Teilen

La propuesta

last update Veröffentlichungsdatum: 02.03.2026 19:19:43

La luna colgaba baja sobre el territorio de Silvercrest, pálida y fría, proyectando largas sombras sobre los muros de piedra de la manada. 

Alejandro Castillo permanecía en un patio tranquilo, lejos del consejo, lejos de los susurros de los ancianos y de las miradas impacientes de Selena. 

Apretó los puños, paseando lo justo para sentir el peso del aire nocturno, pero no tanto como para delatar su tensión.

No tenía tiempo para juegos. No hay tiempo para dudas. Los ancianos se acercaban, presionándole, intentando que se arrodillara ante la tradición. Ha gestionado el ritual en el Santuario del Lobo Antiguo, pero no actuar ahora podría costarle todo.

El lobo de Alejandro gruñó bajo dentro de su pecho, un sonido que solo él podía oír. No era hambre. No era rabia. Era advertencia, urgencia, instinto. Necesitaba una solución. Y sabía exactamente dónde encontrar uno.

Isabella Torres .

Está sin manada, pasa desapercibida, solo otra sanadora que se mueve por las tierras, ganándose su sustento curando lobos y evitando problemas. Un fantasma de vida, sin poder, sin política, sin reclamaciones.

Alejandro la había visto, al borde del patio, atendiendo a un joven guerrero que había entrado tambaleándose desde la frontera. 

Sus manos brillaban con un leve calor, su toque calmó a su lobo. Decidió en ese mismo momento hacerle una oferta. "Para conservar este trono, necesito a ella... al menos hasta que pueda descubrir qué mató a mi padre o encontrar a mi verdadera pareja", murmuró Castillo para sí mismo.

Ahora, de pie en el patio sombrío, esperó hasta que ella apareció. Los pasos de Isabella eran suaves, cautelosos. Sus ojos recorrieron la zona antes de posarse en él. 

Se quedó un poco paralizada, percibiendo el peso de su presencia, la tensión que irradiaba el Alfa de Silvercrest.

"Isabella Torres ", dijo Alejandro, con voz baja y deliberada. "Acércate."

Vaciló. Podía ver la tensión en sus hombros, la forma en que sus manos se movían cerca de los pliegues de su capa. "Alejandro Castillo", dijo, con voz firme pero cuidadosa. "¿Me preguntaste?"

"Sí", dijo. "Necesito hablar contigo. Solo."

Isabella le miró, luego alrededor del patio, y finalmente asintió. 

Ella le siguió hacia un pequeño rincón, a la sombra de los terrenos principales, lejos de miradas indiscretas. El lobo de Alejandro se movió de nuevo, impaciente, alerta, y pudo percibir la curiosidad silenciosa en su mente. 

Era cautelosa, cautelosa y de carácter fuerte.

Cuando quedaron a solas, Alejandro se detuvo y se giró para mirarla. Sus ojos ámbar eran afilados bajo la luz de la luna, imperturbables. "Seré directo", dijo. "Necesito una Luna. No solo para la manada. No solo por tradición. Por la supervivencia."

Isabella parpadeó, confundida. "¿Una Luna? ¿Quieres decir..."

"Necesito una pareja", interrumpió Alejandro, con voz firme, sin dejar lugar a discusión.

"No es una de verdad. Todavía no. Necesito a alguien que esté a mi lado y finja. Alguien que la manada pueda aceptar. Alguien que el consejo pueda reconocer como su Luna."

Su mandíbula se tensó antes de continuar.

"Necesito una mujer que pueda estabilizar mi gobierno. Los ancianos me están vigilando demasiado de cerca. El consejo ya está susurrando. Si no presento pronto una Luna, desafiarán mi autoridad. Y si lo hacen..." Sus ojos se oscurecieron.

"No me van a quitar el título así como así. Me quitarán el asiento Alfa de mi linaje. Y la manada de Silvercrest quedará arruinada."

Se acercó, bajando la voz.

"Necesito una Luna de nombre. Al menos hasta que encuentre a mi verdadera pareja." Frunció el ceño. 

"¿Y me lo cuentas porque...?" preguntó, frunciendo el ceño incrédula.

Alejandro no se inmutó.

"Sí."

Sostuvo su mirada firme, como si ya hubiera tomado su decisión mucho antes de esta conversación.

"Te he observado", continuó. "He visto cómo responden los lobos a ti. Incluso los inquietos se quedan callados bajo tu toque. No solo curas cuerpos—mantienes la mente estable. Ese tipo de fuerza no es común."

Su voz bajó, pero no se suavizó.

