LOGINEl sol de la mañana se filtraba por las cortinas de la habitación de Elora como una intrusión no deseada. Le dolía cada fibra del cuerpo, pero nada comparado con el ardor punzante en su cuello. Se levantó de la cama con movimientos torpes y se detuvo frente al espejo del baño.
Se le escapó un sollozo ahogado. Ahí estaba. Dos puntos violáceos y profundos rodeados de una sombra oscura, como un tatuaje hecho con fuego y sangre. No había sido un sueño. Alaric Thorne, el hombre que dominaba las finanzas del país, era un monstruo que la había reclamado como si fuera un pedazo de propiedad. Desesperada, tomó su teléfono y marcó el único número que le daba seguridad. -Sloane... por favor, necesito que vengas. Ahora. Treinta minutos después, Sloane entraba en el apartamento de Elora con una bolsa de café y una expresión de alarma que solo empeoró al ver el estado de su amiga. Elora estaba envuelta en una bata gruesa, temblando a pesar del calor de la mañana. -¡Elora! Dios mío, ¿qué pasó? -Sloane dejó las cosas en la mesa y se acercó, pero Elora retrocedió por puro instinto-. Déjame verte. Con manos temblorosas, Elora apartó el cuello de la bata. Sloane soltó un grito ahogado y se cubrió la boca con las manos. Los ojos de la chica de cabello azul se llenaron de lágrimas de rabia. -Ese malnacido... -susurró Sloane-. Te dije que era un animal. Elora, esto no es un "juego de oficina". Esto es una agresión. Tenemos que ir a la policía, tenemos que salir de la ciudad hoy mismo. -No puedo, Sloane -Elora se sentó en el sofá, abrazándose las rodillas-. No lo entiendes. Ayer intenté enfrentarlo y... se movía como una sombra. Sus ojos cambiaron. No es un hombre, Sloane. Es algo que no debería existir. Si intento huir, me encontrará. Siento que hay un hilo invisible tirando de mi pecho hacia él. Sloane se arrodilló frente a ella, tomándola de las manos. -Escúchame bien. No me importa si es un vampiro, un demonio o el mismo diablo. No voy a dejar que te destruya. Vamos a cubrir esa marca con maquillaje y un pañuelo de seda, vas a ir a esa oficina y vas a actuar como si nada hubiera pasado mientras yo busco ayuda. Conozco a gente en los foros de "lo oculto", gente que sabe de estas familias antiguas. Hay formas de romper vínculos, Elora. No estás sola. Elora asintió, aunque el miedo seguía instalado en su estómago como una piedra fría. No sabía si Sloane entendía la magnitud del peligro, pero su lealtad era lo único que la mantenía en pie. Y confíaba ciegamente en ella. ************ Mientras tanto, en la Torre Thorne, el ambiente no era de trabajo, sino de asedio. Alaric estaba sentado en su escritorio, con la mandíbula apretada. El sabor de la sangre de Elora seguía impregnado en su paladar, volviéndolo loco, incitándolo a buscarla de nuevo para terminar lo que había empezado. De repente, las puertas dobles de su oficina se abrieron de par en par, golpeando las paredes con un estruendo que hizo que los cristales vibraran. -Vaya, hermanito. Tienes el lugar hecho un desastre de hormonas y desesperación. Entró una mujer de una belleza letal. Tenía el mismo cabello negro azabache de Alaric, pero sus ojos eran de un gris tormentoso. Vestía un traje de cuero rojo que parecía una segunda piel y caminaba con la elegancia de una pantera. Era Lysandra Thorne, la hermana menor de Alaric y, posiblemente, la más inestable de la familia. -No recuerdo haberte invitado a la ciudad, Lysandra -dijo Alaric sin levantarse, su voz recuperando ese tono de tirano que tanto temía Elora. -No necesito invitación para visitar los activos de la familia -ella se paseó por la oficina, oliendo el aire con desprecio hasta detenerse cerca del escritorio de la secretaria-. Huele a ella aquí. Una humana. Viktor me dijo que te habías vuelto loco por una