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Capítulo 3

Author: Echo
Esa noche, no recibí ni un solo mensaje de Damon.

Durante años había sido muy posesivo. Exigía que nos diéramos las buenas noches antes de dormir, sin falta.

Esa noche, no pensaba seguirle el juego.

A la mañana siguiente, el frío me despertó.

Abrí los ojos. Damon estaba de pie junto a mi cama, mirándome desde arriba. Todavía llevaba el esmoquin negro de la noche anterior y olía tenuemente a un perfume gélido y desconocido. El de Serena.

—Buenos días, preciosa —dijo, inclinándose para abrazarme.

Me aparté por instinto.

Damon entrecerró los ojos.

—¿Qué sucede?

—Nada. —Jalé las cobijas y me senté—. ¿No deberías estar ocupado?

—Nunca estoy tan ocupado como para no verte. —Se sentó al borde de la cama y recorrió un lado de mi cuello con sus dedos helados—. Parece que las marcas sanaron perfecto.

Me quedé rígida.

Sus dedos se demoraron ahí, como buscando un nuevo lugar donde morder.

—Estoy cansada —dije, apartándole la mano—. Quizá en otro momento.

Damon se quedó inmóvil.

Me miró unos segundos y se rio con desdén.

—¿Estás enojada? ¿Porque no te di las buenas noches?

No dije nada.

—Qué infantil. —Sacó una caja de terciopelo del bolsillo de su saco—. Toma. Para compensarte.

Adentro había un collar de rubíes que brillaba como sangre bajo la luz de la mañana.

—Me dijiste que te encantaban los rubíes porque son del color de mis ojos —dijo con seguridad afectuosa—. Póntelo. Deja de actuar como una niña.

Miré el collar y pensé en la tiara sobre la cabeza de Serena.

—Quizá a Serena le gustaría más —dije, empujando la caja—. Total, ustedes son de la misma especie.

Clac.

La caja cayó al piso. El rubí se salió y una grieta le atravesó el centro.

Damon se puso serio al instante.

—¿Quién te dio permiso de desafiarme?

Su voz era un eco glacial, y un destello peligroso brilló en sus ojos rojos. Tenía la mirada de un depredador, un recordatorio brutal de que, en esencia, era un monstruo.

Nunca lo había visto tan furioso. Todo el dolor de los últimos días me golpeó de vuelta y empecé a temblar sin control mientras las lágrimas me rodaban por las mejillas.

—Yo…

—Ya, deja de llorar. —La expresión de Damon se suavizó y suspiró—. Sabes que no puedo seguir enojado contigo.

Se inclinó para abrazarme.

Justo entonces, su teléfono sonó.

La pantalla mostró un nombre: Serena.

Damon lo miró y su expresión se volvió seria.

Se puso de pie y me miró desde arriba.

—Contrólate. Sabes que mi paciencia tiene un límite.

Y desapareció, como si nunca hubiera estado ahí.

En la habitación solo quedamos yo y el rubí destrozado en el piso.

La luz del sol se colaba por una rendija en las cortinas e iluminaba la fractura en la piedra.

Me quedé mirándolo y, de pronto, me reí.

—Esa fue la última lágrima que derramo por ti —susurré.

Unos momentos después, una notificación apareció en mi teléfono. Una nueva publicación de Serena.

La foto mostraba una habitación cubierta de joyas: rubíes, zafiros, esmeraldas, apilados como pequeñas montañas.

El pie de foto decía: “Solo dije que estaba de mal humor y me mandó todo esto. ¡Qué exagerado! Buenos días, mi Príncipe de la Noche”.

Los comentarios eran una avalancha de elogios y envidia.

Dejé el teléfono. No me quedaba una sola lágrima.

Quizá se me habían acabado. O quizá mi corazón ya estaba muerto.

Recordé a Damon señalando un rubí una noche y diciendo: “Este color es solo tuyo, Elena. Solo a ti te daré rubíes”.

Otra mentira más para atrapar a su presa.

Me obligué a levantarme y empecé a empacar. Me iba.

Guardé en cajas cada regalo que Damon me había dado. Tiré cada prenda que llevara su olor.

Solo tomó un día borrar diez años de recuerdos.

Al final, saqué un pequeño frasco de un cajón.

Era el elixir especial que Chloe había conseguido para mí, el que podía borrar la marca de pertenencia de un siervo de sangre: la marca de Damon sobre mí.

—Te va a doler como un demonio —me había advertido Chloe—. Como si te arrancaran el alma del cuerpo.

Eché la cabeza hacia atrás y lo bebí.

En el momento en que el líquido tocó mi garganta, un fuego me desgarró el cuerpo entero. Caí de rodillas; la nuca me ardía como si la marcaran con un hierro al rojo vivo. El dolor fue tan intenso que casi pierdo el conocimiento.

Pero apreté los dientes y lo soporté.

En el espejo, vi cómo la intrincada marca rojo sangre se desvanecía de forma gradual, hasta que al fin desapareció.

Era libre.
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