INICIAR SESIÓNElisa huyó de su boda para escapar de un matrimonio arreglado y de una familia que la vendió para saldar sus deudas. Convencida de que había dejado ese capítulo atrás, cambió su identidad y comenzó una nueva vida. Pero el destino tenía otros planes. Su primer trabajo la lleva a convertirse en la secretaria de Gael Beaumont, el poderoso CEO al que abandonó en el altar. Él no la reconoce, pero sigue buscando a la mujer que destrozó su orgullo delante de todo el país. Mientras Elisa lucha por mantener su secreto, la convivencia con el hombre del que huyó hará que el odio, y una inesperada atracción cambien el rumbo de sus vidas.
Ver más—¡Sonríe un poco! ¿Quieres dejar de parecer un cadáver el día de tu boda?
La voz de su madre hizo eco en la habitación como si fuera una bofetada. Valentina permaneció inmóvil frente al espejo, sintiendo el peso asfixiante de la tela como si fuera una condena. Mientras su madre acomodaba el velo blanco sobre su cabeza con una brusquedad que delataba su propia tensión, Valentina contempló su reflejo con desesperanza. No había alegría por esa boda; solo el recordatorio de la quiebra financiera de su familia y la fría certeza de que estaba siendo entregada como mercancía a un hombre desconocido para salvar el apellido de la ruina —Aunque claro… tampoco es que puedas hacer milagros con esa cara. Su padre se echó una risa desde el sofá, su tono de burla era irritante. —Con suerte el heredero de los Beaumont estará demasiado borracho para mirarla bien. Las manos de Valentina se cerraron lentamente sobre la tela del vestido. Ahí estaba otra vez, humillación diaria junto con la costumbre de recordarle que nunca era suficiente, observó su reflejo en el espejo, llevaba sus lentes, el cabello oscuro recogido torpemente. Un maquillaje sencillo que apenas lograba ocultar las marcas de estrés que habían aparecido en su piel durante las últimas semanas. No era una belleza deslumbrante, pero tampoco era el monstruo que ellos describían, solo era una chica común y sus padres siempre parecían odiar eso. —Escucha bien, Valentina —dijo su padre poniéndose de pie. —Esta boda salvará a nuestra familia de todas las deudas. Los Beaumont cubrirán nuestras deudas y tú dejarás de ser una carga inútil. Un nudo se formó en la garganta de Valentina. “ Una carga” Así la llamaban desde niña, tan solo porque prefería estudiar en lugar de aprender a maquillarse. La llamaba así, porque no era delicada, porque no sonreía lo suficiente, porque no sabía atraer hombres ricos como otras chicas de su edad. Al escuchar las palabras de su esposo, su madre se cruzó los brazos. —Deberías agradecer que alguien como Gael Beaumont aceptara casarse contigo. Gael Beaumont. El hombre más famoso de Ciudad S, es joven, millonario, temido y conocido por acostarse con media ciudad, las revistas hablaban de él todos los días. “Heredero salvaje.” “Empresario mujeriego.” “Nuevo escándalo del CEO.” “Romance secreto de Gael Beaumont.” Y sabiendo todo lo que se decía, ella debía convertirse en su esposa. Valentina sonrió amargamente, pero sin que sus padres perfectos lo notaran. Ni siquiera conocía personalmente al hombre con quien iba a casarse. Todo había sido arreglado entre familias, como si ella fuera un simple cheque para pagar deudas. Su madre la tomó de su barbilla con poca sutileza. —No hagas ninguna estupidez. ¿Entendiste?Valentina la miró fijamente por primera vez en años y algo dentro de ella finalmente se quebró. Bastó ese instante para entender que nunca la habían amado, ni un poco. Recordó las incontables cenas en las que su voz era ignorada, los cumpleaños olvidados bajo la excusa de "asuntos más importantes" y cómo sus logros académicos solo recibían un frío; es tu deber. Toda su vida había sido una preparación invisible para este momento: ser el peón de sacrificio Para ellos, ella no era su hija, sino una herramienta, una simple moneda de cambio. Pero Valentina guardaba un fuego que esparcía cenizas en su interior; siempre había soñado con un matrimonio real, un lazo forjado por el amor y la elección mutua, no un pacto comercial. Estaba cansada de obedecer y se juró a sí misma que no aceptaría este destino impuesto, ni se resignaría a ser la sombra de un hombre. Tenía que haber otra salida antes de que el "sí, acepto" la encadenara para siempre —Ahora vámonos, es tiempo