simple mortal, pero no creí que fueras tan patético como para marcarla. -Sal de aquí, Lysandra. Ahora -gruñó Alaric, y sus ojos destellaron en rojo. -Oh, no me iré hasta conocerla -Lysandra se sentó en el borde del escritorio de Alaric, cruzando sus largas piernas-. El Consejo está muy preocupado. Dicen que si la "Destinada" es una humana tan insignificante, quizás tú ya no eres apto para portar la corona de los Monarcas. He venido a evaluar si debo eliminar la distracción... o si debo quedarme con tu puesto. En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Elora entró, con un pañuelo de seda morado envolviendo su cuello y el rostro cubierto por una capa de maquillaje que apenas ocultaba su palidez. Se detuvo en seco al ver a la mujer roja sentada en el escritorio de su jefe. Lysandra giró la cabeza con una sonrisa predadora, mostrando sus colmillos con deliberación. -Vaya, vaya... así que esta es la pequeña fuente de alimento de mi hermano. Es más bonita de lo que esperaba. Lástima que huela tanto a miedo. Elora sintió que el corazón le daba un vuelco. Otra como él. Pero esta mujer no parecía tener el "autocontrol" -si es que se podía llamar así- que Alaric fingía tener. -Elora, ve a mi despacho privado. Ahora -ordenó Alaric, poniéndose de pie con una lentitud amenazante. -No, Alaric. Déjala -dijo Lysandra, levantándose y caminando hacia Elora-. Quiero saber qué se siente ser el juguete de un Monarca. El seño se frunció en el rostro de una asustadiza Elora . No entendía por qué , estás personas la mirarán como si fuera un pedazo de carne.Cinco años habían pasado desde que el hielo del Señor de la Nada se derritiera bajo el poder del eclipse. Zyanthia ya no era la ciudad sombría y temerosa de antes; ahora era un santuario donde la luz y la oscuridad coexistían en un equilibrio vibrante.En el gran jardín de la Torre Thorne, que ahora florecía con rosas negras y lirios dorados, dos niños corrían con una velocidad que desafiaba las leyes humanas. Lucian, con su cabello rubio ceniza y una risa que iluminaba los rincones más oscuros, perseguía a Malakai, quien se movía entre las sombras de los arbustos como si fuera parte de ellas.—¡No vale usar portales, Malakai! —gritó Lucian, lanzando una pequeña esfera de luz para marcar la posición de su hermano.—¡Atrápame si puedes, Solecito! —respondió Malakai con una sonrisa de colmillos afilados, idéntica a la de su padre.Desde el balcón real, Alaric observaba la escena. El tiempo no había disminuido su imponente presencia; al contrario, su aura de Monarca se había vuelto más p
El cielo sobre Zyanthia se fracturó. El "Señor de la Nada" emergió de la muralla de hielo, una entidad de proporciones titánicas hecha de escarcha y olvido. Su mera presencia apagaba las luces de la ciudad y hacía que los corazones de los mortales se detuvieran. Pero Alaric no era un mortal. Alaric se interpuso entre la entidad y Elora, quien protegía a los gemelos con un escudo de luz que se resquebrajaba bajo la presión. El Monarca miró a su esposa por encima del hombro. Sus ojos ya no eran negros; eran orbes de un vacío absoluto, señal de que estaba accediendo a la Técnica del Rey Prohibido, un poder que consume el alma de quien lo invoca. —Alaric, no lo hagas... —suplicó Elora, sintiendo cómo la esencia vital de él se drenaba hacia su espada—. Esa magia te borrará. No quedará nada de ti para nosotros. —Si no lo hago, no habrá un "nosotros", Elora —respondió él, su voz resonando como el choque de placas tectónicas—. Cuida de mis hijos. Y recuérdame no como el hombre que te mint
