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CAPÍTULO 5 – TAREAS DEGRADANTES

last update Veröffentlichungsdatum: 02.05.2026 23:44:54

Narrado por Luna

La luz de la mañana era un concepto abstracto en la fortaleza, ya que el infierno y la luz no se combinan. Desperté en mi habitación minúscula, la cama dura doliendo en mi espalda. Los pasos pesados en el pasillo fueron mi despertador. La puerta se abrió bruscamente, revelando a uno de los esbirros de Alex.

—Levántate, mocoso. El jefe te quiere abajo. —Arrojó un uniforme raído encima de mí—. Vístete esto y baja ya.

Me puse la ropa ancha que olía a moho y sudor ajeno. En el salón principal, Alex estaba sentado en su silla alta, un trono improvisado para un rey del crimen. Sus hombres lo rodeaban, una banda de hienas esperando las sobras.

—Puntualidad. Un punto a tu favor, muchacho —dijo Alex, levantándose y acercándose. Sus ojos azul hielo me escaneaban—. Sin embargo, espero que seas más útil de lo que aparentas.

Mantuve la mirada baja, fija en sus botas brillosas. La respiración era un ejercicio de control.

—¿Entiendes lo que te digo, muchacho?

Hice una serie de gestos rápidos con las manos, indicando que entendía mediante la lectura de labios y las expresiones. La mentira estaba tan bien ensayada que casi me la creí.

Alex no pareció impresionado, pero tampoco dudó.

—Bien, al menos sé que no eres un idiota. Tu trabajo aquí será simple: limpiarás mis zapatos y ropa, servirás bebidas a mis hombres y harás cualquier cosa que te ordene.

Se detuvo justo frente a mí, su sombra engulléndome. —Estás aquí porque eres mudo. Pero si descubro que usaste esas manitas de rata para comunicarte con alguien sobre lo que pasa aquí... descubrirás lo que le ocurre a quien es desleal a Alex Morano. ¿Entendidos?

Afirmé con la cabeza, mis músculos tensos. Me dio una palmadita en el rostro, un gesto supuestamente paternal que solo aumentó el asco que sentía.

—Buen chico. Ahora, vete. Tienes trabajo que hacer.

El primer día fue una inmersión en la humillación. Estuve de rodillas en el suelo frío, frotando el barro y la sangre seca de las botas de Alex. Mientras yo trabajaba, él discutía planes con sus hombres – robos, extorsiones, cosas que me hicieron estremecer por dentro. Después de que se fuera con su brazo derecho, Steven, los otros hombres se acercaron, liderados por Herold, aquel que me había capturado con la red.

—¡Miren al mudito! —rió Herold, pateando ligeramente el balde de agua sucia—. A ver si sirves para algo más que para limpiar m****a.

Servir bebidas fue peor. Me empujaban, tiraban las cosas a propósito y reían cuando me agachaba a limpiar. Una botella de cerveza voló hacia mí, haciéndose añicos a centímetros de mis pies. No reaccionar fue lo más difícil que he hecho jamás.

Pero la peor parte llegó tarde por la noche. Alex me llamó a su habitación. Estaba visiblemente borracho, el olor dulce del whisky y el tabaco impregnando el aire. Celebraba otro "logro" – ni siquiera quería imaginar lo que sería.

—Ayúdame con esto, muchacho —se tambaleó, intentando quitarse el abrigo. Sus movimientos eran torpes.

Me acerqué con cautela, mis manos temblando al tocar la fina tela del traje. Él era pesado, o tal vez era el peso de su cercanía. Se inclinó hacia adelante, su aliento cálido en mi rostro.

—Eres demasiado débil, mocoso —refunfuñó, riendo bajito—. Necesitas comer más.

Logré quitarle el abrigo, y me empujó hacia un lado con un gesto brusco.

—Vete. Me cansas.

Salí corriendo de la habitación, mi corazón latiendo como loco. Su olor – alcohol, peligro y una maldita sensualidad – seguía pegado a mi piel. Era un maldito olor que me atraía de manera sucia.

Volví a mi habitación y tomé una ducha larga y caliente, frotando mi piel hasta enrojecerla, tratando de librarme de la sensación de sus manos imaginarias y de su olor. El baño privado era el único lujo que tenía, mi pequeña fortaleza dentro del infierno.

En los días siguientes, la rutina se estableció: humillación por la mañana, servicio durante el día, y la amenaza constante de Alex por la noche. Me convertí en una sombra, un mueble que limpiaba y servía. Aprendí a desaparecer dentro de mi propio cuerpo.

Hasta que un día, me llamó con una mirada diferente. Un brillo perverso que nunca antes había visto.

—Hoy harás un trabajo diferente, muchacho. Ese trabajo definirá si eres un mocoso o un hombre.

Mi sangre se heló. Hice gestos preguntando, mis ojos mostrando un miedo genuino.

—No me cuestiones —cortó, la voz cargada de una frialdad súbita. Metió el arma en la cartuchera—. Solo sígueme y haz tu trabajo sin hacer ruido. ¿Me oyes?

Asentí con la cabeza, mi boca seca. Salió de la habitación, y lo seguí, mis pasos resonando en el silencio amenazador del pasillo. Caminamos por áreas de la base que ni siquiera sabía que existían, hasta que se detuvo frente a una trampilla en el suelo. La madera era gruesa, reforzada con hierro.

La abrió.

El olor que subió me hizo arcadas. Era un hedor dulce y pútrido, un olor que conocía de las calles, pero nunca tan concentrado, tan intencional. Era el olor de la muerte mezclado con sudor, sangre y desesperación.

Era el sótano de las torturas.

Mis pies parecían clavados al suelo. Alex bajó por los escalones de madera que crujían sin mirar atrás, esperando que lo siguiera. Cada paso que di en esa escalera fue como caminar hacia el fondo de mi propia pesadilla. La luz débil de las lámparas colgantes reveló formas indistintas en las sombras. Y supe, con un frío en el alma, que "Léo" estaba a punto de enfrentar una prueba que tal vez ni siquiera el disfraz más perfecto podría superar. La supervivencia, ahora, dependía de cuánto de mi humanidad estaba dispuesta a sacrificar...

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