INICIAR SESIÓNEmma Spencer.
Peter dijo que yo era muy buena para Alberto…
Por supuesto que sabía que era muy buena para Alberto y justamente era eso lo que me enojaba de esta situación. Que a pesar de todo lo que habíamos vivido, haya sido capaz de engañarme… ¡A mí!
Mi ego estaba espectacularmente herido.
Creí que sabía lo que hacía cuando decidí escogerlo como mi marido…
Creí que sería un buen padre para Maddie, pero no.
Me equivoqué tanto y por Dios… ¡Como odiaba equivocarme!
En el papel, él era el hombre indicado, pero la realidad, no podía ser más errada.
Suspiré, absolutamente derrotada…
Pero el que un hombre extraño haya sido capaz de verme, me hacía sonrojar como una quinceañera.
Se bajó del auto y me ofreció su mano, la cual acepté.
Y ahí estaban de nuevo: las chispas. Esa descarga eléctrica que comenzaba desde la nuca y me recorría hasta la punta de los pies.
Abrí mucho los ojos al sentirlo.
¿Él? Solo se limitó a sonreírme. Como si supiera lo que yo sentía.
¿Qué era esto?
¿Por qué este hombre me provocaba estas sensaciones, las cuales jamás había sentido con otro hombre?
¿Por qué sentía como si lo conociera desde hace años?
¿Por qué me sentía tan segura estando cerca de él?
Me quedé absorta con todas estas preguntas deambulando por mi cabeza, sin tener la menor certeza de cuánto tiempo había transcurrido, tomados de la mano, mirándonos, sin decir nada.
—¿Emma? ¿Un penique por tus pensamientos? —Salí de mi cabeza de inmediato.
Rápidamente le solté la mano, diciéndole, —lo siento. —En el minuto que me alejé de él, maldije mi actitud. Me sentí… sola y vacía.
Su sonrisa se desvaneció y en su mirada había decepción.
No pude evitar sentirme culpable.
Me aclaré la garganta, incómoda —¿Qué hacemos aquí?
Él suspiró—. Te traje aquí, ya que creí que necesitabas un refugio seguro donde poder quebrarte sin sentirte juzgada—. Miró la imponente mansión.
—Es mi casa —. Se encogió de hombros como si no fuera la gran cosa.
—Aquí podrás estar todo el tiempo que quieras o que necesites. Creo que necesitas este tiempo a solas para poder decidir que harás y pensé que querrías calmarte antes de ver a tu hija.
Me dejó sin palabras.
¿Este hombre me demostró tanta preocupación y entendimiento por lo que me pasó, sin siquiera conocerme?
¡Por qué no llegó a mi vida antes!
Suspiré, absolutamente tocada por sus palabras.
Me llevé una mano al corazón y en un susurro solo pude decir, —gracias. —Sentí como las lágrimas salieron, nuevamente.
Su cara se quebró.
Se acercó a mí, me abrazó, y yo puse mi cabeza en su pecho.
—Por favor, no llores, querida. Detesto verte llorar. Se me rompe el corazón al verte en este estado.
Le dije entrecortado, —¿Por... por qué haces esto? ¡Ni siquiera me conoces!
—Eso es irrelevante, Emma. Eres una mujer que se acaba de enterar de que su marido le fue infiel. Yo sí entiendo lo que significa ser engañado. No hay nada de qué avergonzarse.
Colocó sus manos en mis hombros y me miró a los ojos—. Confía en mí, Emma. Estaré contigo siempre y te ayudaré en todo lo que necesites, te lo prometo. Puedes quedarte aquí todo el tiempo que lo requieras. Podemos ir por tu hija también. Mi casa, es tu casa.
—No podría abusar así de tu hospitalidad, Peter. Has hecho tanto por mí en estos momentos que más lo he necesitado.
Él sonrió tiernamente mientras volvió a colocar sus enormes brazos alrededor de mi cuerpo, dando suaves palmaditas en mi espalda —y, aun así, siento que no estoy haciendo nada para ayudarte y que podría hacer más.
Me separé para verle la cara —¿Más?, ¿cómo qué?
Peter se rió y sus ojos brillaban entretenidos, —podría eliminar a tu marido, y hacer que luzca un accidente.
Me quedé en silencio por un momento, disfrutando de su cercanía y de su aroma— En realidad, eso no sería una mala idea.
Él se rió aún más fuerte.
Besó mi frente— Estoy de acuerdo. No es una mala idea.
Con esta conversación, aunque sabía que era absurda, no podía evitar fantasear en mil formas de que Alberto perdiera la cabeza.
—Lo que tu propones es más real. Yo quería incendiarle el auto.
Me encogí de hombros, mirándolo.
Levantó mi barbilla y con una ceja levantada dijo: —tus deseos son órdenes, querida. Solo tienes que dar la orden.
