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67

Author: Shey33
last update publish date: 2026-10-16 04:44:08

CAPÍTULO 67

Punto de vista de Adrián

Adrián-

Los primeros tres días en Rivenmoor me dejaron absolutamente clara una cosa: en los registros pulcros de esta capital no existía una sola categoría, casillero o título formal para clasificar a alguien como yo.

No era consorte ni prometido oficial. Tampoco era un señor de alta cuna, ni un Beta con un nombramiento de estado con sello real registrado en sus archivos de mármol. No era familia. No era, en resumidas cuentas, absolutamente nada que tuviera
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    CAPÍTULO 70 Punto de vista de Eloísa La Comandante Isolde no me interrogó como lo había hecho media corte durante aquella primera y agotadora semana. No hubo en ella la falsa amabilidad del Consejero Bastian Rowe ni la curiosidad maliciosa de los nobles que revoloteaban por las galerías del castillo. Se limitó a estudiarme en silencio durante un rato largo y pesado. Estábamos en un despacho pequeño y austero de la torre norte, un espacio apartado donde las paredes de piedra desnuda amortiguaban cualquier sonido y el aire olía a cuero viejo, cera de velas y hierro helado. Era un rincón estratégicamente elegido, completamente a salvo de las orejas furtivas del consejo y de los espías que infestaban cada pasillo de Rivenmoor. Isolde permanecía de pie junto a un alto ventanal sin cortinas. La luz grisácea de la mañana resaltaba las aristas duras de su rostro y los hilos de plata que coronaban su cabello recogido con rigor militar. Cuando al fin rompió el silencio, no preguntó sobre la

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    Apenas había tenido tiempo de cambiarme y arreglarme frente al tocador cuando un golpe discreto, medido y formal resonó en la madera de mi puerta principal. Petra se acercó a abrir con su habitual cautela. Al otro lado no había guardias armados ni consejeros, sino una joven criada de la casa real que vestía el uniforme gris del servicio del ala de mando. La muchacha avanzó dos pasos dentro de la estancia, manteniendo la cabeza profundamente inclinada en señal de respeto. —Señorita Eloísa —anunció la criada con voz clara pero sumisa—. Traigo un mensaje directo de la Comandante Isolde. Solicita su presencia de manera inmediata en sus dependencias privadas de la torre norte. A solas. Antes de que el consejo de la mañana sea convocado o que los demás lores despierten. Me quedé mirando la puerta mucho después de que la sirvienta hiciera una inclinación final y se retirara en absoluto silencio. El calor de la noche anterior todavía me pesaba en la piel, un contraste doloroso con el aire

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    CAPÍTULO 69Punto de vista de EloísaUna semana entera en la fortaleza real de Rivenmoor poseía el poder destructivo de desgastar hasta la última reserva de cordura. Cada pasillo de piedra gris y húmeda era un callejón sin salida cargado de evaluaciones silenciosas; cada banquete formal, una prueba minada donde el menor desliz de etiqueta o tono podía ser usado en mi contra; y cada conversación casual, un duelo de dagas invisibles.Estaba física, mental y emocionalmente agotada. Exhausta de la voz suave, pausada y venenosa del Consejero Bastian Rowe, quien no perdonaba oportunidad para sembrar dudas sutiles sobre mi origen y la validez de mi linaje frente a los nobles más influyentes; agotada de la Comandante Isolde, que me observaba desde la distancia militar con la frialdad de un juez a punto de dictar sentencia; y profundamente harta de los cortesanos que susurraban tras sus abanicos y copas de vino, midiéndome como si fuera un cálculo defectuoso en sus ecuaciones de poder en lugar

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    CAPÍTULO 68NarradorTranscurrida exactamente una semana desde la llegada de Eloísa a la imponente fortaleza de Rivenmoor, la calma aparente que envolvía la corte comenzó a agrietarse. Los pasillos de piedra, antes llenos de murmullos curiosos y miradas cautelosas, se volvieron más fríos y cargados de una tensión palpable.Fue en esa mañana helada cuando el Consejero Bastian Rowe, uno de los hombres más influyentes de la antigua guardia real, solicitó formalmente una audiencia con la joven. La razón oficial emitida desde su despacho era tan pulcra como impecablemente protocolaria: brindarle una bienvenida oficial a la sede del reino, presentar sus respetos institucionales y poner a su entera disposición las atenciones correspondientes a su posición. Sin embargo, nadie en la fortaleza que conociera la densidad política de aquellas paredes creyó del todo una explicación tan simple.Rowe no era ningún advenedizo en los juegos de poder. Había servido codo a codo junto al traidor ahora en

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    CAPÍTULO 67Punto de vista de AdriánAdrián-Los primeros tres días en Rivenmoor me dejaron absolutamente clara una cosa: en los registros pulcros de esta capital no existía una sola categoría, casillero o título formal para clasificar a alguien como yo.No era consorte ni prometido oficial. Tampoco era un señor de alta cuna, ni un Beta con un nombramiento de estado con sello real registrado en sus archivos de mármol. No era familia. No era, en resumidas cuentas, absolutamente nada que tuviera un nombre limpio y respetable en sus libros de heráldica. Y esa alarmante falta de etiqueta formal me convertía en el blanco más fácil y perfecto para los susurros emvenenados que circulaban por los pasillos del palacio.Los cortesanos me observaban de reojo cada vez que cruzaba las arcadas del ala central. Algunos sonreían demasiado, con una amabilidad plástica y tirante que se desvanecía en cuanto les daba la espalda; otros ni siquiera se molestaban en disimular la mofeta de duda y desprecio q

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    CAPÍTULO 66Punto de vista de EloísaNada de lo que había visto en las ruinas de la capilla ni en el barro sangriento de Bluehound me preparó para la escala de aquello.Las torres de Rivenmoor no eran simples fortalezas de piedra defensiva; se alzaban imponentes hacia el cielo como garras de mármol y pizarra gris, desafiando la gravedad y la propia niebla del norte. Las banderas de la corte ondeaban en cada almena, de un carmesí y oro tan brillante que me lastimaba los ojos, colores de una linaje que yo apenas empezaba a entender. La ciudad se extendía a los pies del palacio en todas direcciones, una marejada interminable de tejados, gente, ruido sordo y una mezcla abrumadora de olores que se metían por la nariz sin dar tregua: pan caliente de los hornos centrales, estiércol de caballos de la guardia, humo denso de chimeneas y el perfume rancio y costoso que emanaba de los carruajes de los nobles.Cabalgué bajo el imponente arco de las puertas principales con la garganta completamente

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