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Capítulo 3

Author: Chigogrant
last update publish date: 2026-09-07 15:27:42

Punto de vista de Amelia

Sophia Laurent, la mujer que todo el mundo creía que Damian debió haber desposado, la mujer con la que los medios pasaron años comparándome y, a juzgar por la expresión de su rostro, quizás él aún lo pensaba.

Me quedé paralizada, incapaz de apartar la mirada.  

Damian escuchaba en silencio lo que Sophia decía por teléfono.  

Luego dijo algo que me destrozó por completo.  

—Estaré allí pronto —dijo.

La llamada terminó.  

Damian guardó el teléfono en el bolsillo.

Ninguno de los dos habló; no estaba segura de poder hacerlo.

Me dolía la garganta, me dolía el pecho. Por fin forcé las palabras a salir.

—Es Sophia, ¿verdad? —pregunté con lágrimas en los ojos.

Sus ojos se encontraron con los míos; hubo una breve pausa.  

—Sí —respondió sin dudar y sin remordimiento.

Una extraña calma me invadió; no me sentí mejor, me sentí peor.

Llega un momento en que el dolor es demasiado, cuando el corazón se sobrecarga tanto que simplemente se entumece.

Quizá había llegado a ese punto. Se me escapó una pequeña risa.  

Damian frunció el ceño.  

—¿Qué tiene de gracioso?

Negué con la cabeza.  

—Nada.  

De repente todo cobraba sentido.  

La razón de todo había regresado y su nombre era Sophia.

—¿Cuándo volvió? —pregunté.

La expresión de Damian permaneció cautelosa.  

—Hace unas semanas.  

—Así que has estado viéndola —dije sin que fuera una pregunta.

Asentí.

Por supuesto, ¿por qué otra razón querría de pronto el divorcio?  

Tres años de matrimonio no habían cambiado sus sentimientos, pero unas pocas semanas con Sophia sí.

¿Qué tan patética me hacía eso?  

Volví a mirar los papeles del divorcio.  

El documento no se había preparado hoy.

Había sido redactado casi dos semanas atrás.

—Ya lo habías decidido todo —dije.  

Damian no respondió.  

—Preparas esto hace dos semanas.

Levanté la vista.  

—¿Alguna vez tuviste intención de contarme tus planes sobre nosotros? —pregunté.

—Te lo estoy contando ahora —dijo.

La respuesta me hizo soltar una risa amarga; siempre la misma contestación. La ira empezó a abrirse paso a través del desamor.  

La ira nacida de años de decepción.  

—Te esperé esta noche, ¿sabes? —dije.

Mi voz se mantuvo calmada.  

—Lo sé —respondió.  

—Pasé todo el día preparando la cena —dije.  

Su mandíbula se tensó.  

—¡Lo sé, demonios, lo vi! —exclamó.

—Pensé que quizás las cosas serían diferentes —dije.

Algo pasó por su rostro y desapareció casi al instante.  

Al parecer no era del todo un desalmado.  

Miré hacia la mesa del comedor.

La comida intacta, las velas consumidas.

De pronto todo me pareció ridículo, como una broma.  

—Debo de parecer patética —dije.

Damian frunció el ceño.  

—No hagas eso.  

—¿No hacer qué? —pregunté.

—Hablar de ti misma de esa manera —dijo.  

La respuesta me tomó por sorpresa; lo miré fijamente.  

Luego sonreí con tristeza.  

—¿Por qué no?

Su mirada se endureció.  

—Porque no es verdad.

La ironía casi me hizo reír de nuevo; después de años de hacerme sentir indeseada, ¿ahora quería defender mi dignidad? ¿No era demasiado tarde para esa audacia?

—Te amé —dije.  

La confesión se me escapó inesperadamente.  

—Lo sé, Amelia —respondió.  

Esa respuesta rompió algo dentro de mí porque él lo sabía.

Siempre lo había sabido y nunca le había importado.  

—Lo sabías —dije.  

—Sí —contestó.

Las lágrimas volvieron; esta vez no me molesté en ocultarlas.

—Entonces, ¿por qué? —mi voz se quebró.  

—¿Por qué dejaste que siguiera intentándolo? —pregunté.

La primera señal de incomodidad que le había visto en toda la noche.

—Amelia, ¿podemos no…?

—No, respóndeme —exigí.  

Al final habló.  

—Pensé que las cosas cambiarían.

Parpadeé.  

—¿Qué?

—Pensé que eventualmente sentiría de otra manera —dijo.

Esa respuesta dolió más que cualquier otra cosa. ¿Por qué dolía más? ¿Por qué me sentía de pronto herida por su honestidad? La verdad era devastadora.

—Qué desastre somos —dije.  

Él soltó una risa burlona.  

El matrimonio había fracasado mucho antes de esta noche; esta noche simplemente era el funeral.  

De pronto sonó mi teléfono. Otra vez Lily.

Miré la pantalla; esta vez contesté.  

En el momento en que puse el teléfono contra la oreja, Lily habló.

—Amelia.  

Su voz se suavizó de inmediato.

—¿Qué pasa? —preguntó.  

—Nada —dije.  

—No me mientas —respondió.

Las lágrimas resbalaron por mi rostro y Damian observaba.

—Amelia —Lily sonaba preocupada ahora.

—¿Qué ha pasado? —preguntó de nuevo.

Cerré los ojos; no podía hablar.  

Las palabras salieron al fin.  

—Me está divorciando.  

—¡¿QUÉ?! —el grito resonó a través del teléfono.

—Ese hijo de…  

—Lily —dije.

—¡No! —gritó.

Sonaba furiosa, absolutamente furiosa.  

—Voy para allá ahora mismo —dijo.

—No hace falta —respondí.  

—Ya estoy agarrando las llaves.

A pesar de todo, una pequeña sonrisa apareció en mi rostro. Esa era Lily: una amiga muy protectora dispuesta a pelear contra cualquiera que me hiriera.

Incluido uno de los multimillonarios más poderosos del país.  

—Estaré bien —dije.  

—No, no lo estarás —contestó.

Su voz se suavizó.  

—Pero no vas a pasar por esto sola.

No me sentí completamente sola. Después de colgar, dejé el teléfono.  

La habitación volvió a caer en silencio; luego Damian miró su reloj.

Quería irse porque Sophia lo esperaba.

La realización dolió, pero no tanto como antes.

Quizá porque por fin estaba aceptando la realidad. Lo miré con detenimiento.

Quizá por última vez como su esposa.  

—¿La amas? —le pregunté de nuevo.

Antes no había contestado; esta vez sí, después de una larga pausa, después de varios segundos de silencio.

Me miró directamente a los ojos y dijo:  

—Nunca dejé de hacerlo.

Las palabras me golpearon como un golpe físico.  

Todo a mi alrededor se desvaneció; después de años de matrimonio… años de amarlo…  

Por fin comprendí algo.  

Nunca competí contra otra mujer; competí contra un recuerdo y perdí antes de que el matrimonio siquiera comenzara.

—Necesitaré tu firma para finales de semana —dijo Damian con tono llano.

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