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Capítulo 3: Un matrimonio de papel

Autor: Bea Medina
last update Data de publicação: 2026-07-07 02:59:34

La recepción continuó durante varias horas después del primer baile. Elena perdió la cuenta de las personas que se acercaron a felicitarla, de las fotografías que tuvo que aceptar y de las veces que escuchó que ella y Damián formaban una pareja perfecta. Cada comentario le producía una incomodidad distinta. Nadie allí conocía lo suficiente a ninguno de los dos para saber si encajaban, pero eso no parecía importar. En Marbella, dos apellidos poderosos juntos eran suficientes para hablar de perfección.

Intentó mantenerse cerca de la mesa principal y participar solo cuando alguien se dirigía a ella. Sonreía, agradecía las felicitaciones y permitía que Damián respondiera las preguntas relacionadas con viajes, compromisos públicos y futuras apariciones como matrimonio. Él parecía tener una respuesta preparada para todo, incluso cuando no decía demasiado. No confirmaba planes, no prometía visitas y tampoco permitía que ninguna conversación se prolongara más de lo necesario.

De vez en cuando, Elena sentía su mirada sobre ella.

No era constante ni descarada. Damián no se quedaba observándola mientras los demás hablaban. Lo hacía en momentos concretos: cuando ella rechazaba otra copa de champán, cuando se apartaba para dejar pasar a una empleada o cuando alguien pronunciaba el nombre de Isabella y ella tardaba un segundo en reaccionar. Pequeños detalles que, por separado, no significaban nada. El problema era que él parecía reunirlos todos en silencio.

Elena procuró no mostrar nervios. Después de la pregunta sobre el perfume y de la breve pausa durante los votos, ya sabía que cualquier descuido podía despertar una sospecha. Carmen había asegurado que Damián apenas conocía a Isabella, pero aquello no significaba que fuera incapaz de notar diferencias. Era evidente que observaba más de lo que decía.

La última parte de la recepción resultó todavía más agotadora. Hubo discursos, un segundo brindis organizado por los Müller y una larga sesión de fotografías familiares en la que Elena tuvo que mantenerse junto a personas cuyos nombres apenas recordaba. Su padre sonreía para las cámaras como si nada extraordinario hubiera ocurrido durante aquella tarde. Carmen, en cambio, evitaba mirarla durante demasiado tiempo.

Cuando los invitados comenzaron a marcharse, el jardín estaba iluminado únicamente por las lámparas colgantes y las velas de las mesas. Algunos se despedían con abrazos exagerados y promesas de coincidir pronto en Mónaco, Madrid o alguna gala benéfica. Otros aprovechaban los últimos minutos para hablar de negocios con Damián y su padre, dejando claro que incluso una boda podía convertirse en una oportunidad para cerrar acuerdos.

Elena esperó hasta que Carmen quedó sola junto a una de las mesas y se acercó a ella. —Necesito hablar contigo.

Su madre miró alrededor antes de conducirla unos pasos lejos del resto de la familia. —Lo has hecho muy bien —susurró mientras le apretaba la mano—. Nadie ha notado nada.

—Damián sí ha notado cosas.

El alivio desapareció del rostro de Carmen. —¿Qué cosas?

—Me preguntó por mi perfume. También se fijó en que estaba nerviosa y en que llegamos exactamente veintiocho minutos tarde.

—Eso no significa que sospeche.

—No he dicho que sospeche. He dicho que observa demasiado.

Carmen guardó silencio durante un instante. Después volvió a adoptar la expresión serena que había mantenido frente a los invitados. —Solo tienes que ser prudente esta noche. Mañana podremos pensar con más calma.

Elena apartó la mano. —Dijiste que después de la ceremonia buscaríamos una solución.

—Y la buscaremos.

—La ceremonia terminó hace horas.

—No podemos hablar de esto aquí.

—Entonces dime qué va a pasar ahora.

Carmen miró hacia el lugar donde Damián conversaba con su padre. Los dos hombres parecían concentrados en un asunto que no tenía ninguna relación con la boda.

—La suite nupcial está preparada en la mansión Müller —explicó en voz baja—. Irás con él y mañana hablaremos con tu padre para decidir cómo manejar la situación.

Elena sintió que el cansancio era sustituido por una alarma inmediata. —¿Quieres que me vaya a su casa?

