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Encubierto.

Author: LIZI TM
last update publish date: 2026-02-01 16:22:17

MILA.

El vacío de mi mano al soltarse fue, para Lucio, una declaración de guerra silenciosa. No hubo quejas ni reproches; solo una tensión violenta en su mandíbula antes de que su brazo rodeara mi cintura con una fuerza bruta, obligándome a chocar contra su costado. Sus dedos se hundieron en mi cadera, reclamando el territorio que yo acababa de intentar negar. Mientras me arrastraba con él, sus ojos patrullaban el salón con una discreción letal, buscando el motivo de mi distracción.

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  • La Maquillista del Mafioso    Una deuda de sangre.

    LUCIOEl olor a antiséptico y el zumbido constante de las máquinas del quirófano seguían adheridos a mi piel. Mis manos, que habían pasado las últimas horas reconstruyendo la esperanza en el cuerpo de una niña, temblaban ligeramente por el agotamiento. Operar en la fundación siempre me drenaba de una forma que los negocios de la Sociedad nunca lograban; era una lucha directa contra la muerte, una que hoy había ganado.Cumplí con mi deber como médico, pero mi mente nunca salió de la mansión. Estaba con Mila.—Señor...Vargas entró en el área de descanso. Su rostro era una máscara de rigidez que me puso en guardia de inmediato. Me extendió el auricular y, al presionar el botón, el cansancio desapareció, reemplazado por una descarga de adrenalina que me quemó las venas. Escuché la voz de Nahia desenterrando el pasado, mencionando la bala de bajo calibre y el arma de mi padre.La conclusión me golpeó con la fuerza de un impacto de bala: yo había apretado el gatillo hace diez años. El dest

  • La Maquillista del Mafioso    En guerra con mi corazón.

    MILA El mundo cayó en mis hombros. Mis piernas fallaron y sentí que el asfalto me succionaba. Siempre había culpado al padre de Lucio, al viejo monstruo que crio a un diablo; me había consolado pensando que el pecado era una herencia de sangre. Pero ver a Lucio apretando el gatillo en ese video, ver su rostro joven deformado por la misma violencia que ahora me aplicaba a mí en la intimidad, me rompió por dentro. Amaba al asesino de mi padre. El hombre que me hacía sentir viva era el mismo que había convertido mi vida en un cementerio. —Mila, mírame. Respira —la voz de Martínez llegó a mis oídos como si estuviera bajo el agua. Ella me sostuvo antes de que tocara el suelo. Sus manos eran firmes, un soporte que no buscaba poseerme ni manipularme, sino simplemente evitar que me desmoronara. Con una suavidad que no esperaba de una oficial, me ayudó a dar la vuelta, alejándome de la mirada de cuervo de Tony y de la amenaza latente de Sasha. Me arrastró de nuevo al interior de la com

  • La Maquillista del Mafioso    Ferocidad ciega.

    MILASandro dudó un segundo; sus dedos rozaron el plástico de la cinta de video con una reticencia que me hizo apretar los dientes. Podía sentir su indecisión, como si estuviera sopesando si mi cordura soportaría lo que estaba a punto de ver. Finalmente, ante mi mirada implacable y el silencio sepulcral de la comandancia, la insertó en el reproductor. El zumbido del aparato llenó el aire, un sonido monótono que precedió a la tormenta, mientras la pantalla parpadeaba en un gris estático antes de escupir imágenes granuladas y vibrantes de hace diez años.Era la cámara de seguridad del centro comercial. Me vi a mí misma: una versión pequeña, frágil y llena de una luz que ya no poseía, riendo mientras mis padres me tomaban de las manos. La felicidad irradiaba en la pantalla, hasta que el infierno se desató. El pánico estalló en un parpadeo. La gente corría en todas direcciones, convertida en una masa informe de terror, mientras dos figuras implacables irrumpían en el plano, moviéndose con

  • La Maquillista del Mafioso    Mentiras necesarias.

    MILA La rabia que me quemaba por dentro se evaporó en un suspiro, reemplazada por una angustia punzante que me oprimió el pecho al ver el rastro carmesí. —¡Sandro! Estás sangrando de nuevo —exclamé, olvidando por completo nuestra agria discusión de hacía apenas una hora. Me acerqué a él a toda prisa y lo tomé del brazo con firmeza para ayudarlo a entrar. Mi molestia seguía ahí, vibrando bajo mi piel, pero no podía verlo así y no hacer nada. El amor que le tenía era una cadena de hierro que me arrastraba hacia su centro, incluso cuando mi mente me gritaba que tuviera cuidado, que no bajara la guardia ante el hombre que me enviaba al fuego. —Te dije que no debías moverte, Sandro —le recriminé, mi voz siendo una mezcla incontrolable de regaño y ternura desesperada—. Ven, siéntate. Necesito curar esa herida. —No —se negó él, tomando mi mano con una rigidez que me detuvo en seco. Sus ojos miel me buscaron con una intensidad suplicante que casi me hizo flaquear—. No, estaré bien

  • La Maquillista del Mafioso    Un hombre de Ley.

    El aire en la habitación se volvió gélido, una corriente invisible que me caló hasta los huesos. Mis padres no habían sido víctimas del azar, ni un simple error del destino; habían sido el daño colateral de un monstruo que, hace diez años, apenas estaba aprendiendo a matar. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies, tragándose la poca estabilidad que me quedaba. —Basta, Martínez —intervino Sandro en seco. Su voz ya no era la del amante que me arrullaba anoche; era la del oficial al mando, cortante, autoritaria e impregnada de una disciplina que no admitía réplicas—. Esa información no es relevante para el caso actual. Estamos aquí para desmantelar la red de los Montessori, no para reabrir expedientes cerrados por falta de pruebas. Me giré hacia él, sintiendo cómo una furia volcánica comenzaba a reemplazar el vacío del dolor. Me puse de pie de un salto, desafiando su postura rígida. —¿No es relevante? —le espeté, y mi voz vibró con una rabia que me desconocí—. ¿Mis padres no so

  • La Maquillista del Mafioso    El primer encargo.

    MILA Desperté antes de que el sol terminara de reclamar el horizonte. El peso del brazo de Sandro sobre mi cintura, que anoche me brindaba una paz necesaria, esta mañana se sentía como un grillete de terciopelo. Inevitablemente, mi mente me traicionó llevándome a mis mañanas con Lucio; ese agarre posesivo y dominante que solía sofocarme ahora contrastaba de forma dolorosa con las manos tersas y el toque ligero de Sandro. Me zafé con la agilidad, conteniendo la respiración hasta que estuve fuera de su alcance. Caminé hacia la cocina, buscando algo de comida para acallar el rugido ensordecedor de mi conciencia. Preparé una charola con todo lo que a él le gustaba, cuidando cada detalle como si fuera una ofrenda para redimir mis pecados. Subí las escaleras con pasos amortiguados, pero al llegar frente a la puerta entreabierta de su habitación, el sonido de su voz me detuvo en seco. No era el tono dulce con el que me arrullaba; era una voz baja, profesional, cargada de una autoridad gé

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