Se connecterCAPÍTULO 35Punto de vista de Eloísa | El aullido se repitió mucho más cerca de la cabaña, rasgando el aire helado de la madrugada con una precisión quirúrgica. Luego otro. Y otro más. Ya no era un aviso lejano en la linde del bosque, ni un sonido ambiguo que se pudiera ignorar o atribuir a la fauna local. Era alguien que se estaba acercando a paso firme, sin intentar esconderse lo más mínimo, cortando el silencio espeso del bosque como si fuera una cuchilla afilada.Luciano se levantó de la cama de un solo salto con una agilidad felina, completamente desnudo, y se plantó rígidamente frente a la puerta de madera como si su propio cuerpo pudiera servir de barricada infranqueable contra lo que fuera que venía a buscarnos.—Quédate detrás de mí, Eloísa —ordenó, con la voz baja, tensa y cargada de una peligrosa advertencia que no admitía réplica. No se dignó a girar la cabeza para mirarme.No le hice el más mínimo caso. La adrenalina y el fuego del celo corrían por mis venas en una mezcl
CAPÍTULO 34Punto de vista de Eloísa La cabaña era mucho más pequeña, rústica y aislada de lo que me había imaginado en mis peores pronósticos durante el viaje. Apenas constaba de un solo cuarto principal donde el tiempo parecía haberse detenido hacía décadas, una chimenea de piedra tosca, negruzca y carcomida por el uso continuo de antaño, una cama estrecha de madera rústica pegada firmemente contra la pared de troncos, y una mesa coja que tiritaba un poco cada vez que rozaba la ventana. El tejado crujía con fuerza, quejándose y gimiendo cada vez que una ráfaga de viento helado sacudía los abetos del exterior, y el ambiente entero apestaba intensamente a madera vieja, a polvo acumulado y a años de estricto abandono.Pero al menos estaba limpia. Y, lo más importante de todo, estaba infinitamente lejos de las murallas opresivas de Bluehound. Eso era lo único que lograba mantener mi cabeza cuerda en medio del caos.Llegamos a la cabaña justo cuando el sol se tragaba por completo el ho
CAPÍTULO 33Adrián-Punto de vista de Adrián Lo noté antes de que ella misma lo notara. El cambio en su olor. No era el olor normal de Eloísa, el que ya me conocía de memoria desde hacía semanas: jabón barato de la casa, polvo del patio de armas, y esa cosa dulce y tranquila que siempre llevaba debajo de todo. Ahora era más espeso. Más caliente. Como si algo dentro de ella se estuviera despertando demasiado pronto y sin pedir permiso a nadie.Estaba en el patio de armas, fingiendo revisar las armas de la guardia mientras ella entrenaba con Reyna al otro lado. Cada vez que pasaba cerca de mí el aire cambiaba. El lobo dentro de mí se removió inquieto, golpeando las costillas desde dentro. No era celo completo todavía. Pero se acercaba. Y se acercaba rápido. Demasiado rápido para lo que teníamos encima.Intenté ignorarlo el resto de la mañana. Conté flechas. Revisé cuerdas. Le grité a un recluta que estaba sosteniendo el arco como si fuera una escoba. Nada sirvió. El olor seguía ahí, co
CAPÍTULO 32Punto de vista de Eloísa | La noticia llegó al mediodía y, como casi todas las malas noticias en esta casa, vino sin avisar y sin pedir permiso. Un explorador entró al patio principal con la cara cubierta de polvo del camino y el caballo hecho un desastre de sudor. No gritó. No hizo teatro. Solo se bajó del animal, buscó a Luciano con la mirada entre la gente y le soltó la frase que nadie quería escuchar en voz alta.Habían visto un segundo estandarte Ashgrave. Más cerca que el primero. Y esta vez no parecía que estuvieran montando un campamento para pasar el rato y asustarnos un poco. Se movían. Con dirección clara. Con ganas de llegar pronto y hacer daño.En menos de diez minutos el ambiente de toda la casa cambió como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible. La gente empezó a hablar más bajo. Los guardias caminaban más rápido, mirando a los lados como si el enemigo pudiera salir de detrás de un arbusto en cualquier momento. Hasta Luna Helena cerró la boca un r
CAPÍTULO 30 Punto de vista de Adrián El establo estaba a oscuras excepto por la luz de la luna que entraba por las rendijas del techo y se filtraba entre las tablas viejas. El aire olía a heno seco, a cuero y a caballo. Me senté en el mismo rincón donde Thomas me había encontrado semanas atrás, con los puños apoyados contra la madera gastada del pesebre. La superficie estaba marcada por años de uso. Mis nudillos se clavaron en ella hasta que el dolor se volvió una distracción mínima pero útil. Tomas. Elian. Los nombres se repetían solos. Una y otra vez. Tomas había tenido una hermana menor que todavía vivía en el pueblo. Elian le había enseñado a Eloísa a caer sin romperse la muñeca apenas cuatro días antes. Se había reído cuando ella aterrizó de culo por tercera vez. Ahora los dos estaban bajo tierra o en camino a estarlo. Y yo había sido el que dio la orden de posición esa noche. La culpa no era lógica. Lo sabía. Un ataque de sondeo no se anticipa con certeza. Pero el lobo dentr
CAPÍTULO 29 Punto de vista de Luciano Tres noches sin dormir se notan en la voz y en la paciencia. Las noté en las mías cuando tuve que explicar por tercera vez a un grupo de aldeanos asustados que la escaramuza no significaba que el enemigo estuviera ya dentro de las murallas. La voz me salía ronca. La paciencia, casi inexistente. Estaba de pie en el patio principal bajo un cielo gris que no prometía nada bueno, rodeado de caras que me miraban con una mezcla de respeto obligado y miedo real. Ellos no veían a un rey. Veían al hombre que había traído la guerra a su puerta. Los dos muertos pesaban más de lo que había anticipado. No por los números. Por los nombres. Tomas y Elian. Eloísa los había conocido. Adrián los había liderado. Y yo había traído la guerra a un lugar que, hasta mi llegada, solo conocía disputas menores entre manadas. Cada mirada de reojo en los pasillos me lo recordaba. Cada silencio demasiado largo en la sala del consejo. Cada vez que alguien bajaba la voz c