"Eres inteligente. Piensas antes de actuar. Y lo más importante..." Su mandíbula se tensó al oír el nombre. "No eres Selena."

Una sombra cruzó su expresión.

"No arriesgaré esta manada a la tradición ni a un vínculo de pareja forzado por los ancianos. Necesito a alguien en quien pueda confiar para que esté a mi lado."

Hizo una pausa y añadió sin rodeos,

"Aunque esa confianza sea solo temporal."

"¿Entonces qué me estás pidiendo exactamente?" replicó, con confusión reflejada en su rostro. "¿Quieres que salga a buscar a alguna pobre mujer dispuesta a actuar como tu Luna? ¿Eso es todo? ¿Qué papel crees que tengo en esto?"

La expresión de Alejandro no cambió.

"No necesito que encuentres a nadie", dijo con calma. "Ya sé quién puede hacerlo."

Frunció el ceño. "¿Quién?"

No apartó la mirada de ella.

"Tú."

El silencio se extendió entre ellos.

"Quiero que estés a mi lado", dijo, con un tono firme y deliberado. "Dejar que la manada crea que eres mi pareja. Para actuar como mi Luna."

Los dedos de Isabella se cerraron lentamente en puños a los lados.

"Me estás pidiendo que mienta", dijo, con voz baja pero firme. "¿Estar delante de toda la manada y fingir ser algo que no soy?"

Alejandro no apartó la mirada.

"Sí."

La palabra llegó sin disculpas.

"Los ancianos necesitan ver a una Luna a mi lado", continuó. "Tienen que creer que he encontrado a mi pareja. Si llamarlo un vínculo predestinado les hace dormir mejor por la noche, eso es lo que creerán. Pero no será real."

Se acercó, sin amenazar, solo con seguridad. Controlado.

"Nada de ritos de apareamiento. Sin un vínculo verdadero. Sin reclamaciones. Solo un acuerdo. Una actuación."

Isabella le miró fijamente. "¿Qué?"

"Sí", interrumpió antes de que pudiera decir más.

"Necesitas tierra para reconstruir lo que perdiste. Necesitas dinero. Necesitas protección. Tengo los tres." Su tono se endureció ligeramente. "Controlo más territorio que cualquier Alfa dentro de tres fronteras. La riqueza no es mi problema. Y cualquiera bajo mi protección es intocable."

Sostuvo su mirada, sin parpadear.

"Ponte a mi lado como mi Luna. Que la manada crea que eres mi amigo. A cambio, recibes tierras. Todo lo que necesites. Fondos para reconstruir tu casa. Y mi protección."

Se detuvo.

"Es una transacción, Isabella", dijo sin rodeos. "Nada más. Nada real."

El corazón de Isabella se estremeció con sus palabras.

Tierra. Dinero. Protección.

Un hogar de nuevo. Cuatro paredes que no goteaban cuando llovía. Comida que no dependiera de favores. Seguridad que no desapareciera al oír un aullido lejano. 

Todo lo que había perdido en la noche que los villanos arrasaron su asentamiento meses atrás.

Tragó saliva, forzando el dolor a reprimir. Pero su orgullo creció igual de rápido.

"¿Y esperas que haga de Luna?" preguntó, levantando la barbilla. "Por la tranquilidad de tu manada... ¿y por tu reputación?"

"Sí", respondió Alejandro sin dudar.

No había suavidad en ello. No intentaba darle un toque especial.

"Una condición", añadió. "Esto sigue siendo estrictamente público. Nos mantenemos juntos ante la manada. Asistimos a reuniones del ayuntamiento. Les damos algo que ver. Eso es todo."

Su mirada se agudizó.

"Nada de afecto fingido a puerta cerrada. Nada de fingir cuando estamos solos. Sin complicaciones emocionales. Esto es una alianza, por apariencia y estabilidad."

Dejó que el silencio se alargara antes de terminar,

"Si te niegas, el consejo lo tomará como debilidad. Ya están buscando una excusa para cuestionar mi liderazgo. Y si se mueven contra mí..." Su mandíbula se tensó. 

"No solo estará en riesgo mi posición. Toda la manada lo sentirá."

Sus ojos se mantuvieron firmes en los de ella.

"Incluyéndote a ti."

Isabella le miró durante un largo momento.

No estaba suplicando. No le estaba dando bonitas promesas sobre el destino o el amor. Ni siquiera fingía que esto era noble.

Ofrecía condiciones.

Supervivencia a cambio de un papel.

