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CAPÍTULO 4 – EL PRIMER ENCUENTRO

Author: Joss Austen
last update publish date: 2026-05-02 23:43:33

Narrado por Luna

Justo cuando todo parecía perdido, un silencio repentino cayó sobre el alojamiento; todos los hombres dejaron de reír. Y el tiempo pareció detenerse. La presencia que entró no necesitó gritos ni amenazas. La energía que emanaba de él era suficiente para hacer que el aire se volviera pesado, para doblegar hasta a los hombres más brutales. Todas las miradas se volvieron hacia él, y sentí un frío cortante recorrer mi espina.

Era más alto de lo que imaginaba, de músculos definidos. Cabello oscuro y largo que le caía sobre los hombros como una capa. Sus rasgos eran afilados, simétricos, con una piel bronceada y una cicatriz leve cerca de la ceja que realzaba la frialdad de sus ojos. Eran de un azul grisáceo, como el hielo, y parecían ver a través de mí, como si todas mis mentiras y miedos estuvieran expuestos. Llevaba un abrigo largo y oscuro que se movía con pasos calmados y calculados. Había una belleza perturbadora en él, la belleza de un arma afilada – sabes que puede matarte, pero no puedes apartar la mirada.

—Mi Don... —susurró uno de los hombres, bajando la cabeza en reverencia.

"¡Era Alex Morano!", pensé desesperada. Su nombre resonó en mi mente: "Alex". El hombre responsable de la muerte de mi padre, de mi infierno. Y ahora, estaba a escasos metros de él, colgada como un trofeo.

Me miró, aún suspendida en el aire, y luego al hombre que me sostenía. Sus labios finos se curvaron ligeramente en algo que no era una sonrisa.

—Allora, come vanno gli addestramenti? (Entonces, ¿cómo van los entrenamientos?) —su voz era calmada y cruel, un barítono grave que cortaba el silencio como una hoja—. Stiamo testando il potenziale dei ragazzini o stiamo giocando a caccia? (¿Estamos probando el potencial de los muchachos o estamos jugando a cazar?)

El hombre que me sostenía dudó, su arrogancia evaporándose bajo esa mirada.

—Todavía estoy probando el potencial de cada uno, señor. Muchos jóvenes han mostrado buen potencial, otros no tanto... —dijo, sacudiéndome.

Alex asintió lentamente, pero sus ojos, esos pozos sin fondo, no mostraron ninguna emoción. Se volvió hacia mí y preguntó:

—¿Y este?

—Un chico mudo, jefe —respondió otro esbirro—. Inútil. Ni siquiera puede sostener un arma bien. Íbamos a deshacernos de él.

Alex dio un paso adelante. Sentí el aire volverse más enrarecido, más pesado.

—Lascialo (Suéltalo) —ordenó.

La orden fue tan absoluta que el hombre me soltó de inmediato. Caí al suelo con un golpe, jadeando, tratando de recomponerme mientras el dolor irradiaba por mi cuerpo. Antes de que pudiera levantarme, él estaba frente a mí. Sus pasos no hicieron ningún ruido. Luego se inclinó, con el rostro tan cerca que pude ver los detalles de la cicatriz cerca de su ceja. En ese momento, el aire parecía haber desaparecido por completo. Sus ojos, fríos e implacables, me atravesaron como cuchillas.

—Tú... —murmuró, bajo y letal, como si constatara un secreto que solo él veía—. Hai qualcosa di diverso (Tienes algo diferente). ¿Cómo te llamas, ragazzo?

Tragué saliva, mis manos temblorosas intentando formar las señas: "Léo".

Bajé la mirada rápido, fijándome en sus botas sucias de barro. Si notaba mi nerviosismo, estaría perdida. El corazón latía tan fuerte que parecía resonar en todo el alojamiento.

De repente, sus dedos firmes atraparon mi barbilla, levantando mi rostro con brutalidad. Un escalofrío cortante recorrió mi espina.

—Mírame cuando te hablo, muchacho. —La orden fue seca, innegociable.

Asentí, aunque mis ojos ardían bajo ese peso aplastante. Él me miraba con una mezcla de frialdad y algo más —algo que no supe nombrar. Y en ese instante, la sensación de estar desnuda, desprotegida, se volvió insoportable.

Una casi imperceptible comisura de sus labios se curvó.

—Excelente. Así me gusta: obediencia. —Su voz era baja, pero cargada de un poder que me hizo estremecer.

Acto seguido, me soltó con brusquedad, como quien descarta algo sin valor, pero no sin antes clavar esa presencia en mí. Y, cuando se irguió de nuevo a su altura, su imponencia me hizo temblar, y en ese instante comprendí con dolorosa claridad: estaba marcada.

—Lo quiero —le dijo a su esbirro.

—¿Cómo dice, señor? —preguntó el hombre, perplejo.

—Para que sea mi sirviente personal. Necesito uno. Y nada mejor que "un servo muto" (un sirviente mudo).

El hombre solo asintió, sin cuestionar. El alivio que sentí fue tan intenso como el miedo. No iba a morir ahora, pero estaba siendo entregada directamente al lobo.

Alex entonces recorrió el alojamiento con su mirada helada. Los otros muchachos temblaban, cabizbajos.

—Todos ustedes están aquí por una sola razón. Servirme —su voz resonó, autoritaria—. A partir de ahora, sus vidas me pertenecen. Su obediencia y lealtad definirán si viven o mueren.

Un silencio mortal fue la única respuesta. Él pareció satisfecho.

—Excelente. Ese es el espíritu que deseo. Obediencia. Siempre.

Al salir, sus pasos firmes resonaron en mi pecho de manera descompasada. Sus palabras eran cadenas invisibles cerrándose a mi alrededor. Estaba a salvo de la muerte inmediata, solo para ser aprisionada de una manera mucho más peligrosa.

El esbirro se volvió hacia mí, su rostro ahora con una expresión de desdén mezclada con un respeto cauto.

—Dale gracias a Dios, muchacho. Hoy fue tu día de suerte. O no, depende de tu obediencia. Ese que salió es nuestro Don, y por suerte o por desgracia, te eligió como su perrito particular. —Se inclinó, su rostro cerca del mío—. Pero aquí va un aviso: no hagas ninguna tontería. Nuestro Don no es conocido por su paciencia, ¿me oyes, muchacho inútil?

Asentí con la cabeza, manteniendo mis ojos bajos. Él esbozó una sonrisa cruel y me empujó hacia un lado. Miré la espalda de Alex, que ya desaparecía en el pasillo; el pavor era como tentáculos apretándome por completo.

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