Fruncí el ceño ante la idea de que en verdad lo estuviera considerando… y, a decir verdad, yo también.
¿Qué demonios me pasaba?
Me solté de su agarre, incómoda.
Me aclaré la garganta y cambiando el tema simplemente pregunto: —¿me invitarás a pasar?
Una pausa… Más larga de lo que me hubiera gustado.
—Sí, por aquí.
Subimos cinco escalones y caminamos hacia la entrada.
Cuando entramos, me quede mirando a mi alrededor, embobada. ¡El lugar era enorme!
Pensé por un momento de que, si me quedara aquí, constantemente me perdería. Me quedé congelada en la puerta sin avanzar, absolutamente intimidada por la opulencia del lugar.
Él se giró—¿Hay algo malo?
Cerré la boca, porque noté que la tenía abierta y me apresuré a decir, —no, es todo lo contrario, en realidad. No hay nada malo en este lugar.
—¿Y entonces?
Me mordí el labio inferior —es solo que no estoy acostumbrada a tanto lujo. Mi vida es bastante simple, ¿sabes?
—Hum… te hace sentir incomoda. —Me encogí de hombros.
—¿Hay algún lugar de la casa en donde te sientes segura?
Sin pensarlo dos veces, respondí: —sí, la cocina.
Él sonrió. —¿Pasas mucho tiempo en la cocina?
—No todo el tiempo que me gustaría—. Resoplé—. Para mí, cocinar, es terapia. Puedo ordenar mis pensamientos y puedo decidir qué hacer. A decir verdad, mis más grandes ideas han surgido en la cocina. También fue el lugar en donde Maddie dio sus primeros pasos.
—¿Maddie es el nombre de tu pequeña? —me preguntó, mientras me señaló que lo siguiera.
—Sí. Maddie es mi vida. Tiene cinco años y es… un torbellino de alegría.
Llegamos a la cocina y era espaciosa.
Observé maravillada alrededor, fantaseando con la cantidad de pasteles que hornearía.
Me senté en la silla mientras—¿Quieres algo? ¿Tienes sed? ¿Hambre?
—Solo un vaso con agua, gracias.
Él asintió en silencio mientras llenó un vaso con agua purificada.
Me la entregó y se sentó a mi lado —espero que no te moleste que te pregunte, pero ¿Cómo o por qué una mujer como tú terminó casada con un hombre como tu marido? Por favor, explícamelo, porque me muero por entenderlo.
Suspiré —el matrimonio con Alberto aún es controversial. Lo escogí porque era necesario.
Frunció el ceño. —¿Cómo puede ser necesario casarte con alguien? Eso me hace pensar que el amor no tuvo nada que ver en la ecuación.
Me rasqué el puente de mi nariz intentando ordenar mis ideas.
Nunca le había dicho a nadie la razón oculta tras el matrimonio con Alberto… Ni siquiera a mis padres.
Pero por alguna razón que desconocía, no podía ocultarle nada a Peter.
Sentí que si lo hiciera sería… deshonesto e incorrecto.
Cerré los ojos un momento.
—El amor no tuvo nada que ver con mi casamiento. Fue… una decisión de negocios, Peter… Fue un matrimonio por conveniencia.
Santino Alexios.No caí.Eso fue lo primero que entendí, en algún punto impreciso entre el instante en que mis rodillas cedieron sobre la piedra húmeda del túnel y el momento en que dejé de sentir el peso de mi propio cuerpo por completo.No caí, porque ya no había nada que cayera.Solo quedaba una sensación de ingravidez absoluta, un flotar sin sustancia que debería haberme aterrado y que, en cambio, se sentía extrañamente familiar, como volver a ponerme una prenda que llevaba puesta desde hacía siglos sin saberlo.Debajo de mí, cada vez más pequeño, más lejano, vi mi propio cuerpo tendido entre los brazos de Kael.Vi a Maddison arrodillada a mi lado, con las manos temblando sobre mi pecho, buscando un latido que probablemente seguía ahí, firme, aunque yo ya no lo sintiera como mío.Vi su boca formar mi nombre una y otra vez, un grito silencioso desde donde yo flotaba, incapaz de escuchar nada más que el eco distante de mi propia sangre corriendo por un cuerpo que había dejado de rec
Santino Alexios.La entrada a las ruinas se escondía detrás de una cortina de raíces retorcidas, tan bien camufladas que cualquier patrulla normal habría pasado de largo sin notar siquiera la abertura tallada en la roca.Pero yo no era una patrulla normal, y el poder que corría ahora bajo mi piel parecía reconocer cada rastro de la magia oscura que Wilma había tejido para ocultar su guarida, como si mi propia sangre fuera capaz de sentir la disonancia entre lo natural y lo artificial.—Aquí —dije, deteniéndome frente a la cortina de raíces—. La entrada está aquí.Kael pasó la mano por la superficie de piedra, frunciendo el ceño al sentir el zumbido tenue de un hechizo de camuflaje disolviéndose bajo su tacto.—Buen ojo, Alfa.—No fue el ojo —admití, apartando las raíces con más fuerza de la necesaria, la impaciencia y el miedo compitiendo dentro de mí por el control—. Fue algo más.Descendimos por un túnel estrecho, iluminado apenas por antorchas colocadas a intervalos irregulares, el
