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Capítulo 4: La noche sin esposos

Autor: Bea Medina
last update Data de publicação: 2026-07-07 02:59:45

Elena permaneció sentada en el borde de la cama después de que Damián cerrara la puerta. El silencio regresó a la suite de inmediato, aunque no era el mismo que había encontrado al entrar. Antes había sido un silencio incómodo, lleno de preguntas sobre lo que ocurriría cuando se quedaran solos. Ahora era definitivo. Damián había establecido las condiciones, había dejado tres tarjetas sobre la cómoda y se había marchado convencido de que con eso quedaban resueltos todos los asuntos de su matrimonio.

Bajó la mirada hacia sus manos. La alianza brillaba bajo la luz cálida de la lámpara y, durante unos segundos, le resultó difícil aceptar que aquel pequeño círculo de metal tuviera algún significado real. Había pronunciado unos votos utilizando el nombre de su hermana, firmado unos documentos que no debería haber firmado y entrado en una casa donde todos la llamaban señora Müller. Sin embargo, nada de aquello se sentía suyo. Ni el apellido, ni el dormitorio, ni la ropa guardada en el vestidor. Ni siquiera la ceremonia que acababa de protagonizar parecía pertenecerle.

Lo único que seguía siendo completamente suyo era la posibilidad de decidir qué ocurría con su propio cuerpo.

Había sentido miedo desde que Carmen le anunció que tendría que acompañar a Damián a la mansión. No porque supiera que él pudiera hacerle daño, sino porque no lo conocía lo suficiente para confiar en lo contrario. Nadie se había detenido a preguntarle qué ocurriría durante la noche de bodas. Su madre había preferido asegurar que Damián entendería la naturaleza del acuerdo, como si aquella suposición fuera suficiente para dejarla sola con un desconocido.

Elena no estaba preparada para compartir intimidad con él. Tampoco quería hacerlo.

No después de una ceremonia basada en una mentira y mucho menos por una obligación que nunca había aceptado. Siempre había pensado que ese momento, cuando llegara, debía formar parte de una decisión propia. No necesitaba que fuera perfecto ni que estuviera acompañado de grandes promesas, pero sí quería confiar en la persona que estuviera con ella. Quería sentirse respetada y segura, no atrapada en un vestido ajeno mientras un hombre creía que ella era su hermana.

Damián le había evitado esa situación. Debería haberse sentido únicamente aliviada. Y lo estaba. El problema era que sus palabras seguían repitiéndose en su cabeza.

«No tengo interés en fingir una intimidad que ninguno de los dos desea.»

La frase no había sido cruel por sí misma. Había sido directa, incluso respetuosa. Damián no había intentado tocarla, no había insinuado que el matrimonio le daba algún derecho sobre ella y tampoco había esperado que compartieran la misma habitación. En otras circunstancias, Elena habría agradecido su manera de establecer límites.

Lo que le molestaba era todo lo que había dicho antes. Él la consideraba una mujer interesada únicamente en su dinero, su apellido y la posición que los Müller podían ofrecerle. Había decidido quién era ella sin molestarse en conocerla porque creía saber suficiente sobre Isabella. Y Elena no podía defenderse sin admitir que todos lo habían engañado.

Se levantó y caminó hasta la cómoda. Las tres tarjetas negras continuaban alineadas sobre el mármol, colocadas con tanta precisión que parecían formar parte de la decoración. Tomó una entre los dedos y la giró. Solo aparecía su nombre de casada, grabado con letras plateadas.

Isabella Müller.

El nombre le produjo una sensación desagradable. Ni siquiera las tarjetas estaban destinadas a ella. Damián no había entregado aquel dinero a Elena Voss. Se lo había ofrecido a la mujer con quien creía haberse casado, probablemente convencido de que Isabella empezaría a utilizarlo antes de que terminara la semana. Y, conociendo a su hermana, tal vez no se equivocaba.

Elena abrió el primer cajón de la cómoda y dejó las tarjetas dentro, boca abajo. No las tiró ni hizo un gesto dramático. Simplemente las apartó de su vista. No tenía intención de utilizarlas, al menos mientras pudiera pagar sus propios gastos. Necesitaba conservar algo de independencia dentro de aquella casa, aunque fuera tan pequeño como no deberle a Damián la ropa que llevaba o el café que pudiera comprar.

Después regresó frente al espejo. El vestido seguía siendo hermoso, pero ya no conseguía verlo como una prenda elegante. El encaje le apretaba los brazos, la cintura estaba demasiado ajustada y la larga falda convertía cualquier movimiento en un esfuerzo. Parecía una representación perfecta de todo lo que había ocurrido durante aquel día: precioso desde fuera y agotador para la persona que debía llevarlo puesto.

Elena levantó las manos hacia los botones de la espalda y se detuvo. Había demasiados. Intentó alcanzar el primero, pero sus dedos apenas rozaron la tela. Giró un poco más el brazo y soltó un suspiro de frustración. Durante la preparación, tres estilistas habían necesitado varios minutos para cerrarlo. Su madre no había pensado en cómo se lo quitaría después, porque Carmen no había pensado en nada que ocurriera una vez terminada la ceremonia.

Por un instante consideró llamar al personal. Sin embargo, la idea de que alguna empleada entrara y la encontrara atrapada dentro del vestido le resultó demasiado humillante. Volvió a intentarlo, estiró el brazo hasta que le dolió el hombro y consiguió desabrochar el primer botón.