—Ahora eres su esposa. Sería extraño que te quedaras aquí.

—No soy su esposa. Isabella lo es.

—Legalmente, acabas de firmar el acta.

—Con su nombre.

—Baja la voz.

Elena miró alrededor. Nadie parecía estar escuchando, pero la simple posibilidad de que alguien se acercara obligó a contener la respuesta que tenía preparada. —Me prometiste que esto terminaría después de la boda.

—Te prometí que encontraríamos una solución, y lo haremos. Pero no podemos provocar preguntas la misma noche del matrimonio. Necesitamos tiempo para localizar a Isabella y decidir qué explicación ofreceremos a los Müller.

—¿Y qué se supone que debo hacer mientras tanto?

Carmen sostuvo su mirada, aunque no respondió enseguida. —Intenta mantener la distancia.

Elena soltó una risa sin humor. —Es mi noche de bodas, mamá. Mantener la distancia quizá no dependa solo de mí.

Por primera vez desde que habían empezado a hablar, Carmen pareció comprender realmente lo que le estaba pidiendo a su hija. Sus labios se entreabrieron, pero no encontró una respuesta inmediata.

—Damián sabe que este matrimonio es un acuerdo —dijo finalmente—. No creo que espere…

No terminó la frase. Tampoco hacía falta. —No sabes lo que espera —respondió Elena—. No lo conoces.

—Elena, solo te pido una noche más. Mañana lo resolveremos.

—Eso dijiste hace seis horas.

—Y lo cumpliré.

La voz de Damián sonó detrás de ellas antes de que Elena pudiera continuar. —¿Ocurre algo?

Ambas se giraron. Él se había acercado sin que ninguna lo notara. Ya no llevaba la corbata tan ajustada como al comienzo de la ceremonia, pero continuaba impecable. Su expresión no revelaba curiosidad, aunque sus ojos pasaron de Carmen a Elena con rapidez.

—Nada —respondió Carmen—. Solo me estaba despidiendo de mi hija.

Damián miró a Elena. —El coche está esperando.

No sonó como una orden. Era una información sencilla, dicha por un hombre que consideraba que la noche había terminado y no veía razón para seguir allí.

Carmen abrazó a Elena antes de que pudiera protestar. —Mañana te llamaré —susurró cerca de su oído—. Confía en mí.

Elena no respondió. Se separó de ella y siguió a Damián hacia la entrada de la mansión, sintiendo la mirada de sus padres sobre su espalda. Ninguno intentó detenerla.

Un vehículo negro esperaba frente a los escalones. El chófer abrió la puerta trasera, pero Damián hizo un gesto para que se apartara y sostuvo él mismo la puerta para Elena. Fue un detalle educado y completamente impersonal. Ella se acomodó en el asiento, reunió la cola del vestido a su alrededor y esperó mientras él entraba por el lado contrario.

El coche comenzó a avanzar.

Durante los primeros minutos, ninguno habló. Elena miró por la ventanilla las luces de Marbella y trató de ordenar las preguntas que no había conseguido hacerle a su madre. No sabía cuánto tiempo tendría que permanecer en la mansión Müller, si Isabella pensaba regresar ni qué ocurriría cuando Damián descubriera que el acta de matrimonio estaba firmada por la mujer equivocada.

A su lado, él revisaba varios mensajes en el teléfono. Parecía haber regresado al trabajo en cuanto abandonaron la recepción. Respondió dos correos, consultó un documento y rechazó una llamada con un movimiento del pulgar. Elena lo observó de reojo. Le resultaba incomprensible que alguien pudiera pasar de su propia boda a revisar asuntos de empresa sin ninguna transición.

Damián levantó la vista de la pantalla. —Puedes preguntar.

Elena apartó los ojos. —¿Qué cosa?

—Llevas varios minutos mirándome como si quisieras decir algo.

—Solo me sorprende que estés trabajando.

—La empresa no deja de funcionar porque yo me haya casado.

—Podrías tomarte una noche libre.

—Podría —respondió—. No veo ninguna razón para hacerlo.

Elena no supo si aquello era una crítica hacia ella o una simple declaración. Con Damián, ambas cosas podían sonar exactamente igual. —¿Siempre trabajas a estas horas?

—Cuando es necesario.

—¿Y hoy lo es?