Santino Alexios.El bosque se convirtió en un borrón verde y plateado a mi alrededor mientras corría en mi forma de lobo. Ronan, mi bestia, guiaba el camino, como si hubiera nacido para liderar… En realidad, si nació para eso.Cada fibra de mi cuerpo, cada instinto heredado de una madre que resultó ser una diosa lunar y no la mujer mortal que había creído durante veinticinco años, estaba puesto al servicio de una sola cosa: llegar hasta Maddison antes de que Wilma decidiera que ya no le servía viva.Detrás de mí, los guerreros de la manada Luna de Sangre corrían en formación de caza, silenciosos entre los árboles como sombras entrenadas durante generaciones para exactamente este tipo de emergencia. Kael conducía su moto a mi lado, con la mandíbula apretada y los ojos fijos al frente, sin atreverse todavía a preguntarme lo que ambos sabíamos que tendría que preguntarme tarde o temprano: ¿cómo se siente descubrir que toda tu vida fue una mentira necesaria?No lo sabía.Sinceramente, no
Maddison Spencer – Bennett.—¡Tú! —La palabra salió de mi garganta como un cuchillo, arrancada de un lugar tan profundo dentro de mí que ni siquiera reconocí del todo mi propia voz.Wilma sonrió.No fue una sonrisa cálida, ni siquiera una sonrisa cruel de las que había aprendido a reconocer en los villanos de cuentos infantiles.Fue algo peor. Fue la sonrisa satisfecha de alguien que llevaba dieciséis años esperando exactamente este momento, saboreándolo como quien finalmente prueba un plato que ha cocinado a fuego lento durante toda una vida.—Ahí está —dijo, inclinándose hacia mí con una calma que me revolvió el estómago más que cualquier grito—. Ahí está mi sobrina favorita, por fin despierta del todo.Intenté incorporarme, pero los grilletes de plata me lo impidieron, el ardor familiar de ese metal maldito mordiéndome las muñecas con una intensidad que me hizo apretar los dientes para no darle la satisfacción de escucharme gritar.—¿Wilma? —susurré, aunque la pregunta era absurda.
Santino Alexios.Los recuerdos no llegaron como imágenes ordenadas, cronológicas, fáciles de digerir.Llegaron como una inundación, como si miles de años de vida hubieran estado contenidos detrás de una presa que finalmente cedía, arrastrándome sin piedad a través de cada fragmento que Katherina, mi madre, mi guardiana, la mujer que había sido tantas cosas para mí a lo largo de tantas vidas que ya ni siquiera podía contarlas, había estado protegiéndome de sentir.Vi un campo dorado bajo la luna, exactamente como se lo había descrito a Kael semanas atrás sin comprender de dónde venía esa imagen. Vi a una mujer de cabello plateado corriendo entre árboles antiguos, riendo con una libertad que solo podía pertenecer a alguien que, por primera vez en mucho tiempo, se sentía a salvo.Suicune.No la reconocí como Maddison, no al principio.La reconocí como algo mucho más profundo, más visceral, la sensación de haber pasado toda una eternidad orbitando alrededor de su existencia sin poder toca
Santino Alexios.La daga ceremonial pesaba en mi mano más de lo que su tamaño debería permitir.No era un peso físico.Era algo más antiguo, algo que reconocí en el instante en que mis dedos se cerraron alrededor de la empuñadura tallada con símbolos que jamás había aprendido a leer, y que sin embargo comprendía con una claridad que me dio un escalofrío.Esto ya lo he hecho antes, pensé, y la certeza de esa idea me sacudió con más fuerza que cualquier otra cosa que hubiera sentido en las últimas horas.Mi madre, Katherina, la única madre que había conocido en esta vida se colocó frente al Espejo de Selene, con los tres ancianos formando un semicírculo detrás de ella. Kael se quedó a mi lado, un paso atrás, con la mano apoyada en la empuñadura de su propia espada, no por desconfianza hacia el rito, sino por ese instinto de guardián que llevaba décadas perfeccionando a mi sombra.—El Rito de las Tres Lunas exige sangre de la estirpe, verdad del suplicante, y sacrificio equivalente al fa







