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Capítulo 5

last update Fecha de publicación: 2026-06-03 03:43:48

Dentro del despacho, lord Morrison miró fijamente a Clarisse y esta sintió como la aflicción se apoderaba de su cuerpo, el miedo amenazó con quebrarla por completo. Su padre sostenía la copa en la mano sin probarla, mientras ella ya se servía la cuarta cuando unos toques secos y autoritarios resonaron en la puerta.

Clarisse saltó de la silla, tambaleándose ligeramente por el efecto del alcohol. Empinó el cuarto trago justo en el momento en que, el mayordomo, aparecía con el rostro pálido.

—La Duquesa de Cambridge y su sobrino, el Duque —anunció el hombre con voz temblorosa.

—Espero que se haya dado cuenta del error que ha cometido, Lady Morrison —expresó la Duquesa, entrando como una ráfaga de viento helado, directa y sin protocolos.

Clarisse levantó el mentón. El brandi bullía en sus venas, dándole una valentía peligrosa. Dio un paso al frente, ignorando la mirada de advertencia de su padre.

—Me disculpo, Excelencia, pero él... —Señaló al Duque con un dedo acusador, olvidando toda etiqueta—. Él intentó propasarse conmigo en la pista de baile. No iba a permitir que me tratara como a una de sus cortesanas.

—¡Tonterías! —rebatió la Duquesa con desprecio haciendo un ademán con su mano—. Mason sabe perfectamente que, de tocarte sin permiso, tendría serios problemas conmigo.

La mujer observó a su sobrino con sospecha, pero Mason mantuvo una expresión de inocencia ensayada que hizo que a Clarisse le castañetearan los dientes.

—No la toqué, tía. Solo la... cortejé como dictan las normas del interés —dijo Mason, bajando el tono de su voz hasta convertirlo en algo candoroso y profundo—. Si la dama se sintió violentada, debió decirlo. Jamás tuve la intención de incomodarla, solo de admirar su belleza de cerca.

—¡Es usted un cínico, mentiroso! —gritó Clarisse.

El alcohol era un mal consejero. Su boca ya no estaba conectada a su cerebro.

—Para que lo sepa, Excelencia —continuó ella, dirigiéndose a la Duquesa—, no hizo ninguna falta que me tocase. Tiene una boca demasiado ligera para ofender a una dama. Y me gustaría que estuviera al corriente de que... —añadió volviéndose hacia Mason con una sonrisa malvada—si se le hubiese ocurrido ponerme una mano encima de forma indecorosa, le habría propinado mucho más que una simple bofetada.

La Duquesa levantó las cejas, maravillada por el genio de la muchacha. No le cabía duda: esta solterona rebelde era la horma del zapato de su sobrino.

—Ah, ¿sí? —inquirió Mason. Quien dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que Clarisse pudo oler el tabaco y el sándalo que emanaban de su piel—. ¿Y se puede saber qué más podría propinarle al Duque una señorita con semejante sentido del irrespeto hacia la autoridad?

La provocación fue física. Mason estaba tan cerca que ella podía sentir el calor de su cuerpo. El desafío en sus ojos azules la invitaba a tocarlo, a golpearlo o a besarlo, y Clarisse sintió que el corazón le martilleaba contra las costillas.

—Pues... lo habría golpeado en sus partes nobles, Milord —soltó ella con un descaro que dejó mudo a todos en la estancia.

—¡Clarisse, modales! —rugió Baltashar, rojo de vergüenza.

—¿Qué? ¿Qué quieres que haga, padre? ¡Este hombre es un vulgar! —acusó ella de nuevo, aunque por dentro sentía que el suelo se desvanecía.

—¡Pero te estás escuchando! —gritó su padre, fuera de sí—. ¡Cada vez que hablas nos hundes más! ¡Discúlpate ahora mismo! Ya las cosas están bastante turbias como para que sigas escupiendo veneno.

Los ojos de Clarisse se llenaron de lágrimas. El reproche de su padre le dolió más que cualquier amenaza del Duque.

—¡No! No pienso hacerlo —rebatió, tratando de contener un sollozo que ya asomaba.

—Entonces prepárate para perderlo todo, niña estúpida —sentenció la Duquesa con frialdad—. Esta era tu oportunidad de salvar a tu familia de la ruina y la vergüenza.

La boca de Clarisse se abrió con horror. Las lágrimas finalmente corrieron por sus mejillas de porcelana, calientes y amargas. El bochorno la invadió por completo al verse humillada frente al hombre que más despreciaba.

—Me disculpo, Excelencia —dijo finalmente, haciendo una reverencia tan baja que su cabello rozó el suelo. El Duque no sonrió; verla llorar le produjo una punzada de algo parecido al remordimiento, pero no retrocedió—. No fue la mejor forma de expresarme. Me retiraré ahora para que platiquen con mayor comodidad.

—Ya te he dicho que no deseo ni acepto tus disculpas, Clarisse —intervino Mason, su voz volviéndose sombría—. Lo que deseo es tu obediencia durante el mes de cortejo.

—¡Largo, Clarisse! —gritó su padre—. ¡Vete a tu alcoba!

El corazón de la joven cayó fragmentado en mil pedazos sobre la alfombra del estudio. Salió corriendo, esquivando a Mason, quien intentó tomar su brazo al pasar.

—Espera —ahí donde tocó una corriente eléctrica la atravesó. Pero ella se sacudió con un movimiento brusco.

—¡No! —lo desafió y la boca de él se abrió.

Quería besarla ahí mismo delante de todos para que no hubiese impedimento y se casaran por obligación solo por tenerla en su cama. Pero ella era un reto y se sentía delicioso no poder tocar lo que él deseaba con vehemencia, entonces prefería jugar al gato y al ratón con ella.

—Serás mía, Clarisse… —susurró para que solo ella escuchara y salió detrás del objeto de su deseo.

—Jamás me tendrá, primero muerta que entregarme a usted —su pecho subía y bajaba con una emoción desconocida —. No es el primero al que desecho como un estorbo en mi vida así que no se crea especial por ser el Duque de Cambridge —una sonrisa de pura perversión se dibujó en el rostro del hombre.

—Si, pero ninguno ha tenido las agallas de persistir ante tal regalo divino —la provocó y ella levantó la mano, pero se detuvo a tiempo —. Hazlo ¿Qué te detiene? —Clarisse daba pasos hacia atrás mientras él acortaba el espacio mirando de reojo hacia la puerta de la oficina donde se encontraban su tía y el padre de ella.

—Es usted un despojo social —esta vez el Duque sonrió —. Un hombre que no tiene escrúpulo alguno ante la virtud de una mujer decente.

—¿Me habla de decencia? —negó con un movimiento de su cabeza —. Una mujer decente no grita que golpearía a su excelencia en las partes nobles como usted lo hizo, agradezca que me siento muy atraído por usted y su sosa manera de vestir —el cuerpo de Mason acorraló el de Clarisse contra la pared.

Ella se sentía asfixiada por la respuesta de su cuerpo ante esa cercanía tan provocadora e indecente.

—Apártese o voy a gritar —dijo mareada por su cercanía, aunque ella se lo adjudicaba al alcohol.

—Hágalo Clarisse, grite para que esto termine ahora mismo y nos comprometamos de una vez porque lo que más deseo es tenerla en mi cama desnuda…

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Último capítulo

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