Él apagó la pantalla del teléfono. —Siempre hay algo que necesita atención.

Elena pensó que aquella no era realmente una respuesta, pero prefirió no insistir. Volvió la mirada hacia la ventanilla y el silencio regresó. Al menos la breve conversación había confirmado algo: Damián no parecía un hombre impaciente por llegar a la suite nupcial.

Veinte minutos después, el coche redujo la velocidad frente a unos portones oscuros. La propiedad Müller se extendía sobre una de las zonas más altas de la costa, alejada de las otras mansiones y rodeada por árboles que ocultaban buena parte del terreno. El edificio principal combinaba piedra, cristal y líneas rectas. Era moderno, amplio y demasiado ordenado incluso desde fuera.

Cuando el coche se detuvo, Damián bajó primero y le ofreció la mano. Elena la aceptó para poder salir sin pisar el vestido. Sus dedos estaban tibios y firmes, igual que durante la ceremonia. Él no la sostuvo más tiempo del necesario. Las puertas principales se abrieron antes de que llegaran a los escalones. Un hombre mayor, de cabello gris y traje oscuro, los esperaba en el vestíbulo.

—Bienvenidos, señor Müller, señora Müller.

Elena necesitó un instante para comprender que la segunda parte del saludo iba dirigida a ella. —Gracias, Klaus —respondió Damián—. ¿Está todo preparado?

—Sí, señor. El equipaje de la señora fue colocado en el vestidor de la suite y la habitación contigua también está lista.

Aquella última aclaración hizo que Elena levantara la vista. Pero Damián solo asintió. —Puedes retirarte. Ha sido un día largo.

—Buenas noches, señor. Señora.

Klaus hizo una ligera inclinación antes de alejarse por uno de los pasillos. Sus pasos apenas produjeron ruido sobre el suelo de mármol. Elena observó el vestíbulo. La mansión era hermosa, aunque no se parecía a la casa de alguien recién casado. No había flores de la boda, fotografías ni ningún detalle preparado para recibir a una esposa. Era evidente que Damián no había intervenido en la decoración de la suite ni en los planes de aquella noche.

—No esperaba que fueras tan callada —comentó él.

Elena lo miró. —No esperaba que eso te molestara.

—No me molesta.

—Entonces no veo el problema.

Algo parecido a una sorpresa cruzó por su expresión. —No he dicho que exista un problema.

—Ha sido un día largo —explicó ella, cansada de medir cada palabra—. No tengo demasiadas ganas de conversar.

Damián la observó durante un segundo más. —En eso estamos de acuerdo.

Subieron al segundo piso. La suite nupcial se encontraba en el ala este y ocupaba un espacio tan amplio que Elena tuvo la impresión de estar entrando en un apartamento completo. Había una cama grande frente a los ventanales, un pequeño salón junto a una chimenea apagada, dos vestidores y varias puertas que conducían a los baños y a una habitación comunicada.

Elena entró, pero Damián se detuvo junto a la cómoda. Sacó una cartera del bolsillo interior de su chaqueta y colocó tres tarjetas negras sobre el mármol. —Son para ti.

Ella las miró sin acercarse. —¿Qué son?

—Tarjetas vinculadas a mis cuentas. Puedes utilizar cualquiera de ellas para comprar lo que necesites. Ropa, viajes, gastos personales. No tienen un límite que deba preocuparte. La única condición es que no te acerques a mí

Elena volvió la vista hacia él. —No necesito tres tarjetas.

—No tienes que usarlas.

—Entonces ¿por qué me las das?

Damián guardó la cartera y se quitó la chaqueta con calma. —Porque este matrimonio tiene obligaciones y quiero dejar claras las mías desde el principio. Tendrás acceso a esta casa, al dinero que necesites y a todo lo que corresponda a la posición de mi esposa.

La forma en que dijo «posición» le confirmó que estaba hablando de una función, no de una relación. —¿Y cuáles son mis obligaciones? —preguntó.

—Mantener las apariencias cuando sea necesario, respetar la privacidad de mis asuntos y no crear problemas públicos que afecten a nuestras familias.

—¿Eso es todo?

—Por ahora.

Elena miró las tarjetas nuevamente. —Parece un contrato.

—Eso es este matrimonio.

La respuesta llegó sin crueldad, pero también sin la menor intención de suavizarla. Damián señaló la puerta comunicada.

