LOGINJade, una chica con un corazón rebelde e inquebrantable, se verá obligada a casarse con un hombre al que no ama, a un hombre al que no conoce. Donde su padre solo ve una mina de oro, ella solo ve una vida de dolor y sufrimiento. Lo único que ella soñaba en la vida era poder escapar, huir, huir a donde ella pueda decidir sobre sí misma, donde ella pueda elegir a quién amar. Pero es algo imposible para ella; su religión, sus creencias se lo prohíben. Hassan al-Ásad, un hombre frío, calculador y sobre todo muy machista, él se verá envuelto en un torbellino de emociones al conocer a Jade, una chica de su misma religión, de sus mismas creencias. Hassan es un hombre al que le gusta tener el control de todo y su futura esposa no será la excepción, pero hay un pequeño problema: su esposa no es la típica chica obediente a la que pueda manejar y eso lo sacará de su zona de confort, haciendo que en el proceso sentimientos por su pequeña esposa rebelde se instalen en su corazón. ¿Podrá Hassan lograr conquistar a su pequeña y rebelde futura esposa? Y estará dispuesto a dejar todo... por amor
View MoreHASSAN AL-ÁSAD Se quedó inmóvil, pálida como la piedra bajo sus pies, con los labios entreabiertos y las manos aún temblando por el agarre que le había impuesto. En sus ojos brillaba ya no la fingida ternura, sino el resentimiento desnudo, esa sombra que siempre había llevado dentro y que hasta ese momento se había esforzado por ocultarme. —¿Así es como me pagas? —susurró, con la voz quebrada por la rabia contenida—. ¿Después de todo lo que he esperado? ¿Después de toda una vida creyendo que éramos uno, que yo era la que estaba destinada a estar a tu lado? Crecí escuchando que nuestro unión uniría sangre y reinos. ¿Y ahora vienes a decirme que no fui nada? —Te repito: tú te inventaste un lugar que jamás te di —le respondí, tajante y frío como el mármol que nos rodeaba—. Nadie te prometió nada. Ni mi padre, ni yo, ni nadie. Tuve respeto por ti, por tu linaje, por la pérdida que compartimos. Pero respeto no es amor. Y nunca lo será. —¿Y ella? —escupió la palabra como si le quema
HASSAN AL-ÁSADLa sentí temblar contra mi pecho, y cada uno de sus escalofríos fue como una estaca clavándose en mi propia carne. La abracé con todas mis fuerzas, como si pudiera fundirme con ella, como si mi cuerpo pudiera convertirse en un muro lo bastante grueso para detener todo el mal que nos rodeaba.Pero yo sabía la verdad que ella solo presagiaba en silencio. Sabía que mis manos no podían detener el destino, ni mis brazos borrarían lo que ya habíamos perdido.Pasé un brazo por su espalda y otro bajo sus rodillas, y la alcé con infinito cuidado, como si sostuviera a la vez lo más preciado y lo más frágil del mundo. Recostó la cabeza en mi hombro, agotada, y cerró los ojos, dejando que yo fuera quien guiara sus pasos.Caminamos despacio por los pasillos largos y silenciosos del palacio. Y al doblar hacia el ala de nuestras habitaciones, la vi: Zhara estaba allí, de pie junto a una columna, como si nos hubiera estado esperando. Sus ojos se encontraron con los míos por un instante
JADE AL-QALA Cuando se separó de mí, vi cómo Hassan se acercó al gran armario de roble del fondo, metió la mano en un hueco oculto bajo el marco y sacó una pequeña llave de plata. Abrió el último cajón, el más profundo, y de allí sacó un paquete envuelto en cuero oscuro, desgastado por el tiempo y el cuidado infinito con el que lo había guardado. Lo dejó sobre la mesa entre los dos, y al desatarlo con dedos lentos y cuidadosos, vi hojas de papel arrugadas y manchadas, un frasco pequeño con restos de un líquido oscuro que parecía beber la luz, y un trozo de pergamino con símbolos que nadie en este reino parecía conocer.—Todo esto lo he guardado aquí, solo —empezó con voz grave, pasando el dedo por encima de los papeles como si pudiera leer el dolor que dejaron—, porque temía que si alguien más lo veía, te pondría en más peligro. Pero te prometí que no habría más muros, ni más secretos entre nosotros. Y así será.Tomó el frasco con mucho cuidado, como si pudiera despertar el mal que d
JADE AL-QALA El silencio que siguió no fue vacío, sino cálido: el eco de nuestros latidos sincronizados, la certeza de que por unos instantes nada más importaba en el mundo. Hassan me abrazaba con tanta fuerza como si temiera que me desvaneciera entre sus brazos; apoyé la frente en su hombro, respirando su aroma a sándalo y a hogar, sintiendo que por fin volvía a estar en mi lugar. Aunque la duda sobre su corazón se había desvanecido por completo, otras sombras seguían acechando en los rincones de mi mente: la pérdida de Amal, las palabras crueles que había escuchado, y esa sensación persistente de que aún había verdades que no nos habíamos dicho.—Hay algo más… —susurré, rompiendo despacio esa calma—. Dijeron que no puedo darte lo que el reino necesita. Que estoy “seca”. Y aunque tú me digas que no importa, el miedo sigue aquí, clavado en el pecho —me toqué el pecho con los dedos temblorosos—. ¿Realmente para ti no cambia nada? ¿Nunca te arrepentirás?Sentí cómo su cuerpo se tensaba
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