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Capítulo 2

Author: Chigogrant
last update publish date: 2026-09-07 15:26:27

Punto de vista de Amelia

No podía escuchar nada.

El acuerdo de divorcio temblaba entre mis manos. Miré a Damian como si de repente se hubiera convertido en un extraño.

Tal vez siempre lo había sido. Tal vez simplemente había pasado tres años negándome a ver la verdad.

—Quiero el divorcio.

Sus palabras resonaron una y otra vez dentro de mi cabeza.

Tragué saliva. El nudo en mi garganta dolía.

—¿Por qué? —pregunté. Mi voz sonaba débil.

Necesitaba una respuesta. Me la merecía.

Tres años tenían que valer al menos una explicación, pero la expresión de Damian permaneció inmutable.

—No creo que este matrimonio deba continuar —dijo.

—¿Se suponía que eso era una respuesta? —pregunté.

Lo miré directamente a los ojos.

—¿Por qué? —pregunté de nuevo.

Esta vez mi voz fue más firme. Su mirada se encontró con la mía y ninguno de los dos apartó los ojos.

—Nunca fuimos compatibles —dijo.

Las palabras cayeron sobre mí como otro golpe.

¿Compatibles? ¿Eso era todo? ¿Tres años reducidos a una sola palabra?

Lo miré, incrédula.

—¿Eso es todo?

Su mandíbula se tensó ligeramente.

—¿Qué respuesta estás buscando? —preguntó.

Sentí las lágrimas acumulándose en mis ojos.

En ese momento, no quería llorar delante de él. No quería mostrar ninguna señal de debilidad. Especialmente cuando él nunca parecía afectado por mi dolor.

—Estoy buscando la verdad —dije.

—Esa es la verdad —respondió.

—No. —Mi voz se quebró—. No lo es.

La frustración cruzó su rostro.

—Amelia...

—No. —Levanté una mano.

El gesto nos sorprendió a ambos porque rara vez lo interrumpía. Ni siquiera solía desafiarlo. Pero esa noche se sentía diferente.

Esa noche, algo dentro de mí se estaba rompiendo.

—¡Me debes algo más que eso! —exclamé.

Sus ojos se entrecerraron.

—¿De verdad?

—¡Sí, me lo debes!

—No sabía que...

La pregunta me dolió.

Dios, cuánto dolió.

Lo miré, incapaz de creer que el hombre que tenía delante fuera el mismo hombre que había amado durante años.

—Era tu esposa —dije.

—Todavía lo eres. Por ahora... —respondió.

—Entonces, ¿por qué siento que he estado sola durante todo este matrimonio? —pregunté.

El silencio cayó sobre nosotros. Sentí que el pecho se me oprimía.

—Nunca me amaste, ¿verdad? —pregunté de nuevo.

Sus ojos parpadearon. Algo cambió en su expresión. Parecía incómodo.

Aquella reacción me hizo sonreír con amargura porque su silencio era la respuesta.

Bajé la mirada hacia los documentos de divorcio. Su firma estaba allí, mirándome de vuelta.

Él no había venido a hablar sobre el divorcio. Había venido a informarme.

Mi opinión nunca importó, igual que siempre.

—¿Cuándo decidiste esto? —pregunté.

Su respuesta llegó de inmediato.

—Hace tiempo.

Cerré los ojos, pero de alguna manera eso hizo que todo fuera peor.

Mientras yo planeaba nuestra cena de aniversario... mientras esperaba que volviera a casa... mientras esperaba que las cosas mejoraran...

Él ya había decidido terminar nuestro matrimonio.

Y al comprenderlo, la humillación me quemó por dentro.

—¿Alguna vez pensaste decírmelo? —pregunté.

—Eso es lo que estoy haciendo ahora —respondió.

—No. —Negué con la cabeza—. No, Damian.

Su expresión se oscureció.

—¿Qué quieres decir?

—Decírmelo habría implicado tener una conversación —dije.