El silencio en la plaza central de Zyanthia era sepulcral. Elora sostenía el cuerpo de Alaric, sintiendo cómo la esencia del hombre que amaba y odiaba a partes iguales se filtraba entre sus dedos como arena negra. Él estaba muriendo por haber usado el poder prohibido, entregando su alma para que ella y los gemelos pudieran respirar.—No me dejes, Alaric —susurró Elora, y su voz no fue un ruego, sino un comando que hizo vibrar el aire—. Eres el dueño de esta ciudad, y yo soy tu dueña. Te prohíbo marcharte.Elora comprendió lo que debía hacer. No bastaba con su luz; necesitaba el equilibrio que sus hijos habían mostrado. Llamó a Lucian y Malakai, quienes flotaban hacia ella. Tomó una de las dagas de obsidiana de Alaric y, con una determinación feroz, se cortó la palma de la mano. Luego, tomó las manos pequeñas de sus hijos, extrayendo una gota de luz de uno y una gota de sombra del otro.Colocó su mano sangrante sobre el pecho frío de Alaric, justo donde su corazón se había detenido.—P
La explosión de luz que emanó de las manos de Elora no solo agrietó el cristal reforzado de la Torre Thorne, sino que hizo que el Velo de Sombras de Alaric vibrara como una campana herida. Elora ya no era la mujer que buscaba respuestas; era una madre desesperada con el poder de un sol agonizante en sus venas. Alaric se puso en pie en un segundo, su instinto de combate activado incluso antes de estar plenamente despierto. Al ver a Elora junto a la ventana rota, con los gemelos levitando a su lado en un halo de energía dorada y negra, su rostro se contrajo en una mueca de furia y dolor. -¡No des un paso más, Vance! -rugió Alaric, y las sombras de la habitación se materializaron como lanzas apuntando hacia ella-. Si cruzas ese umbral, el Velo te consumirá. No puedes sobrevivir fuera de mi protección. -¡Tu protección es una tumba, Alaric! -respondió ella, y su voz resonó con un eco celestial-. Prefiero arder en el exterior que morir lentamente en tu mentira. Elora extendió sus alas d
El aire en Zyanthia se volvió denso, casi sólido. Alaric no solo había cerrado las puertas de la torre; había activado el Velo de Sombras, una cúpula de energía oscura que envolvía la ciudad entera, impidiendo que cualquier ser de luz o de sangre pudiera cruzar la frontera. En lo alto de la Torre Thorne, el ático se sentía como una jaula de cristal rodeada de un abismo negro. Elora sostenía a Lucian y Malakai con manos temblorosas. El diario de sus padres y el prisma de Caelum eran la prueba de la traición de Alaric. Su luz, antes cálida, ahora chispeaba con una furia fría y cortante. —No puedes mantenernos aquí para siempre, Alaric —dijo Elora, su voz resonando con una autoridad divina mientras intentaba abrir un portal de luz que se disolvía al contacto con las paredes reforzadas—. El mundo sabe que los gemelos existen. No puedes esconderte de la verdad. Alaric apareció desde las sombras del pasillo. Ya no vestía sus ropas de seda, sino su armadura de combate completa, os
Zyanthia nunca había visto al Monarca tan fuera de control. Alaric no caminaba; se desplazaba como una mancha de tinta letal por los callejones de la ciudad baja. Había dejado a Caleb y a sus mejores guerreros custodiando el piso de Elora con una orden simple: "Si alguien que no sea yo intenta cruzar esa puerta, maten a todos y quemen el edificio". Alaric llegó a un antiguo teatro abandonado, un lugar donde el aire se sentía estático y cargado de ese olor a incienso y cristal que Caelum había dejado en la biblioteca. La furia de Alaric era una llama fría; no gritaba, pero cada paso que daba hacía que el suelo de madera podrida se cubriera de escarcha negra. —¡Sal de donde te escondas, rata de luz! —rugió Alaric, su voz resonando en el teatro vacío como un trueno—. Te atreviste a entrar en mi casa, a hablarle a mi mujer. Te aseguro que la muerte será un regalo comparado con lo que te voy a hacer. Caelum apareció en el escenario, rodeado de un aura plateada. Se veía tranquilo, lo cua







