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Capítulo 4

Author: Yessica Rojas
Kane organizó todo en cuestión de minutos.

Cubrieron la terraza con alfombras de piel, dispusieron vino y pequeños platillos sobre la larga mesa y colocaron lámparas lunares alrededor protegidas del viento para evitar que se apagaran.

Incluso ordenó que los sirvientes se retiraran, dejándonos completamente solos.

—Antes siempre buscabas cualquier motivo para discutir conmigo —dijo Kane mientras llenaba mi copa—. Nunca me dejabas disfrutar de un momento como este.

Observé el líquido ámbar arremolinarse dentro de la copa y no dije nada.

Él interpretó mi silencio como si le estuviera dando la razón, y sonrió satisfecho.

—Ahora te portas mucho mejor. De ahora en adelante, siempre que pueda, dedicaré tiempo para estar contigo.

Se recostó en la silla, imaginando ya nuestro futuro.

—Mañana mandaré preparar la habitación del cachorro. Y espero que sea una lobita.

Me miró con una sonrisa en los ojos.

—Tendrá tu cabello plateado y tus ojos. Cuando crezca, yo mismo le enseñaré a cazar.

Mis dedos se apretaron alrededor de la copa.

El cachorro al que ambos deberíamos haber amado ya se había ido. Solo quedaba el recuerdo de la sangre que había limpiado.

Y él seguía planeando el futuro de alguien que ya no existía.

El vacío que sentía en el vientre volvió a desgarrarme por dentro.

El dolor me dejó sin aliento.

—Evelyn, ¿qué te pasa?

Kane me tomó de la mano, visiblemente preocupado.

—Tienes muy mala cara.

Lo miré.

Así solía mirarme Kane antes.

Cuando acababa de convertirse en el Alfa de Blackwood fue solo al Templo de la Luna para cortejarme.

Una tormenta de nieve había bloqueado el paso de la montaña. Su cuerpo estaba cubierto de escarcha y, aun así, sostenía con fuerza una Flor de Luna Plateada entre las manos.

—No me vengas con eso de la voluntad de la Diosa de la Luna. No me digas que estás destinada a ser sacerdotisa.

Sus ojos ardían con una luz obstinada y pura.

—Quiero que seas mi Luna. Ni siquiera la Diosa de la Luna podrá detenerme.

Ante su insistencia, finalmente cedí.

Por mí, decidió enfrentarse él solo al mundo entero.

Y por él, renuncié a mi posición como sacerdotisa.

Dejé atrás todo lo que el Templo de la Luna me había dado.

Pero ahora ni siquiera sabía que nuestro cachorro había muerto.

Tragué la amargura que subía por mi garganta y me dispuse a contarle la verdad.

—Kane, hay algo que necesito decirte...

Pero unos pasos apresurados resonaron afuera de la terraza.

Un guardia corrió hacia nosotros y se arrodilló al pie de la escalera.

—Alfa, la doncella personal de la Beta está aquí para verlo.

Kane levantó una mano y me interrumpió sin siquiera pensarlo.

—Hazla pasar de inmediato.

Apreté mis labios, sintiendo el sabor metálico de la sangre en mi boca.

La doncella entró con la cabeza baja y la voz temblorosa.

—La Beta se cortó accidentalmente un dedo con una daga de plata. La herida no deja de sangrar.

Era apenas un pequeño corte hecho por una hoja de plata.

Pero la expresión de Kane cambió al instante.

Se puso de pie para marcharse sin siquiera mirarme.

—Llévame con ella.

Observé cómo se alejaba y solo pude sentir una amarga ironía.

Tres días atrás, yo había estado arrodillada frente a las puertas del Manantial Lunar, sujetándome el vientre, mientras suplicaba ayuda y él lo consideró un problema menor.

Ahora Selena tenía un pequeño corte y él no podía esperar ni un segundo.

Kane dio dos pasos y pareció recordar algo.

Se volvió hacia mí.

—Cierto. ¿Qué ibas a decirme?

La luz de la luna cayó sobre su rostro e iluminó aquellos ojos que alguna vez había amado tanto.

Lo miré.

Y la poca calidez que todavía quedaba dentro de mí se convirtió en cenizas.

—Nada.

Levanté la copa y bebí un pequeño sorbo.

—Ve.

Kane vaciló mientras me observaba.

Tal vez mi expresión era demasiado tranquila.

Frunció ligeramente el ceño, pero no insistió.

—Espérame aquí. Volveré pronto.

Luego siguió a la doncella y abandonó la terraza.

Solo cuando el sonido de sus pasos desapareció por completo me levanté y regresé a mi habitación.

La pequeña bolsa junto a la cama, ya estaba preparada. Era tan ligera que resultaba casi triste.

Dentro solo estaban mis antiguas túnicas de sacerdotisa, el libro de oraciones de purificación y el amuleto que había preparado para mi cachorro que jamás llegaría a utilizar.

Siete años.

Y no había nada más que valiera la pena llevarme.

Tomé la bolsa y salí de la residencia del Alfa.

Las pesadas puertas se cerraron lentamente a mi espalda.

Atravesé el Bosque de Pinos Negros, pasé junto a las torres de vigilancia y crucé la última línea de patrulla.

El marcador del límite territorial relucía bajo la luz de la luna, como si estuviera cubierto por una fina capa de escarcha.

Crucé la frontera.

Entonces, una voz ancestral resonó junto a mi oído.

—Alabada sea la Diosa de la Luna. Por fin has regresado.
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