LOGINAMELIA—Voy a vomitar.Aarón frenó frente a la clínica con tanta fuerza que el cinturón me aplastó el pecho.—¡Te dije que condujeras despacio!—Dijiste que ibas a vomitar.—Y ahora también voy a matarte.Abrí la puerta y apenas alcancé un bote de basura. Aarón apareció detrás de mí sosteniéndome el cabello mientras Alexander observaba desde el asiento trasero con la ventana abierta.—Mamá, el bebé otra vez está haciendo que saques la comida.—Gracias por describirlo —conseguí responder.Tenía cinco meses de embarazo y todavía vomitaba casi todas las mañanas. La doctora aseguraba que el bebé estaba perfecto. Yo también, excepto por las náuseas, los tobillos hinchados y unas ganas permanentes de divorciarme del hombre que había convertido nuestra casa en una clínica privada.Aarón me ofreció una toallita.—Podemos posponer el ultrasonido.—Entramos ahora. Si no descubro hoy el sexo, voy a abrir el sobre de los análisis que escondiste.—No lo escondí. Lo puse en la caja fuerte para que l
AMELIAAarón miró la prueba, después mi rostro y otra vez la prueba.—¿Estás segura?—Tiene dos líneas.—Tal vez está defectuosa.—Me hice tres.Le mostré las otras dos que había dejado sobre el lavabo, Aarón entró al baño y cerró la puerta detrás de él, su cara seguía completamente vacía.—Di algo —pedí.—Estoy intentando respirar.Se sentó sobre la tapa del inodoro, durante un segundo pensé que iba a desmayarse.—Aarón.—¿Tú estás feliz?La pregunta me hizo llorar antes de poder responder. No preguntó cómo había ocurrido, qué haríamos con el programa ni si era buen momento. Me preguntó qué quería yo.—Sí —dije—. Estoy aterrada, pero sí. Quiero este bebé.Aarón se levantó tan rápido que golpeó una rodilla contra el mueble. Soltó una maldición y después me abrazó. Lo hizo con tanto cuidado que parecía temer que sus brazos pudieran romper algo que apenas tenía el tamaño de una semilla.—Vamos a tener otro hijo —murmuró contra mi cabello.—Eso parece.El primer embarazo había comenzado c
AARÓN CUATRO AÑOS DESPUÉS—¿De verdad vas a comerte eso?Amelia dejó la taza a medio camino de su boca, Alexander estaba de pie sobre una silla, mirando con indignación el último pan tostado que yo sostenía en la mano.—Era mío —dijo.—Estaba en la canasta.—Lo estaba guardando.—No puedes guardar comida sin avisar.—Mamá sí sabía.Miré a Amelia. Ella escondió una sonrisa detrás de la taza.—No me metas en esto.—¿Ves? Tu madre no confirma la historia.Alexander cruzó los brazos. A sus cuatro años ya dominaba el mismo gesto que Amelia utilizaba antes de destruir a alguien durante una entrevista.—Si te lo comes, no te voy a querer.—Eso es chantaje emocional.—Sí.Le entregué el pan.—Estás criando a un criminal —le dije a Amelia.—Yo no fui quien le enseñó a negociar.Alexander mordió su trofeo y volvió a sentarse. Amelia tomó un bollo de la canasta, le puso mantequilla y comenzó a comerlo. La vi quedarse quieta durante un segundo, como si la pregunta de nuestro hijo hubiera tocado u
AARÓNLlegué al hotel a las siete y diecinueve de la mañana. La reservación era a las ocho, pero no había dormido y permanecer en casa mirando el reloj me estaba volviendo loco. Elegí una mesa cerca de la salida, desde donde podía ver los elevadores sin tenerlos enfrente.Habían cambiado las lámparas del vestíbulo. También la alfombra y el color de las paredes. Sin embargo, seguía reconociendo el lugar donde vi a Amelia por primera vez, aunque aquella noche no me molesté en aprender su rostro.Pedí café, pero no lo bebí. A las siete cincuenta y ocho, Amelia atravesó la entrada con un pantalón oscuro, una blusa blanca y el cabello recogido. No llevaba maquillaje de televisión ni guardias a su alrededor. Se detuvo al verme y yo me puse de pie.—Pensé que no vendrías.—Yo pensé lo mismo mientras conducía.—Podemos irnos.—Acabo de llegar.—No tienes que demostrar nada.Amelia dejó el bolso sobre la silla.—Si vuelves a ofrecerme una salida cada treinta segundos, voy a utilizarla para golp
AMELIA—Si colocas esa fotografía en pantalla, el canal puede terminar tu contrato antes de que acabe el programa.El presidente de contenidos dejó una carpeta frente a mí, pero no la abrí.—Entonces será una transmisión de despedida.—Amelia, no estamos intentando censurarte.—Solo quieren escoger qué parte de mi vida tengo permitido contar.Faltaban veintisiete minutos para entrar al aire. En el monitor ya estaba cargada la fotografía del hotel. La habían recortado para no mostrar a las personas del fondo, pero yo seguía ahí, atrapada dentro del vestido perla, con la mirada perdida y los dedos hundidos en la camisa de Aarón.Durante años recordé esa imagen peor de lo que era. En mi cabeza, todos podían ver lo que pensaba de mí misma. En realidad, solo mostraba a una mujer asustada intentando no caer.En el camerino había intentado acomodarme el vestido tres veces. No era por la cámara. Era el viejo reflejo de esconder cualquier pliegue antes de que alguien lo señalara. Olivia me apa
OLIVIA—Si vuelves a hablar del canal, me levanto y me voy.Elliot dejó la carta sobre la mesa.—Llevamos sentados menos de tres minutos.—Y ya preguntaste dos veces si Amelia aceptó al segundo invitado.—Una vez.—La segunda la preguntaste con los ojos.El restaurante no era tan elegante como yo había imaginado cuando dijo que pasaría por mí. Tampoco había fotógrafos, reservados privados ni un mesero esperando con champaña. Era un lugar pequeño, con las mesas demasiado juntas y una vela torcida entre nosotros. Me gustó más de lo que quería admitir.—Está bien —dijo—. No hablaremos de trabajo.—Perfecto.Pasaron diez segundos.—¿Qué hacen las personas normales durante una cita? —pregunté.Elliot soltó una risa.—Generalmente intentan causar una buena impresión.—Ya llegaste tarde para eso.—También tú.Le di una patada por debajo de la mesa. Él recibió el golpe sin dejar de sonreír. El movimiento jaló la cicatriz de mi costado y se me escapó una mueca.Elliot la vio.—No preguntes.—No