—La habitación contigua está preparada para ti si prefieres utilizarla. También puedes quedarte aquí. Yo dormiré en mi dormitorio habitual, en el ala oeste.

Elena tardó un momento en comprenderlo. —¿No piensas dormir aquí?

—No.

Una parte de la tensión que llevaba acumulada desde que su madre mencionó la noche de bodas desapareció de inmediato. Sin embargo, el alivio no impidió que la siguiente pregunta saliera de sus labios.

—¿Por qué?

Damián sostuvo su mirada. —Porque no tengo interés en fingir una intimidad que ninguno de los dos desea. Cumplimos con la ceremonia y la alianza está formalizada. Eso no significa que debamos convertirnos en un matrimonio real dentro de esta casa.

Elena debería haberse sentido únicamente agradecida. En lugar de eso, algo en su tono la hizo fruncir el ceño. —¿Estás tan seguro de que yo no lo deseo?

—Sí.

—No me conoces lo suficiente para estar seguro de nada.

Damián dejó la chaqueta sobre el respaldo de una silla. —Conozco lo necesario.

Aquella frase le dolió más de lo que esperaba. No porque quisiera que él se acercara, sino porque hablaba de Isabella con una seguridad que también la condenaba a ella. —¿Y qué crees saber?

—Que este matrimonio era exactamente lo que tu familia quería. Un apellido más poderoso, acceso a nuevas cuentas y una posición que pocas personas rechazarían. No tengo intención de juzgarte por aceptarlo, pero tampoco voy a fingir que existe algo más.

Elena apretó los dedos alrededor del ramo, que todavía llevaba en una mano. —Te equivocas.

Damián arqueó ligeramente una ceja. —¿En qué parte?

En todas. Pero no podía decirlo. No podía explicarle que ella nunca había pedido aquel matrimonio, que no quería su dinero y que ni siquiera debía estar allí. La verdad permaneció atrapada en su garganta mientras él esperaba una respuesta.

—No importa —dijo finalmente.

Damián la observó unos segundos. Después señaló nuevamente las tarjetas. —Úsalas o no. Es tu decisión. Lo único que espero es que respetemos la distancia que acabo de establecer y te mantengas lejos.

Elena levantó la barbilla. —No tendrás que repetirlo.

Algo cambió en la mirada de él, aunque resultaba difícil saber si era sorpresa o simple interés. —Bien —tomó la chaqueta y caminó hacia la puerta—. Buenas noches, Isabella.

El nombre quedó suspendido entre los dos. Elena sintió el impulso de corregirlo. Durante un segundo estuvo a punto de decirle que Isabella no era la mujer que tenía delante, que su esposa había huido antes del amanecer y que todos, incluida su propia familia, lo habían engañado. Pero no lo hizo.

Damián salió y cerró la puerta con suavidad.

Elena permaneció inmóvil hasta que dejó de escuchar sus pasos en el pasillo. Después soltó el ramo sobre una silla y se acercó al espejo del vestidor. El vestido estaba arrugado en la cintura, el maquillaje empezaba a borrarse y algunos mechones de cabello se habían soltado del peinado. La mujer reflejada seguía pareciéndose a Isabella para cualquiera que no supiera dónde mirar.

Ella sí lo sabía.

Se quitó la mantilla y la dejó sobre el tocador antes de regresar a la cómoda. Las tarjetas negras continuaban allí, alineadas una junto a otra como si Damián hubiera calculado incluso la distancia entre ellas. Podía utilizar su dinero. Dormir en su casa. Llevar su apellido. Siempre que no confundiera nada de aquello con un matrimonio verdadero.

Elena se sentó en el borde de la cama y dejó escapar el aire que había contenido durante todo el día. No lloró por el rechazo. En realidad, agradecía que él hubiera decidido mantenerse lejos. Lo que le dolía era haber sido juzgada por la vida de su hermana y no poder defenderse sin destruirlo todo. Aun así, había algo positivo dentro de aquel desastre. Damián no intentaría acercarse. Tendría una habitación propia. Y, al menos durante esa noche, conservaría el poco control que todavía tenía sobre sí misma.

Miró la puerta por la que él acababa de salir. Damián Müller estaba convencido de que había establecido las reglas de su matrimonio con Isabella Voss. El problema era que Isabella nunca había llegado a aquella casa.

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