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CAPÍTULO 53

last update publish date: 2026-05-26 20:51:43

HASSAN AL-ÁSAD

Siento como mi teléfono vibra en mi bolsillo, lo tomo y observo que es un mensaje de Jamil.

*Ya llegamos, majestad*

Bloqueo el teléfono y me sirvo otra copa de araq; la necesito.

La bebo de un solo trago y escucho cómo la puerta de mi despacho se abre abruptamente y por esta veo entrar a mi chiquilla con el rostro completamente rojo por el llanto. Mi pecho se oprime al verla así; quisiera estrecharla entre mis brazos y consolarla, pero ahorita no me siento digno de tenerla a
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    HASSAN AL-ÁSAD Se quedó inmóvil, pálida como la piedra bajo sus pies, con los labios entreabiertos y las manos aún temblando por el agarre que le había impuesto. En sus ojos brillaba ya no la fingida ternura, sino el resentimiento desnudo, esa sombra que siempre había llevado dentro y que hasta ese momento se había esforzado por ocultarme. —¿Así es como me pagas? —susurró, con la voz quebrada por la rabia contenida—. ¿Después de todo lo que he esperado? ¿Después de toda una vida creyendo que éramos uno, que yo era la que estaba destinada a estar a tu lado? Crecí escuchando que nuestro unión uniría sangre y reinos. ¿Y ahora vienes a decirme que no fui nada? —Te repito: tú te inventaste un lugar que jamás te di —le respondí, tajante y frío como el mármol que nos rodeaba—. Nadie te prometió nada. Ni mi padre, ni yo, ni nadie. Tuve respeto por ti, por tu linaje, por la pérdida que compartimos. Pero respeto no es amor. Y nunca lo será. —¿Y ella? —escupió la palabra como si le quema

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    HASSAN AL-ÁSAD La sentí temblar contra mi pecho, y cada uno de sus escalofríos fue como una estaca clavándose en mi propia carne. La abracé con todas mis fuerzas, como si pudiera fundirme con ella, como si mi cuerpo pudiera convertirse en un muro lo bastante grueso para detener todo el mal que nos rodeaba. Pero yo sabía la verdad que ella solo presagiaba en silencio. Sabía que mis manos no podían detener el destino, ni mis brazos borrarían lo que ya habíamos perdido. Pasé un brazo por su espalda y otro bajo sus rodillas, y la alcé con infinito cuidado, como si sostuviera a la vez lo más preciado y lo más frágil del mundo. Recostó la cabeza en mi hombro, agotada, y cerró los ojos, dejando que yo fuera quien guiara sus pasos. Caminamos despacio por los pasillos largos y silenciosos del palacio. Y al doblar hacia el ala de nuestras habitaciones, la vi: Zhara estaba allí, de pie junto a una columna, como si nos hubiera estado esperando. Sus ojos se encontraron con los míos por un i

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    JADE AL-QALA Cuando se separó de mí, vi cómo Hassan se acercó al gran armario de roble del fondo, metió la mano en un hueco oculto bajo el marco y sacó una pequeña llave de plata. Abrió el último cajón, el más profundo, y de allí sacó un paquete envuelto en cuero oscuro, desgastado por el tiempo y el cuidado infinito con el que lo había guardado. Lo dejó sobre la mesa entre los dos, y al desatarlo con dedos lentos y cuidadosos, vi hojas de papel arrugadas y manchadas, un frasco pequeño con restos de un líquido oscuro que parecía beber la luz, y un trozo de pergamino con símbolos que nadie en este reino parecía conocer.—Todo esto lo he guardado aquí, solo —empezó con voz grave, pasando el dedo por encima de los papeles como si pudiera leer el dolor que dejaron—, porque temía que si alguien más lo veía, te pondría en más peligro. Pero te prometí que no habría más muros, ni más secretos entre nosotros. Y así será.Tomó el frasco con mucho cuidado, como si pudiera despertar el mal que d

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    JADE AL-QALA El silencio que siguió no fue vacío, sino cálido: el eco de nuestros latidos sincronizados, la certeza de que por unos instantes nada más importaba en el mundo. Hassan me abrazaba con tanta fuerza como si temiera que me desvaneciera entre sus brazos; apoyé la frente en su hombro, respirando su aroma a sándalo y a hogar, sintiendo que por fin volvía a estar en mi lugar. Aunque la duda sobre su corazón se había desvanecido por completo, otras sombras seguían acechando en los rincones de mi mente: la pérdida de Amal, las palabras crueles que había escuchado, y esa sensación persistente de que aún había verdades que no nos habíamos dicho.—Hay algo más… —susurré, rompiendo despacio esa calma—. Dijeron que no puedo darte lo que el reino necesita. Que estoy “seca”. Y aunque tú me digas que no importa, el miedo sigue aquí, clavado en el pecho —me toqué el pecho con los dedos temblorosos—. ¿Realmente para ti no cambia nada? ¿Nunca te arrepentirás?Sentí cómo su cuerpo se tensaba

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    JADE AL-QALA —Te digo ahora mismo que todo lo que han dicho es mentira, habibti. No hay ninguna boda, no hay ninguna segunda esposa, y ella no ocupa ningún lugar en mi corazón.Hizo una pausa, acercándose un poco más, y su voz se hizo más suave y profunda:—Es cierto que cuando éramos apenas unos adolescentes, nuestros padres acordaron nuestro compromiso por temas de alianzas. Pero eso fue hace muchos años. Con el tiempo, las circunstancias cambiaron y nosotros también. Nunca la amé como se ama a una mujer, nunca sentí lo que siento por ti.—Entonces… ¿por qué está aquí? —le pregunté, con el corazón aún apretado por la duda.—Su padre ha muerto recientemente —respondió él, con voz grave—. Se ha quedado sola en el mundo, sin familia ni refugio. Vino aquí porque no tenía a dónde ir. No es una visita por voluntad propia, es por necesidad. Y solo se quedará por un tiempo, hasta que logre organizar sus asuntos y tenga un lugar a donde ir. No es más que una pariente sin hogar, nada más.Se

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    JADE AL-QALA Pasaron días que se me hicieron eternos, lentos y pesados como el plomo que cae sobre el pecho. El palacio seguía moviéndose con su ritmo habitual, pero para mí todo se había vuelto gris, sin luz ni sentido. No hablaba con Hassan, no lo veía más que de lejos, y nuestras habitaciones seguían separadas como si entre nosotros se hubiera abierto un abismo tan profundo que ningún puente podría cruzarlo.Lo primero que me consumía la mente era la repentina partida de Malak y Amira. Habían sido mis primeras amigas aquí, las únicas que me trataban como una persona, no como una reina o una esposa obligada. Un día se levantaron y simplemente ya no estaban. No hubo despedida, ni nota, ni explicación. Me pasé horas sentada frente a la habitación vacía de Amira, preguntándome quién habría ordenado su marcha y por qué nadie me había dicho nada. Sentí que me arrancaban una parte pequeña de mí misma al ver que ni siquiera me dejaron saber que se iban.Un atardecer, cuando el sol empezab

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