de hacer felices una vez en tu vida a tus padres— le dijo su madre cruelmente.Valentina bajó la mirada y fingió obedecer. Cuando finalmente después de veinticinco minutos estaban en la mansión, Elisa sintió un nudo en su garganta. Nadie notó el temblor en sus manos, ni la forma en que sus ojos miraban constantemente la puerta. Cuando finalmente llegó el momento de salir hacia la ceremonia, Elisa pidió ir al baño antes de bajar. Su madre soltó un suspiro irritado. —Date prisa por una vez en tu vida. Ella no le respondió, caminó hasta el baño con el corazón acelerado. Apenas cerró la puerta, un nudo de nostalgia le oprimió el pecho al mirar por última vez las fotos familiares sobre la repisa. Sabía que cruzar esa línea significaba romper los lazos con sus padres para siempre, convertirse en una rebelde para los suyos. El dolor de la despedida la hizo dudar un segundo, pero el miedo a una vida sin libertad fue mayor. Actuó rápido: se arrancó el velo, se deshizo de los incómodos tacones y tomó el pequeño fajo de billetes que había escondido con antelación, decidida a no mirar atrás. —Debo irme ahora— Se dijo así mima.Valentina salió del baño con cautela, aprovechó que su madre estaba distraída y finalmente corrió. Tomó un taxi y le ordenó que se fueran inmediatamente. Su madre que después de ver tanto lujo le parecía extraño que Elisa no haya vuelto, fue por ella al baño. —Valentina, sal ya, es hora de que vayamos con tu futuro esposo. Pero nadie respondió, así que entró al baño y solo para darse cuenta que su hija había desaparecido. Su padre, Federico, se acercó al ver la expresión de su esposa. —¿Qué pasa? ¿Dónde está Elisa?. Grecia tomó la mano de su esposo, y prácticamente salieron huyendo de la antesala de la mansión. La mansión Beaumont brillaba con las enormes lámparas doradas mientras decenas de invitados importantes conversaban elegantemente en el salón principal. Empresarios, modelos, periodistas y políticos, todos estaban allí para presenciar la boda del año. Gael Beaumont observaba el reloj con expresión fría mientras giraba lentamente el whisky dentro de su vaso. —Faltan diez minutos —dijo uno de sus amigos, Damián. —¿Nervioso? Gael bebió un trago antes de responderle. —¿Por casarme con una desconocida? Claro que no. Las risas no se ocultaron entre ellos, otro amigo sonrió burlonamente. —Dicen que la chica es bastante… peculiar. —Dicen que la prometida es bastante peculiar—dijo uno de los invitados cercanos a Gael.- — Una universitaria muy estudiosa, pero sin una gota de glamour. Gael sonrió, para él eso caía como anillo al dedo. —Perfecto. Así nadie creerá que me casé por amor. Aunque parecía relajado, por dentro estaba irritado, detestaba aquella boda, detestaba que su padre lo obligara a limpiar la imagen de la empresa mediante un matrimonio y sobre todo… Detestaba la palabra “familia”. Su propia madre lo había abandonado cuando era niño, desde entonces aprendió que el amor solo servía para volver débil a las personas, por eso jamás se enamoraría, jamás. De repente, la enorme puerta principal se abrió. Todos voltearon automáticamente, pero no era la novia, era el mayordomo. El hombre caminó rápidamente hasta el padre de Gael y le entregó un teléfono móvil con expresión nerviosa. Un silencio extraño apareció sin previo aviso. Gael viró los ojos, pensando que solo era una tontería. —¿Qué sucede? Su padre arrugó el rostro mientras leía el mensaje. —La familia de la novia dice que la joven enfermó repentinamente y no podrá asistir a la boda. El salón entero quedó en silencio durante unos segundos y luego comenzaron los murmullos. —¿Qué? —¿Enfermó? —¿Ahora? —Eso no tiene sentido. Gael miró a todos a su alrededor, era claro que él era motivo de conversación. La familia de la novia no estaba allí, aparentemente había desaparecido y entonces lo entendió, ella había huido. Una sonrisa peligrosa apareció lentamente en su rostro. —Interesante…— Dijo para sí mismo. Uno de sus supuestos amigos, se acercó con burla. —Gael… te dejaron plantado. Los periodistas comenzaron a murmurar frenéticamente mientras tomaban fotografías. Los teléfonos vibraban sin parar y menos de una hora después, las noticias explotaron en internet. “La prometida del CEO Gael Beaumont huye aterrorizada antes de la boda.” “¿Tan terrible es el heredero Beaumont?” “El mujeriego más famoso de Ciudad S es