Y sin embargo... Había algo firme en la forma en que él estaba frente a ella. Algo no dicho en la firmeza de su mirada ámbar. No lo estaba pidiendo educadamente.

Le estaba dando una oportunidad de toda la vida.

"No me conoces", dijo al fin, con la voz ahora más suave. "No sabes si siquiera puedo llevar algo así."

"Sí," respondió Alejandro al instante, con un tono cortante y seguro.

"Te he visto trabajar. He visto tus manos sujetar a un lobo moribundo. He visto guerreros el doble de grandes que tú bajar la cabeza cuando hablas. No te inmutas. No te pongas nervioso. Actúas." Sus ojos se mantuvieron en los de ella.

"Eres más que capaz."

Sus dedos temblaban ligeramente a los lados, no por miedo, sino por el peso de lo que eso significaba.

Esto podría cambiarlo todo.

Lo vio en destellos... los restos quemados de su hogar. El humo. Los meses de mudarse de una frontera a otra, curar a cambio de una cama en suelos fríos. Mantenerse callado. Mantenerse invisible. Sobrevivir, pero nunca vivir.

Estaba cansada.

Cansado de empezar de nuevo.

Cansada de fingir que no estaba agotada.

Cansada de no tener nada que le perteneciera.

Alejandro se acercó. No la apretaban. No la estoy obligando.

Solo esperando.

Su lobo se agitó bajo la superficie... vigilante, controlado. No la presionó. No amenazó.

Simplemente se quedó allí, como si ya entendiera que ella se estaba quedando sin opciones.

"Odio las mentiras", dijo finalmente Isabella. Su voz era baja, pero había acero debajo. "Odio el engaño. Odio estar delante de la gente y fingir ser algo que no soy."

Ella alzó la mirada hacia él.

"Pero estoy cansado de esconderme. Estoy cansado de huir. Y si esto es lo que hace falta para reconstruir... sobrevivir... para proteger lo poco que me queda..."

La mirada de Alejandro se agudizó ligeramente. Pudo notar el cambio antes de que ella terminara. La vacilación y la determinación se entrelazaban en su aroma.

Era suficiente.

“… entonces lo haré yo", dijo.

Esta vez, su voz no temblaba.

"Fingiré ser tu Luna. Públicamente. Nada más."

Lies dieses Buch weiterhin kostenlos
Code scannen, um die App herunterzuladen

Aktuellstes Kapitel

  • La Luna falsa del Alfa   Epílogo: El Legado de la Sanadora

    Los años pasaron como el agua fluyendo río abajo, rápida y constante, llevándose consigo los momentos y recuerdos que componen una vida. Isabella nunca había sido de las que se detenían en el paso del tiempo, nunca había sido de las que lloraban la pérdida de la juventud o el desvanecimiento de la fuerza. Siempre había estado demasiado ocupada, demasiado concentrada en el trabajo que daba sentido a su vida, demasiado agradecida por cada nuevo día para perder el tiempo lamentando los que habían pasado antes.Pero ahora, mientras estaba sentada en un banco en el jardín detrás de la escuela de sanación, observando a sus nietos jugar entre las flores, se encontró reflexionando sobre el viaje que la había traído aquí. Era mayor ahora, su cabello veteado de plata, su rostro marcado con la sabiduría de los años. Su cuerpo era más lento, sus manos no tan firmes como antes. Pero sus ojos seguían brillantes, su corazón seguía lleno, su espíritu seguía inquebrantable.Había vivido una vida larga

  • La Luna falsa del Alfa   La Paz de la Sanadora

    El acantilado se alzaba en el borde del territorio de Silvercrest, un promontorio dentado de piedra antigua que dominaba los terrenos de la manada y el vasto bosque más allá. Era un lugar que Isabella había llegado a amar, un lugar de tranquila soledad y belleza impresionante, un lugar donde podía pensar y respirar y simplemente ser. Lo había descubierto años atrás, durante una de sus primeras exploraciones del territorio, y había regresado a él innumerables veces desde entonces, atraída por su paz, su quietud, su atemporalidad.Hoy, estaba en el borde del acantilado, su cabello ondeando al viento, sus ojos fijos en el horizonte. El sol se estaba poniendo, pintando el cielo en tonos de oro, carmesí y rosa, una exhibición de color impresionante que parecía extenderse por todo el mundo. Debajo de ella, los terrenos de la manada estaban llenos de actividad, lobos siguiendo sus rutinas vespertinas, sus voces llevadas por la brisa, sus risas una música suave que llenaba el aire.Pensó en t

