INICIAR SESIÓNQuedaban menos de dos semanas para la decisión de los noventa días. Alba atravesó la reunión del comité con la sensación de llevar una bomba en el bolso aunque el documento estuviera bajo custodia de Pradas. No se lo contó a Victoria. No se lo contó a Blanca. No porque quisiera ocultarlo. Porque todavía no había necesidad institucional de abrir una prueba sin verificar. La diferencia importaba. Durante la sesión, Bla
Alba pasó toda la mañana sin llamar a Diego. No por castigo. Porque necesitaba decidir qué parte de la filtración era suya antes de entrar en el pánico ajeno. A las ocho y media habló con el consorcio de Nueva York. Confirmaron que solo seis personas habían recibido el documento completo. A las nueve, Pradas abrió una revisión de acceso. A las diez, la fundación recibió tres solicitudes de prensa preguntando si Alba abandonaría Madrid. A las once y media, la parte baja de su espalda empezó a doler. Alba estaba de pie sobre una mesa larga revisando planos de Puertas Abiertas cuando tuvo que enderezarse despacio y apoyar ambas manos en la cintura. —¿Te pasa algo? —preguntó una coordinadora. —Llevo cinco horas inclinada sobre papel como si tuviera veinte años y una columna prestada. —Hay una silla. —Concepto revolucionario. Se sentó. Durante varios minutos no pensó en Diego, Dean, Álvaro ni Victoria. Estiró una pierna, después la otra. Rotó los hombros. Bebió agua. El dolor cedió
Dean no volvió a la vida de Alba con flores, celos ni una frase que pudiera confundirse con una puerta abierta. Volvió con planos. A las once de la mañana, la recepcionista de la fundación anunció que un arquitecto de Whitfield Studio esperaba en la sala tres. Alba entró con una carpeta bajo el brazo y lo encontró inclinado sobre una maqueta digital. Dean dejó de mirar lo que tenía delante. —Hola. —Hola. No hubo abrazo inmediato. Eso también era una forma nueva. —¿Vienes por el proyecto de la sede norte? —Por ese y por otro. Alba se sentó frente a él. Dean giró la pantalla. —Un consorcio en Nueva York quiere restaurar tres edificios para vivienda cultural y espacios comunitarios. Quieren una dirección europea con experiencia en patrimonio y regeneración social. Alba recorrió las imágenes. —¿Por qué me lo muestras? —Porque tu nombre está en la lista corta. —¿La pusiste tú? —Dije que eras buena. No voté. Eso le gustó. —¿Cuánto tiempo? —Tres meses de presencia principal.
La bolsa de comida llegó con Alba al apartamento de Diego y con una regla sencilla: durante diez minutos no hablarían del expediente. Duró cuatro. —¿Te van a suspender? —preguntó mientras abría un recipiente de arroz. Diego soltó los cubiertos. —No lo sé. —Gracias por no decir “probablemente no”. —Probablemente no. Alba le dio una patada leve bajo la mesa. Él sonrió. Habían pasado tres días desde la primera sesión del consejo. La revisión empezaba a ocupar espacio en lugares donde antes solo había vida: titulares financieros, llamadas a las siete de la mañana, dos consejeros que evitaban mirar a Diego en el ascensor, un fondo que había pedido por escrito confirmación de continuidad ejecutiva. Alba lo veía en él aunque intentara no convertirlo en drama. Comía más rápido. Dormía menos. Dejaba el teléfono boca abajo con una disciplina que costaba. —Ven aquí —dijo ella después de cenar. —¿A dónde? —Al sofá. No a una audiencia. Diego obedeció. El beso empezó sin urgencia. Alba s
Blanca vio a Álvaro en Puertas Abiertas una tarde de martes. No en Vidal. No en una gala. En el pasillo estrecho de una sede donde dos coordinadoras discutían sobre cajas de material escolar y una niña esperaba que alguien arreglara la rueda de una silla. Eso fue lo que más la irritó. Que hubiera ido hasta allí. —No sabía que te interesaba la educación comunitaria —dijo Blanca. Álvaro miró alrededor. —Me interesa la gente que construye algo útil cuando deja de pedir permiso a su familia. —Entonces ya puedes irte. El discurso motivacional está completo. Él sonrió. —Cinco minutos. Blanca miró a la niña. —Tengo cuatro. Entraron a una oficina sin puerta. Álvaro no se sentó. —La revisión de Diego Vidal puede necesitar contexto sobre sus decisiones durante los últimos dos años. Blanca apoyó una mano en el respaldo de la silla. —Pregúntale a él. —Ya lo hicimos. —Entonces no necesitas mi versión. —Quizá sí. Tú estabas cerca. La palabra llegó exactamente donde él quería. Cerca.
Diego entró al consejo sin Alba. No porque ella no quisiera ir. Porque él había pedido expresamente que la primera explicación saliera de su boca y no de la mujer cuya reputación había estado mezclada con cada decisión que ahora se revisaba. A las nueve y cuatro, Alba seguía en la fundación frente a una pantalla con el presupuesto de Puertas Abiertas abierto y una taza de café que llevaba veinte minutos enfriándose. Pradas estaba sentado al otro lado del escritorio. —Puedes preguntarme la hora cada treinta segundos —dijo. —No he preguntado ninguna vez. —Tu rodilla sí. Alba dejó de moverla. —¿Qué sabes? —Que la sesión empezó. Nada más. —Odio esto. —Perfecto. Significa que estás respetando el límite aunque no te guste. —No te pago para disfrutar de mi evolución emocional. —Ni siquiera me pagas tú. Alba casi sonrió. En Vidal, Diego se sentó al final de una mesa donde durante siete años había presidido con la comodidad de quien conocía cada voto, cada alianza y cada costumbre.
Alba llegó a la fundación a las ocho y diez y encontró su nombre donde durante años había estado el de Victoria. No en una placa. No quiso una placa. En la carpeta de gobierno que Pradas había dejado sobre la mesa principal figuraba **Alba Elena Beltrán — presidencia ejecutiva del fideicomiso**. Leyó la línea una vez y cerró el documento. —¿No vas a mirarlo diez minutos? —preguntó Pradas desde la puerta. —Si lo miro diez minutos se convierte en una ceremonia. —Acabas de ganar cinco a dos. —Ayer. Hoy tengo presupuesto, personas y cuarenta y tres correos que no se van a contestar por respeto a mi momento histórico. Pradas sonrió. La primera reunión fue con Blanca. Llegó sin Victoria, sin una asistente y sin la antigua costumbre de entrar como si el espacio ya le perteneciera. Traía una carpeta del programa Puertas Abiertas, el cabello recogido y el gesto de alguien que había dormido poco pero se negaba a convertir el cansancio en argumento. Alba señaló la silla frente a ella. —P







