MasukMATEO
—¡Quiero saber dónde está mi nieto!
El agente frente a mí ni siquiera pestañeó.
—Señor Kane, ya le expliqué que no podemos darle información sobre un operativo en curso.
—¡No me importa su maldito operativo! George lleva días huyendo y ustedes siguen llegando a los lugares cuando ya se fue.
Golpeé el bastón contra el piso de mi de
NICOLÁSEl cenicero estaba lleno y el café se había enfriado hacía por lo menos una hora, aun así seguía fumando.Tenía abierto en la computadora un video de la noche anterior, diecisiete segundos. Eso era todo. Diecisiete putos segundos de Kane y yo golpeándonos afuera del restaurante mientras Renata nos gritaba que paráramos.Lo había visto tantas veces que ya sabía en qué segundo recibía el golpe que me había partido el labio.Cerré la ventana, la abrí otra vez. Kane estaba en Guadalajara por ella y eso era lo que no conseguía tragar.La puerta se abrió sin que tocaran y Elena entró con una carpeta apretada contra el pecho. El moretón del pómulo seguía visible debajo del maquillaje.—Llevo desde ayer intentando hablar contigo. Mis abogados quieren saber qué voy a hacer con lo de Renata y nadie de tu oficina me contesta. Seguridad casi no me deja subir.—Porque ya no trabajas aquí y les dejé instrucciones bastante claras. Si te permitieron pasar fue porque seguramente armaste un esc
RENATALa primera noche con Alexander durmiendo a tres puertas de mi habitación fue una pésima idea, después de escucharlo cerrar su puerta cerca de las once, no volví a oírlo. El problema era yo.A la una seguía despierta, a las dos fui al baño, a las tres y cuarto estaba mirando el techo, preguntándome si él también estaría despierto y odiándome inmediatamente por preguntármelo, a las seis y media dejó de importar. Llegué al baño con una mano sobre la boca y apenas tuve tiempo de inclinarme sobre el lavabo. No salió casi nada, solo ácido y una arcada que me dejó llorando por el esfuerzo. Maravilloso.Me enjuagué la boca, me lavé la cara y tardé unos minutos en convencerme de que podía bajar sin parecer un cadáver. Cuando crucé el patio, Alexander estaba debajo del limonero con una taza de café y el teléfono en la mano. Tenía el cabello revuelto y la camisa mal abotonada en los puños, por primera vez desde Londres parecía un hombre al que habían sacado de la cama demasiado temprano.
RENATAPasé frente al cuarto de visitas a las siete y media y tuve que regresar dos pasos. La puerta estaba abierta, sobre la banca había dos maletas negras, una todavía sin deshacer, y una camisa blanca colgaba del respaldo de una silla porque, evidentemente, Alexander Kane podía cruzar un océano pero no encontrar un gancho.Me quedé mirando sus cosas más tiempo del necesario, qué raro.Ese cuarto había recibido primos, amigos de mi padre, proveedores que bebían demasiado para manejar de regreso y una tía de Monterrey que roncaba como tractor. Ahora dormiría ahí el hombre con el que me había acostado una sola noche. El padre de mi hijo.Seguía costándome juntar esas dos ideas sin sentir que alguien había mezclado vidas que no correspondían.—Si sigues espiando mis maletas, voy a empezar a preocuparme.Me giré. Alexander venía del baño del fondo con el cabello húmedo, una camisa azul oscura y las mangas dobladas. Olía a jabón y a él, una combinación bastante injusta para una mujer que
CAPÍTULO 25ALEXANDERQuedarme. Eso fue lo primero que pensé cuando su padre desapareció escaleras arriba. Ni Londres, ni el hotel, ni Mauro recogiendo mis cosas. Quedarme.Y después me sentí un poco imbécil porque Renata todavía no había dicho que quisiera tenerme ahí. Seguía frente a mí con mi saco sobre los hombros. Cuando entrecerraba los ojos así, probablemente estaba pensando cómo mandarme al carajo.—No pongas esa cara porque mi padre te haya ofrecido una habitación. Él puede invitar a quien quiera a su casa, pero yo también vivo aquí y todavía no he dicho que quiera encontrarte todas las mañanas cuando salga de mi recámara.Me pasé la lengua por el labio roto. Ardió.—Pues dilo cuando lo decidas. Solo no esperes que finja que me da igual, porque no me da igual. Quiero quedarme contigo.La última palabra salió sola.—¿Conmigo? Porque eso sonó bastante diferente a quedarte en la hacienda.Joder. Tenía razón.—Está bien. Quiero quedarme contigo. No en tu cama, aunque tampoco voy
RENATAReconocí los pasos antes de verlo. Mi padre llevaba toda la vida usando las mismas botas para recorrer la hacienda y tenían una manera particular de golpear los escalones de piedra. Me separé de Alexander y me acomodé la blusa.—Es mi papá y antes de que preguntes, sí, él ya sabe del embarazo. Se lo conté antes que a ti.Alexander alcanzó a mirarme cuando mi padre apareció al pie de la escalera. Traía el sombrero en una mano. Primero me miró a mí, después a Alexander y finalmente se detuvo en mi boca. Seguramente seguía hinchada.Perfecto.—Valeria me dijo que estaban aquí porque necesitaba encontrarte. No me explicó qué estaban hablando y, viendo sus caras, hizo bien.Quise abrazar a mi prima.—Estoy bien, papá. Alexander ya sabe lo del bebé y necesitábamos hablar solos.Mi padre se quedó callado unos segundos.—Entonces llegué después de la parte importante.Alexander se adelantó.—Se enteró hace unos minutos, papá. Todavía estamos intentando entender qué significa para los d
ALEXANDEREl bebé que estoy esperando es tuyo, Alexander.Durante unos segundos no entendí la frase. La escuché, sabía lo que significaban todas las palabras. Pero mi cabeza se quedó atorada en algún punto entre bebé y tuyo, mientras Renata seguía frente a mí con una mano sobre el vientre y la otra aferrada al borde de la mesa.Había imaginado de todo desde que dejó de contestarme: Nicolás, la empresa, que se hubiera arrepentido de Londres o de mí, esto ni de cerca.—Necesito que me des un momento porque estoy intentando entenderlo y no quiero decir la primera estupidez que se me pase por la cabeza. No significa que quiera irme ni que esté rechazando lo que acabas de decirme.La tensión de sus hombros cedió apenas, miré el sobre sobre la mesa.—¿Puedo verlo?Renata asintió y lo empujó hacia mí. Abrí el informe. Reconocí su nombre, la fecha, el resultado positivo y una serie de cifras que no me dijeron absolutamente nada.—No entiendo una mierda de esto. ¿Ya fuiste al médico? ¿Está tod