  • La Luna falsa del Alfa   La Nueva Generación

    Los años pasaron, y el mundo cambió. Las guerras que una vez dividieron a las manadas se convirtieron en recuerdos lejanos, historias contadas a los cachorros alrededor de fogatas, lecciones aprendidas pero ya no vividas. La generación que había luchado y sangrado y sacrificado envejeció, sus cicatrices desvaneciéndose, sus cargas levantándose lentamente. Y en su lugar, una nueva generación se elevó, una generación que nunca había conocido la guerra, que nunca había sentido el aguijón de la traición, que solo había conocido la paz.Isabella los vio crecer con una sensación de asombro y gratitud. Los vio jugando en los terrenos de la manada, sus risas resonando por las calles. Los vio entrenando en los campos, sus movimientos agudos y precisos, su lealtad mutua incuestionable. Los vio aprendiendo en las escuelas y bibliotecas, sus mentes hambrientas de conocimiento, sus corazones abiertos al mundo.Eran el futuro. Eran el cumplimiento de todo por lo que había luchado.No había planeado

  • La Luna falsa del Alfa   El Nuevo Papel de la Sanadora

    Los primeros meses del Consejo de Manadas fueron un torbellino de actividad, un borrón de viajes, negociaciones y mediaciones que consumió cada momento de vigilia de la vida de Isabella. Había sabido que el papel de líder del consejo sería exigente, pero no había anticipado cuánto de sí misma requeriría. Ya no era solo la Luna de Silvercrest, ya no era solo la Sanadora de Plata. Era la líder de una alianza que abarcaba todos los territorios del norte, la mediadora de disputas, la árbitra de justicia, el símbolo de unidad.Viajaba constantemente, moviéndose de manada en manada, de territorio en territorio. Medió disputas sobre terrenos de caza y derechos de agua. Negoció acuerdos comerciales y tratados de defensa mutua. Aseguró que la ayuda se distribuyera equitativamente, que ninguna manada se quedara atrás, que las leyes del consejo se cumplieran.Era un trabajo agotador, exigente. Había días en que apenas tenía tiempo para comer, noches en que caía en la cama demasiado cansada para

  • La Luna falsa del Alfa   El Consejo de Manadas

    El gran salón de Silvercrest nunca había visto tal reunión. Líderes de todos los territorios del norte habían venido, algunos con grandes séquitos, otros con solo unos pocos consejeros de confianza. Llenaron el salón hasta su capacidad, sus voces un murmullo bajo de sospecha y curiosidad. Habían sido convocados por Isabella y Alder, llamados a discutir una propuesta que podría cambiar el futuro de las manadas para siempre.Isabella estaba al frente del salón, su corazón latiendo con fuerza en su pecho. Había pasado semanas preparándose para este momento, había ensayado sus palabras cien veces, había rezado a la Diosa de la Luna por guía. Sabía que este era el momento más importante de su vida, que el futuro de las manadas dependía de lo que sucediera en esta habitación.A su lado estaba el Alfa Alder, su rostro curtido tranquilo y reconfortante. Había sido su aliado constante, su sabio consejero, su amigo. Había creído en su visión cuando otros dudaban, la había apoyado cuando flaquea

  • La Luna falsa del Alfa   La Visión de la Unidad

    La visión llegó a Isabella en las horas tranquilas antes del amanecer, cuando el mundo estaba quieto y el velo entre lo visto y lo no visto estaba en su punto más delgado. Yacía en la cama junto a Alejandro, su respiración lenta y uniforme, su cuerpo relajado en el sueño. Pero su mente estaba en otra parte, viajando a través del tiempo y el espacio, viendo cosas que aún no habían sucedido.Estaba en una gran llanura, extendiéndose infinitamente en todas direcciones. El cielo sobre ella era de un azul brillante, sin nubes, y el sol brillaba con una calidez que se sentía como un abrazo. Y a su alrededor, hasta donde alcanzaba la vista, se habían reunido lobos. Miles de ellos, de cada manada, cada territorio, cada rincón de las tierras del norte. Estaban juntos, no como enemigos o rivales, sino como un solo pueblo, unidos bajo un solo estandarte.En el centro de la reunión había un gran salón del consejo, sus paredes abiertas al cielo, sus asientos llenos con los líderes de cada manada.

Weitere Kapitel
Entdecke und lies gute Romane kostenlos
Kostenloser Zugriff auf zahlreiche Romane in der GoodNovel-App. Lade deine Lieblingsbücher herunter und lies jederzeit und überall.
Bücher in der App kostenlos lesen
CODE SCANNEN, UM IN DER APP ZU LESEN
DMCA.com Protection Status