FAZER LOGINHumillada y rechazada públicamente por Caspian, el Alfa de Colmillo Gris, por ser considerada una loba «sin poder», Freya no tuvo más opción que huir al bosque para salvar su vida. Pero lo que su manada ignoraba era que su aparente debilidad solo escondía un antiguo sello mágico. Al romperse, Freya desata un poder ancestral que la transforma en algo mucho más peligroso y letal que un lobo común: una Lycan de sangre pura. Desorientada y herida tras su despertar, cae en los dominios del Rey Soren, el gobernante más temido del territorio de las Sombras. Aunque él debería ejecutar a cualquier intruso, el olor de Freya despierta un instinto feroz en su interior: ella es su pareja predestinada. Mientras Caspian intenta reclamarla por la fuerza inventando falsas acusaciones para encubrir su error antes de que los ancianos lo destituyan, Freya deberá sobrevivir en una casa llena de secretos, tensiones y un medallón plateado que podría revelar el origen de su verdadera familia. Un rey obsesionado con protegerla. Un Alfa desesperado por destruirla. Y una guerra que acaba de empezar.
Ver maisEl Gran Salón de la Manada Colmillo Gris estaba lleno a reventar. Los murmullos se escuchaban por todas partes mientras la gente me miraba con desprecio. Era la misma mirada que me habían dado desde que me encontraron abandonada en el bosque cuando era una bebé. Para ellos yo no era nada: la paria, la chica sin lobo interior, la invalida que solo servía para recibir órdenes.
Pero esta noche la Diosa Luna me había dado una oportunidad al unirnos.
—Yo, Caspian, Alfa de la Manada Colmillo Gris —dijo él con esa voz potente que solía usar para imponerse—, te rechazo a ti, Freya, como mi mate y futura Luna.
El salón quedó en completo silencio durante un segundo antes de que empezaran las risas ahogadas y las burlas. A su lado, la loba de buena familia que había elegido para reemplazarme me miraba con satisfacción, disfrutando de mi humillación.
—No eres digna de estar a mi lado —continuó Caspian sin desviar la mirada—. Tu sangre no vale nada, no tienes una loba y no voy a cargar con alguien como tú en mi manada.
El vínculo que apenas empezaba a formarse en mi pecho se tensó con fuerza. El dolor fue tan agudo que me quedé sin aire. Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero me apreté los puños hasta hacerme daño para no ponerme a llorar.
No iba a darle ese gusto. A él no.
Tragué saliva, me limpié la cara y miré a Caspian a los ojos. Solo vi a un tipo ambicioso y manipulador.
—Yo, Freya... —dije intentando que no me temblara la voz—, acepto tu rechazo, Caspian.
En cuanto terminé de hablar, el lazo se rompió. Sentí un tirón desgarrador en el pecho, como si me hubieran golpeado por dentro. Me faltó el aliento por un momento, pero me di la vuelta y me fui hacia la salida. Escuché las risas de todos mientras caminaba, pero no me detuve a mirar a nadie.
Corrí hasta que me dolieron las piernas y los pulmones.
Me metí en el bosque sin importarme el frío ni la nieve que empezaba a caer. Terminé cayéndome sobre la tierra congelada, respirando con dificultad y tratando de calmarme. Pensé que el dolor en el pecho era solo por la pena del rechazo, pero de pronto la sensación cambió. Se volvió un calor sofocante que me subía desde el vientre hasta la garganta.
«Despierta», escuché una voz fuerte y agresiva en mi mente.
—¡AAAH! —grité al sentir un dolor físico soportable apenas.
Mis huesos empezaron a tronar y a cambiar de posición. La piel me quemaba mientras el cuerpo se me transformaba a la fuerza. Me salieron garras largas que se clavaron en la tierra y un pelaje oscuro me cubrió los brazos. Mi loba no estaba apareciendo con calma; estaba saliendo con una rabia descontrolada que llevaba años acumulada.
Perdí el control de mis pensamientos. La rabia le ganó a la razón y termine convertida en una bestia gigante que solo quería destruir todo a su paso. Llevada por ese instinto salvaje, crucé la frontera y me metí sin saberlo en el territorio de la Manada Lycan de las Sombras.