Levanté el acuerdo de divorcio.

—Esto no es una conversación.

Los documentos temblaban entre mis dedos.

—Esto es una decisión.

Aparté la mirada antes de que las lágrimas pudieran caer. Lo último que quería era su lástima, si es que él siquiera poseía algo así.

De repente, mi teléfono vibró. El sonido nos sobresaltó a ambos.

Miré la pantalla.

Lily.

Rechacé la llamada inmediatamente.

No podía hablar en ese momento. No cuando todo mi mundo se estaba derrumbando.

Por desgracia, Lily me conocía demasiado bien.

Un segundo después, apareció otro mensaje.

Lily: ¿Vino a casa?

Lily: ¿Amelia?

Lily: ¿Por qué no contestas?

Bloqueé rápidamente la pantalla.

Damian se dio cuenta.

—¿Tu amiga?

Después de tres años de matrimonio, finalmente recordaba que tenía una mejor amiga.

—Sí —respondí.

La conversación volvió a morir.

La mansión se sentía asfixiante.

Cada pared parecía cerrarse a mi alrededor.

Cada recuerdo dolía.

Volví a mirar a Damian.

Su rostro apuesto, sus ojos fríos y su apariencia perfecta.

El hombre que innumerables mujeres admiraban y al que yo había pasado años amando.

De repente, algo se me ocurrió.

Un pensamiento que había estado evitando.

Un pensamiento que no quería creer.

Pero ahora... ya no podía ignorarlo.

—¿Hay alguien más? —pregunté.

La pregunta salió de mis labios.

Damian se quedó inmóvil. Su reacción duró menos de un segundo.

—Amelia, simplemente firma el maldito documento —dijo.

Mis dedos se apretaron alrededor de los papeles.

—¿Hay alguien más?

Esta vez mi voz tembló.

La respuesta importaba más que cualquier otra cosa.

En mi mente, pensaba:

Por favor, solo di que no.

Damian exhaló lentamente. Su mirada se desvió de la mía.

Las lágrimas finalmente escaparon.

Asentí lentamente.

De repente, todo tenía sentido.

La distancia.

La indiferencia.

El divorcio.

—¿Quién es ella? —pregunté.

—¿Alguna niñita perfecta, verdad? —añadí con amargura.

Su expresión se volvió ilegible.

—Eso es irrelevante —dijo.

Una risa amarga escapó de mis labios.

—¿Irrelevante? ¿En serio?

—¿La mujer por la que me estás dejando es irrelevante?

Su silencio lo decía todo.

Di un paso hacia atrás, como si la distancia física pudiera protegerme de alguna manera.

Había pasado años creyendo que la paciencia haría que, con el tiempo, me amara.

Qué ingenua.

Qué increíblemente ingenua.

Damian me observó con atención, quizá esperando otro estallido emocional.

Otra súplica.

Otro intento por salvar nuestro matrimonio.

En cambio, pregunté:

—¿La amas?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Damian dudó.

Siguió un largo silencio.

Entonces su teléfono sonó.

El sonido cortó la tensión.

Damian miró la pantalla y todo cambió.

Toda su expresión se suavizó.

La transformación fue sutil. La mayoría de las personas no la habrían notado, pero yo sí, porque había pasado tres años estudiando cada expresión de aquel hombre.

Y la expresión que tenía en ese momento...

Nunca la había visto dirigida hacia mí.

Mi corazón cayó lentamente.

Damian respondió la llamada delante de mí.

—Hola.

Su voz también había cambiado.

La diferencia casi me destruyó.

Me quedé inmóvil, escuchando.

Entonces escuché la risa de una mujer al otro lado de la línea.

Los ojos de Damian se levantaron y nuestras miradas se encontraron.

La mujer al teléfono volvió a hablar y Damian sonrió.

Era la sonrisa que había esperado durante años.

La que él nunca me había dado.

Y en ese momento, comprendí que ya sabía su nombre.

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