abandonado en el altar.” Gael apretó el vaso con tanta fuerza que casi lo rompió. Se sentía humillado, esa mujer lo había humillado delante de todo el país y ni siquiera conocía su rostro. —Encuéntrenla —ordenó fríamente. Su asistente tragó saliva. —Sí, señor. Gael sonrió sin humor. —Quiero saber quién es la mujer que se atrevió a jugar conmigo.Elisa permaneció en silencio; la justificación era razonable, pero de alguna forma experimentó una ligera desilusión al escucharla. Había pensado que Gael había organizado esa salida especialmente para su cumpleaños con las entradas que ella había conseguido, pero ahora comprendía que solo había aprovechado una oportunidad que se le presentó. Como ella ya lo anticipaba. Desvió su atención hacia las luces que adornaban las calles. A pesar de esa mínima desilusión, no podía negar que había disfrutado enormemente del concierto. Había sido una de las mejores noches que había vivido en mucho tiempo, y prefería aferrarse a esa experiencia. Creyó que finalmente saldría del coche y regresaría a su apartamento y Gael al de él, pero justo antes de abrir la puerta, Gael volvió a encender el motor. Elisa lo miró con asombro mientras el edificio se alejaba. —¿A dónde nos dirigimos? Gael mantuvo su vista en la carretera, como si la pregunta no fuera nada fuera de lo común. —Tengo ham
Elisa permaneció estática frente a la entrada del lugar. Las luces que anunciaban el concierto resplandecían sobre las personas que comenzaban a ingresar, mientras que las notas musicales que provenían del interior llegaban suavemente hasta donde estaban. No podía creer que en realidad estuviera allí, durante los últimos días, había estado convencida de que tendría que abandonar la idea del concierto debido al trabajo, había pensado que nunca volvería a ver las taquillas. Sin embargo, ahora se hallaba ante el lugar que había deseado visitar durante meses. —No puedo creer esto... Pensé que esas entradas ya no eran para mí. Cuando me las quitó en el edificio, pensé que se las daría a alguna de sus amigas. Gael levantó una ceja levemente. —¿Alguna de mis amigas? Elisa se dio cuenta demasiado tarde de lo que había expresado. Desvió la vista y pretendió fijarse en la entrada para evitar toparse con su mirada. —No importa. Solo pensé que las usaría para otra persona. Después de todo,
Esa misma noche, Gael salió a despejar la mente con un viejo amigo, estaba en un bar sentado junto a Santiago. Eran viejos amigos, y cada vez que podían salían a tomar unas copas de vino.Gael comentaba acerca de uno de los proyectos que tenían pendientes, pero a la vez Gael parecía no pensar mucho en lo que él mismo decía. Tras un momento de silencio, puso su vaso en la mesa. —Santiago, ¿qué piensas que sería un regalo especial para una mujer? Su amigo lo miró por varios segundos, como si intentara comprobar si realmente había escuchado bien. —¿Acabas de preguntarme qué obsequio deberías regalar a una mujer? —Solo es una consulta. No es necesario hacer tanto alboroto por eso. Santiago se echó una risa y se inclinó en su asiento. —No, por supuesto que no. Simplemente me sorprende que seas tú quien se plantea algo así. Nunca te he visto poner tanto empeño en dar regalos a ninguna de las mujeres con las que has salido. Si deseabas impresionarlas, basta con comprar algo caro y
Al culminar el día, Elisa regresó al edificio con las dos entradas del concierto aún guardadas en su bolso. Las había mantenido durante ese tiempo con la idea de que posiblemente las usaría, pero tras el mensaje de Gael, se dio cuenta que eso no podría ser posible. No tendría la oportunidad de asistir. Al entrar al área común del edifico, vio a Miguel saliendo del ascensor. Él se detuvo al verla y sonrió. —Elisa, justo estaba pensando en preguntarte cómo te va. Hace un tiempo que no nos encontramos y parece que has estado bastante ocupada. ¿Todo en orden? Ella intentó brindarle una sonrisa, a pesar de que su ánimo seguía algo bajo. —Estoy bien, solo que ha surgido un nuevo proyecto en la empresa y tendremos que hacer horas extra en los próximos días. Tenía planes de ir a un concierto este fin de semana, pero ya no podré hacerlo. Miguel observó el bolso que ella llevaba consigo. —¿El evento del que me hablaste? Elisa confirmó y sacó las dos entradas. —Sí. Dado que y






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