Mientras perdía el conocimiento y dejaba que la loba tomara el control, solo me quedó una idea clara en la cabeza:
Se van a arrepentir. Y cuando vuelva a ver a Caspian, me va a pedir perdón de rodillas.
Desde la camilla, escuchaba el impacto de los disparos contra el marco de hierro de la puerta principal de las celdas. Soren y Darius defendían la bajada de la escalera a corta distancia, impidiendo que el grupo de mercenarios entrara al pasillo inferior.Maeve estaba inclinada entre mis piernas, sujetando las compresas y guiando cada una de mis exhalaciones.—Falta muy poco, Freya —dijo Maeve en voz baja—. Ya estás dilatada por completo. En la próxima contracción vas a pujar con todo lo que tengas.Un grito de dolor se me escapó de la garganta cuando una contracción me apretó el vientre de nuevo. Hice la fuerza que Maeve me pedía, sintiendo una presión brutal.Todo mi cuerpo estaba concentrado en el nacimiento, agotado hasta el límite. En ese pico de esfuerzo, una pesadez helada me envolvió la cabeza por completo. No entendía qué pasaba, solo sentí una niebla espesa infiltrándose detrás de mis ojos, un tirón violento que empezó a borrar y alterar mis recuerdos a toda velocidad.En mi
Tres semanas después, la mansión funcionaba bajo un régimen de confinamiento estricto. La cuarta semana del ciclo final de gestación trajo una pesadez constante en mi cuerpo. El vientre abultado y firme me impedía moverme con la agilidad de antes, y cada paso requería un esfuerzo consciente para mantener el equilibrio.Soren, Darius y Fausto habían trasladado la consola de mando operativa al subsuelo dos días atrás. Las ventanas del primer piso del edificio principal fueron blindadas con planchas de acero, y las patrullas del perímetro exterior se replegaron a los muros internos del patio.A las ocho de la mañana, la alarma de frecuencia corta de la consola inferior comenzó a emitir un tono intermitente.Fausto se colocó los auriculares, ajustó dos perillas del panel frontal y miró la pantalla táctil donde se desplegaban los sectores de la propiedad.—Rompieron la línea del arroyo —informó Fausto sin levantar la vista—. Los mercenarios del Valle del Norte están cruzando el cerco este
Regresamos a la mansión a las once de la noche. Fausto nos esperaba en la sala de mando junto a Maeve, que había subido desde la enfermería al enterarse del intento de sabotaje en la torre.—Intentamos cortar la transmisión desde la consola de la mansión enviando un impulso de frecuencia inversa —dijo Fausto en cuanto entramos—. Pero el sello de la torre rechazó la sobrecarga.De pronto, un dolor punzante me atravesó la cabeza, desde la nuca hasta la frente. Me tomé la sien con la mano derecha y me apoyé contra el borde de la mesa para no perder el equilibrio.Soren me tomó del brazo al instante.—¿Qué sientes? —preguntó Soren con la voz tensa.—Una presión fuerte en la cabeza —respondí, cerrando los ojos hasta que la punzada bajó de intensidad—. Como un tirón constante.Maeve se acercó a mí, me tomó el pulso en la muñeca y me miró a los ojos.—La señal de la torre ya fijó tu marca biológica —dijo Maeve mirándome con seriedad—. Al no poder apagar el transmisor, la frecuencia está busca
Llegamos a la mansión antes de las cinco de la tarde. Los camiones de abastecimiento descargaron los víveres en el sector norte bajo la supervisión de la guardia, mientras que los cinco mercenarios capturados en el desfiladero fueron trasladados directamente a las celdas del subsuelo.Soren, Darius y yo subimos a la sala de mando. Fausto nos esperaba con las planillas de los inventarios abiertas sobre la mesa.—¿El convoy llegó completo? —preguntó Fausto al vernos entrar.—Llegó completo —respondió Darius, dejando su chaleco de protección sobre una silla—. Interceptamos a los mercenarios en la curva del desfiladero. El convoy ya está descargando en el depósito principal.—Hay algo más —dije, acercándome a la consola de radio—. Uno de los prisioneros confesó antes de que lo bajáramos al subsuelo. Los mercenarios no estaban ahí solo por el dinero ni por los suministros. Las brujas de Caspian están preparando un ritual en el límite provincial para vincular la magia del altar a mi sangre.












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