era una obra maestra de arquitectura moderna: cristal, hormigón blanco y una piscina infinita con vistas a las colinas verdes. Al bajar, el personal de servicio ya estaba alineado para recibirlos: un mayordomo de mediana edad de aspecto formal, dos empleadas de hogar uniformadas, un chef privado y un jardinero a lo lejos.

Mateo guio el camino hacia el interior de mármol brillante mientras el personal subía las maletas de Lucía.

—Bienvenida a tu nuevo hogar durante el próximo año —dijo Mateo, lanzando las llaves del coche sobre la consola de la sala. 

Lucía lo siguió por la majestuosa escalera de caracol. Al abrir las puertas dobles de roble, se encontraron con un dormitorio principal inmenso, con cama kingsize, zona de estar y un balcón enorme con vistas a la piscina.

Lucía se detuvo en seco. Miró la cama gigante y luego a Mateo con el ceño fruncido.

—Espera un momento —dijo, con tono exigente—. ¿Vamos a... compartir habitación?

Mateo se dio la vuelta, mirándola como si acabara de preguntar la estupidez más grande del mundo. —Claro que compartimos, "delegada". ¿Lo olvidaste? Aquí hay servicio, jardinero, chófer... están todo el día. Si alguno nos ve en habitaciones separadas, el rumor de que esto es un montaje saldrá en horas. Tenemos que parecer la pareja perfecta, dentro y fuera de casa.

Lucía se quedó callada, sopesando los argumentos de Mateo, que por desgracia tenían sentido. El riesgo de que se filtrara la verdad era demasiado alto, y no podía arruinar el acuerdo que era la única esperanza para el futuro de su orfanato.

—Vale —respondió al final, soltando un largo suspiro—. Dormiremos en esta habitación. Si hace falta, dormiré en el sofá o ponemos una barrera en la cama. Pero tengo varias condiciones innegociables.

Mateo arqueó una ceja, entre divertido y molesto por la firmeza de ella. —¿Condiciones? ¿Vienes a mi casa y ahora me das órdenes?

—Es por el bien de nuestro trabajo —respondió ella, tranquila pero cortante—. Primero: quiero una habitación exclusiva en esta casa donde nadie, incluido tú o el servicio, pueda entrar sin mi permiso. Será mi despacho y estudio para rodar contenido y hacer directos. No voy a dejar mi trabajo como influencer solo por casarme contigo.

—¿Eso es todo? —preguntó él con desdén—. La casa tiene muchas habitaciones vacías. Elige cualquiera del pasillo oeste.

—No he terminado —le cortó Lucía rápidamente. Lo miró directo a los ojos, cruzándose de brazos—. Segundo: mientras viva aquí, me ocuparé de mis propias cosas. Desde mi comida hasta mi ropa. No quiero que el servicio ni tu chef hagan mis tareas personales.

Al escuchar la segunda condición, la sonrisa burlona de Mateo se desvaneció, reemplazada por un ceño fruncido. La miró de arriba abajo, como si estuviera ante una especie exótica que su lógica no lograba procesar.

Mateo se acercó, acortando la distancia hasta que Lucía pudo sentir el aura dominante que solía proyectar en el campo. Bufó, lanzándole una mirada que le dieron ganas de lanzarle un cojín.

—¿De verdad rechazas las comodidades que te he preparado? —se burló él, con tono cínico—. Te doy todo esto para que vivas como la mujer de un futbolista de élite, no para que te mates trabajando en la cocina o en una oficina. Pensé que cualquier mujer saltaría de alegría al tener esta vida, pero parece que me equivoqué.

Lucía no retrocedió ni un centímetro. Al contrario, se adelantó, desafiando su mirada con la misma intensidad.

—Por eso deberías aprender que no puedes medir a todas las mujeres con tu rasero tan superficial, Mateo Torres —respondió con voz baja pero firme—. Acepto este matrimonio solo por los niños de mi orfanato, no porque quiera ser una parásita que disfruta de tu dinero. Tengo orgullo y soy independiente. No dejaré que esta falsa comodidad me vuelva vaga ni me haga olvidar quién soy.

El ambiente en la habitación se enfrió al instante. Se miraron con ferocidad, en un duelo mental invisible. Para Mateo, el rechazo de Lucía era un golpe a su ego acostumbrado a ser adorado y servido. Para ella, mantener su independencia era la única forma de no perderse en este matrimonio de conveniencia.

—Haz lo que quieras —siseó él al final, rompiendo el contacto visual y dándole la espalda—. Pero si tu "independencia" levanta sospechas ante el servicio, yo mismo me encargaré de quitarte esa libertad.

—Trato hecho —respondió Lucía, aunque por dentro soltó un suspiro de alivio al haber marcado sus límites.

La primera noche en la mansión acababa de empezar y, tras la magnificencia de las paredes de cristal, la guerra fría entre la estrella del fútbol y la influencer independiente acababa de declararse oficialmente.

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