—Uno —murmuró—. Solo faltan aproximadamente cien.

El comentario no hizo que la situación mejorara, pero al menos consiguió arrancarle una sonrisa cansada. Tardó varios minutos en liberar la parte superior. Para los botones que no alcanzaba utilizó una horquilla que encontró en el tocador y, después de luchar con el último, dejó caer los brazos. Cuando pudo desprenderse del vestido, salió de él con cuidado y lo extendió sobre uno de los sillones. No quería estropearlo. A pesar de todo, pertenecía a Isabella, y probablemente su hermana regresaría algún día exigiendo que se lo devolvieran en perfectas condiciones.

La idea le provocó una punzada de rabia. Mientras ella intentaba quitarse sola el vestido, Isabella se encontraba en algún lugar desconocido, libre de las consecuencias de su huida. Tal vez dormía en un hotel, se dirigía a otro país o estaba acompañada por la persona que la había ayudado a escapar. Elena no tenía manera de saberlo. Su hermana había apagado el teléfono y dejado que toda la responsabilidad cayera sobre la familia.

Como siempre, alguien más estaba arreglando su desastre.

Elena tomó su neceser y entró en el baño. Se quitó el maquillaje con movimientos lentos, limpiando las capas que habían utilizado para transformarla en la novia perfecta. Poco a poco, el rostro de Isabella desapareció del espejo. No porque sus facciones cambiaran, sino porque volvía a reconocer su propia expresión: los ojos cansados, el cabello desordenado y la pequeña línea que se formaba entre sus cejas cuando estaba molesta. Se lavó la cara con agua fría y apoyó ambas manos sobre el lavabo.

—¿En qué te has metido? —preguntó a su reflejo.

La mujer del espejo no respondió. Elena pensó en llamar a su madre. Podía exigirle que cumpliera su promesa y fuera a buscarla aquella misma noche. Sin embargo, ya conocía la respuesta que recibiría. Carmen diría que todavía era demasiado pronto, que debían esperar a la mañana siguiente y que no podían llamar la atención. Cada conversación terminaría con Elena aceptando un día más, una hora más o una nueva condición.

Tomó el teléfono del bolso. No había llamadas de Isabella. Tampoco mensajes. Solo dos notificaciones de antiguos compañeros de París y un correo de la universidad. Durante unos segundos contempló el nombre de su hermana en la lista de contactos. Podía escribirle, aunque sabía que el mensaje no llegaría mientras mantuviera el teléfono apagado. Aun así, abrió la conversación.

"Espero que tengas una explicación."

Lo escribió y lo borró. Después intentó algo diferente.

"Mamá me obligó a ocupar tu lugar. Estoy casada con él."

También lo eliminó. No quería que su primer mensaje fuera una súplica ni una confesión desesperada. Isabella conocía perfectamente lo que ocurriría si desaparecía. Tal vez no había imaginado que Carmen recurriría a Elena, pero sí sabía que su familia tendría que enfrentar las consecuencias.

Bloqueó la pantalla sin enviar nada.

Buscó en la maleta una camiseta vieja de la universidad y unos pantalones cortos. La ropa no combinaba con la suite, con la mansión ni con el apellido que acababa de recibir. Precisamente por eso la hizo sentir mejor. Después de pasar tantas horas convertida en una versión de su hermana, necesitaba vestirse como ella misma.

La habitación comunicada estaba al otro lado de una puerta cercana al vestidor. Elena la abrió y encendió la luz. Era más pequeña que la suite principal, aunque seguía siendo más amplia que su apartamento en París. Tenía una cama, una butaca junto a la ventana, una lámpara de lectura y un armario vacío. La decoración era sencilla, sin las flores ni los adornos románticos que alguien había dispuesto en el dormitorio nupcial.

Aquello se parecía más a un lugar donde pudiera descansar. Regresó por el teléfono, dejó el vestido perfectamente colocado y apagó las luces de la suite principal. Antes de entrar en la habitación contigua, miró una última vez la cómoda. Las tarjetas permanecían ocultas en el cajón. No las necesitaría. Eso esperaba.

Se acostó y estiró las piernas bajo las sábanas. Desde la ventana podía distinguir algunas luces del jardín y escuchar, muy lejos, el sonido del mar. La mansión estaba tan silenciosa que durante un momento se preguntó dónde estaría Damián. Probablemente en su despacho, revisando los asuntos que había consultado durante el trayecto. Tal vez ni siquiera pensaba en ella.

Elena volvió a recordar la conversación. No podía negar que el rechazo había herido su orgullo. A ninguna persona le agradaba escuchar que alguien prefería mantenerla lejos, sobre todo cuando esa decisión estaba basada en una opinión equivocada. Pero, por encima de aquella incomodidad, sentía alivio.

Damián había sido frío. Había sido injusto. También había respetado una distancia que ella necesitaba. Eso no lo convertía en un buen hombre ni borraba los rumores que lo rodeaban. Tampoco significaba que pudiera confiar en él. Solo demostraba que, al menos durante aquella noche, no pensaba imponerle nada.

Elena cerró los ojos. Había perdido su nombre frente al altar, su libertad al firmar el acta y cualquier posibilidad de regresar de inmediato a París. No sabía cuándo encontrarían a Isabella ni cuánto tardaría Damián en descubrir la mentira. Pero todavía conservaba algo. Su capacidad de decidir sobre sí misma. Y mientras pudiera protegerla, no permitiría que su familia, su hermana ni el apellido Müller se la arrebataran.

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